¿Te atreves a soñar?
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lunes, 13 de octubre de 2014

Un poco niños

Cuando eres un niño, tus sueños son tan grandes como capaz seas de extender los brazos. Pregúntale a un niño que mida lo abstracto, y te dirá “así”, con los brazos abiertos y esforzándose por estirarlos aún más. Para ellos todo es posible. Da igual que sea difícil, ellos creerán que pueden lograrlo. 


A Disney le han echado la culpa de que las niñas sueñen con príncipes azules y a las Barbies, que quieran tener un cuerpo perfecto. Pero, ¿por qué? Si no es Disney, lo serán las comedias románticas americanas, o las canciones de amores realizados. Y si no es Barbie, lo será alguna modelo retocada. Siempre habrá algo para excusar nuestros sueños y que alimente nuestra insatisfacción. Pero es que Disney y Barbie, y todas esas películas y todas esas canciones, son los sueños de quienes los crearon. Quizá el problema no es de otros, sino nuestro. ¿Por qué no conocernos antes de seguir soñando?

Para que un deseo no nos destruya, hay que saber que hay “momentos” y “momentos”, que no siempre te va a hacer caso el chico o la chica que te gusta, ni las estrellas van a conspirar por ti cuando más lo necesitas (Paulo Coelho, el Universo a veces se despista). No siempre lo bueno espanta a lo malo, y la mentira puede corromper amistades.

Las personas no somos perfectas, pero “somos”, que no es poco. Así que sepamos cuáles son nuestros puntos fuertes y cuáles nuestros puntos débiles. Conozcámonos antes de que nos conozca el fracaso. Y si ya hemos caído, coloquemos esa piedra en un estante y sigamos andando.

Es mucho más fácil soñar cuando eres niño, cuando todo te parece infinito y puro. Pero podemos volver a ser niños que corren descalzos, sonríen sin miedo y estiran los brazos como si quisieran llegar al cielo.

Un adulto sueña distinto, por supuesto que sí, pero tiene la ventaja de conocer la parte más racional del camino. Ser prácticos no es un límite, es una oportunidad. Las metas pueden ser gigantes; siempre somos un poco niños.

Imágenes: Alba Soler.


sábado, 18 de enero de 2014

El catorce

La carcajada le estalló en la cara. Yolanda recogió sus carpetas de mala gana y se ató el pañuelo al cuello.
‒Pues no, no tiene nada más que decirme, no se moleste. Y no, tampoco hace falta que me indique dónde está la puerta.
La risa se estremeció con más fuerza.
‒Ay, Yoli... pero qué mal le ha sentado el comienzo de año.
La mujer refunfuñó y alzó la barbilla.
‒A mí nunca me ha gustado el catorce.
Se giró con el mismo ímpetu de sus pisadas y abrió la puerta de un tirón.
‒No se le ocurra seguirme ‒le advirtió a la risueña‒. O la denuncio.
El portazo tembló y se escapó otra carcajada. La profesora miró al niño que estaba sentado en la segunda silla del despacho y le ofreció gominolas.
‒¿El catorce te parece un número feo?
Fernando se mordió el labio y arqueó las cejas, hundió la mano en el bote de colores que le ofrecía y habló.
‒Mi mamá piensa que sí.
La profesora sonrió.
‒En ese caso... no se hable más sobre el tema.
El niño se miró las zapatillas.
‒Pero a mí me gusta... ‒murmuró.
‒¿Te gusta el catorce, por qué?
Fernando sonrió tímidamente y señaló su camiseta de fútbol.
‒Me han elegido titular para jugar en el equipo del colegio.
‒¿Ah, sí? Debes de ser muy bueno.
‒Dicen que soy pequeño.
‒Pero crecerás.
‒Eso dice el capitán.
La puerta se abrió de golpe y Yolanda buscó a su hijo.
‒Siempre te quedas atrás. Menos mal que no te has movido del sitio. Vámonos. Levántate, arriba.
Fernando suspiró fuerte y saltó al suelo. La profesora le guiñó un ojo. Le hizo un gesto para que se acercase y le susurró:
‒Para ti va a ser un gran catorce, ya lo verás.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Sus labios rojos

