Su
sonrisa cazaba todos los miedos. Alta y espigada, Dorotea siempre
causaba la misma impresión. La forma en que levantaba las comisuras
de los labios, cómo entrecerraba los ojos y le engordaban las
mejillas era una historia de amor. Decían que había curado a
enfermos y había devuelto la paz a los intranquilos, pero lo cierto
era que vivía en el centro de un lago, en una casa diminuta, sin más
compañía que un pajarillo que no se atrevía a revolotear más allá
del techo.
¿Te atreves a soñar?
lunes, 11 de julio de 2016
domingo, 10 de julio de 2016
Un farolillo morado
—Escribid
un deseo —nos dijo el chequito tendiéndonos un farolillo morado.
Cinco
párrafos de amor en un corazón que aspiraba al cielo. Después de
los fuegos artificiales, que habían sembrado la Ciudadela de
conversadores, la luz tropezó en su huida hacia lo alto. El chequito
tenía razón: ¿qué mejor manera de comenzar los sanfermines que confesando una ilusión?
El farolillo morado era el preludio de bailes hasta las seis, del encierro y las risas. Porque todos los blancos y rojos tenían ganas de pasarlo bien. Los que no eran de allí me dijeron con sorpresa:
—La gente se disculpa al empujarse.
A veces no se alcanzaba el suelo, otras acababa el pie en algún charco de alcohol, de agua sucia, de plástico, pero no había una palabra de ofensa; como si la clave fuese el llevarse bien. Todos iguales, todos contentos. Amigos. O, por lo menos, compañeros de juerga.
—Qué limpias quedan las calles.
Porque quizá algunos, ya vencidos por la bebida y el cansancio no lo notasen, pero en un minuto las calles quedaban impolutas tras la escoba y la manguera del servicio de la limpieza. Como nuevas. Estrenadas por los corredores y los toros.
miércoles, 15 de junio de 2016
Sobre Caravaggio y un Bernini
"DeCaravaggio a Bernini", prometía el anuncio sobre la exposición que acoge el
Palacio Real de Madrid. Dos de los grandes. Caravaggio. Bernini. Tenía que
acercarme a conocerlos. “Obras del Seiscento italiano en las Colecciones Reales”,
acompañaba el cartel. Ya no quedaba duda: regresaría al Palacio por ellos.
Había visto tantas fotografías de las obras de Bernini que no podía creer que algunas de ellas estuvieran allí. Imaginaba sus esculturas vivas, de esas que tiemblan, ríen y casi echan a andar, y un pequeño duende me bailaba dentro. Bernini. Bernini. Mármol blanco. Miradas nostálgicas. Cuerpos elegantes. Y, por otro lado, el tenebroso Caravaggio, el maestro del claroscuro. Negro. Un negro hambriento.
Había visto tantas fotografías de las obras de Bernini que no podía creer que algunas de ellas estuvieran allí. Imaginaba sus esculturas vivas, de esas que tiemblan, ríen y casi echan a andar, y un pequeño duende me bailaba dentro. Bernini. Bernini. Mármol blanco. Miradas nostálgicas. Cuerpos elegantes. Y, por otro lado, el tenebroso Caravaggio, el maestro del claroscuro. Negro. Un negro hambriento.
El cuadro ‘Salomé con la cabeza de San Juan Bautista’ (Caravaggio, 1609) me resultó estremecedor. Ella sosteniendo la culpa y el plácido sueño de un muerto. No resulta extraño, al verlo presidir la intimidad de un rectángulo, que fuera el preferido de Carlos III.
Más adelante encontré ‘La túnica de José’ (1630); pensé ¡un Velázquez! y lo observé un rato. Pero en el Museo del Prado hay otros Velázquez, así que no me detuve más de tres minutos. Quería ver al polifacético artista italiano que me había convencido para ir a la exposición.
Recorrí las salas con ligereza y de repente… Bernini. Un Bernini dorado. Un Cristo crucificado de 140 cm de alto. No me decepcionó la figura, que es la única en metal que se conserva completa del escultor, pero tampoco me sorprendió. Regresé a la sala anterior y me anticipé a la siguiente, pero era la única efigie del artista (la Fuente de los Cuatro Ríos, en la segunda, era una reproducción).
No me pareció que el prometido Bernini fuera cumbre de la exposición. Quizá tenía demasiada ilusión. Quizá me sobrepasó la imaginación al pensar que encontraría dos o tres esculturas de esas que te miran directamente al alma. Quizá. Sin embargo, descubrí a Simone Cantarini y sus pinturas en alabastro, un discípulo de Guido Reni (quien por cierto también se expone) elocuente, confiado y cálido.
