"Un bosque de relatos, poesías y cualquier letra perdida que busque su lugar"

viernes, 4 de mayo de 2012

A partir de la fila de atrás


Nunca os sentéis en las filas de atrás. Al menos no lo hagáis si os sabéis bien una asignatura y queréis optar a la mejor nota. Vaya mi suerte de hoy.
Perdonad que no escriba una historia, no me parecía justo. Quizá os resulte estúpido leer esto, pero tal vez algún día os suceda algo parecido y os acordéis... y quién sabe, igual decidís mirar el mundo con otros ojos. No quiero hablar de exámenes, ni volver a enfadarme con el desconocido que se sentó a mi lado y estuvo todo el examen copiando, pero sí de lo que vino detrás.
Había ido con la mejor de las intenciones al aula. Iba decidida a aproximarme a la mejor nota posible, porque había estudiado a fondo la asignatura y le había puesto ganas e ilusión. Después de todo, era el primer examen, y según eso se predice cuál será la suerte en el resto. -Espero andar por mejor camino-. Claro que no contaba con que de compañero, con tan solo un asiento de distancia, me tocase un chuletero que apenas contestó una palabra que no hubiese puesto previamente por escrito. A mí todo me fue bien, hasta que sacó la primera hoja arrugada de su bolsillo y se puso a hablar con el de delante y el de su derecha. ¡Pues oye, estupendo, me concentré muchísimo!
Como adivináis, salí muy enfadada. Se habían estrellado todas mis expectativas. Lloré de rabia -aunque os parezca ridículo- y me senté lejos del bullicio hasta que me tranquilicé. Cuando esperáis tanto, es muy dura la caída. Nada de la sonrisa triunfal con la que esperaba salir, nada de la sensación orgullosa de haber terminado el primer examen, nada de la satisfacción después de tantas horas de estudio, nada de nada. A veces ocurre así.
Por suerte, tengo unos amigos estupendos y una madre magistral que me desbloquearon. Deseché mis intenciones de encerrarme en la habitación para estudiar el siguiente examen y eché a caminar. Mis pasos me plantaron frente a una cafetería. No podía ser de otro modo, la palmera de chocolate tiene un efecto mágico. Así que, como hacía tanto que no compraba una y necesitaba animarme, entré. Allí comenzó la aventura.
Evité los ruidos y me deslicé hasta el borde de la civilización. Acabé donde el asfalto muere por la vegetación, donde se silencian los motores de los vehículos y se detienen las prisas. Quizá a partir de aquí os apetezca dejar de leer, lo cual también os aconsejo si consideráis que la Naturaleza es una cursilada de poetas.
Crucé hacia un camino de tierra y me detuve. Sin edificios, sin coches, sin prisas, sin problemas, sin trampas. Estaba en el mirador de la cuenca, en un punto donde cualquier fotografía sería bella. Lo más fascinante era el cielo. Me habría encantado que hubiera sido un día soleado, como prometían los partes meteorológicos desde hacia dos semanas, pero las nubes lo cubrían de contrastes. Desde las montañas, moradas por el atardecer, nacía una línea algodonada de ellas, parecían nata de las fresas. Sobre estas, el cielo celeste se fundía con un gris que parecía no tener principio y, más allá, despuntaban algunas nubes solitarias y oscuras. Era la paleta del artista del tiempo.
Llegué, incluso, a un lugar donde crece la hierba alta y las florecillas blancas la perlan como adornos. Allí me gustan las estaciones. Ninguno de los días que escojo aquel camino es parecido.
Y así regresé a casa. Me desvié hacia un parque para escuchar risas y zigzaguear entre los árboles antes de acabarme el dulce. Entonces encontré una escena muy tierna, que me hizo olvidar por completo cuanto me preocupaba. En un banco se había detenido un padre con sus dos hijos pequeños, no alcanzarían los dos años, y los había sentado hacia el jardín de la casa que había detrás. Habían aparcado sus bicicletas minúsculas y, emocionados, como si no hubiese nada más interesante, señalaban al jardinero que cortaba el césped. El padre les revolvía los ricitos castaños y les hablaba al oído, sujetándolos para que no se resbalasen.
Qué de historias había en aquel parque, en esta ciudad, en tantos lugares. ¿Y yo molesta por un examen? Nunca me había hecho tanto bien un paseo con mi palmera de chocolate.