Había un beso carmín en la toalla. Un beso que no era mío, que no me buscaba. Un beso que se había escapado de los labios de la mujer que amaba. Rojo sobre blanco. Un aleteo de la coquetería, todos mis sueños. Ella con sus rizos cortos y yo con mi corbata de siempre, la única que recibió un piropo. Me baila su risa en mi propia garganta. Se alisa la falda y aúpa a Juanito en los brazos. El niño adorado de Aurora, nuestra amiga de la infancia. Le alcanza la nariz con el índice y se abrazan los dos con las bocas abiertas. Dientes marfil ligeramente manchados de rojo.

Y mientras, Aurora los observa desde la cama con las sábanas bajo los brazos y una sonrisa cansada. La medicación en la mesilla y la muerte rondándole los párpados. Está más pálida, más callada. Hace meses que no sale de casa. Por eso Ella hace de madre y yo asisto a su padre. Juan no se despega de la cama. La barba afeitada, camisa impecable y las ojeras. Los cinco años de Juanito saben que la felicidad corre invertida. A sus juegos le pesa el silencio de sus padres.

Pero Ella ríe e inventa, sueña y lucha con espadas de madera. Lo lleva al parque y al cine, le compra chucherías y helados de tres bolas. Le besa los mofletes gordos, y yo suspiro. Sus labios rojos. De nuevo sus labios rojos y sus rizos cortos.

martes, 6 de agosto de 2013

Un paraíso de melocotón

El paraíso debe ser muy semejante. Cuando comencé la caminata por la orilla del mar, con los pantalones remangados y las sandalias entre los dedos, tuve la sensación de que aquella inmensidad se arrastraba solo para acariciarme los pies.
La playa se había vaciado de turistas y apenas quedaban algunas parejas fotografiándose y los pescadores que clavaban sus cañas como banderas. Algunas risas discretas, palabras brumosas y las conversaciones de las olas.
En cada paso traté de memorizar aquellos brochazos de la naturaleza y de ponerle palabras a lo que no tiene. Un mar suave, ligero, encarnado, protegido por un horizonte de bruma morada y perfumado de sal. Un mar que, por ser belleza de paraíso, mejor podría describirse como mar de melocotón.
Todo era confianza entre un mar que besa y unos caminantes sin más destino que el soñar. Así pues, continué marcando mis pasos en la arena fría. Y el mar persistió en borrar mis huellas. Y respiré la libertad que arrastraba la espuma. Y las olas se hicieron grandes hasta doblarse y rasgar la orilla.
Y todo fue paz hasta que estalló un lamento.
Primero, una botella vacía de vino, después, vasos de plástico y latas de refrescos. Una bolsa de basura asfixiando al mar y una montaña de cáscaras de pipas. Una chancla rota, más bolsas, papel de aluminio y restos de un bocadillo. Una lata de Monster.
Me tembló el corazón y el ánimo. Mi mar de melocotón lo habían convertido en un paraíso monstruoso.

