¿Te atreves a soñar?
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lunes, 2 de abril de 2018

Sin apagar la luz


El vacío era abrumador. Entré sobrecogido en la habitación, pero ni siquiera quedaba la lamparita bajo la que leía a los grandes, porque “yo no leo cualquier cosa, a mí no me des un libro de esos que tiene todo el mundo”. Mira que era cabezota. “¿Acaso Jane Eyre no lo fue?”. Sacudía la mano para quitarle importancia. Tenía la costumbre de vivir leyendo: ordenaba el cuarto leyendo, cocinaba leyendo, paseaba leyendo; y eso fue lo que me atrapó.

Poco después de casarnos me di cuenta de que o aprendía su lenguaje, o estábamos condenados a un matrimonio infeliz. Vamos, era de cajón, porque ella solo hablaba de literatura y yo solo lo hacía del tiempo, o de lo caro que se había puesto el café, o de lo lento que crecían los limones… O, yo qué sé, de la pobre señora que había perdido al marido y al hijo. Pero a ella esas cosas no le interesaban para una conversación. No es que lo hubiera dicho, es que exhibía esa media sonrisa complaciente que me hacía sentir vulgar.

“¿Lo tienes todo?”, mi hijo me puso la mano en la espalda. Lo cierto es que ya no tenía nada. En aquel dormitorio no quedaban ecos. Caminé con pequeños pasos hasta la cocina y agarré la chaqueta negra. La gorra a la cabeza, el pañuelo en el bolsillo. “¿Nos dará tiempo a atravesar la frontera?”, preguntó mi otro hijo, el de los hoyuelos de su madre. Nos marchamos sin cerrar las persianas, sin apagar la luz del salón.  Atrás quedaban los libros, todos sus libros; quizá con ellos, que no eran cualquier cosa, tendrían más compasión.


También publicado en el Correo de Andalucía

viernes, 12 de agosto de 2016

Un columpio de guerra

Asía con firmeza las cuerdas del columpio. Quizá pensaba que el viento, tan suave que apenas movía las briznas de hierba, podría despertar de pronto y empujarla hacia el cielo. Esperaba inmóvil, con los músculos tensos y la mirada perdida. Tenía la expresión del que está sin estar. Le había conmovido la conversación de sus padres en el desayuno.

Una mariposa se detuvo en su regazo, poco después echó a volar convencida de que la niña no le prestaría atención. Ni siquiera esquivó el pájaro que le rozó el pelo.

Papá se iría lejos cuando acabase el verano. Con Guillermo y Rafael, que hacía poco habían cumplido la mayoría de edad. La patria agonizaba y el honor les impedía continuar escondidos por más tiempo.

La niña lloraba sin saberlo. La luz resplandecía en el filo de sus lágrimas. Papá y los chicos se irían con el próximo amanecer, vestidos de uniforme, dispuestos a defender una guerra que estaba perdida.

Le resonaban los gritos de dolor de su madre, partida en mitad de la cocina, abrazando el suelo como si en algún momento fuera a desaparecer. Su marido, con el rostro tan serio que parecía de piedra, era incapaz de consolarla. Los brazos se le habían dormido a medio camino de su cuerpo tembloroso.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada en aquel columpio que le había regalado papá en su sexto cumpleaños, pero cuando se bajó, hacía años, alguna vez le pareció escuchar que diez, que su padre y Guillermo dormían en algún lecho de tierra.


También publicado en:

-El Correo de Andalucía: http://bit.ly/2dTYnSH


domingo, 16 de agosto de 2015

Sueños encendidos


Era una hilera de sueños, algunos desordenados, otros con forma de corazón. Los niños, los más listos, habían soplado con los ojos cerrados. Mientras pensaban qué más pedirle al fuego, sus padres brindaban con vino. Era un instante, un abrazo, una risa. La noche, seguramente, debía encontrarse feliz por haber reunido tantos buenos deseos.






Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón

miércoles, 18 de febrero de 2015

En su burbuja

Tenía aborrecida la sonrisa desde que se divorció. Le habían llovido encima las desgracias al mismo tiempo: la enfermedad de su hija y el engaño de su marido. No le quedaban ni ganas ni fuerzas para vivir, por eso le molestaba infinitamente la simpatía del dependiente de la cafetería donde desayunaba. Le servía con una mirada cálida y las comisuras hacia arriba. “Qué buena cara le  veo”, solía acompañar al café.
Aquella atención la enfadaba sobremanera.
En la oficina, en cambio, descansaba. Sus compañeros conocían la historia y la obviaban cuando pasaban a su lado por las mañanas. No risas. No propuestas de fines de semana. No copas al terminar. Entre ella y los demás, el silencio.
Pasaba el día entre papeles, hasta que a las cinco conducía para llevar a su pequeña Marta a clases de natación. El gorro, las gafas, el bañador, la toalla... Repasaba el equipo tres veces. Lo sacaba todo, lo volvía a meter. Que no faltase nada. Que lo tuviera todo.
Luego merendaban juntas en la cafetería del señor sonriente, el mismo de los desayunos. Era la que tenían debajo de casa y donde Marta se encontraba con Laura, su amiga del colegio. Las observaba removiendo la cucharilla en una taza vacía, intentando dejar en aquellas vueltas sus preocupaciones.
—¿Quiere leer el periódico?
Otra vez el señor sonriente.
La mujer lo rechazó con educación.
Su hija Marta había sufrido una parálisis cerebral y ahora enfrentaba las secuelas. Tardó tres años en volver a hablar, aunque lo hacía con torpeza, y caminaba con ayuda de un andador. Su recuperación había costado una fortuna y un divorcio, pero su madre se repetía que había merecido la pena.
De desayunar, siempre tostada y café. En la comida, ensalada y fruta. Por la noche tocaban verduras para compensar las grasas de la merienda. Para el colegio, Marta con coleta. Para estar en casa, Marta con coleta. Los fines de semana, Marta con coleta. El psicólogo le había aconsejado una rutina. Ella la cumplía a rajatabla. Había asumido que la vida era gris. Quizá por eso, la mañana en que formalizó el final de su matrimonio fue tan brusca con el hombre de la cafetería.
—Que pase un buen día —le deseó el de la sonrisa.
Lo atravesó con una mirada furiosa.
—Lo pasará usted en su burbuja rosa.
Pensó que la ofensa había sido suficiente, pero los desayunos continuaron acompañados de la sonrisa. No se preguntó, algunas semanas después, por qué el hombre sonriente no estaba detrás del mostrador. Sólo la madre de Laura, también dependienta, sabía que, después de diez años luchando, acababa de fallecer su esposa.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Mis milagros


¿Cómo no me voy a sentir afortunada si a mi alrededor tengo a gente espectacularmente excepcional? Hace un tiempo dije que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, pero los milagros se quedan cortos con los dedos de las dos.

Mis milagros son amigos, son familia y son personas que en algún momento decidieron asomarse a mi vida para hacerme cosquillas y enseñarme algo que me hiciera mejor. No voy a tenerles siempre. Los milagros son como las estrellas. Algunos permanecen por los siglos de los siglos y otros siguen viajando por la eternidad. Los milagros son únicos y valiosísimos. Qué poder tiene una carta, o una rosa, o una canción, o una risa.


Quiero agradecer a todos mis milagros que aparecieron alguna vez, y especialmente a los que estos días me han sacado una sonrisa tras otra. Gracias a los que seguís aquí y buen viaje a los que se tienen que marchar.

sábado, 16 de agosto de 2014

Soñar como cuando éramos niños

Sofía y Laura se despegaron de sus padres a la carrera. Habían visto el arroyo donde el agua se bebía dorada y creyeron que esa mañana sus deseos se cumplirían de verdad. Las dos hermanas se habían acostumbrado a ignorar las advertencias de sus padres. Laura, la más pequeña, soltó un gritito al tropezar, pero al recuperar el pasó comenzó a reírse. Las envolvían los pájaros y el murmullo monótono de las cigarras, y el sol atravesaba las copas de los árboles con tanta fuerza que todo el camino parecía luz.

Con los vaqueros llenos de tierra y la respiración entrecortada, las niñas alcanzaron la fuente de piedra. En ese punto, tenían un ritual. Sofía arrancaba alguna hoja grande del suelo y la limpiaba en su camiseta, luego ocultaba con ella su rostro y murmuraba un deseo. Laura la imitaba, sin dejar de mirarla de reojo, y las dos introducían sus hojas en el agua brillante del manantial.