martes, 10 de abril de 2012

Sin alma

Siglo XVI.
Un grito ahogado quebró el alba. Era la señal de alarma, la primera víctima que caía en manos de los berberiscos. El fuego prendió rápido y una llamarada escoltó al sol. El puerto de Málaga se agitaba por los sablazos de los turcos, que apenas saltaban al agua ya cortaban cabezas. En menos de diez minutos los marineros, semi desnudos, se habían agrupado en hileras frente a las casas. Sus mujeres arrastraban a los niños fuera de las camas y tiraban de ellos calle arriba. La costa estaba infectada de hombres con turbante y aros perforándoles la piel.
Algún audaz arreaba el ganado, pero la mayoría corría con lo puesto. Ya los habían visto otras veces y eran sanguinarios. Poco les importaban las lágrimas, las súplicas o los sobornos. Parecían guerreros del diablo resurgidos de las mismas entrañas del infierno. El fraile Esteban Gil de Paz, que muchas veces había acompañado las expediciones a Argel para rescatar a cautivos cristianos, contaba barbaridades de aquella tierra de pecado.
Como animales rabiosos, prendían las galeras españolas y arramblaban con los bienes ajenos. Su lengua desconocida los hacía aún más temibles. Destrozaban sin piedad las barcas, las redes, las viviendas... De vez en cuando alguno se separaba del resto y regresaba con un paz de mozas a hombros, para luego venderlas como esclavas o presentarlas al sultán. Los chicos jóvenes y robustos también les interesaban, y los acorralaban hasta agotarlos.
Sus risas perversas herían a los que huían por la colina, atrapados por la niebla del pánico. Los niños trastabillaban en la carrera, sucios por el polvo del camino, y sus madres lloraban desconsoladas mientras luchaban por no rendirse a aquel dolor. Tenía que seguir corriendo, lo había avisado el padre trinitario Esteban. Los corsarios no se detendrían hasta quedar satisfechos y en la playa eran ya pocos los hombres que no habían perecido.
El mar arrastraba cuerpos sin vida y el sol descubría la sangre que regaba las calles. Era un paisaje atroz, abominable, monstruoso. Ni aún cuando los corsarios turcos embarcaron en sus galeotas y se perdieron en la estrecha línea del horizonte, cesó el horror. El fuego continuaba devorando los cadáveres, los animales y las casas. Los pescadores que habían sobrevivido se arrastraban como espíritus sin alma. La violencia les había arrancado la vida.




Without a soul

16th Century.
A strangled cry broke the dawn. It was the alarm signal, the first victim that fell by the hands of the Berbers. The fire spread quickly, one of the flames licking the sun. The Malaga seaport trembled under the blades of the Turks, who had barely landed in the water were already cutting off heads. In less than ten minutes, the seamen, half-naked, had aligned themselves in front of the houses. Their wives pulled their kids out of bed and up the street. The coast was plagued with men bearing turbans and hoops piercing their skin.
Some were daring and dragged their cattle with them, but most of them just ran with what they had. They had already seen them before, and they were ruthless. Their tears, their pleas and their bribes meant nothing to them. They were like the devil’s warriors, risen from the very bowels of hell. Friar Esteban Gil de Paz, who had many times joined the expeditions to Algiers to rescue Christian prisoners, spoke of the atrocities that took place in that land of sin.
Like rabid animals, they burned Spanish galleys and took off with their goods. Their foreign tongue made them all the more fearsome. They pitilessly destroyed fishing boats, nets, homes… Every once in a while, one of them would detach himself from the others and come back with a couple of girls over his shoulders, that they would then sell as slaves or present to the sultan. They also looked for strapping young men and cornered them until they became exhausted.
Their wicked laughs hurt those who fled through the hills, trapped by a haze of panic. The children stumbled as they ran, dirtied by the dust from the road, and their mothers cried uncontrollably as they fought not to yield to the pain. He had to keep running, the Trinitarian Father Esteban had warned him. The corsairs wouldn’t stop until they were satisfied, and on the beach there were only a few who hadn’t already perished. The sea dragged the lifeless bodies, and the sun uncovered the blood that bathed the streets. It was a cruel, abominable sight. Not even when the Turkish corsairs boarded their ships and disappeared into the thin line of the horizon did the terror cease. The fire continued to consume the corpses, the animals and the houses. The fishermen that had survived trailed along like soulless spirits. The violence had ripped away their life.


Traducción por: Carolina Rodríguez García.

lunes, 2 de abril de 2012

Una noche de magia en el Baluarte

Una tormenta de aplausos estalló cuando se apagaron las luces. Sólo iluminaba un foco el sendero de luz que recorrió Pablo Alborán hasta el centro del escenario. Se sentó en una silla alta frente al micrófono y recogió su guitarra. Era el protagonista del Auditorio Baluarte la noche del domingo primero de Abril.
Tardaron poco en acompañarle tres maestros de la guitarra. Pablo aprovechó la pausa para agradecer los mensajes que había recibido en las redes sociales y saludar a su público pamplonés, en el que destacaba la presencia femenina. Perdóname, el single con el que presenta su disco “En Acústico”, abrió el concierto, seguida de Ladrona de mi piel, Vuelve conmigo, Caramelo y Volver a empezar, que sirvió como excusa para despertar lo mejor de su público. De pie y ganas de aprovechar al máximo, el auditorio bailó al compás de su voz y su guitarra.
Lo envolvían haces de luz azul, morada y blanca, y un efecto de neblina que se extendía bajo sus pies. Su fuerza hizo vibrar a unas 1.600 personas. Había sido capaz de entretejer una atmósfera mágica con su voz, que mantenía al público entusiasmado. Parecía pasearse por las notas con relativa facilidad y era capaz de sostenerlas sin que le faltara la respiración. Además, demostró que su potencia y su voz limpia, que utilizaba en un registro de pop melódico con tintes flamencos, podía mantener el nivel aun prescindiendo del micrófono.
Loco de atar la interpretó con el recuerdo de un hombre que no tenía nada más que las críticas que alimentaban su leyenda. Aseguró que es muy fácil hablar mal de la gente cuando ni siquiera nos molestamos en preguntar al que acusamos. Solamente tú desplegó una nueva ola de aplausos y vítores, similar a la que acompañó a Te he echado de menos y No te olvidaré.
Pero el repertorio no se ciñó exclusivamente a sus composiciones, e interpretaron: Deja de volverme loca de Diana Navarro, El sitio de mi recreo de Antonio Vega, La vie en rose de Edith Piaf y Ain't No Sunshine de Bill Withers.
Pablo cerró el concierto con Volver a empezar, que revolucionó una vez más al público. Pidió que encendieran las luces del Auditorio y, cara a cara, se despidió de una muchedumbre que no cesaba de aplaudirle.
Málaga irrumpió con fuerza en Pamplona y el resultado fue un concierto vibrante y cargado de emoción. “Pienso volver pronto”, prometió el malagueño. Y los cuatro genios que habían encandilado al público se acercaron al borde del escenario para agradecer su ilusión.