Bernini quedará para otra ocasión.
lunes, 25 de abril de 2016
Los valientes que se perdieron en el espacio
¿Cómo cuento mi historia sin que suene
dramática? Una vez fui hombre... No, quizá más bien fui padre. El día en que mi
esposa me lo dijo, pensé que moriría de felicidad. Ojalá me hubiera fulminado
un rayo en aquel instante. De esa forma, ninguna de las dos habría sufrido lo
que vino después.
En el cielo ocurre una cosa muy curiosa y es
que se está bien o se está mal, sin grises. A veces todo es hermoso: la Tierra
envuelta en nubes como si fuera un caramelo, el brillo incesante de las
estrellas, la sospecha de que en algún momento se cruzará el principito camino
de otro planeta... Otras veces, en cambio, me reprocho estar aquí, sintiéndome
Dios, y no abajo, en esa pelota diminuta donde están ellas.
Me trajo la ambición y mi sueño infantil de
conquistar una estrella. Pero, ¿para qué la quiero ahora? Hoy se cumplen diez
años terrestres de mi ausencia. Al despertar, quise morir. Me asomé al
ventanuco de la nave, el que me pertenece por ser espejo de todas mis lágrimas,
e imaginé a mi niña abrazada a su madre. Quizá más que un funeral sea una
celebración, no lo sé, aunque me consuela pensar que al menos hoy me dedican
unas lágrimas. No las merezco, pero las necesito. Aquí agonizo como si fuese el
purgatorio.
Le he pedido al comandante permiso para
morir, pero no quiere. Aún insiste en que saldremos de esta. Pobre iluso, que
cree que podrá besar de nuevo a su dulce Amelia. La tiene colgada junto a su
saco y le da los buenos días y las buenas noches. Ninguno de la tripulación se
burla, porque todos hemos desarrollado un vicio. El mío, la ventana. El de Xun,
llevarse a la boca el chupete de su hijo.
Nos inventamos las horas, porque aquí no
existen. Decimos "ya falta poco para la una, vamos a preparar el
almuerzo", o "son las ocho, están jugando los Lakers". A mí me
dan igual los Lakers, pero aplaudo para animar a Mike, que no tarda en
enroscarse al cuello una bufanda del equipo.
Aunque el comandante no nos deje morir, lo
haremos algún día. Probablemente alguno enloquezca y mate al resto. Si no, se
nos terminarán los víveres y empezaremos a comernos. Mientras tanto, seguiré
imaginando las vidas de mis dos amores:
—Mami, ¿dónde está papá?
—Tu padre está en el cielo, tratando de
alcanzarte una estrella.
Por ella, por esa niña que no sé ni cómo se
llama, soy padre y no hombre.
Se ha detenido el reloj, el único que vivía
todavía. Con él, nos hemos parado todos. A Mike le entró la risa floja y desde
entonces nadie ha podido consolarle. Ahora el comandante solo le dice
"hola" a Amelia, y yo pienso que en la Tierra me lloran todos los
días, porque no habrá nuevos aniversarios.
María, Patricia, Marina, Azucena, Eustaquia,
Alamanda... Unos días, mi niña se llama Laura y otros, Davina. Y así, según el
nombre, me la imagino. Si es Ana, tiene el pelo rubio y los ojos castaños. Si
es Gertrudis, tiene una nariz aguileña y trenzas muy negras y estiradas. Paula
será soñadora y a Otilia le gustarán las artes marciales.
Se nos han acabado las pastillas para dormir.
La última la hemos partido en pedacitos minúsculos, de modo que todos
compartimos el insomnio. Ya no sé si estoy abajo o arriba, o arriba o abajo, o
abajo o arriba, o... Qué gracioso, me acabo de fijar en que a Xun le bailan los
músculos como si fueran gelatina. Está agarrado a una barra para no dar
vueltas.
Tenemos cerca la luna. De broma, le he dicho
al comandante que vayamos a pisarla para hacer historia, pero me ha pedido que
regrese a mi ventana y no vuelva a hablar. Últimamente está irascible,
supongo que es porque Mike cayó accidentalmente sobre Amelia y la arrugó. Así
que he aplastado mi nariz contra el cristal, en el punto exacto en el que la dejo
siempre, y me he esforzado en localizar a mi esposa y su hija. He pensado que
en la Tierra nos habrán enterrado, de modo que quizá ya seamos verdaderamente
historia.
Nos recordarán como "los valientes que
se perdieron en el espacio"... No sé si suena más heroico o más ridículo.
Con suerte, algún día inspiraremos una película. Entonces mi niña se sentará en
la butaca del cine y dirá:
—Mamá, ¿por qué me mentiste? Papá no fue a
buscarme una estrella. Se marchó porque quería ser famoso.