Decían que el agua era mágica porque en ella incidía especialmente el sol. Los rayos bailaban y saltaban, salpicando de fantasía la imaginación de las hermanas.

–Yo seré una princesa –aplaudió Laura–, y viviré en un castillo muy grande y muy bonito.

–Pues yo viajaré por todo el mundo –exclamó la mayor.

Las dos se rieron y aplaudieron, atentas a cómo sus hojas se unían a la danza de destellos.

Laura cerró los ojos y apretó los labios, con la sonrisilla jugueteando en las comisuras. Y Sofía, imaginándose en los colores de la India, en las playas de Australia o en la sabana africana, se puso a saltar con los brazos extendidos. El corazón les palpitaba con un sueño.

miércoles, 16 de julio de 2014

Un viaje eterno


Adelaida golpeó la puerta con los nudillos y tiró del pomo repetidamente.
–Te lo suplico, déjame salir. ¡Déjame salir!
Cogió carrerilla y se lanzó contra la puerta, pero sus diez años no eran lo suficientemente fuertes como para derribarla. Escuchó un gruñido y una maldición, y lloró con más ganas. Miró hacia la ventana y se precipitó contra el cristal. Sus mofletes mojados se aplastaron para ver marchar a una mujer encorvada y envuelta en una manta deshilachada.
–¡Mamá! –gritó.
Sorbió los mocos y trató de desbloquear el pestillo.
–¡Mamá!
Pero los pasos lentos de la señora no se detuvieron. Ni siquiera volvió la vista atrás. Adelaida no se separó de la ventana hasta que la sombra de su madre se perdió en la distancia. Entonces solo quedaron sus huellas vacías en la nieve y una niña encogida de dolor.
La puerta del dormitorio no la abrieron hasta el día después. Habían aprovechado el sueño de la pequeña para dejarle una bandeja de comida sobre la mesa, pero a la mañana siguiente la recogieron intacta.
Suzanne fue la primera en presentarse. Era una joven treintañera que no había encontrado oportunidad para casarse. Llevaba el pelo atrapado en un moño ahuecado y un vestido largo hasta los pies. Sonrió a Adelaida cuando ella dejó caer el cuello en su dirección. La niña continuaba encogida junto a la ventana, con la cara sucia y los ojos cansados.
–¿Te apetece jugar con el trineo? –propuso Suzanne.
Adelaida la ignoró.
–Te llevaré a la tienda para que conozcas a otras niñas.
La pequeña se levantó despacio y, sin preocuparse de su aspecto, esquivó a Suzanne y salió por la puerta de la habitación. Caminaba por inercia, con la mirada perdida y triste. ¿Qué más le daba dónde estaba? Su madre le había dicho algo de unas primas. Su madre...
Una señora de camisa de mangas anchas y falda oscura la sorprendió al final del pasillo.
–¡Adelaida! ¿Dónde has dejado a Suzy? Ni si quiera has desayunado y vas muy sucia. No puedes salir así a la calle. Ven, ven, te asearé un poco –resolvió Marie, la bonita Marie.
La niña se dejó hacer. Esperó con los brazos caídos a que su tía desconocida terminase de arreglarla. Le daba igual el lazo, el abrigo, las botas, los guantes.
–¿A dónde ha ido? –preguntó muy bajito.
Suzanne, que acababa de entrar por la puerta, le respondió.
–¿Para qué quieres saberlo, querida? Ella tenía que marcharse. Está bien, estará bien.
–¿Dónde?
–Ella...
–Un viaje –interrumpió Marie–. Ella estaba esperando para hacer un viaje.

