La meta se alcanza hoy, después
de dieciséis días, y además de diecisiete medallas deja tras de sí
el sabor del sueño olímpico. Los Juegos tienen algo mágico,
pues en el esfuerzo, la concentración y las lágrimas de los
deportistas está nuestra propia lucha. Quizá por eso vemos deportes
que nunca antes nos habían llamado la atención, o nos levantamos
del sofá con una extraña inquietud. Ellos han trabajado por lo que
más deseaban, como hacemos cada uno de nosotros en el día a día.
Esa determinación, con sus gritos, sus sonrisas gigantes y sus
lágrimas remueven nuestros propios sueños. ¡Enhorabuena a todos
los campeones!
¿Te atreves a soñar?
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domingo, 21 de agosto de 2016
domingo, 4 de mayo de 2014
lunes, 28 de octubre de 2013
¿Quién es Peter Higgs?
Peter Higgs
es un señor de 84 años, con gafas grandes, pelo blanco y una mirada bonachona.
Sencillo, divertido y Premio Nobel de Física. Un hombre de cambios: de pequeño,
por el trabajo de su padre y sus ataques de asma; más tarde, fue niño de la
Segunda Guerra Mundial y, en la adolescencia, despuntó en los estudios, aunque consiguió
galardón en todos sus trabajos menos aquellos sobre la física. Una paradoja, ¿quizá
motivación? Lo cierto es que la ciencia fue su pasión y su amante, a quien
dedicó las horas y los pensamientos, en quien pensó antes de acostarse y cada
mañana. Incluso cuando su mujer y él decidieron separarse, cuando ya compartían
dos hijos y muchas historias, la física continuó ahí.
Incómodo
frente a las cámaras, pero orgulloso de sus compañeros y su trabajo, Peter
Higgs ha sido galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias y el
Premio Nobel de Física. El motivo: el descubrimiento de un proceso que nos
remonta al origen del Universo, que nos permite conocer un poco más de su
estructura, de cómo surgió la masa de las partículas subatómicas. La mal
llamada "partícula de Dios", el bosón de Higgs.
Fotografía: Stuart Wallace
domingo, 18 de agosto de 2013
¿Dioses del mar?
“El
infierno se congelará antes de que retire alguno de los bloques de
hormigón”, aseguró el Ministro gibraltareño a la cadena
televisiva inglesa de la BBC.
‒Mi
familia tiene que comer ‒se quejó un pescador a una periodista
española que le tendía el micrófono para que opinase sobre la
protesta en La Línea‒. Mi familia y mis compañeros de faena. Es mi vida, ¿entiende? ¡A mí me importa un rábano la política!
Paco
recogió las redes y se las mostró a la cámara.
‒Quién
manda sobre los peces, ¿eh? ¿Quién se cree tan imbécil como para pensar que gobierna sobre el mar?
sábado, 3 de agosto de 2013
El señor alcalde
El
señor alcalde se baja del coche oficial. Se detiene en mitad de una
carretera estrecha. Se recoloca la chaqueta y echa
a andar hacia la peluquería donde ha concretado cita sin despedirse
del chófer, que en seguida le sustituye al volante, y sin
preocuparse por el atasco mudo que deja detrás.
El
señor alcalde llama a la puerta de la peluquería. Son las dos de la
tarde y el local está cerrado para los ciudadanos, pero no para él.
Saluda con un gesto perezoso y algunas palabras medidas y ocupa uno
de los sillones de cuero. No tiene prisa y tampoco le importa si la
tiene el anciano Bernardo.
El
señor alcalde pregunta por la salud del negocio y Bernardo no se
atreve a reconocer que solo ha recibido a dos clientes a lo largo de
la mañana.
“Es
el mejor pueblo, con los mejores turistas, con las mejores calles y
las mejores gentes”, dice el mayor.