Y tal vez tenga razón. Mi querida Belén. O
Amelia. Había alguien que se llamaba Amelia.
lunes, 21 de marzo de 2016
Juana y yo
Han sido seis meses
conviviendo con ella. Juana y yo. Blanca y yo. Y ahora nos toca despedirnos. Ha
llegado el momento de abandonar la piel contraria, aunque aún me resista. Por
eso, el guion continúa sobre la mesa de la entrada. “Adiós, Juana”, le digo
cada vez que salgo de casa. Como si dormitara en aquellas páginas subrayadas. “Adiós,
Juana”.
Me resulta difícil
despedirme de ella porque de su mano he descubierto un mundo. Un mundo que
siempre había admirado desde la butaca, con el que a veces soñaba en bajito y
que me despertaba tanta curiosidad. Juana me ha llevado al otro lado: a los
espejos enmarcados por luces, a la oscuridad del backstage, al calor del
escenario. Juana me ha enseñado, incluso, a mirar con las manos.
Ignacio, Carlos y Juana, Elisa
y Miguelín, Doña Pepita y Don Pablo, Esperanza, Lolita, Alberto, Andrés y
Francisco. Estaban tan vivos que me los creí. En la última representación, poco
antes de que se apagasen las luces y Carlos hincase la rodilla en el suelo,
sentí la angustia de un colegio desmoralizado, las ilusiones pisoteadas, los
amores magullados, la inseguridad. Estábamos dentro, pero eran ellos, esos
personajes con los que habíamos compartido tantos ensayos, quienes nos decían
adiós.
Y arriba, Edurne y Silvia,
la directora y subdirectora de nuestra ‘Ardiente oscuridad’, las que nos
reunieron, las que crearon este elenco de amigos y esta obra que ha sido nuestro
hogar. Increíbles, como Miquel, David, Alba, Fernando, Amaia, Jorge, Leire,
Ana, Oriol, Narciso y Álvaro.
Cuando intimé con Juana, me confesó un secreto. Ella
ha sido mi primer personaje, mi primera guía en este mundo. Y por
eso, me hizo tanta ilusión cuando descubrí que mi última palabra, la que me
sacaba de escena, era de agradecimiento. “Gracias”, susurra. Y gracias son
las que quiero darle a este equipo y a Bea, que me llevó hasta el teatro. “Adiós,
Juana”… y gracias.
domingo, 6 de marzo de 2016
jueves, 3 de marzo de 2016
Jaque mate al sueño de las mañanas
Mi hermana se cayó de la cama a
las siete de la mañana. Un peso pesado sobre la alfombra. Pensé que el golpe
sería suficiente para despertarla, pero se encogió y siguió durmiendo. Entonces
abrí las persianas, pero el cielo oscuro no ayudó. Volví a cerrarlas.
Hay un mal muy terrible que
combatimos cuando somos más frágiles: el sueño. El despertador se inquieta, lo
apaga la mano invisible, el subconsciente nos asegura que “un poquito más” solo
serán cinco minutos… Cómo nos engañamos. Ni el mejor mago es tan poderoso.
Así que la dejé en la alfombra.
La batalla no la libraba yo. Dos días después, sin embargo, apenas abrí los
ojos, ella saltó de la cama. El susto me desveló. Eran las siete, como todos
nuestros despertares, pero tardó menos de cinco minutos en vestirse. No pude
articular palabra mientras iba y venía por la habitación. Los zapatos, el
abrigo, el bolso, los guantes. Para cuando quise reaccionar, se había marchado.
Al día siguiente saltó con el
mismo ímpetu y pensé que aquella especie de esquizofrenia de la mañana se
mantendría. Pero no, en la semana que vino después regresó la zombi de la
alfombra. Estaba asombrada, así que decidí preguntarle. No supo
responderme.
—No lo sé. Será que hoy he descansado mejor.
¿Descansar mejor? ¿Solo descansar mejor? Había dormido las mismas
horas, había cenado platos parecidos… La observé de cerca. ¿Estaría ocultándome
un nuevo amor? No, nada de eso. Más tarde descubrí que su victoria rotunda al
sueño respondía al nombre de “motivo”. Mi hermana tenía un motivo, un
incentivo, un acontecimiento que hacía que recibiese al día con ilusión.
Un motivo, anoté. Que podía ser una cita, una tarde de compras, una
buena noticia… Me metí a la cama inquieta. Tenía la fórmula secreta. La pereza,
Carol y yo nos veríamos las caras al amanecer. Reté a la alfombra con la
mirada y me esforcé en buscar un motivo. ¿Qué pasará mañana? ¿Qué puede pasar?
Un motivo… Un motivo… Vamos, un motivo. No logré conciliar el sueño antes de
que sonase el despertador.
miércoles, 2 de marzo de 2016
Tus ojos se ríen
Tienes los ojos muy bonitos.
Imagino que te lo habrán dicho. A veces parecen dormidos, hasta que se les
cruza la risa. Entonces son como un haz de luz rompiendo el agua: tan fuerte,
tal misterio.