- - -

Aunque aquel día me hice la loca, las entendí perfectamente. A la primera, al primer titubeo de Suzanne. No me revolví porque en el fondo hacía mucho tiempo que lo sabía. Lo sospeché cuando mamá me empezó a mencionar a la tía Suzanne y a la bonita de Marie. Cuando la oía llorar por las noches. Cuando la encontraba torcida sobre las letrinas y me gritaba que me fuera. Cuando me abrazó en el comedor de la casa de las tías, tan fuerte, con tanta ternura, inundada de amor. Mamá se tenía que marchar y no quería que yo la viera apagarse porque ella me necesitaba fuerte. Los inviernos en París eran muy duros. Y muy largos.


lunes, 3 de marzo de 2014

Zach Sobiech: "No hace falta saber que vas a morir para empezar a vivir"

Todos tenemos problemas, pero cada uno elige cómo quiere vivirlos. A Zach Sobiech le diagnosticaron osteosarcoma, un tipo de cáncer óseo, a los 13. Desde entonces volaron los días. Él soñaba con formar una familia, con ir a la universidad... Pero sabía que su vida no llegaría tan lejos. Zach sonrió e hizo reír, compuso una canción para expresar su miedo y su amor, para seguir adelante sin olvidar lo más importante: lo fácil que es hacer feliz a los demás.

"Me llamo Zach Sobiech, tengo 17 años y padezco osteosarcoma. Me han dicho que me quedan unos meses de vida, pero aún me queda mucho por hacer. Quiero que todo el mundo sepa que no hace falta saber que vas a morir para empezar a vivir".


Vídeo original, por Soul Pancake


Vídeo subtitulado en español

domingo, 9 de febrero de 2014

La risa del sol

Mara corrió el último tramo del sendero con los brazos en alto y la risa en la garganta. Su hermana la seguía con dificultad, gritando con jolgorio. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles y salpicaba de luz la piel canela de Mara y Priya. Ninguna se detuvo al llegar al río. Se lanzaron en plancha y siguieron avanzando entre carcajadas. Un elefante gris empapado de sol ladeó la cabeza para proteger a su cría, que chapoteaba en el agua de barro. Olía a tierra húmeda y a calor.

Priya llamó a su hermana y le señaló al elefante más pequeño, que no conocían. Mara presionó sus labios con el índice y le hizo un gesto a Priya para que se acercasen. Las risas escapaban ligeras de entre los dientes. La hembra que protegía al bebé elefante no se alarmó. Conocía las manos ásperas de las niñas y el timbre agudo de sus voces. Priya acarició el lomo de la cria antes de apoyar su mejilla contra él.

–Está caliente –observó.

Mara hundió las manos en el río y las sacó llenas de barro. Con delicadeza, la extendió sobre el animal para cubrirlo. El animal aleteó con las orejas y levantó la trompa. Priya se puso en cuclillas para refrescarse y sonrió. Miró a su hermana adolescente, tan alta y bonita, de ojos grandes y pelo negro, aureolada por el sol que caía y resplandeciente por las gotas de agua.

–Yo no quiero que te marches, Mara. No quiero que te cases y te vayas con él.

sábado, 19 de octubre de 2013

Cuando regresas

Quizá no sea capaz. Quizá este folio está aún demasiado blanco y tú, demasiado cerca. La muerte, estate seguro, también roba palabras. Y a mí me las quita todas cuando hablo de ti.
Anoche, no sé por qué, recordé tu risa de acordeón viejo y tu abrazo fuerte, y entonces sentí una especie de ternura por quien fuiste y por quien continúas siendo. Porque la muerte no se lo lleva todo; es incapaz de llevarse las huellas y los amores.
Cuando el agua de la ducha me envolvió en vapores, me hizo tan ligera que fui capaz -pues ya sabes que allí el dramatismo se vuelve más dramático- de imaginarte tan real como en ese momento lo era mi reflejo en el espejo.
Algún día yo seré como tú: tan fuerte, tan grande, tan apasionada. Y tú estarás siempre donde estén mis letras. Como en tu biblioteca, donde respiras en todos los volúmenes, en todas las revistas, en todos los papeles que no terminaste de ordenar. Pero esta vez, estamos los dos. Beberé de tu misma fuente, de tus mismos libros, aunque sea de puntillas.
Es posible que no sepa decirte lo que no te dije, pero ahora -no me cabe duda- puedes escucharlo todo. Ahora sé que, incluso cuando este folio está en blanco, cuando regresas, yo soy capaz de recuperar mis palabras por ti.

domingo, 18 de agosto de 2013

¿Dioses del mar?