Bernado
discrepa, pero se traga sus protestas. Ya se quejaron otros antes y
ninguno acabó bien. Silicona en las cerraduras, basuras en la
puerta, carga y descarga... Conoce el porte traicionero del hombre al
que arregla el pelo. Muchas promesas para quienes sigan sus pasos,
mucha mierda para los que no. De modo que sonríe y calla, de vez en
cuando asiente y fuerza unas risas, pero no comenta nada sobre
aquellas calles sucias, los barriles y cajas que reducen la acera,
los meados en las esquinas de su local y de los próximos, el olor a
orine y descomposición de las mañanas calurosas.
El
señor alcalde se mira al espejo, satisfecho. Alaba el trabajo con
poca gracia y repite alguna de sus frases más ensayadas para
despedirse de Bernardo. Son las dos y media pasadas y abandona la
peluquería con la cabeza bien alta, igual que cuando entró. Cruza
la carretera y se sube a su coche negro y de buena marca.
El
chófer, que cuando llega el alcalde hace de copiloto, ha aparcado
donde su jefe le ordenó, en una zona exclusiva para la carga y
descarga de los vehículos comerciales. La zona negra de quienes no
atienden a las indicaciones, donde la policía multa más de tres
veces al día. Pero, ¿quién se lo va a reprochar? Él es el señor alcalde, el
emperador de un pueblo sometido, un vengador, un tirano contra la
democracia, un manipulador de la opinión pública, un cateto con
aires de rey.
sábado, 27 de julio de 2013
Los medicamentos de la vergüenza
¿Qué necesitas? Pide, sé ambicioso, aprovecha y quédate con todo lo que te pueda hacer algún bien. No importa que por el camino hayas gastado el dinero y el tiempo de otros. ¿Y qué si te comprometes con algo y desapareces? Si te acusan, defiende que tu postura es inocua, que lo que dejaste atrás eran cosas sin importancia. Que la amabilidad, la sinceridad y el respeto no te corten las alas. Si te dan la mano, no lo dudes, agárrate fuerte del brazo.
¿Y por qué no decirlo si es lo que pensamos? No parece que
seamos conscientes de que detrás de cada decisión que tomamos hay personas,
necesidades y problemas. Personas que quizá no conozcamos. Necesidades que no
son las nuestras. Problemas que pueden estar asfixiando a otros. Y, es cierto,
no se trata de analizar cada vida antes de tomar una resolución, pero sí de
cuidar los detalles que parecen más ligeros.
Hace unas semanas visité una farmacia. Entré por su puerta
amplia repitiendo en silencio el nombre largo y complicado del medicamento que
buscaba. Habían cinco clientes antes que yo, de modo que apunté el fármaco y esperé. Libre de esa
concentración enfermiza, me dispuse a observar y aprender. Tenía curiosidad por
los estantes de productos, las recetas electrónicas que parecían entretener
tanto a las farmacéuticas y el cuartillo que se abría tras el mostrador. La
aglomeración de cremas solares, hidratantes, antioxidantes, pañales, potitos,
biberones, champús, geles de baño, desmaquillantes, anticelulíticos...
resultaba desconcertante y extrañamente acogedora. Tanto me evadí que se me
colaron dos señores. Sin protestar, porque tenía la mañana libre, me coloqué
detrás de ellos. El más mayor; alto, de barba blanca y acento extranjero,
parecía alterado por su conversación con la mujer que lo atendía.
“Sí, aún sigue en el estante, esperando...”, decía ella con
resignación.
“¿Todavía? Pero ya ha pasado más de una semana”.
“Y lo que queda, Jules, y lo que queda. Supongo que nos lo
han vuelto a dejar colgado”.
“¿Y se puede devolver?”
“No. Este medicamento venía por un laboratorio que no lo
permite”.
“¡Vaya cara tiene la gente!”.
“Bueno, no te alteres, Jules. Desgraciadamente es habitual”.
“Me parece indignante”.
“Entonces, ¿te saco todo lo de la tarjeta?”.
Y yo desconecté. O más bien, me quedé pensando. No entendí
hasta una semana después a lo que aquel tal Jules se refería. Me lo explicó la
misma farmacéutica que lo atendió, porque mi curiosidad me llevó a preguntarle
sin más preámbulos.