viernes, 29 de marzo de 2013

La máquina de sueños


Pía tenía un día para terminar su máquina de sueños. Había invertido horas, días, meses y años, pero ya se le acababa el plazo acordado. A la mañana siguiente tendría que presentarlo en el salón de los inventos juveniles y cruzar los dedos para que todo fuese bien.
El resultado de su trabajo era un cráneo de cristal cosido con cables. Cuando se conectaba a la electricidad, resplandecía y parpadeaba, vibraba ligeramente y producía un zumbido desconcertante. Nada más. No proyectaba imágenes, no creaba un cambio electromagnético, no flotaba en el aire. Simplemente se encendía y se apagaba.
La idea de presentarse a la exposición se le antojaba cada vez más ridícula. Pía había pensado que podría construir algo maravilloso; la nueva lámpara de Aladdín. Pero, conforme se acercaba el momento, se convencía de que su creación iba a necesitar un poco más de tiempo.
“¡Una máquina de sueños, qué idea más disparatada!”, exclamó al abandonar las pinzas de madera sobre la bandeja esterilizada. “Pero antes la gente podía soñar. La abuela me contó que cuando era niña, soñaba y soñaba, cada noche o durante el día, y visitaba miles de mundos surrealistas y conocía miles de rostros distintos. Cuanto me gustaría soñar una sola vez...”.
A Pía le habían hablado bastantes veces de los sueños; de la fantasía que se cuela en el cuerpo mientras duermes. Le habían dicho que había sueños en blanco y negro, pero también a color, que había sueños bonitos y pesadillas. Pero ella nunca había soñado. Ni siquiera había conocido a una persona con menos de setenta años que fuera capaz.
–Eso son tonterías–, le reprochaba su madre cuando la escuchaba lamentarse–. Si el gobierno dice que solo son pájaros molestos en la cabeza, no debes prestarle más atención. Tampoco deberías presentar tu obra a la exposición. No van a entenderlo y te considerarán contraria al régimen”.
–¿A qué régimen? –preguntaba la joven Pía de trece años.
–¡Ay, niña, mejor juega con muñecas, o al fútbol con el vecino, pero déjate de tonterías! La próxima vez que vea esa máquina que construyes, la tiraré.
Pero su madre nunca cumplía la amenaza, porque quería demasiado a Pía. Sabía de su inquietud por las ciencias, de su espíritu indómito y sus ansias de libertad. Cuando la mayoría de los niños se habían acostumbrado a vivir en una sociedad triste y corrupta, ella era incapaz de dejar de soñar despierta por todo lo que no podía hacerlo dormida. Era el precio de la censura.
Hubo una mañana en que, cuando despertó el mundo, nadie fue capaz de recordar las sombras y siluetas del subconsciente. Habían dejado de soñar dormidos. No hubo explicaciones, no hubo debate. Todos tenían el presentimiento de que algo o alguien les había robado los sueños. Se extendió el rumor de que el gobierno había empleado sus armas químicas para intervenir en el mundo interior de cada ciudadano, pero nadie se atrevió a confirmarlo. Luego vino el miedo y el silencio. Se acabó la libertad de expresión, se censuraron las miradas de esperanza. La sociedad se ensució de gris y nadie tuvo el valor de limpiarla... Salvo Pía.
Pía se había propuesto descubrir esa realidad fantástica de la que su abuela le hablaba antes de ir a la cama. Escaleras interminables, carreras que no avanzan, monstruos oscuros, luciérnagas, cuerpos sin gravedad, magia... Ella quería todo eso. Podía pensarlo, por supuesto, pero estimaba que no tenía el mismo valor que si fueran los mismos sueños quienes la sorprendían por la noche. Pía quería un poco de desorden. Estaba cansada de los formalismos, las sonrisas falsas y las miradas vacías.
Repasó atentamente cada uno de los cables antes de sellar la caja en la que lo transportaría. Sabía que su madre le prohibiría presentar algo así; lo consideraría demasiado revolucionario. Besó el aparato y le deseó buena suerte. Estaba impaciente por ponerlo en funcionamiento. Seguramente aún le faltaba un par de días más, pero recordaba de su abuela un refrán que ya nadie decía: “Quien no arriesga, no gana”. Y ella quería volver a soñar.

jueves, 21 de marzo de 2013

Me basta así


Los planes siempre se desmontan, de modo que reservaré el relato que tenía pensado publicar hoy y felicitaré a la Poesía. Hoy es el día mundial de este arte y creo que se merece una entrada especial en El Bosque de papel. Aunque apuro las últimas horas de este 21 de marzo, “más vale tarde que nunca”.
Fue una bonita sorpresa cómo recordé la fecha. Resulta que cada año y en este día, mi Universidad se llena de papelitos de todos los colores. Durante un tiempo, alumnos, profesores y empleados envían sus poesías preferidas, propias o de otros autores, a Actividades Culturales de la Universidad, y se reparten cuando llega el aniversario de la Poesía. El resultado es una explosión de emociones, suspiros y sonrisas. En los bancos de las facultades, en las mesas de la entrada, en las aulas... Miles de colores y millones de palabras.
Así que esta mañana, cada vez que encontraba un montoncito de poemas, corría a descubrir su contenido, entusiasmada. Bécquer, Benedetti, Machado... Los leía con mis compañeros y los volvía a dejar donde estaban, para el que viniera detrás. Hasta que encontré “Me basta así”, y empecé a recitarlo una y otra vez, sin cansarme. Enseguida supe que sería mi protagonista del día.