“El infierno se congelará antes de que retire alguno de los bloques de hormigón”, aseguró el Ministro gibraltareño a la cadena televisiva inglesa de la BBC.

‒Mi familia tiene que comer ‒se quejó un pescador a una periodista española que le tendía el micrófono para que opinase sobre la protesta en La Línea‒. Mi familia y mis compañeros de faena. Es mi vida, ¿entiende? ¡A mí me importa un rábano la política!
Paco recogió las redes y se las mostró a la cámara.
‒Quién manda sobre los peces, ¿eh? ¿Quién se cree tan imbécil como para pensar que gobierna sobre el mar?

miércoles, 12 de junio de 2013

Rosa y la hormiga

El sol quemó la hoja hasta reducirla a cenizas. Rosa se rió y apartó la lupa del objetivo ennegrecido. Limpió la piedra de sacrificios y se acercó al hormiguero. El reguero de puntos negros que desquiciaba a su madre enlazaba la zona de tierra y matorral con las paredes de la casa. Con velocidad, buscó una hoja grande y dispersó a las hormigas. Luego alcanzó a unas pocas y las exhibió en la zona más alta de la roca.
Rosa apretó los labios mientras colocaba la lupa entre el animal y el sol. Sabía que ese experimento tardaría más que el anterior y que era necesaria la máxima puntería para que el cristal resultase letal.
Durante algunos minutos, la niña persiguió a la hormiga con el haz de luz y la hoja, pero ni el bicho se quedaba quieto ni ella tenía la suficiente destreza como para quemarlo en movimiento. Insistió hasta que escuchó cerrarse la verja y los pasos apresurados de su padre. Era la hora, porque ya habían sonado las campanas de la iglesia. Rosa detuvo la ejecución con los ojos bien abiertos y el arma en ristre.
Las llaves contra la mesa.
Un beso.
Una queja.
Un suspiro.
De nuevo unos pasos.
–¿Dónde está la niña más guapa del mundo?
Ella esperó en silencio, con la sonrisa en los labios.
Se descorrieron las cortinas del patio.
Rosa se olvidó de la hormiga. 

lunes, 13 de mayo de 2013

Zumo de naranja


María se abrazó las rodillas y alzó la vista hacia la copa de los árboles. La primavera los había enamorado con flores y los pétalos blancos volaban por el parque como nieve perfumada. Escuchó risas y una voz infantil repitiendo las tablas de multiplicar.
El calor había llegado de puntillas.
Una joven de chándal pasó corriendo y tres adolescentes se giraron para verla marchar. María sonrió, recogió su cuaderno y bosquejó la escena. Uno de los muchachos le recordaba a su hermano mayor. La misma melena desordenada, la misma mirada de pillo.
Allí era donde siempre se habían reunido. Entonces Tomás trabajaba en el bar. Luego se graduó y desapareció sin decir nada. Solo llamó un par de veces para anunciar que todo iba bien.
María suspiró y retomó el trazo.
–Aquí tiene, señorita. Zumo de naranja y un croissant.
El camarero la interrumpió para dejarle la bandeja sobre la hierba. María lo miró desde el césped, pero el sol la deslumbró.
–¿Seguro que no quiere que le acerque una silla? –preguntó él.
–No, está bien.
Esa voz grave ya la había escuchado. Dio un respingo y le saltó el corazón. Se volvió con ímpetu para ver la silueta delgada de un recuerdo.
La chica se levantó y corrió hacia el hombre. Él, que escuchó el vaso de cristal haciéndose añicos y el revuelo del cuaderno golpeando la bandeja de metal, se giró antes de que María lo alcanzase. Ella, alborozada, se había detenido con los ojos muy abiertos y las cejas hundidas.
Ninguno de los dos sabía cómo continuar.
¿Realmente era posible?
Él estaba distinto: más barba, más cuerpo, más años.
¿Un abrazo? ¿Dos besos?
El camarero se tapó la boca para contener la carcajada.
–Mira que eres boba, María, te has derramado todo el zumo en las piernas.

jueves, 14 de marzo de 2013

Los caminos de Nina


24 años:

Apretó la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba, a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de vuelta.
“Volveré como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas, otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos todas mis aventuras”.
Nina estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de echar a volar.