Una farmacia no es el almacén de todos los productos
sanitarios habidos y por haber. Cada una vende las marcas de las casas y
laboratorios que trabaja. No puede abarcarlo todo, del mismo modo que Zara no
vende todas las colecciones de Inditex. Sin embargo, puede ofrecer el producto
al cliente con un margen que oscila ente la media jornada o el día completo y
en los casos más raros, la semana. Cuando el farmacéutico ofrece esta
posibilidad, se inicia una cadena de confianza con el cliente. Si este está
interesado, acepta que le encarguen lo que solicitó y debería recogerlo a
partir del plazo indicado.
Desgraciadamente, lo más habitual es pensar en uno mismo y
despreocuparse de los demás. Sí, exactamente, agarrar el brazo de quien te da
la mano con amabilidad. Así, muchos de los productos que se encargan acaban
ocupando los estantes de la vergüenza. Medicamentos caros que acaba pagando la
farmacia por el capricho de algún cliente que lo pidió por pedir, u otros tan
concretos que no suelen venderse si quien lo encargó no los recoge. Y ahí
permanecen, esperando, hasta que caducan.
No quiero decir que detrás de cada encargo haya una
intención despreocupada, ni tampoco así me lo dio a entender la farmacéutica,
pero que los medicamentos queden huérfanos ocurre. Y quizá pueda parecer una
tontería, pero detrás de ese “sí” del cliente, hay tiempo, dinero y problemas
ajenos; de quienes trabajan en el laboratorio, del transportista, del
farmacéutico y de sus familias. Porque a lo mejor ellos no tienen vacaciones,
pero atienden con una sonrisa. O están cansados, pero mantienen el buen humor. Tal vez
sienten que nadie les escucha, pero ayudan a quienes acuden a ellos. Porque quizá, ¿lo has pensado?, tratan de darte lo mejor de sí cuando se les
almacenan los medicamentos en los estantes de la vergüenza.
martes, 26 de febrero de 2013
Hechiceros
Serena
apartó con brusquedad la silla donde hacía unos minutos había
estado amordazada. Se remangó el vestido y echó a correr hacia una
de las esquinas de la habitación. Le sangraba la mejilla derecha por
el rayo de Tariq. A pesar de que él era uno de los grandes
hechiceros, nunca había tenido buena puntería.
Plano
general.
–¡No
huyas! ¡No huyas! –gritó el hombre, blandiendo la espada mágica
por encima de su cabeza–. Vuelve aquí y lucha.
Serena
se lanzó contra el suelo para esquivar una nueva embestida y se
apresuró en deshacer las cuerdas de sus muñecas.
Ángulo
picado.
¿Cómo
se había podido estropear tanto aquel día especial?
Se
descalzó los tacones con rabia y rasgó el vestido de novia hasta
las rodillas. Una tela suave, impoluta, que había trabajado ella
misma para que todo resultara perfecto. Con las manos temblorosas, se
recogió el pelo y se quitó los pendientes largos de perlas.
La
risa de Tariq la acompañaban los destrozos. En su delirio, los rayos
de magia oscura se disparaban en todas direcciones. Sabía dónde se
ocultaba Serena, pero no quería herirla tan pronto. Serena había
sido una hechicera con muchas posibilidades; tenía una sensibilidad
que la hacía poderosa, pero había preferido el amor. Se había
apartado de su ambición, de sus planes de conquista del mundo, por
un joven que a Tariq se le antojaba despreciable.
–¿Ese
aprendiz te ha debilitado tanto que eres incapaz de enfrentarte a mí?
–se burló el mago–. Antes era una buena oponente...
Plano
medio de Tariq en contrapicado.
Serena
apretó su colgante de cristal contra el pecho y murmuró unas
palabras. Una oración de amor. Cuando abrió los ojos, las pupilas
se le habían dilatado.
Primerísimo
primer plano de Serena.
Había
prometido no usar más la magia, había deseado una vida normal, pero
la amenaza había despertado su instinto de bruja. Toda la magia que
había contenido durante ocho años le quemaba en la piel. Se miró
las manos y sonrió al descubrir brillantes las puntas de sus dedos.