“Me basta así”

Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si el sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olos, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
–de eso sí estoy seguro: pongo
tanta atneción cuando te beso–;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si fuese
Dios, habría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal y como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina imapalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de sí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando –luego– callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo constelaciones: existes.
Creo en ti. Eres. Me basta).

Poema de Ángel González

martes, 12 de febrero de 2013

Rey del desierto


El sol era el rey infinito del desierto. El único que se orientaba, el único que no necesitaba nada para sobrevivir, el único que podía escapar del mar de dunas ardientes sin agotarse, ni enloquecer, ni morir en el intento.
–¡Leyre, sigue caminando! –gritó el egipcio, sin fuerzas para volver sobre sus pasos–. No falta mucho.
Pero ella tropezó, se restregó contra la arena y gimoteó. Tenía los pies quemados y las sandalias le dolían. Escupió en sus manos antes de rascarse la cara, luego se sacudió el pelo y gritó.
Llevaban más de una semana zigzagueando entre montañas de arena, dos días sin agua y cuatro de espejismos constantes. Zarid había asegurado que conocía el desierto, pero cada día hablaba menos y Leyre sospechaba que su suerte estaba a juicio de un paraje inhóspito.
La joven se tumbó en la arena, boca arriba, con los brazos extendidos en cruz y los ojos cerrados. Solo quería esperar. Ella llegaría en cualquier momento. La muerte era piadosa con quienes se perdían en aquel laberinto cambiante e inmenso.
–¡Leyre! –insistió Zarid, apoyándose en sus rodillas para no desplomarse.
Pero Leyre se había rendido.
–Seguiré sin ti si no te levantas –amenazó él, cansado.
Y sus palabras las quemó el aire seco y el sol ardiente. Cayó, como había hecho Leyre, con el corazón golpeándole el pecho con velocidad; quería huir de su cuerpo derrotado.
–Levántate –murmuró, antes de cerrar los ojos.
No hubo eco. No hubo lágrimas ni dolor, solo agotamiento. Leyre se olvidó de Zarid y el egipcio se olvidó de la española. Querían escuchar el silencio. Sabían que la muerte acabaría compadeciéndose de aquel letargo, y no tenían miedo. No sentían nada más que su corazón desbocado y su respiración perezosa.
Entonces, cuando los dos estaban preparados para el último aliento, Leyre recordó que no debía abandonarse de aquella forma y abrió los ojos. Parpadeó y se retorció por la luz.
–Za... –susurró.
Su boca seca no tenía para palabras. Se incorporó, aturdida por el dolor de cabeza, y se arrastró hasta su amigo. La arena punzaba y sus manos le parecían agujereadas. Zarandeó el cuerpo del joven y lo abofeteó hasta que reaccionó. Zarid abrió los ojos, pero no se movió ni dijo nada.
El sol era un rey tirano.
La chica abrazó a su amigo y le rozó la mejilla con los labios. Le picó su barba, pero aquella cercanía los reconfortó.
“No te rindas”, articuló.
Zarid sonrió, pero le pesaban los brazos, las piernas, los párpados.
Leyre lo agitó.
Él era fuerte.
Él no podía dormirse.
Zarid se levantó.
–Sigue caminando, Leyre –dijo, arrastrando las palabras–. Ya veo la ciudad.
La joven buscó en el horizonte.
–No hay ciudad.
–Sí, yo la veo.
Leyre sonrió con amargura.
–Podemos inventarla –accedió.
Se acarició la garganta y tragó saliva. Necesitaba mucha saliva y mucha voluntad.
–Nuestra ciudad tendrá un bosque frondoso y húmedo –comenzó.
Zarid se rió, aunque resultó un leve gorgoreo, e interrumpió:
–Como el de Ecuador.
–Sí, como aquel que visitamos en Ecuador.
–Y un iglú como el de Laponia –sugirió Zarid, recordando la noche que durmieron en una casa de hielo–. Para que no pasemos calor.
–Nada de calor.
–¿Y mar? A ti te gusta.
–Habrá un mar revoltoso como el de Asturias.
–Bien, y muchas palmeras –agregó él.
–Muchas, sí. También una sabana de elefantes.
–¿Te gustan los elefantes?
Leyre se encogió de hombros.
–Tengo una amiga a la que le encantan... y querré invitarla alguna vez –dijo.
–Entonces también habrá iguanas.
–Habrá iguanas –aceptó la joven.
Y de esa forma, sentados en la arena con las manos juntas y tratando de mantenerse despiertos, los despidió el sol. El gran monarca los abandonaba con incertidumbre; no sabría hasta el día siguiente si aquellos amigos llegaron a alcanzar la ciudad o se quedaron tan cerca, a sus puertas, soñando. 