34 años:

Nadie había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada. Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría el niño y no pudo continuar.
Todavía tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio, de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable y ahorrarlo todo para el bebé.
No serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia, pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de días.
El mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de grafito.
Ninguno de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.


84 años:

Había esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo! –protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un Premio Cervantes.
La joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño. 

martes, 29 de enero de 2013

Por nuestros hijos


“Cuida el planeta, respeta a los animales, no malgastes el agua, no tires basura a la hierba, no ensucies la atmósfera, por nuestros hijos y los hijos de los nuestros”. Eso nos han enseñado: a cuidar de los bienes naturales de los que disponemos por los que vienen detrás. Es lo justo. Si tu tienes paisajes hermosos, cuidalos para que los sigan disfrutando. Si tienes agua corriente y aire limpio... que la cadena no muera en ti.
Pero, ¿a quién le estamos dejando el planeta? Sí, a nuestros hijos y a los hijos de los nuestros, por supuesto... A personas que crecen encerradas en casa con los videojuegos, que no tienen tiempo para pasear por pasear, o de leer un libro, o de jugar a las canicas, a la comba, al elástico, a los aros, a cazar mariposas... Que no saben lo que es arrancar una fruta de un árbol y comerla, o ver una puesta de sol, o cuidar gusanos de seda, tortugas o peces. Que creen que el amor es solo una danza de cuerpos, y no de espíritus. Que pasan las horas frente al ordenador y caminan con la cabeza gacha, no por vergüenza, sino por el móvil que los mantiene despiertos.
Y ellos heredarán nuestra tierra.
Afortunadamente, no todos los niños han saltado a la edad adulta sin pasar por la infancia. Todavía hay muchos que juegan, que inventan, que aman. Y no quiero resultar pesimista, porque aquellos que creen, luchan y trabajan, llegan más lejos que quienes se dejan llevar. Pero los modelos de la sociedad no son estos niños. El poder, por ejemplo, ¿existe para ofrecerse a los demás, o es para enriquecerse a sí mismo? ¿Qué acaba imperando? Si los pequeños se fijan en los más mayores, ¿qué va a nacer de esta sociedad corrupta, descuidada y ambiciosa? Por suerte, aún quedan los padres, los buenos profesores y el amor, que tiene necesidad de hacer el bien.
Yo seguiré cuidando el planeta “por nuestros hijos y los hijos de los nuestros”. Contemplaré, como vengo haciendo hasta ahora, lo más pequeño, que puede ser una flor, una hoja o una gota de agua, y continuaré amando todo lo que tenemos sin haberlo pedido. Quizá alguna vez deje de verle el sentido, pero entonces acudiré a esas personas que no han dejado de ser niños, y aprenderé de nuevo que la tierra no es hermosa sin las personas, y que las más humildes, generosas y entregadas son las verdaderas joyas de la naturaleza.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hay Navidad


En la Navidad se reúnen todos los buenos deseos. Paz, esperanza, amor... Y tratamos de ser un poco más felices. Hacemos compras, nos permitimos caprichos, nos volvemos más amables, más permisivos, más tolerantes. Incluso nuestro reflejo de las mañanas parece más simpático.
¡Feliz Navidad!
Y nos abrazamos. Tenemos buenos deseos para todo el mundo; también para aquella persona que nos cruzamos cada día y con la que nunca intercambiamos una palabra. Pero es Navidad. Es Navidad y el mundo es más agradable.
Las calles heladas parecen cálidas con los brillos de los escaparates. Hay árboles recargados con espumillón dorado, plateado, bolas rojas, azules, amarillas... Las ciudades parecen disfrazarse de diosas, tan bellas, tan ricas, tan abundantes. Y en los comercios cantan villancicos. Voces de ángeles con alas de cartón.
Ya no miramos con compasión a los vagabundos y a los mendigos, sino que lo hacemos como hermanos.
Somos buenos.
Somos generosos.
Somos felices.
Compramos turrón, bombones, bizcochos, pasteles... No importa el peso. Da igual si engordamos, porque es Navidad.
Elegimos los regalos más voluminosos y todo nos parece poco. Queremos hacer felices a nuestras familias y amigos, así que seguimos comprando, aunque a cambio tengamos que renunciar a otras cosas. ¿Compramos la felicidad?
La felicidad está en el amor y el amor está en lo que permanece.
Hay Navidad cuando abrimos los brazos con sinceridad, cuando ofrecemos nuestro tiempo a quienes lo necesitan, cuando creemos que somos valientes y que podemos hacer el bien, cuando nos estremecemos con una risa, una mirada o un canto. Hay Navidad cuando decidimos remendar nuestros errores y comenzar desde el principio.
Podemos ser buenos.
Podemos ser generosos.
Somos capaces de ser felices.
Los regalos son muestras de nuestro amor, pero la materia no es el eje. No hay más amor por cantidad de regalos. No se trata de gastar, sino de estar juntos.
Hay que confiar, alentar al que quiere rendirse, ayudar, perdonar y observar la vida con los ojos del respeto y la comprensión.
La Navidad no debe escaparse con los árboles, las estrellas y los villancicos.
Navidad es querer amarse.
Es darse otra oportunidad.