El
calor, la garra de plomo oprimiendo su garganta, el sudor frío. Iba
a gritar con toda su magia... y entonces, sabía que se apagaría la
risa, los destellos oscuros, las astillas de los destrozos.
Sobrevendría la paz y un silencio absoluto. Tariq había subestimado
su poder. Había cometido el error de provocarla el mismo día de su
boda.
Un
primer plano de su sonrisa. Una panorámica vertical desde sus labios
y hasta el colgante. Luego un plano americano donde destaca su rostro
bañado en luz, y...
–¡Corten!
La
actriz suspiró, exhausta, y apoyó la espalda contra la pared.
Atendió a las palabras satisfechas del director, a las palmadas de
los realizadores, de los técnicos, los cámaras, el productor, y se
volvió hacia Tomás, que jugaba con una espada de acero ligero y
gomaespuma. Se masajeó las muñecas antes de aceptar la mano de su
compañero y levantarse.
–Pareces
realmente malo cuando haces de Tariq –dijo.
Tomás
se rió y le pasó el brazo por el hombro.
–Tenemos
una hora de descanso, ¿te apetece tomar un café conmigo antes de
que acabemos el uno con el otro?
La
chica puso los brazos en jarras, suspicaz.
–¿Cómo
vas a intentar matarme? ¿Rayo de fuego? ¿Sablazo de hielo...?
–A
mí no me lo preguntes –se disculpó el actor, sonriente–. Esas
cosas solo te las puede contestar Tariq. ¿Y bien? ¿Un café?
martes, 29 de enero de 2013
Por nuestros hijos
“Cuida
el planeta, respeta a los animales, no malgastes el agua, no tires
basura a la hierba, no ensucies la atmósfera, por nuestros hijos y
los hijos de los nuestros”. Eso nos han enseñado: a cuidar de los
bienes naturales de los que disponemos por los que vienen detrás. Es
lo justo. Si tu tienes paisajes hermosos, cuidalos para que los sigan
disfrutando. Si tienes agua corriente y aire limpio... que la cadena
no muera en ti.
Pero,
¿a quién le estamos dejando el planeta? Sí, a nuestros hijos y a
los hijos de los nuestros, por supuesto... A personas que crecen
encerradas en casa con los videojuegos, que no tienen tiempo para
pasear por pasear, o de leer un libro, o de jugar a las canicas, a la
comba, al elástico, a los aros, a cazar mariposas... Que no saben lo
que es arrancar una fruta de un árbol y comerla, o ver una puesta de
sol, o cuidar gusanos de seda, tortugas o peces. Que creen que el
amor es solo una danza de cuerpos, y no de espíritus. Que pasan las
horas frente al ordenador y caminan con la cabeza gacha, no por
vergüenza, sino por el móvil que los mantiene despiertos.
Y
ellos heredarán nuestra tierra.
Afortunadamente,
no todos los niños han saltado a la edad adulta sin pasar por la
infancia. Todavía hay muchos que juegan, que inventan, que aman. Y
no quiero resultar pesimista, porque aquellos que creen, luchan y
trabajan, llegan más lejos que quienes se dejan llevar. Pero los
modelos de la sociedad no son estos niños. El poder, por ejemplo,
¿existe para ofrecerse a los demás, o es para enriquecerse a sí
mismo? ¿Qué acaba imperando? Si los pequeños se fijan en los más
mayores, ¿qué va a nacer de esta sociedad corrupta, descuidada y
ambiciosa? Por suerte, aún quedan los padres, los buenos profesores
y el amor, que tiene necesidad de hacer el bien.
Yo
seguiré cuidando el planeta “por nuestros hijos y los hijos de los
nuestros”. Contemplaré, como vengo haciendo hasta ahora, lo más
pequeño, que puede ser una flor, una hoja o una gota de agua, y
continuaré amando todo lo que tenemos sin haberlo pedido. Quizá
alguna vez deje de verle el sentido, pero entonces acudiré a esas
personas que no han dejado de ser niños, y aprenderé de nuevo que
la tierra no es hermosa sin las personas, y que las más humildes,
generosas y entregadas son las verdaderas joyas de la naturaleza.