***

A storm of applause broke out when they turned off the lights. A single spotlight illuminated the path of light the Pablo Alborán walked on to reach the center of the stage. He seated himself on a high chair in front of the microphone and picked up his guitar. He was the star of the Baluarte Auditorium the night of Sunday, April 1st.
Three masters of the guitar didn’t take long to join in. Pablo took advantage of this pause to greet his public in Pamplona, in which the female presence was heavily acknowledged, and thank them for the messages he had received on social networks. Perdóname, the single he’s using to present his new record “En Acústico,” opened the concert, followed by Ladrona de mi piel, Vuelve conmigo, Caramelo and Volver a empezar, which served as an excuse to awaken the best of his audience. On their feet and ready to take full advantage of the experience, everyone in the auditorium danced to the rhythm of his voice and his guitar.
Beams of blue, purple and white light surrounded him, as well as a misty effect that extended beneath his feet. His power pulsated through 1,600 people. He had been able to interweave a magical atmosphere with his voice that kept the audience eager for more. He seemed to be gliding through the notes with relative ease, and he was capable of maintaining them without having to catch his breath. He also demonstrated that his power and his pure voice, which he used in a pop melodic register mixed with hints of flamenco, could maintain the level even dispensing with the microphone.
He interpreted Loco de atar with the memory of a man that had nothing else but the criticisms that fed his legend. He assured his audience that it’s very easy to speak badly of someone when we don’t even bother to ask for their opinion. Solamente tú unfolded a new wave of applause and cheers, similar to the one that accompanied Te he echado de menos and No te olvidaré.
But the night’s repertoire didn’t only include his own compositions, and they interpreted: Deja de volverme loca by Diana Navarro, El sitio de mi recreo by Antonio Vega, La vie en rose by Edith Piaf and Ain't No Sunshine by Bill Withers.
Pablo closed the concert with Volver a empezar, which again revolutionized the crowd. He asked that they turn on the lights of the auditorium and, face to face, bade farewell to a crowd that didn’t cease to applaud him.
Málaga burst with power in Pamplona and the result was a concert vibrant and packed with excitement. “I plan on coming back soon,” promised the singer from Málaga. And the four geniuses that had dazzled the audience approached the edge of the stage to thank them for their enthusiasm.

Traducido por: Carolina Rodríguez García.

sábado, 24 de marzo de 2012

Con otros ojos

No se trata de rendirse. Hace poco conocí a una chica que entre grandes aspavientos se quejaba de una de las asignaturas de la carrera. Revolvía los apuntes y pasaba las páginas del manual con desesperación. “No me importa nada. ¡Qué me interesa a mí esto! Ni siquiera es útil”. Naturalmente, como ocurre la mayoría de las veces que nos dejamos dominar por la obcecación, estaba equivocada. Sí le interesaba, o debería interesarle, porque era una tema que repercutía en su día a día, y era útil, se dedicase o no a la Comunicación. Me quedé mirándola, no recuerdo bien si con una sonrisa burlona o triste, en tal situación ambas habrían servido. “Es horrible, ¡a mí qué me importa!” –me dijo, pese a que no me conocía de nada–. “Este hombre sólo dice bobadas”. Y entonces no pude evitar echarme a reír.
Recordé las veces que enfrente de los telediarios había repetido lo poco que me interesaba la política. Cuando en mi horario del primer cuatrimestre vi una asignatura dedicada a los sistemas políticos contemporáneos me desesperé. ¿Qué iba a ser de mí?... Qué dulce ignorancia, las primeras clases rompieron todos mis esquemas. Empecé a acercarme a ese mundo que había etiquetado como “hostil” y descubrí que lo entendía, que había un sentido... y que me gustaba. Contra todo pronóstico, fue la asignatura a la que más tiempo le dediqué y con la que más disfruté.
De modo que, cuando mi compañera de clase comenzó a rechazar la nueva asignatura sin haber intentado comprenderla, en seguida supe dónde estaba la solución. “Es la actitud” –comenté–. “Depende de cómo decides enfrentarte a los retos”.
Es cierto, aunque ella acogió el consejo con ironía: suspiró con dramatismo y simuló escuchar con atención al profesor, repitió alguna de sus frases como si se le fuera la vida en ello y comentó con su amiga lo divertido que era la ley de la oferta y la demanda.
No se trata de simular interés hacia aquello a lo que nos enfrentamos, ni de rendirnos, entonces continuaremos igual que cuando estábamos en el punto de partida, sino de mirarlo con otros ojos y creer que somos capaces. Cuando se trata de ponerse límites, muchas veces nos convertimos en nuestro propio antagonista. Le ponemos punto y final a la historia antes siquiera de sentarnos a escribirla.