viernes, 17 de febrero de 2012

El último bocado

Hoy dicen que ha llegado mi hora. Lo sentí en el viento frío de la mañana y en el beso del sol. Había algo distinto en el aire, una especie de dolor susurrante que se arrastraba con las hojas. Todo se acaba y comienza.
Al despertar, escuché al asesino afilar su guadaña. Es atroz amanecer con sus manos preparadas cerca de mi cuello. ¡Qué dolor tan silencioso, que me arranca lo oscuro del alma y me escupe todo lo bello! Puedo ver cómo tiemblan las rosas del jardín y con sus pétalos se abrigan del rocío, y cómo los insectos reanudan su tarea entre los matojos de hierba. ¿Quién me creería si digo que escucho a la abeja recoger el polen de las margaritas? Nadie, seguramente nadie. Pensarán que ya deliro, que las fiebres de la muerte me han alcanzado al abrir los ojos.
Escucho a mi mujer y a mis hijos en la salita que queda junto a mi habitación. Las paredes nunca fueron muy gruesas. Hablan de mí y de mi recuerdo, como si ya estuviera muerto, pero prefiero que sigan llorando fuera y no me roben mis últimos sueños. Todavía no, aún quiero disfrutar unos minutos de mi soledad. Puede que me vigile la muerte, es posible, pero también siento que hay un halo mágico, sutil y efímero. Me ha despertado la poesía de la vida y será mi desayuno, el último. No volveré a probar su bocado.
Es curioso, pero mi cuerpo está dormido. Él ya no me obedece, se cansó de mis exigencias, aunque no me arrepiento de haberle dado tanta cuerda. Ahora, cuando no puedo levantarme del lecho, las cumbres nevadas de las montañas me deslumbran de nuevo. Es una sensación grandiosa, por nada del mundo me arrepiento.
Aunque tengo miedo, eso no lo puedo evitar. Sé que pronto me convertiré en imagen, en palabras, en costumbre, que no volveré a alimentar a mis aves, ni saldré a nadar al río... y todo seguirá igual, la vida nunca se detiene por un difunto. Me iré, como se han ido los anteriores, y seré historia, aunque nunca vaya a aparecer en un manual. ¿Y Rosario y Mateo y Fermín y Carmen? Me echarán de menos. Ojalá no se estanquen donde duele y vivan tan apasionadamente como lo he hecho yo. Sí, ojalá lo logren, porque no es fácil. Si yo pudiera, les enseñaría a escuchar la respiración de los árboles y el latido profundo de la tierra. Ah, pero no es sólo la naturaleza, también es el ser humano y su fabulosa capacidad de imaginar, de experimentar, de desear, de amar. Es todo tan maravilloso, tan inmenso. Pero yo me muero, yo lo estoy sintiendo todo por última vez. También hay desgracias y sufrimiento. Claro que sí, también hay dolor, mucho. Porque yo me voy quizá lo vea todo más hermoso. ¿Pero no lo es? Ojalá no se cansen de buscar.
Que no lloren, por Dios, que no lloren, quiero que me acompañen con sus sonrisas. Rosario ha abierto la puerta, ha debido sentir el frío de la muerte entrar en mi habitación. Qué mujer más bella a sus ochenta y tantos, qué brillo tan bonito el de su mirada. Mateo, Fermín y Carmen tienen miedo, no saben bien qué decir, el llanto asfixia sus gargantas.
Mis labios se han callado, ya no tienen sentido mis palabras. ¿Me dolerá el golpe de la guadaña? Da igual, ahora estoy con ellos, ahora soy fuerte, libre y feliz. ¿Y esa luz? Todo resplandece, todo brilla. Qué bonitas eran las risas de Carmen cuando la hacían reír sus hermanos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mis noches de luna llena