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viernes, 18 de enero de 2013
No era Renoir
No
era Renoir. No era solamente Renoir. Eran latidos maquillados con
pintura. Había una respiración contenida que se escuchaba en el
brillo de los colores. Los árboles estaban vivos, la vivienda estaba
ocupada, el sol estaba enamorado.
Pintura por: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Técnica: Impresionismo
viernes, 11 de enero de 2013
Beatles de la calle
No
sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior.
Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y
conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo,
de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los
Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes
eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O
porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía
claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no
habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima
consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a
una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca,
ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de
tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de
aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había
visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de
música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con
tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una
generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la
voz.
Y
se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas,
agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los
artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente,
fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila,
ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima
no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces,
la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
–Me
encantan –susurró.
–¿Son
los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella.
Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme
retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
–No
te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el
tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana
se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones
que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca,
sorprendida, y exclamó:
–¡Son
canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los
bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy
a ver si puedo dejarles algo...
Entonces,
a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su
falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y
un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de
pañuelos.
–Vaya,
qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–.
Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y
sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un
bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas,
le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en
su mano.
–¿Qué
les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su
hombro.
–Que
me gustan.
Las
letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje.
Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír.
Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados,
reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no
podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las
palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la
música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.
jueves, 17 de noviembre de 2011
"La belleza crea belleza"
“Lo malo de las cosas que digo, es que las siento”, confesó Enrique Loewe en la conferencia del FORUN organizada por la Universidad de Navarra el 16 de noviembre. Y es que la pasión por cuanto realizamos es el verdadero motor del éxito. Si amamos lo que hacemos, seremos capaces de afrontar los retos y superar los obstáculos.
Enrique Loewe desarrolló, con gran maestría y agilidad, las consecuencias de la crisis del sistema que estamos atravesando. La globalización, el desarrollo de las redes sociales o los grandes imperialismos en las estructuras de la comunicación, han bloqueado la reacción social y nos conducen hacia un cruce de caminos que no sabemos cómo solventar. Se han creado grandes complejos de inferioridad que nublan la perspectiva. Siempre pensamos que lo que procede de “fuera” es mejor que nuestros propios recursos, cuando la realidad es que renunciamos voluntariamente a ello, así como a innovar, y nos mantenemos en la crítica. Es ahí donde reside el problema y la solución. En nosotros está el cambio, y no en la política. Nadie va a representarnos tan bien como nosotros mismos y, por ello, es preciso que sepamos quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Hay que detener el mundo, sus prisas, sus decisiones precipitadas. Hay que ponerle freno a la cascada de emociones que nos golpea constantemente y pensar. Como bien dijo Loewe: “Hay que encontrarse a uno mismo y buscar el ser, no el valer”.
Cada uno vale por sí mismo. Las apariencias son el reflejo vacío de una sociedad frívola. La banalidad a la que nos lanza el lujo debe ser combatida con la propia personalidad y con el gusto, “que es una sabiduría consecuencia de nuestra cultura”. Por naturaleza, aprendemos observando, con lo que la educación se convierte en un factor esencial para el ejercicio de nuestra libertad. “La cultura nos hace valorar las cosas, y la belleza, aunque no siempre tiene por qué, cuesta esfuerzo, sacrificio y trabajo. Por eso, hay que leer, buscar y conocer”. Todavía es posible reanimar el alma consumida de la sociedad, que se lamenta en lugar de levantarse.
Con gran aflición, Loewe aseguró: “Noto el aburrimiento (de la sociedad), el hastío. Hay una juventud muy formada, pero un pelín vieja”. No podemos dormirnos en una sociedad en crisis. Es más, esta misma circunstancia debería ser un incentivo suficiente para renovar nuestras esperanzas. Debemos creer en un futuro mejor, pero también poner de nuestra parte para alcanzarlo. No hay fuerza más eficaz que aquella que construye una sociedad unida, ni verdad tan exquisita como la sencillez. No podemos esperar a que los demás nos sobrepasen, sino anticiparnos y retar al mundo con alegría, esperanza, motivación y capacidad creativa. “La belleza crea belleza”, repitió Enrique Loewe. Así pues, amemos nuestro trabajo, nuestros éxitos y nuestros fracasos. “El gusto, lo bello, tiene mucho que ver con la autenticidad”.
domingo, 23 de octubre de 2011
Mis noches de luna llena
Estarías
orgullosa de mí.
