¿Te atreves a soñar?
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domingo, 21 de agosto de 2016

La lucha de los Juegos

La meta se alcanza hoy, después de dieciséis días, y además de diecisiete medallas deja tras de sí el sabor del sueño olímpico. Los Juegos tienen algo mágico, pues en el esfuerzo, la concentración y las lágrimas de los deportistas está nuestra propia lucha. Quizá por eso vemos deportes que nunca antes nos habían llamado la atención, o nos levantamos del sofá con una extraña inquietud. Ellos han trabajado por lo que más deseaban, como hacemos cada uno de nosotros en el día a día. Esa determinación, con sus gritos, sus sonrisas gigantes y sus lágrimas remueven nuestros propios sueños. ¡Enhorabuena a todos los campeones!

lunes, 28 de octubre de 2013

¿Quién es Peter Higgs?

Peter Higgs es un señor de 84 años, con gafas grandes, pelo blanco y una mirada bonachona. Sencillo, divertido y Premio Nobel de Física. Un hombre de cambios: de pequeño, por el trabajo de su padre y sus ataques de asma; más tarde, fue niño de la Segunda Guerra Mundial y, en la adolescencia, despuntó en los estudios, aunque consiguió galardón en todos sus trabajos menos aquellos sobre la física. Una paradoja, ¿quizá motivación? Lo cierto es que la ciencia fue su pasión y su amante, a quien dedicó las horas y los pensamientos, en quien pensó antes de acostarse y cada mañana. Incluso cuando su mujer y él decidieron separarse, cuando ya compartían dos hijos y muchas historias, la física continuó ahí.

Incómodo frente a las cámaras, pero orgulloso de sus compañeros y su trabajo, Peter Higgs ha sido galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Nobel de Física. El motivo: el descubrimiento de un proceso que nos remonta al origen del Universo, que nos permite conocer un poco más de su estructura, de cómo surgió la masa de las partículas subatómicas. La mal llamada "partícula de Dios", el bosón de Higgs.


Fotografía: Stuart Wallace


domingo, 18 de agosto de 2013

¿Dioses del mar?

“El infierno se congelará antes de que retire alguno de los bloques de hormigón”, aseguró el Ministro gibraltareño a la cadena televisiva inglesa de la BBC.

Mi familia tiene que comer ‒se quejó un pescador a una periodista española que le tendía el micrófono para que opinase sobre la protesta en La Línea‒. Mi familia y mis compañeros de faena. Es mi vida, ¿entiende? ¡A mí me importa un rábano la política!
Paco recogió las redes y se las mostró a la cámara.
‒Quién manda sobre los peces, ¿eh? ¿Quién se cree tan imbécil como para pensar que gobierna sobre el mar?