martes, 5 de febrero de 2013

Ciudad de fantasmas


Una sonrisa que se desdibuja con la lluvia es como una lágrima que recorre de lado a lado el corazón. Y, aunque te eche de menos, no te conozco. No sé nada de ti, solo que existes. Y, aunque te piense, hay un lugar donde no estás, donde las penas se ahogan solas.
Un elemento que fluye: el agua. Allí solamente estoy yo; yo con mi cuerpo y mis ganas de vivir.
Sin ti, no puedo escapar de esta ciudad de fantasmas. Procuraré darles conversación mientras tanto. Hoy el día amaneció nublado e imagino que ellos podrán contarme si detrás de tanto gris luce el sol.
Espero que vengas o te alejes, pero que no enmudezcas por la indecisión. La vida no es tu propia realidad. El mundo somos tú y yo, y aquel señor anciano que saluda, y el niño que llora y la mujer que espera el autobús. La verdad más cierta es la que nos sacude, sea tristeza o felicidad. La verdad más cierta es la que estamos a punto de comenzar a inventarnos juntos.
Si quieres ser libre, acompáñame en mis paseos con el viento, y vente a nadar al río aunque sea invierno, juguemos a descifrar los mensajes de las nubes. Seremos un poco más felices. Seremos un poco más sinceros.

martes, 29 de enero de 2013

Por nuestros hijos


“Cuida el planeta, respeta a los animales, no malgastes el agua, no tires basura a la hierba, no ensucies la atmósfera, por nuestros hijos y los hijos de los nuestros”. Eso nos han enseñado: a cuidar de los bienes naturales de los que disponemos por los que vienen detrás. Es lo justo. Si tu tienes paisajes hermosos, cuidalos para que los sigan disfrutando. Si tienes agua corriente y aire limpio... que la cadena no muera en ti.
Pero, ¿a quién le estamos dejando el planeta? Sí, a nuestros hijos y a los hijos de los nuestros, por supuesto... A personas que crecen encerradas en casa con los videojuegos, que no tienen tiempo para pasear por pasear, o de leer un libro, o de jugar a las canicas, a la comba, al elástico, a los aros, a cazar mariposas... Que no saben lo que es arrancar una fruta de un árbol y comerla, o ver una puesta de sol, o cuidar gusanos de seda, tortugas o peces. Que creen que el amor es solo una danza de cuerpos, y no de espíritus. Que pasan las horas frente al ordenador y caminan con la cabeza gacha, no por vergüenza, sino por el móvil que los mantiene despiertos.
Y ellos heredarán nuestra tierra.
Afortunadamente, no todos los niños han saltado a la edad adulta sin pasar por la infancia. Todavía hay muchos que juegan, que inventan, que aman. Y no quiero resultar pesimista, porque aquellos que creen, luchan y trabajan, llegan más lejos que quienes se dejan llevar. Pero los modelos de la sociedad no son estos niños. El poder, por ejemplo, ¿existe para ofrecerse a los demás, o es para enriquecerse a sí mismo? ¿Qué acaba imperando? Si los pequeños se fijan en los más mayores, ¿qué va a nacer de esta sociedad corrupta, descuidada y ambiciosa? Por suerte, aún quedan los padres, los buenos profesores y el amor, que tiene necesidad de hacer el bien.
Yo seguiré cuidando el planeta “por nuestros hijos y los hijos de los nuestros”. Contemplaré, como vengo haciendo hasta ahora, lo más pequeño, que puede ser una flor, una hoja o una gota de agua, y continuaré amando todo lo que tenemos sin haberlo pedido. Quizá alguna vez deje de verle el sentido, pero entonces acudiré a esas personas que no han dejado de ser niños, y aprenderé de nuevo que la tierra no es hermosa sin las personas, y que las más humildes, generosas y entregadas son las verdaderas joyas de la naturaleza.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hay Navidad