En ese instante pienso que
no podrá vencerles la muerte. Pero si no hubiese muerte, tampoco estarían tus
ojos. Y yo quiero esos ojos que ríen, que sueñan, que bailan, que envuelven.
lunes, 1 de febrero de 2016
Una tostada de nieve
Fue
delante de una tostada de nata espesa donde descubrí que no quería despedirme
de ti. Mientras la mujer esparcía la nieve dulce sobre el cuadrado de pan de
molde y tú hablabas de palabras mal escritas, tuve tiempo de contar con los
dedos. Solamente tres… y te irías. Vi cómo caían las gotas de la mermelada de
melocotón y me parecieron tristes. Seguías moviendo los labios, así que estuve
tentada de sacar la grabadora y pedirte que me contaras un cuento para cuando
te fueras. Bebiste un sorbo de café y sonreíste. La marcha te sentaba muy bien,
desde luego. Desde que marcaste un final, todo parecía más grande: los sueños,
el futuro, nuestros desayunos. Tragué un trozo de aquella montaña y entonces preguntaste
si todo iba bien. Te mentí; respondí que me costaba tragarlo.
lunes, 4 de enero de 2016
Lágrimas de sangre
Le resbalaban lágrimas de sangre por las mejillas, pero el policía estaba de espaldas y no las veía.
—Jefe, el juez ha levantado el cuerpo.
Antonio y Sergio se encargan de lo demás. Podemos irnos —informó Gabriel desde
la ventana del furgón
Pedro se amasó la barba y, sin decir
nada, subió al vehículo. Aunque su compañero encendió la radio y comenzó a
hablar de fútbol, era incapaz de abandonar el caso. No lograba entender por qué
aquel mendigo había matado a la joven. Después de todo, aquel pobre loco nunca
había sido violento. Más bien al contrario. Recordaba haberlo visto todos los
días en la misma esquina de la plaza, comiendo lo que le daban, lanzando migas
de pan a las palomas, tocando una vieja flauta. Alguna vez incluso le había
dado dinero. Era un artista; la música le brotaba del corazón.
—No lo entiendo —musitó—. ¿Por qué la
mató de un hachazo? No se conocían.
—La cuestión es, jefe, de dónde sacó el
arma.
Pedro sacudió la cabeza, contrariado.
Quizá el mendigo un día fue campesino. Eso le daba igual.
La nieve caía tan despacio que parecía
flotar inmóvil en el mismo sitio. Sofía cerró los ojos y sintió los copos
derretirse en su piel. Columpió las piernas. Sonrió. Hacía media hora que
esperaba a Alberto, pero parecía que después de todo no iba a presentarse. Sacó
la lengua para beber del cielo. Acababa de decidir que se olvidaría de él.
Vio a unos niños lanzarse bolas de
nieve y los siguió con la mirada. La escena le pareció divertida, hasta que el
vagabundo empezó a gritar. Daba saltos señalando una de las cuatro estatuas de
la plaza. Se fijó entonces que una de las bolas había impactado contra ella y
que la nieve se escuría desde el rostro del ángel al suelo. Sofía contuvo la
respiración. Nunca había visto una cara más hermosa.
Mientras el hombre retomaba su melodía
de flauta, ella se acercó, arrobada, a la escultura. Había algo en aquella
mirada que la atraía; no se atrevía a decirlo, pero le parecía que en esos ojos
de mármol resplandecía la vida.
Levantó el brazo, aunque no se atrevió
a tocar ni siquiera los pies. El ángel tenía las manos cruzadas sobre el pecho
y la cabeza inclinada. Los labios ligeramente entreabiertos, como si Dios le
hubiese petrificado justo en el momento en que iba a negarle.
Sofía imitó el gesto y cruzó sus manos
sobre el corazón. De pronto no sentía el frío. Entreabrió los labios,
hipnotizada. Le parecía que el querubín le juraba amor eterno.
Las notas de flauta se silenciaron.
Sofía había trepado la estatua y
acariciaba aquel rostro de piedra como si su calor fuese a despertarlo. Se encontraba
tan ensimismada que no vio al mendigo caminar hacia ella con un hacha en alto.
Tampoco lo escuchó gritar, ni el filo del arma rasgando el aire, en círculos,
directo a su espalda. Estaba cautivada por una mirada esculpida.
La muerte la besó al mismo tiempo que
apretaba sus labios contra los del ángel. Cuando la encontraron, el vagabundo
lloraba a su lado. Tenía las manos rojas y era incapaz de articular palabra.
Los oficiales se lo llevaron detenido y fotografiaron la escena mientras
llegaba el juez. Fue precisamente en esas imágenes donde algunos años después
Pedro descubrió un detalle que aquel día había pasado por alto. Ampliando las
instantáneas descubrió que el ángel bajo el que murió la joven tenía lágrimas
de sangre.
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