sábado, 3 de agosto de 2013

El señor alcalde

El señor alcalde se baja del coche oficial. Se detiene en mitad de una carretera estrecha. Se recoloca la chaqueta y echa a andar hacia la peluquería donde ha concretado cita sin despedirse del chófer, que en seguida le sustituye al volante, y sin preocuparse por el atasco mudo que deja detrás.
El señor alcalde llama a la puerta de la peluquería. Son las dos de la tarde y el local está cerrado para los ciudadanos, pero no para él. Saluda con un gesto perezoso y algunas palabras medidas y ocupa uno de los sillones de cuero. No tiene prisa y tampoco le importa si la tiene el anciano Bernardo.
El señor alcalde pregunta por la salud del negocio y Bernardo no se atreve a reconocer que solo ha recibido a dos clientes a lo largo de la mañana.
“Es el mejor pueblo, con los mejores turistas, con las mejores calles y las mejores gentes”, dice el mayor.
Bernado discrepa, pero se traga sus protestas. Ya se quejaron otros antes y ninguno acabó bien. Silicona en las cerraduras, basuras en la puerta, carga y descarga... Conoce el porte traicionero del hombre al que arregla el pelo. Muchas promesas para quienes sigan sus pasos, mucha mierda para los que no. De modo que sonríe y calla, de vez en cuando asiente y fuerza unas risas, pero no comenta nada sobre aquellas calles sucias, los barriles y cajas que reducen la acera, los meados en las esquinas de su local y de los próximos, el olor a orine y descomposición de las mañanas calurosas.
El señor alcalde se mira al espejo, satisfecho. Alaba el trabajo con poca gracia y repite alguna de sus frases más ensayadas para despedirse de Bernardo. Son las dos y media pasadas y abandona la peluquería con la cabeza bien alta, igual que cuando entró. Cruza la carretera y se sube a su coche negro y de buena marca.
El chófer, que cuando llega el alcalde hace de copiloto, ha aparcado donde su jefe le ordenó, en una zona exclusiva para la carga y descarga de los vehículos comerciales. La zona negra de quienes no atienden a las indicaciones, donde la policía multa más de tres veces al día. Pero, ¿quién se lo va a reprochar? Él es el señor alcalde, el emperador de un pueblo sometido, un vengador, un tirano contra la democracia, un manipulador de la opinión pública, un cateto con aires de rey.

sábado, 27 de julio de 2013

Los medicamentos de la vergüenza


¿Qué necesitas? Pide, sé ambicioso, aprovecha y quédate con todo lo que te pueda hacer algún bien. No importa que por el camino hayas gastado el dinero y el tiempo de otros. ¿Y qué si te comprometes con algo y desapareces? Si te acusan, defiende que tu postura es inocua, que lo que dejaste atrás eran cosas sin importancia. Que la amabilidad, la sinceridad y el respeto no te corten las alas. Si te dan la mano, no lo dudes, agárrate fuerte del brazo.

¿Y por qué no decirlo si es lo que pensamos? No parece que seamos conscientes de que detrás de cada decisión que tomamos hay personas, necesidades y problemas. Personas que quizá no conozcamos. Necesidades que no son las nuestras. Problemas que pueden estar asfixiando a otros. Y, es cierto, no se trata de analizar cada vida antes de tomar una resolución, pero sí de cuidar los detalles que parecen más ligeros.

Hace unas semanas visité una farmacia. Entré por su puerta amplia repitiendo en silencio el nombre largo y complicado del medicamento que buscaba. Habían cinco clientes antes que yo, de modo que apunté el fármaco y esperé. Libre de esa concentración enfermiza, me dispuse a observar y aprender. Tenía curiosidad por los estantes de productos, las recetas electrónicas que parecían entretener tanto a las farmacéuticas y el cuartillo que se abría tras el mostrador. La aglomeración de cremas solares, hidratantes, antioxidantes, pañales, potitos, biberones, champús, geles de baño, desmaquillantes, anticelulíticos... resultaba desconcertante y extrañamente acogedora. Tanto me evadí que se me colaron dos señores. Sin protestar, porque tenía la mañana libre, me coloqué detrás de ellos. El más mayor; alto, de barba blanca y acento extranjero, parecía alterado por su conversación con la mujer que lo atendía.

“Sí, aún sigue en el estante, esperando...”, decía ella con resignación.
“¿Todavía? Pero ya ha pasado más de una semana”.
“Y lo que queda, Jules, y lo que queda. Supongo que nos lo han vuelto a dejar colgado”.
“¿Y se puede devolver?”
“No. Este medicamento venía por un laboratorio que no lo permite”.
“¡Vaya cara tiene la gente!”.
“Bueno, no te alteres, Jules. Desgraciadamente es habitual”.
“Me parece indignante”.
“Entonces, ¿te saco todo lo de la tarjeta?”.

Y yo desconecté. O más bien, me quedé pensando. No entendí hasta una semana después a lo que aquel tal Jules se refería. Me lo explicó la misma farmacéutica que lo atendió, porque mi curiosidad me llevó a preguntarle sin más preámbulos.