En la Navidad se reúnen todos los buenos deseos. Paz, esperanza, amor... Y tratamos de ser un poco más felices. Hacemos compras, nos permitimos caprichos, nos volvemos más amables, más permisivos, más tolerantes. Incluso nuestro reflejo de las mañanas parece más simpático.
¡Feliz Navidad!
Y nos abrazamos. Tenemos buenos deseos para todo el mundo; también para aquella persona que nos cruzamos cada día y con la que nunca intercambiamos una palabra. Pero es Navidad. Es Navidad y el mundo es más agradable.
Las calles heladas parecen cálidas con los brillos de los escaparates. Hay árboles recargados con espumillón dorado, plateado, bolas rojas, azules, amarillas... Las ciudades parecen disfrazarse de diosas, tan bellas, tan ricas, tan abundantes. Y en los comercios cantan villancicos. Voces de ángeles con alas de cartón.
Ya no miramos con compasión a los vagabundos y a los mendigos, sino que lo hacemos como hermanos.
Somos buenos.
Somos generosos.
Somos felices.
Compramos turrón, bombones, bizcochos, pasteles... No importa el peso. Da igual si engordamos, porque es Navidad.
Elegimos los regalos más voluminosos y todo nos parece poco. Queremos hacer felices a nuestras familias y amigos, así que seguimos comprando, aunque a cambio tengamos que renunciar a otras cosas. ¿Compramos la felicidad?
La felicidad está en el amor y el amor está en lo que permanece.
Hay Navidad cuando abrimos los brazos con sinceridad, cuando ofrecemos nuestro tiempo a quienes lo necesitan, cuando creemos que somos valientes y que podemos hacer el bien, cuando nos estremecemos con una risa, una mirada o un canto. Hay Navidad cuando decidimos remendar nuestros errores y comenzar desde el principio.
Podemos ser buenos.
Podemos ser generosos.
Somos capaces de ser felices.
Los regalos son muestras de nuestro amor, pero la materia no es el eje. No hay más amor por cantidad de regalos. No se trata de gastar, sino de estar juntos.
Hay que confiar, alentar al que quiere rendirse, ayudar, perdonar y observar la vida con los ojos del respeto y la comprensión.
La Navidad no debe escaparse con los árboles, las estrellas y los villancicos.
Navidad es querer amarse.
Es darse otra oportunidad.