Hoy hemos salido de paseo por los alrededores de la escuela y hemos invitado a todos los niños que jugaban en las calles. Yamir me ha enseñado a patear el balón de fútbol con la misma fuerza de un chico y me han elegido como jugadora en el partido que organizamos después. Tropecé varias veces, enredando mis piernas con las de los atacantes, pero me volví a levantar, como me enseñaste. No sería justo decir que ganamos por una gran diferencia, ambos equipos lo hicimos muy bien.
Miguel,
nuestro maestro, nos preparó una merienda. Nos reunió a todos, a
los de la escuela y a los de la calle, y nos repartió bolsitas con
un bocadillo y una pieza de fruta. Algunos lo recibieron con alegría,
pero me di cuenta de que luego no se lo llevaron a la boca. Jugamos
al escondite y a las aventuras. A mí me tocó ser, junto con Aaina y
Hanita, las mujeres blancas que visten de safari y acompañan a los
hombres a cazar. Miguel se rió mucho y dijo que no lo hacíamos nada
mal. Lo pasé muy bien y me acordé de que todos somos iguales, tal
como me insististe tú.
Antes
de que atardeciese regresamos a la escuela. Rajal, que ayuda a Miguel
con la dirección del orfanato, nos recibió con una cascada de
besos. Ella es muy cariñosa y nos cuida bien. Una vez le oí decir
que nos quiere como si fuésemos sus hijos. Eso debe ser un amor muy
grande, porque cuando lo dijo tenía una sonrisa enorme y los ojos
brillantes.
Para
cenar nos prepararon una sopa caliente y comí recta, como aprendí
de ti, llevándome la cuchara a la boca y no al revés. A Hanita le
costaba y se le escurría el líquido hasta el plato, de modo que me
senté a su lado y la ayudé. Ella tiene sólo cinco años, pero es
tan risueña y agradable que siempre nos acompaña a Aaina y a mí.
Algún día será una muchacha muy bonita, porque tiene unos ojos muy
expresivos y una sonrisa dulce. Me recuerda a ti, en cierto modo,
porque tú nunca dejabas de sonreír.
Cuando
ya nos retirábamos a las habitaciones, Yamir me detuvo. Me cogió de
la mano y me guió hasta la única ventana de nuestro pasillo. Me
señaló la luna y me guiñó un ojo. "Tienes visita", me
susurró. Luego me regaló su balón de fútbol y regresó junto a
sus compañeros.
Mi
visita era la luna llena. Fue una noche de luna llena cuando me
despedí de ti. Miguel nos había encontrado en la cuneta,
cuando volvía a casa después de conseguir el permiso para
abrir el orfanato, y se desvió cuando oyó mi llanto.
¿Qué edad tenía yo? Creo que tenía cinco, como ahora los
tiene Hanita. Miguel te acompañó hasta el final, apretándote
la mano con ternura y acariciándote la cabeza. Balbuceaste algo y me
señalaste a mí. Desde entonces, Miguel me cuidó como un
padre. Sé que nos quiere a todos muchísimo, pero también sé que
soy su debilidad. Fui su primera hija, la primera de una familia
que ahora cuenta con veintitrés. Yo le quiero mucho, y no sólo
porque sin él me habrían arrastrado a lo más oscuro de la
sociedad, sino porque le ha dado un sentido a mi existencia y me ha
enseñado que el amor es capaz de sanar las heridas más profundas.
Las
noches de luna llena Miguel y Rajal me permiten quedarme un rato más
junto a la ventana. Saben que me gusta contarte mis pequeños éxitos,
porque yo sé, mamá, que estarías muy orgullosa de mí.
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