Una farmacia no es el almacén de todos los productos sanitarios habidos y por haber. Cada una vende las marcas de las casas y laboratorios que trabaja. No puede abarcarlo todo, del mismo modo que Zara no vende todas las colecciones de Inditex. Sin embargo, puede ofrecer el producto al cliente con un margen que oscila ente la media jornada o el día completo y en los casos más raros, la semana. Cuando el farmacéutico ofrece esta posibilidad, se inicia una cadena de confianza con el cliente. Si este está interesado, acepta que le encarguen lo que solicitó y debería recogerlo a partir del plazo indicado.

Desgraciadamente, lo más habitual es pensar en uno mismo y despreocuparse de los demás. Sí, exactamente, agarrar el brazo de quien te da la mano con amabilidad. Así, muchos de los productos que se encargan acaban ocupando los estantes de la vergüenza. Medicamentos caros que acaba pagando la farmacia por el capricho de algún cliente que lo pidió por pedir, u otros tan concretos que no suelen venderse si quien lo encargó no los recoge. Y ahí permanecen, esperando, hasta que caducan.

No quiero decir que detrás de cada encargo haya una intención despreocupada, ni tampoco así me lo dio a entender la farmacéutica, pero que los medicamentos queden huérfanos ocurre. Y quizá pueda parecer una tontería, pero detrás de ese “sí” del cliente, hay tiempo, dinero y problemas ajenos; de quienes trabajan en el laboratorio, del transportista, del farmacéutico y de sus familias. Porque a lo mejor ellos no tienen vacaciones, pero atienden con una sonrisa. O están cansados, pero mantienen el buen humor. Tal vez sienten que nadie les escucha, pero ayudan a quienes acuden a ellos. Porque quizá, ¿lo has pensado?, tratan de darte lo mejor de sí cuando se les almacenan los medicamentos en los estantes de la vergüenza.

martes, 26 de febrero de 2013

Hechiceros


Serena apartó con brusquedad la silla donde hacía unos minutos había estado amordazada. Se remangó el vestido y echó a correr hacia una de las esquinas de la habitación. Le sangraba la mejilla derecha por el rayo de Tariq. A pesar de que él era uno de los grandes hechiceros, nunca había tenido buena puntería.
Plano general.
–¡No huyas! ¡No huyas! –gritó el hombre, blandiendo la espada mágica por encima de su cabeza–. Vuelve aquí y lucha.
Serena se lanzó contra el suelo para esquivar una nueva embestida y se apresuró en deshacer las cuerdas de sus muñecas.
Ángulo picado.
¿Cómo se había podido estropear tanto aquel día especial?
Se descalzó los tacones con rabia y rasgó el vestido de novia hasta las rodillas. Una tela suave, impoluta, que había trabajado ella misma para que todo resultara perfecto. Con las manos temblorosas, se recogió el pelo y se quitó los pendientes largos de perlas.
La risa de Tariq la acompañaban los destrozos. En su delirio, los rayos de magia oscura se disparaban en todas direcciones. Sabía dónde se ocultaba Serena, pero no quería herirla tan pronto. Serena había sido una hechicera con muchas posibilidades; tenía una sensibilidad que la hacía poderosa, pero había preferido el amor. Se había apartado de su ambición, de sus planes de conquista del mundo, por un joven que a Tariq se le antojaba despreciable.
–¿Ese aprendiz te ha debilitado tanto que eres incapaz de enfrentarte a mí? –se burló el mago–. Antes era una buena oponente...
Plano medio de Tariq en contrapicado.
Serena apretó su colgante de cristal contra el pecho y murmuró unas palabras. Una oración de amor. Cuando abrió los ojos, las pupilas se le habían dilatado.
Primerísimo primer plano de Serena.
Había prometido no usar más la magia, había deseado una vida normal, pero la amenaza había despertado su instinto de bruja. Toda la magia que había contenido durante ocho años le quemaba en la piel. Se miró las manos y sonrió al descubrir brillantes las puntas de sus dedos.
El calor, la garra de plomo oprimiendo su garganta, el sudor frío. Iba a gritar con toda su magia... y entonces, sabía que se apagaría la risa, los destellos oscuros, las astillas de los destrozos. Sobrevendría la paz y un silencio absoluto. Tariq había subestimado su poder. Había cometido el error de provocarla el mismo día de su boda.
Un primer plano de su sonrisa. Una panorámica vertical desde sus labios y hasta el colgante. Luego un plano americano donde destaca su rostro bañado en luz, y...
–¡Corten!
La actriz suspiró, exhausta, y apoyó la espalda contra la pared. Atendió a las palabras satisfechas del director, a las palmadas de los realizadores, de los técnicos, los cámaras, el productor, y se volvió hacia Tomás, que jugaba con una espada de acero ligero y gomaespuma. Se masajeó las muñecas antes de aceptar la mano de su compañero y levantarse.
–Pareces realmente malo cuando haces de Tariq –dijo.
Tomás se rió y le pasó el brazo por el hombro.
–Tenemos una hora de descanso, ¿te apetece tomar un café conmigo antes de que acabemos el uno con el otro?
La chica puso los brazos en jarras, suspicaz.
–¿Cómo vas a intentar matarme? ¿Rayo de fuego? ¿Sablazo de hielo...?
–A mí no me lo preguntes –se disculpó el actor, sonriente–. Esas cosas solo te las puede contestar Tariq. ¿Y bien? ¿Un café?