Estarías orgullosa de mí.

Hoy hemos salido de paseo por los alrededores de la escuela y hemos invitado a todos los niños que jugaban en las calles. Yamir me ha enseñado a patear el balón de fútbol con la misma fuerza de un chico y me han elegido como jugadora en el partido que organizamos después. Tropecé varias veces, enredando mis piernas con las de los atacantes, pero me volví a levantar, como me enseñaste. No sería justo decir que ganamos por una gran diferencia, ambos equipos lo hicimos muy bien.

Miguel, nuestro maestro, nos preparó una merienda. Nos reunió a todos, a los de la escuela y a los de la calle, y nos repartió bolsitas con un bocadillo y una pieza de fruta. Algunos lo recibieron con alegría, pero me di cuenta de que luego no se lo llevaron a la boca. Jugamos al escondite y a las aventuras. A mí me tocó ser, junto con Aaina y Hanita, las mujeres blancas que visten de safari y acompañan a los hombres a cazar. Miguel se rió mucho y dijo que no lo hacíamos nada mal. Lo pasé muy bien y me acordé de que todos somos iguales, tal como me insististe tú.

Antes de que atardeciese regresamos a la escuela. Rajal, que ayuda a Miguel con la dirección del orfanato, nos recibió con una cascada de besos. Ella es muy cariñosa y nos cuida bien. Una vez le oí decir que nos quiere como si fuésemos sus hijos. Eso debe ser un amor muy grande, porque cuando lo dijo tenía una sonrisa enorme y los ojos brillantes.

Para cenar nos prepararon una sopa caliente y comí recta, como aprendí de ti, llevándome la cuchara a la boca y no al revés. A Hanita le costaba y se le escurría el líquido hasta el plato, de modo que me senté a su lado y la ayudé. Ella tiene sólo cinco años, pero es tan risueña y agradable que siempre nos acompaña a Aaina y a mí. Algún día será una muchacha muy bonita, porque tiene unos ojos muy expresivos y una sonrisa dulce. Me recuerda a ti, en cierto modo, porque tú nunca dejabas de sonreír.

Cuando ya nos retirábamos a las habitaciones, Yamir me detuvo. Me cogió de la mano y me guió hasta la única ventana de nuestro pasillo. Me señaló la luna y me guiñó un ojo. "Tienes visita", me susurró. Luego me regaló su balón de fútbol y regresó junto a sus compañeros.

Mi visita era la luna llena. Fue una noche de luna llena cuando me despedí de ti. Miguel nos había encontrado en la cuneta, cuando volvía a casa después de conseguir el permiso para abrir el orfanato, y se desvió cuando oyó mi llanto. ¿Qué edad tenía yo? Creo que tenía cinco, como ahora los tiene Hanita. Miguel te acompañó hasta el final, apretándote la mano con ternura y acariciándote la cabeza. Balbuceaste algo y me señalaste a mí. Desde entonces, Miguel me cuidó como un padre. Sé que nos quiere a todos muchísimo, pero también sé que soy su debilidad. Fui su primera hija, la primera de una familia que ahora cuenta con veintitrés. Yo le quiero mucho, y no sólo porque sin él me habrían arrastrado a lo más oscuro de la sociedad, sino porque le ha dado un sentido a mi existencia y me ha enseñado que el amor es capaz de sanar las heridas más profundas.

Las noches de luna llena Miguel y Rajal me permiten quedarme un rato más junto a la ventana. Saben que me gusta contarte mis pequeños éxitos, porque yo sé, mamá, que estarías muy orgullosa de mí.