***

It’s not a matter of giving up. Not long ago I met this girl who, with much fuss, was complaining about one of her college classes. She shuffled through her notes and anxiously flipped through her workbook. “I don’t care about anything. Why would this interest me! It’s not even useful.” Naturally, as usually occurs when we let blindness take over our beings, she was wrong. It did interest her, or it should, since it was a subject that cropped up in her day-to-day life, and it was useful, whether or not she decided to go into the field of Communications. I simply stared at her, I can't remember if with a teasing smile or a sad one, in such a situation either would've made do. “It’s horrible! What do I care,” she told me, even though she did not know me at all. “This man only babbles.” And at that point, I couldn’t help laughing.
I remembered the many times that, in front of the News cameras, I had repeated the little interest I had in politics. When I found a class dedicated to the contemporary political science on my first quarter schedule, I panicked. What do I do?... What sweet ignorance; the first classes would break down all my plans. I began to approach this world that I had labeled as “hostile” and discovered that I understood it, that now it had a meaning… and that I liked it. Against all odds, it was the class I put most effort into, and the one I enjoyed the most.
Therefore, when my classmate began to reject her new class, I immediately knew where the solution was. “It’s the attitude,” I commented. “It’s all about how you face your challenges.”
It’s true, although she took the advice with sarcasm: she sighed dramatically and pretended to avidly listen to the professor, she whispered a few sentences to herself as if her life depended on it and discussed with her friend how fun the laws of supply and demand were.
It’s not about feigning interest for the things we are confronted with, nor about giving up, otherwise we would simply continue as if nothing had changed, but about looking at our challenges
from another point of view and believing that we are capable of surpassing them. When it comes to setting limits for ourselves, oftentimes we become our own antagonists. We put the final touches on our story before we can even sit down to write it.

Texto traducido por: Carolina Rodríguez García.

viernes, 17 de febrero de 2012

El último bocado

Hoy dicen que ha llegado mi hora. Lo sentí en el viento frío de la mañana y en el beso del sol. Había algo distinto en el aire, una especie de dolor susurrante que se arrastraba con las hojas. Todo se acaba y comienza.
Al despertar, escuché al asesino afilar su guadaña. Es atroz amanecer con sus manos preparadas cerca de mi cuello. ¡Qué dolor tan silencioso, que me arranca lo oscuro del alma y me escupe todo lo bello! Puedo ver cómo tiemblan las rosas del jardín y con sus pétalos se abrigan del rocío, y cómo los insectos reanudan su tarea entre los matojos de hierba. ¿Quién me creería si digo que escucho a la abeja recoger el polen de las margaritas? Nadie, seguramente nadie. Pensarán que ya deliro, que las fiebres de la muerte me han alcanzado al abrir los ojos.
Escucho a mi mujer y a mis hijos en la salita que queda junto a mi habitación. Las paredes nunca fueron muy gruesas. Hablan de mí y de mi recuerdo, como si ya estuviera muerto, pero prefiero que sigan llorando fuera y no me roben mis últimos sueños. Todavía no, aún quiero disfrutar unos minutos de mi soledad. Puede que me vigile la muerte, es posible, pero también siento que hay un halo mágico, sutil y efímero. Me ha despertado la poesía de la vida y será mi desayuno, el último. No volveré a probar su bocado.
Es curioso, pero mi cuerpo está dormido. Él ya no me obedece, se cansó de mis exigencias, aunque no me arrepiento de haberle dado tanta cuerda. Ahora, cuando no puedo levantarme del lecho, las cumbres nevadas de las montañas me deslumbran de nuevo. Es una sensación grandiosa, por nada del mundo me arrepiento.
Aunque tengo miedo, eso no lo puedo evitar. Sé que pronto me convertiré en imagen, en palabras, en costumbre, que no volveré a alimentar a mis aves, ni saldré a nadar al río... y todo seguirá igual, la vida nunca se detiene por un difunto. Me iré, como se han ido los anteriores, y seré historia, aunque nunca vaya a aparecer en un manual. ¿Y Rosario y Mateo y Fermín y Carmen? Me echarán de menos. Ojalá no se estanquen donde duele y vivan tan apasionadamente como lo he hecho yo. Sí, ojalá lo logren, porque no es fácil. Si yo pudiera, les enseñaría a escuchar la respiración de los árboles y el latido profundo de la tierra. Ah, pero no es sólo la naturaleza, también es el ser humano y su fabulosa capacidad de imaginar, de experimentar, de desear, de amar. Es todo tan maravilloso, tan inmenso. Pero yo me muero, yo lo estoy sintiendo todo por última vez. También hay desgracias y sufrimiento. Claro que sí, también hay dolor, mucho. Porque yo me voy quizá lo vea todo más hermoso. ¿Pero no lo es? Ojalá no se cansen de buscar.
Que no lloren, por Dios, que no lloren, quiero que me acompañen con sus sonrisas. Rosario ha abierto la puerta, ha debido sentir el frío de la muerte entrar en mi habitación. Qué mujer más bella a sus ochenta y tantos, qué brillo tan bonito el de su mirada. Mateo, Fermín y Carmen tienen miedo, no saben bien qué decir, el llanto asfixia sus gargantas.
Mis labios se han callado, ya no tienen sentido mis palabras. ¿Me dolerá el golpe de la guadaña? Da igual, ahora estoy con ellos, ahora soy fuerte, libre y feliz. ¿Y esa luz? Todo resplandece, todo brilla. Qué bonitas eran las risas de Carmen cuando la hacían reír sus hermanos.