martes, 29 de enero de 2013

Por nuestros hijos


Cuida el planeta, respeta a los animales, no malgastes el agua, no tires basura a la hierba, no ensucies la atmósfera, por nuestros hijos y los hijos de los nuestros”. Eso nos han enseñado: a cuidar de los bienes naturales de los que disponemos por los que vienen detrás. Es lo justo. Si tu tienes paisajes hermosos, cuidalos para que los sigan disfrutando. Si tienes agua corriente y aire limpio... que la cadena no muera en ti.
Pero, ¿a quién le estamos dejando el planeta? Sí, a nuestros hijos y a los hijos de los nuestros, por supuesto... A personas que crecen encerradas en casa con los videojuegos, que no tienen tiempo para pasear por pasear, o de leer un libro, o de jugar a las canicas, a la comba, al elástico, a los aros, a cazar mariposas... Que no saben lo que es arrancar una fruta de un árbol y comerla, o ver una puesta de sol, o cuidar gusanos de seda, tortugas o peces. Que creen que el amor es solo una danza de cuerpos, y no de espíritus. Que pasan las horas frente al ordenador y caminan con la cabeza gacha, no por vergüenza, sino por el móvil que los mantiene despiertos.
Y ellos heredarán nuestra tierra.
Afortunadamente, no todos los niños han saltado a la edad adulta sin pasar por la infancia. Todavía hay muchos que juegan, que inventan, que aman. Y no quiero resultar pesimista, porque aquellos que creen, luchan y trabajan, llegan más lejos que quienes se dejan llevar. Pero los modelos de la sociedad no son estos niños. El poder, por ejemplo, ¿existe para ofrecerse a los demás, o es para enriquecerse a sí mismo? ¿Qué acaba imperando? Si los pequeños se fijan en los más mayores, ¿qué va a nacer de esta sociedad corrupta, descuidada y ambiciosa? Por suerte, aún quedan los padres, los buenos profesores y el amor, que tiene necesidad de hacer el bien.
Yo seguiré cuidando el planeta “por nuestros hijos y los hijos de los nuestros”. Contemplaré, como vengo haciendo hasta ahora, lo más pequeño, que puede ser una flor, una hoja o una gota de agua, y continuaré amando todo lo que tenemos sin haberlo pedido. Quizá alguna vez deje de verle el sentido, pero entonces acudiré a esas personas que no han dejado de ser niños, y aprenderé de nuevo que la tierra no es hermosa sin las personas, y que las más humildes, generosas y entregadas son las verdaderas joyas de la naturaleza.

viernes, 18 de enero de 2013

No era Renoir


No era Renoir. No era solamente Renoir. Eran latidos maquillados con pintura. Había una respiración contenida que se escuchaba en el brillo de los colores. Los árboles estaban vivos, la vivienda estaba ocupada, el sol estaba enamorado.