viernes, 6 de julio de 2012

Lo que hace el amor

Hay quienes me han preguntado, no sin cierta burla, que por qué escribo, por qué le dedico tanto tiempo a una actividad que no me llevará a ningún sitio, por qué me paso horas frente a una hoja en blanco para anotar unas cuantas líneas. Yo sólo les pregunto por qué han orientado su vida como lo han hecho: hacia la educación, los viajes, la moda, la medicina, la familia... hacia cualquier dedicación o trabajo.
Entonces, las respuestas son variadas:
“Porque era lo que me tocaba”, “Porque es lo que me gusta”, “Porque no encontré nada mejor”, “Porque necesitaba dinero”... Por un sinfín de motivos más o menos personales.
Y a mí me advierten lo mismo: “No creas que puedes vivir de la escritura. Sólo uno de 100 lo consiguen”.
Pues sí, no es sencillo. Hay que dedicarle muchas horas a la lectura, a la crítica, a la creación. Hay que saber escuchar y ser capaces de liberar a los personajes. Hay que creer que la imaginación tiene vida y ser consciente de la responsabilidad que conllevan tus palabras. Escribir no es salpicar de letras una hoja y decir lo primero que se te ocurre. Escribir es pensar, es sentir, es conversar, y requiere formación y talento.
Pero nada de lo que se hace con el corazón cae en saco vacío. Lo que inspira el amor, vale la pena.
No todas las buenas novelas se convierten en bestseller, y no todos los bestseller son buenas novelas, pero conseguir esa categoría no es lo primordial de la profesión de escritor. Es el hecho de que puedas ayudar a otras personas lo que le da sentido. Ayudar, o divertir, o recordar, o acompañar. Sin el lector, no termina de desatarse la magia de la creación.
Lo mismo ocurre con el resto de trabajos. No importa que digan que sólo uno de 100 logra realizar su sueño. Sí lo quieres, aprende a desarrollarlo. ¿Por qué tú no vas a ser ese uno? Un dibujante, un médico, un astronauta, un piloto, un dentista, un militar, un bombero, un repostero, un transportista, un empresario, un fotógrafo, un publicista, un investigador, un músico, un director de cine... Cualquiera que sea tu aspiración.
Será difícil, posiblemente, pero también será un camino agradecido. Es importante que, hagas lo que hagas, tengas presente al que te habla, para que puedas atenderle. Mira, abraza, escucha, acompaña y anima al que confíe en ti, porque te estará dando algo muy valioso, que es su cariño, pero también recibe al que no cree en ti, porque aprenderéis a superar vuestros propios límites.

domingo, 24 de junio de 2012

La noche de los deseos


Era una noche mágica. No sólo porque España había ganado a Francia en el partido de fútbol de la Eurocopa, que desató una cadena de pitidos y gritos de emoción a lo largo de la playa, sino por la fiesta que empezaba a congregar a familias y amigos en la orilla. Las fogatas se encendieron algo más tarde que otros años por el partido, pero eso sólo incrementó la expectación.
La arena estaba fría a las once de la noche y el mar, difuminado por la oscuridad, parecía terciopelo.
Las hogueras de la noche de San Juan se estremecían por la brisa. Con gran satisfacción, la gente lanzaba apuntes, periódicos viejos o libretas para avivar el fuego. Los niños más pequeños, que podrían contar con dos o tres años, se encerraban en construcciones de arena, levantando murallas de poca altura o torreones moldeados por cubos. Los más mayores, en cambio, se reunían alrededor de la fogata con cervezas y refrescos.
La ilusión de celebrar una noche como esa, en la que los deseos se lanzan al mar y la adrenalina se consume bailando, unía a los desconocidos, que compartían música y bebidas. Los mejores campamentos se organizaban con cintas rojas y blancas y trozos de madera, que delimitaban la zona de unos y otros. La bandera de España o las camisetas de la selección española de fútbol adornaban las construcciones improvisadas, y de vez en cuando algún aficionado lanzaba un grito eufórico por la victoria.
La iluminación la proporcionaban las hogueras y velas, pues las farolas del paseo marítimo no alcanzaban el mar. En consecuencia, la orilla se convertía en un baile de sombras palpitantes. Y lejos, como joyas del cielo, brillaban luces que nacían de algún punto de la playa. Parecían luciérnagas gigantes y naranjas o globos de fuego, y quedaban suspendidas en el aire, en un ascenso vibrante que acababa por apagarlas.
El humo, que cubría la orilla, teñía de grises la escena.
No era difícil conocer gente nueva, porque en noches mágicas no hay diferencias. Extranjeros y oriundos reían, bailaban, e intentaban conversar. Se mezclaban acentos e idiomas. Los gestos eran el lenguaje universal, y las frases compartían palabras españolas, inglesas, francesas y alemanas.
No importaba de dónde fueras, ni siquiera los franceses protestaban demasiado con su derrota. No importaba si tenías o no dinero, si partías la mañana próxima o continuabas algún tiempo más. No importaba si estabas solo o acompañado. Sólo importaba que estabas allí, junto al mar, en la fiesta de todos, quemando los malos momentos en la hoguera y hundiendo en el mar papeletas de esperanza, nuevos deseos. 