domingo, 12 de febrero de 2012

La hija del extranjero

Corría por el borde del acantilado, con los brazos extendidos y los pies descalzos. Desde la playa su silueta parecía la de un ángel, pues su vestido blanco creaba la impresión de alas vaporosas. Podría ser un hermoso cuadro de Monet, tan brillante en contraste con el verde primaveral de la hierba y el azul irritado del mar. Todos la observaban desde abajo, asombrados, fascinados por su energía. De un momento a otro podría levantar el vuelo y nadie se sorprendería mucho más.
¿Es la hija del extranjero? –preguntó Ainara Lena, la mujer más hermosa del pueblo.
Sí, la salvaje –le contestaron en un suspiro.
Todos la envidiaban, tenía algo incomprensible que la hacía muy distinta al resto. Aquella muchachita los había encandilado con su sonrisa traviesa y su mirada inocente. Los hipnotizaba cuando bailaba en la plaza, abrazada a los rayos de luna, y cuando corría cerca del faro con el cabello desordenado y la risa fresca. Siempre parecía feliz... y apenas tenía nada.
¿Qué hay de su madre?
No lo sé, siempre que le preguntamos nos mira y sonríe, pero no nos contesta.
¿Y su padre?
Ya sabes quién es, el que volvió de América.
Federico ya no pertenece a este pueblo –intervino Ainara, molesta.
Un pescador se rió.
¿Tanto le odias por no elegirte a ti como esposa?
Las risas salpicaron su orgullo y Ainara se dio la vuelta y se marchó.
No debes decir esas cosas –le advirtió uno de los compañeros –. Ahora ella está casada con un hombre rico.
Claro, cómo no. Olvidaba que el dinero está por encima del amor –se burló.
Mientras tanto, ajena a las malicias de los adultos, la niña contemplaba el horizonte. “¡Qué grandeza más absoluta!”, pensaba. Se había sentado en el borde, desde donde podía balancear sus piernecitas desnudas, y dialogaba con aquella inmensidad. Amaba a las gaviotas, a las olas, a las mariposas doradas. ¿Cómo podía alguien acostumbrarse a esa belleza regalada? Su madre le había dicho una vez que la naturaleza era para muchos una belleza invisible. Miró hacia la playa, donde no dejaban de observarla, y sintió lástima. ¿No se daban cuenta de que el mar, su espuma, el aire, la arena y las rocas eran mucho más fascinantes?

jueves, 9 de febrero de 2012

Espiral a través de "La rosa púrpura del Cairo"

La rosa púrpura del Cairo (1985) me ha dejado una extraña sensación, dulce y amarga, aunque algunos digan que las dos cosas no puedan ser. Estoy trabajando un ensayo sobre la relación realidad-ficción que Woody Allen establece en sus películas y hoy analizaba ésta. Lo cierto es que me ha devuelto a casa pensativa, atrapada en una espiral filosófica vertiginosa, y quería compartirlo, lejos de cualquier crítica cinematográfica pretende ser más una reflexión.
Ya conocía el final, pues me documenté ampliamente antes de la proyección, pero me resultó tan triste como si no lo hubiera hecho. Desde luego que Woody Allen y Gordon Willis (director de fotografía) pueden sentirse orgullosos. Saben muy bien que lograron su meta en esta película.
Que Woody Allen huya a la ficción como paliativo de los problemas de “su” realidad lo aceptamos, pero, ¿cuántas veces lo hacemos nosotros casi sin darnos cuenta? Él trata de proyectar un mundo insípido y feo que únicamente se enriquece por nuestras aportaciones creativas, las del ser humano. Un día podemos amanecer chistosos, o pesimistas, o absurdos, y es por eso que somos tan vivos, tan interesantes. La ficción se convierte en una vía escurridiza de la realidad.
En la película, Cecilia (Mia Farrow) se encuentra en el núcleo de un torbellino amoroso que transforma su vida y le sirve de apoyo para enfrentarse a la realidad. Tres hombres le ofrecerán diversas posibilidades y ella, ingenua, deberá elegir y enfrentarse a los conflictos que consumían la paz de su hogar. Fue la secuencia de su elección, entre Tom Baxter y Shepherd (interpretados por Jeff Daniels), la que más me fascinó; no podría definirlo con otra palabra. Es un momento en el que se concentra un contenido riquísimo, cargado de dudas existenciales y elecciones que pueden llegar a resultar un tormento. Tom Baxter es el “hombre perfecto”, lo cual nos concede el hecho de que sea un personaje de ficción, pero Shepherd es real, con sus virtudes y sus defectos. Una de las actrices que contemplan la discusión desde la pantalla, le incita a Cecilia a que se decante por Baxter, el aventurero, el poeta, el respetuoso, el fiel... en definitiva, y como ella misma defiende, el perfecto. Pero ella, sin embargo, opta por Shepherd. Puede ser que el fantasma de la perfección nos persiga como punto importante de nuestra ambición, pero con frecuencia lo alejamos para mantenernos firmes en cuanto nos rodea y concebimos como seguro. "Concebimos" no quiere significar que realmente lo sea, porque, como W. Allen nos recuerda, "al final la realidad nos arrolla y nos defrauda".
¿Nos atemoriza que nuestros sueños logrados no continúen siempre como nuestra realidad? ¿O, tal vez, no sabemos exactamente qué buscamos?