 
Pintura por: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Técnica: Impresionismo

viernes, 11 de enero de 2013

Beatles de la calle


No sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior. Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo, de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la voz.
Y se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas, agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente, fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila, ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces, la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
Me encantan –susurró.
¿Son los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella. Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
No te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca, sorprendida, y exclamó:
¡Son canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy a ver si puedo dejarles algo...
Entonces, a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de pañuelos.
Vaya, qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–. Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas, le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en su mano.
¿Qué les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su hombro.
Que me gustan.
Las letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje. Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír. Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados, reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.

jueves, 17 de noviembre de 2011

"La belleza crea belleza"


“Lo malo de las cosas que digo, es que las siento”, confesó Enrique Loewe en la conferencia del FORUN organizada por la Universidad de Navarra el 16 de noviembre. Y es que la pasión por cuanto realizamos es el verdadero motor del éxito. Si amamos lo que hacemos, seremos capaces de afrontar los retos y superar los obstáculos.
Enrique Loewe desarrolló, con gran maestría y agilidad, las consecuencias de la crisis del sistema que estamos atravesando. La globalización, el desarrollo de las redes sociales o los grandes imperialismos en las estructuras de la comunicación, han bloqueado la reacción social y nos conducen hacia un cruce de caminos que no sabemos cómo solventar. Se han creado grandes complejos de inferioridad que nublan la perspectiva. Siempre pensamos que lo que procede de “fuera” es mejor que nuestros propios recursos, cuando la realidad es que renunciamos voluntariamente a ello, así como a innovar, y nos mantenemos en la crítica. Es ahí donde reside el problema y la solución. En nosotros está el cambio, y no en la política. Nadie va a representarnos tan bien como nosotros mismos y, por ello, es preciso que sepamos quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Hay que detener el mundo, sus prisas, sus decisiones precipitadas. Hay que ponerle freno a la cascada de emociones que nos golpea constantemente y pensar. Como bien dijo Loewe: “Hay que encontrarse a uno mismo y buscar el ser, no el valer”.
Cada uno vale por sí mismo. Las apariencias son el reflejo vacío de una sociedad frívola. La banalidad a la que nos lanza el lujo debe ser combatida con la propia personalidad y con el gusto, “que es una sabiduría consecuencia de nuestra cultura”. Por naturaleza, aprendemos observando, con lo que la educación se convierte en un factor esencial para el ejercicio de nuestra libertad. “La cultura nos hace valorar las cosas, y la belleza, aunque no siempre tiene por qué, cuesta esfuerzo, sacrificio y trabajo. Por eso, hay que leer, buscar y conocer”. Todavía es posible reanimar el alma consumida de la sociedad, que se lamenta en lugar de levantarse.
Con gran aflición, Loewe aseguró: “Noto el aburrimiento (de la sociedad), el hastío. Hay una juventud muy formada, pero un pelín vieja”. No podemos dormirnos en una sociedad en crisis. Es más, esta misma circunstancia debería ser un incentivo suficiente para renovar nuestras esperanzas. Debemos creer en un futuro mejor, pero también poner de nuestra parte para alcanzarlo. No hay fuerza más eficaz que aquella que construye una sociedad unida, ni verdad tan exquisita como la sencillez. No podemos esperar a que los demás nos sobrepasen, sino anticiparnos y retar al mundo con alegría, esperanza, motivación y capacidad creativa. “La belleza crea belleza”, repitió Enrique Loewe. Así pues, amemos nuestro trabajo, nuestros éxitos y nuestros fracasos. “El gusto, lo bello, tiene mucho que ver con la autenticidad”.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mis noches de luna llena



Estarías orgullosa de mí.