viernes, 4 de mayo de 2012

A partir de la fila de atrás


Nunca os sentéis en las filas de atrás. Al menos no lo hagáis si os sabéis bien una asignatura y queréis optar a la mejor nota. Vaya mi suerte de hoy.
Perdonad que no escriba una historia, no me parecía justo. Quizá os resulte estúpido leer esto, pero tal vez algún día os suceda algo parecido y os acordéis... y quién sabe, igual decidís mirar el mundo con otros ojos. No quiero hablar de exámenes, ni volver a enfadarme con el desconocido que se sentó a mi lado y estuvo todo el examen copiando, pero sí de lo que vino detrás.
Había ido con la mejor de las intenciones al aula. Iba decidida a aproximarme a la mejor nota posible, porque había estudiado a fondo la asignatura y le había puesto ganas e ilusión. Después de todo, era el primer examen, y según eso se predice cuál será la suerte en el resto. -Espero andar por mejor camino-. Claro que no contaba con que de compañero, con tan solo un asiento de distancia, me tocase un chuletero que apenas contestó una palabra que no hubiese puesto previamente por escrito. A mí todo me fue bien, hasta que sacó la primera hoja arrugada de su bolsillo y se puso a hablar con el de delante y el de su derecha. ¡Pues oye, estupendo, me concentré muchísimo!
Como adivináis, salí muy enfadada. Se habían estrellado todas mis expectativas. Lloré de rabia -aunque os parezca ridículo- y me senté lejos del bullicio hasta que me tranquilicé. Cuando esperáis tanto, es muy dura la caída. Nada de la sonrisa triunfal con la que esperaba salir, nada de la sensación orgullosa de haber terminado el primer examen, nada de la satisfacción después de tantas horas de estudio, nada de nada. A veces ocurre así.
Por suerte, tengo unos amigos estupendos y una madre magistral que me desbloquearon. Deseché mis intenciones de encerrarme en la habitación para estudiar el siguiente examen y eché a caminar. Mis pasos me plantaron frente a una cafetería. No podía ser de otro modo, la palmera de chocolate tiene un efecto mágico. Así que, como hacía tanto que no compraba una y necesitaba animarme, entré. Allí comenzó la aventura.
Evité los ruidos y me deslicé hasta el borde de la civilización. Acabé donde el asfalto muere por la vegetación, donde se silencian los motores de los vehículos y se detienen las prisas. Quizá a partir de aquí os apetezca dejar de leer, lo cual también os aconsejo si consideráis que la Naturaleza es una cursilada de poetas.
Crucé hacia un camino de tierra y me detuve. Sin edificios, sin coches, sin prisas, sin problemas, sin trampas. Estaba en el mirador de la cuenca, en un punto donde cualquier fotografía sería bella. Lo más fascinante era el cielo. Me habría encantado que hubiera sido un día soleado, como prometían los partes meteorológicos desde hacia dos semanas, pero las nubes lo cubrían de contrastes. Desde las montañas, moradas por el atardecer, nacía una línea algodonada de ellas, parecían nata de las fresas. Sobre estas, el cielo celeste se fundía con un gris que parecía no tener principio y, más allá, despuntaban algunas nubes solitarias y oscuras. Era la paleta del artista del tiempo.
Llegué, incluso, a un lugar donde crece la hierba alta y las florecillas blancas la perlan como adornos. Allí me gustan las estaciones. Ninguno de los días que escojo aquel camino es parecido.
Y así regresé a casa. Me desvié hacia un parque para escuchar risas y zigzaguear entre los árboles antes de acabarme el dulce. Entonces encontré una escena muy tierna, que me hizo olvidar por completo cuanto me preocupaba. En un banco se había detenido un padre con sus dos hijos pequeños, no alcanzarían los dos años, y los había sentado hacia el jardín de la casa que había detrás. Habían aparcado sus bicicletas minúsculas y, emocionados, como si no hubiese nada más interesante, señalaban al jardinero que cortaba el césped. El padre les revolvía los ricitos castaños y les hablaba al oído, sujetándolos para que no se resbalasen.
Qué de historias había en aquel parque, en esta ciudad, en tantos lugares. ¿Y yo molesta por un examen? Nunca me había hecho tanto bien un paseo con mi palmera de chocolate.