miércoles, 1 de febrero de 2012

Al amanecer

–Es...
–Absurdo, es cierto, sí que lo es.
Jonás aporreó el cristal y se secó el sudor de las manos en los pantalones.
–¿Y ahora?
–Pues ahora esperas, ¿qué más vas a hacer?
–No sé, ya te digo que es absurdo.
–Por supuesto, no dejas de recordármelo.
Miguel se apoyó en la pared y encendió un cigarro.
–Olvida que estoy aquí.
–¿Y qué voy a decirle? No quiere verme.
–Claro que no, yo tampoco querría.
Jonás suspiró, nervioso, y golpeó de nuevo la ventana.
–No me hace caso.
–Dale su tiempo, se lo está pensando.
–¿Pero qué más tiene que pensar? Es absurdo, ¿lo ves? Ya te lo dije, ya te lo dije... No sirve de nada que lo intente, está enfadada.
–Tranquilízate.
–Ah, cómo si fuera tan fácil.
–¿Quieres? –ofreció Miguel, tendiéndole el cigarro.
–No, no fumo.
–Pues entonces respira hondo.
–Qué absurdo...
Las cortinas se abrieron, descubriendo un rostro de mujer.
–Vaya, está aquí.
–¿Y qué esperabas? Vamos, no seas crío e insiste.
Jonás saludó, tímidamente, hasta que ella se decidió a abrir el cristal.
–Hola, Jonás –saludó, sin manifestar ninguna emoción.
–Hola...
Se miraron en silencio. El orgullo le pesaba demasiado a Jonás. Sin embargo, ahora lo veía, veía que la había herido de una forma terrible. Nunca antes la había encontrado tan pálida y tan delgada. Le dolían los recuerdos, pero aún más la visión espantosa de un corazón destrozado. Se rindió.
–Perdóname...
Y ella rompió a llorar. Le hizo un gesto hacia la entrada de la vivienda.
–Entra, tenemos mucho de lo que hablar.
Jonás relajó la postura y aceptó. Lo había hecho, aunque hubiese creido que era absurdo había logrado encararse con la realidad. Buscó a Miguel con la mirada, mientras caminaba hacia la puerta, pero él ya estaba lejos, en el horizonte de la calle.
–Eres muy valiente –recordaba que él le había dicho al amanecer –. Eres un hombre herido por tus faltas, pero eres realmente valiente y sanarás.

lunes, 30 de enero de 2012

¿Despierto o dormido?

Estaba perdido. Sin su casa pequeña en las afueras, sin su jardín de tierra, sin el vocerío de los niños del barrio que jugaban en la calle, sin su madre ni su hermana... Perdido. Ni siquiera aún, con las maletas deshechas y su padre rellenando el frigorífico que compartirían, lograba enterder qué le había llevado tan lejos de su tierra. Lo había dejado todo, absolutamente todo. Simplemente había amanecido, se había asomado a la ventana y lo había dicho. Así, como si fuera una decisión sencilla, como si se tratase de elegir el desayuno de la mañana. "Me voy a España"... y se había ido.

Los ojitos oscuros de Fátima se habían cerrado con lágrimas y Guadalupe lo había besado hasta que cruzó la puerta de los pasajeros con su padre. La pequeña Fátima lo amaba demasiado, quizá es exceso. Había sido su "hombrecito", siempre atento, diligente y cariñoso, y sabía que cuando volviesen a encontrarse ya sería un "hombre", ¿sería entonces su hombre? Lo dudaba tanto como Andrés... En España le confiaría sus secretos a otras mujeres, ¿cómo iba a callarlos hasta que volviera a ver a su hermana?

Se sentó en los muebles viejos del piso y cerró los ojos. La lluvia contra el cristal conseguía relajarle. Todo estaba gris, muy gris, como si el sol se hubiese quedado en México. Vio como su padre se servía un refresco y suspiraba. Estaban mareados, los dos, y tristes, y cansados... y de nuevo perdidos. ¿Estaba soñando despierto o dormido? No, tal vez era cierto. Posiblemente. Todo parecía sospechosamente real; la lluvia monótona, el sofá áspero y las paredes desnudas. Ya no estaban ni Fátima ni Guadalupe. ¿Y el ruido de la calle? Tampoco. Era diferente, ahora sólo se oían los coches.

domingo, 29 de enero de 2012

Palpitante

Estaba a punto de partir. Posiblemente sólo le quedase unos minutos de vida. Luego regresaría al letargo de la soledad. Él necesitaba de ellos, como ellos necesitaban de él sin saberlo. Miriam se detuvo, con el corazón palpitante, y lo miró. Era una sensación extraña hablar sin palabras.
Vamos, continúa –parecía decirle el hombre.
Pero ella estaba cautiva de los recuerdos y no quería abandonarlo. Había viajado por África de su mano y había aprendido a entregarse a los más desfavorecidos, a darles el cariño y los cuidados que necesitaban. Se había enamorado de esas tierras infértiles, de los baños en las charcas cuando apretaba el calor y de su gente, de sus sonrisas y su esperanza. También de él... De él se había ido enamorando en cada capítulo de su vida. ¿Y ahora tenían que despedirse? No era justo.
Sin embargo, debía poner punto y final, para algún día poder comenzar de nuevo, y continuó leyendo. Mientras él desaparecía con las últimas palabras, Miriam sonreía, enternecida por la escena final. Ya se iba...
Cerró el libro y apoyó la cabeza contra la pared. Allí quedaba, presa entre las tapas, una historia tan viva como la suya. ¿Y quién la volvería a conocer? Cada vez más, por las prisas, las novelas morían en las estanterías, acumulando polvo. Miriam suspiró con aprensión. Si hubiera aprendido antes a leer...

sábado, 7 de enero de 2012

A traición (II)