Hoy hemos salido de paseo por los alrededores de la escuela y hemos invitado a todos los niños que jugaban en las calles. Yamir me ha enseñado a patear el balón de fútbol con la misma fuerza de un chico y me han elegido como jugadora en el partido que organizamos después. Tropecé varias veces, enredando mis piernas con las de los atacantes, pero me volví a levantar, como me enseñaste. No sería justo decir que ganamos por una gran diferencia, ambos equipos lo hicimos muy bien.

Miguel, nuestro maestro, nos preparó una merienda. Nos reunió a todos, a los de la escuela y a los de la calle, y nos repartió bolsitas con un bocadillo y una pieza de fruta. Algunos lo recibieron con alegría, pero me di cuenta de que luego no se lo llevaron a la boca. Jugamos al escondite y a las aventuras. A mí me tocó ser, junto con Aaina y Hanita, las mujeres blancas que visten de safari y acompañan a los hombres a cazar. Miguel se rió mucho y dijo que no lo hacíamos nada mal. Lo pasé muy bien y me acordé de que todos somos iguales, tal como me insististe tú.

Antes de que atardeciese regresamos a la escuela. Rajal, que ayuda a Miguel con la dirección del orfanato, nos recibió con una cascada de besos. Ella es muy cariñosa y nos cuida bien. Una vez le oí decir que nos quiere como si fuésemos sus hijos. Eso debe ser un amor muy grande, porque cuando lo dijo tenía una sonrisa enorme y los ojos brillantes.

Para cenar nos prepararon una sopa caliente y comí recta, como aprendí de ti, llevándome la cuchara a la boca y no al revés. A Hanita le costaba y se le escurría el líquido hasta el plato, de modo que me senté a su lado y la ayudé. Ella tiene sólo cinco años, pero es tan risueña y agradable que siempre nos acompaña a Aaina y a mí. Algún día será una muchacha muy bonita, porque tiene unos ojos muy expresivos y una sonrisa dulce. Me recuerda a ti, en cierto modo, porque tú nunca dejabas de sonreír.

Cuando ya nos retirábamos a las habitaciones, Yamir me detuvo. Me cogió de la mano y me guió hasta la única ventana de nuestro pasillo. Me señaló la luna y me guiñó un ojo. "Tienes visita", me susurró. Luego me regaló su balón de fútbol y regresó junto a sus compañeros.

Mi visita era la luna llena. Fue una noche de luna llena cuando me despedí de ti. Miguel nos había encontrado en la cuneta, cuando volvía a casa después de conseguir el permiso para abrir el orfanato, y se desvió cuando oyó mi llanto. ¿Qué edad tenía yo? Creo que tenía cinco, como ahora los tiene Hanita. Miguel te acompañó hasta el final, apretándote la mano con ternura y acariciándote la cabeza. Balbuceaste algo y me señalaste a mí. Desde entonces, Miguel me cuidó como un padre. Sé que nos quiere a todos muchísimo, pero también sé que soy su debilidad. Fui su primera hija, la primera de una familia que ahora cuenta con veintitrés. Yo le quiero mucho, y no sólo porque sin él me habrían arrastrado a lo más oscuro de la sociedad, sino porque le ha dado un sentido a mi existencia y me ha enseñado que el amor es capaz de sanar las heridas más profundas.

Las noches de luna llena Miguel y Rajal me permiten quedarme un rato más junto a la ventana. Saben que me gusta contarte mis pequeños éxitos, porque yo sé, mamá, que estarías muy orgullosa de mí.