(...)
Muy bien –dijo, impaciente –, combatirás.
Sus ojos azules se la clavaron en los de él con extrema frialdad. Había procurado resultar tajante y dura. Sintió cómo el abrazo de Roller se tensaba.
El galeón nos alcanzará en menos de una hora, va poco cargado –continuó ella –. Alcemos la bandera pirata, la tripulación está esperando.
Se zafó de sus brazos y de sus labios y se encaminó hacia la salida. Los tacones de las botas secundaron sus palabras. Roller gruñó y corrió para alcanzarla, no aceptaba la derrota. La detuvo en las escaleras y la empujó contra la madera.
Yo mando –la amenazó, presionando su cuello con el antebrazo.
Abie sonrió, lejos de asustarse, y en una maniobra rápida extrajo una daga de su falda y la clavó en la pierna del pirata. Luego le derribó escaleras abajo.
No vuelvas a ponerme una mano encima. Soy yo la que manda en este barco –declaró y, haciendo caso omiso de sus gritos de dolor, salió a cubierta y alzó su daga ensangrentada.
Con su gesto, setenta gargantas la aclamaron. Todos sabían que Roller, quien había prometido riquezas si se amotinaban a su favor, había sido derrotado por la heredera. Lo adivinaron porque en la mirada de ella había un brillo diferente. La inocencia y el miedo se habían esfumado. Ahora era una pirata decidida y convencida de la victoria. Clavó su daga en el mástil y arrancó de su cinta la espada.
Quien no me quiera seguir, que se atreva a retarme.
Y los gritos de los marineros anudaron el último cabo de su unión. El galeón no podría vencerles. Abie Jack había logrado que la aceptasen y ahora, como con su padre, la bricbarca pirata era una sola criatura.
Abie se acercó a la baranda y contempló a su enemigo, ondeando la bandera de la calavera.


martes, 3 de enero de 2012

A traición (I)



Estaba asustada, aunque él le prometiese que todo estaba bien. A la luz de un único candil, sus sombras parecían alargarse hasta la puerta del camarote. Nadie iba a interrumpirlos. Por el ventanal, sin embargo, se hacía evidente la inminencia del peligro.
Abie se volvió hacia el galeón que los perseguía.
Nos doblan en tripulación y en armamento.
Son más lentos, no podrán alcanzarnos. De todas formas, si lo lograsen no serían capaces de maniobrar a la misma velocidad. No debes preocuparte.
Ella lo miró, furiosa. Sus labios ardían muy cerca de los de Roller.
Delega en mí –pidió el hombre –. Presentaré batalla y venceré.
Yo soy la capitán.
Sabes que la tripulación no te escuchará. Tu padre era un buen pirata, pero tú eres una mujer.
Roller le acarició la cara y obvió los metros que los separaba. Con delicadeza, le apartó los rizos anaranjados del rostro y jugó con su pendiente.
¿Este aro es el que te compré?
El que le robaste a un mercader holandés, sí.
Precioso.
Ella forzó una sonrisa.
Vamos, Abie... –insistió –. Sabes que me respetan.
Había empezado a cambiar su actitud. Sus labios caían sobre su nariz, tentándola, y sus manos viajaban por su espalda. Abie sabía cuál era su juego, pero ahora le parecía tan atractivo que su valor había empezado a temblar. Era joven y no tenía ninguna experiencia al mando, mientras que él había liderado las batallas junto a su padre, el difunto capitán. Era fuerte y decidido y un magnífico estratega. Quizá se estaba equivocando por su orgullo.
Roller se inclinó para besarla. Veía en sus ojos la duda y olía su miedo. Sus manos, que había apoyado en su cuello, le temblaban. Abie sólo era una chiquilla. Había combatido cuerpo a cuerpo y había matado, pero aún no había aprendido a congelar sus sentimientos.
Él le sonrió para inspirarle confianza. Había tenido suerte en que la hija legítima de Jack fuese una mujer.
Pero el galeón español estaba demasiado cerca y los gritos de la tripulación se alzaban sobre las olas. Roller siempre había sido su debilidad y le temía. Los golpes en la cubierta al desplazar los cañones le recordaban la primera batalla en la que había empuñado la espada. Él le había salvado la vida y le había enseñado a combatir. Su padre, en realidad, no le había prestado demasiada atención.
Sin embargo, sabía que su beso era a traición y que sus caricias le mentían. Abie deseaba llorar y refugiarse en la terraza de popa, como había hecho otras veces, pero esta vez Jack estaba muerto y ella era la capitán. Trató de serenarse antes de enfrentarse a su rival. (...)

domingo, 1 de enero de 2012

¡2012, Adelante!


 


Aunque hemos alzado con alegría nuestras copas de champán, sabemos que el 2012 no va a ser un año fácil. Hoy hemos entrado en un nuevo año cargado de incertidumbres. ¿Mejorará la situación económica? ¿Sacaremos adelante ese proyecto que tanto se resiste? ¿Lograré alcanzar alguna de mis metas propuestas?... Nadie sabe qué pasará y por eso mismo no podemos descuidarnos. A pesar de que hay muchos factores externos que nos condicionan, nosotros decidimos hacia dónde queremos ir.

No podemos detenernos en el pasado para lamentarnos de nuestras decisiones equivocadas, o de aquello que nos condujo hasta donde nos encontramos ahora. Debemos sustituir el "Y si..." por un "Voy a...", porque sólo si miras hacia adelante podrás remendar las heridas y alcanzar tus metas.

Estamos a 1 de Enero de 2012, con 364 días para luchar por quienes nos rodean y por nosotros mismos. No debemos rendirnos, ni apesadumbrarnos por lo que no logramos en el 2011. "Año nuevo, vida nueva", dicen las voces de la tradición. Nadie dice que la vida sea fácil, pero eso no es excusa para truncar nuestra sonrisa. Si hemos tropezado, o nos hemos acercado al mismo borde de la oscuridad, busquemos en quienes nos aman y trabajemos por levantarnos de nuevo. Sólo cuando nos rendimos perdemos la batalla. De modo que no tengamos miedo en gritar: ¡2012, Adelante!

domingo, 4 de diciembre de 2011

Atracción

En trance.
El zumbido quemado de la música.
Sonrisas consumidas por las risas.
El alcohol.
Doscientos cuerpos se sacudían la adrenalina en la pista. Las luces llevaban media noche marcando los ritmos.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
La barra estaba salpicada de gotas de sudor. El camarero servía las mezclas y cobraba casi al mismo tiempo. Los hombres apuraban el contenido en cuanto se los servían, sedientos. Luego se alejaban zarandeando la cabeza, con vasos de cristal que probablemente acabarían en el suelo.
Una multitud que se vaciaba de problemas en cada salto.
Cruce de miradas.
Dos amigas gritando con los brazos en alto.
Cautivo.
Pau no podía apartar la mirada.
Cada paso parecería torpe en aquellas baldosas pegajosas, si no fuera porque nadie prestaba atención.
Le gustaba su vestido negro.
Calor.
Sintió cómo le empujaban sus amigos y trastabilló. Se agarró a una mesa alta. Las notas se le clavaban en los oídos. A su alrededor habían empezado una danza frenética, casi robótica. Hizo una mueca y volvió a mirarla. Tenía el pelo rizado.
Empujó para abrirse camino y se precipitó en la corriente de cuerpos.
Lanzaron papelitos brillantes y la gente levantó los brazos, como si pretendiesen atraparlos todos. La música seguía machacando los miedos.
Al límite.
Ella se estremeció con la risa y saltó la mirada hasta encontrarle a él.
Le quemaban las mejillas. Sonrió.
Era difícil avanzar, pero sólo quedaban unos poco metros.
Quiso extender el brazo.
Las luces parpadearon y una nube de humo empezó a ascender desde las rendijas del suelo. Aún pudo ver sus caderas marcando los pasos. Se sumergieron antes que su rostro, perlado por el sudor. Sus labios parecían estallar de júbilo.
Aunque era absurdo, trató de apartar la cortina gris que los separaba.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
Atracción.
Preparó su sonrisa seductora, para cuando amainase la humareda.
Se disipó, con una oleada de carcajadas.
Flashes.
Sonrió.
Estrelló su mirada contra la columna.
¿Dónde estaba ella?

sábado, 26 de noviembre de 2011

He parado el mundo


He parado el mundo. Cuando todos corrían y consumían las horas delante del ordenador, yo detuve el universo. Antes o después iba a estallar, si no lo hacía. La rutina llevaba días mancillándome el ánimo y el tiempo me mordía la chaqueta. Ahora me doy cuenta: estuve a punto de quebrarme en pedazos.
Al principio creí que no iba a ser capaz de hacerlo. No es fácil congelar la gravitación. Siempre hay una fuerza mayor que te empuja, aun cuando estás cansado. Es como si “algo”, una presencia invisible, te precipitase hacia la órbita de la vida donde los seres humanos somos soldaditos desarmados.
Una vez traté de alistarme en el ejército. A partir de entonces, me he arrepentido muchas veces de no haberlo hecho. ¡Acumulo tantos anhelos frustrados! También me propuse viajar a Estados Unidos para aprender inglés... ahora, después de treinta años de aquella intención, chapurreo el idioma en su nivel más elemental. O Teresa, aquella muchachita que tanto amaba... nunca me atreví a pedirle matrimonio. Cada vez que surgía la oportunidad, la dejaba pasar. Y cuando ella me anunció que Daniel le había pedido que fuera su esposa, yo le dije con absoluta indiferencia: “Ya era hora, pensé que te ibas a morir soltera”.
Soy un hombre herido por mis propias decisiones, es cierto. A veces me duele tanto lo que no hice, que pienso que ese “algo” que nos empuja trata de despeñarme en algún agujero negro. O lo pensaba... ahora sé que eso no es posible: ayer detuve el mundo.
Me planté en mitad de la calle que más transeúntes acumula y dejé que las prisas me embotasen. Recibí codazos y disculpas, gestos malhumorados, miradas inquisitivas. Recibí muchas impresiones, hasta que todo dejó de impresionarme. Me acordé del traje militar que nunca vestí, del baile de fin de carrera en el que abandoné a Teresa en mitad de la pista, de los besos que murieron cuando me anunció su compromiso y del abrazo que le negué a mi madre cuando ingresaron a su mejor amiga en el hospital.
Durante algunos instantes creí que me ahogaría, pero luego mitigó esa sensación y me caí al pavimento. Aunque me miraron, nadie se acercó a ayudarme. Sentía los latidos de mi corazón en la garganta y el frío de noviembre me erizaba el vello de los brazos. Cogí la bocanada de aire más grande que recuerdo.
Aquella noche la pasé en casa de mis padres. Hablamos del ejército, de Estados Unidos y de Teresa. Antes de marcharme, abracé con infinito agradecimiento a mi madre. Ella se acurrucó entre mis brazos robustos y se le humedecieron los ojos.
He parado el mundo. Cuando todos corrían y consumían las horas delante del ordenador, yo detuve el universo. Antes o después iba a estallar, si no lo hacía. La rutina llevaba días mancillándome el ánimo y el tiempo me mordía la chaqueta. Ahora me doy cuenta: estuve a punto de quebrarme en pedazos.