¿Te atreves a soñar?
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lunes, 18 de noviembre de 2013

Despertar



Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón


Veintidós horas sin dormir. Camisa remangada, vaqueros; vestido de fiesta y tacones. De una noche de bailes a una mañana brumosa. Del ritmo acelerado, frenético, al tiempo detenido, al mar, al sol perezoso, a unos labios dormidos de risa.

Te adentras en la duna con las zapatillas colgando de los dedos y me esperas. La arena está fría y salpicada de ramas punzantes. Te ofreces a cargarme a la espalda, pero yo sonrío con la cabeza baja y echo a correr hacia la orilla.

Entonces me miras por detrás de tus ojos rasgados y me parece adivinar un pensamiento. Y yo recojo una piedra y la lanzo al mar. Hay algo diferente, joven y frágil; pero también miedo, aunque no lo digamos ninguno de los dos.

El silencio se vuelve tan grande que se oyen los latidos. Los latidos de las olas, de la arena, del cielo, de tus labios, de los míos. Despierta otro día y el sol sonríe. Aquella mañana nacemos de nuevo tú y yo.


sábado, 19 de octubre de 2013

Cuando regresas

Quizá no sea capaz. Quizá este folio está aún demasiado blanco y tú, demasiado cerca. La muerte, estate seguro, también roba palabras. Y a mí me las quita todas cuando hablo de ti.
Anoche, no sé por qué, recordé tu risa de acordeón viejo y tu abrazo fuerte, y entonces sentí una especie de ternura por quien fuiste y por quien continúas siendo. Porque la muerte no se lo lleva todo; es incapaz de llevarse las huellas y los amores.
Cuando el agua de la ducha me envolvió en vapores, me hizo tan ligera que fui capaz -pues ya sabes que allí el dramatismo se vuelve más dramático- de imaginarte tan real como en ese momento lo era mi reflejo en el espejo.
Algún día yo seré como tú: tan fuerte, tan grande, tan apasionada. Y tú estarás siempre donde estén mis letras. Como en tu biblioteca, donde respiras en todos los volúmenes, en todas las revistas, en todos los papeles que no terminaste de ordenar. Pero esta vez, estamos los dos. Beberé de tu misma fuente, de tus mismos libros, aunque sea de puntillas.
Es posible que no sepa decirte lo que no te dije, pero ahora -no me cabe duda- puedes escucharlo todo. Ahora sé que, incluso cuando este folio está en blanco, cuando regresas, yo soy capaz de recuperar mis palabras por ti.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El grito del Perdón



“Donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”, inscribieron en el lomo de un caballo de metal que cabalga el Perdón. Una eterna procesión que admira Pamplona desde la cima del monte. Los guardianes detenidos de la ciudad. Con la mirada al frente y las espaldas cargadas, con el mismo cansancio que los peregrinos de Santiago.


El viento grita en la cumbre y se desahoga de todo lo que vio en las calles asfaltadas. Coge carrerilla y se lanza contra los molinos de viento, y los empuja, y les insufla vida, tanta vida que los hace girar. Allí, tan alto, no tiene miedo de llorar ni de enfadarse.

Y en el horizonte, se pintan las nubes. El sol escondido crea un mar infinito de rojos y naranjas. Una línea que distingue la noche de la cuenca hasta que se asoman las estrellas, todas esas que se cruzan con el viento, y la Naturaleza se detiene a contemplar las minúsculas luces de la ciudad.


Texto: Blanca Rodríguez G-Guillamón
Fotografías: Siyuan Qian Zhang


martes, 12 de febrero de 2013

Rey del desierto


El sol era el rey infinito del desierto. El único que se orientaba, el único que no necesitaba nada para sobrevivir, el único que podía escapar del mar de dunas ardientes sin agotarse, ni enloquecer, ni morir en el intento.
¡Leyre, sigue caminando! –gritó el egipcio, sin fuerzas para volver sobre sus pasos–. No falta mucho.
Pero ella tropezó, se restregó contra la arena y gimoteó. Tenía los pies quemados y las sandalias le dolían. Escupió en sus manos antes de rascarse la cara, luego se sacudió el pelo y gritó.
Llevaban más de una semana zigzagueando entre montañas de arena, dos días sin agua y cuatro de espejismos constantes. Zarid había asegurado que conocía el desierto, pero cada día hablaba menos y Leyre sospechaba que su suerte estaba a juicio de un paraje inhóspito.
La joven se tumbó en la arena, boca arriba, con los brazos extendidos en cruz y los ojos cerrados. Solo quería esperar. Ella llegaría en cualquier momento. La muerte era piadosa con quienes se perdían en aquel laberinto cambiante e inmenso.
¡Leyre! –insistió Zarid, apoyándose en sus rodillas para no desplomarse.
Pero Leyre se había rendido.
Seguiré sin ti si no te levantas –amenazó él, cansado.
Y sus palabras las quemó el aire seco y el sol ardiente. Cayó, como había hecho Leyre, con el corazón golpeándole el pecho con velocidad; quería huir de su cuerpo derrotado.
Levántate –murmuró, antes de cerrar los ojos.
No hubo eco. No hubo lágrimas ni dolor, solo agotamiento. Leyre se olvidó de Zarid y el egipcio se olvidó de la española. Querían escuchar el silencio. Sabían que la muerte acabaría compadeciéndose de aquel letargo, y no tenían miedo. No sentían nada más que su corazón desbocado y su respiración perezosa.
Entonces, cuando los dos estaban preparados para el último aliento, Leyre recordó que no debía abandonarse de aquella forma y abrió los ojos. Parpadeó y se retorció por la luz.
Za... –susurró.
Su boca seca no tenía para palabras. Se incorporó, aturdida por el dolor de cabeza, y se arrastró hasta su amigo. La arena punzaba y sus manos le parecían agujereadas. Zarandeó el cuerpo del joven y lo abofeteó hasta que reaccionó. Zarid abrió los ojos, pero no se movió ni dijo nada.
El sol era un rey tirano.
La chica abrazó a su amigo y le rozó la mejilla con los labios. Le picó su barba, pero aquella cercanía los reconfortó.
No te rindas”, articuló.
Zarid sonrió, pero le pesaban los brazos, las piernas, los párpados.
Leyre lo agitó.
Él era fuerte.
Él no podía dormirse.
Zarid se levantó.
Sigue caminando, Leyre –dijo, arrastrando las palabras–. Ya veo la ciudad.
La joven buscó en el horizonte.
No hay ciudad.
Sí, yo la veo.
Leyre sonrió con amargura.
Podemos inventarla –accedió.
Se acarició la garganta y tragó saliva. Necesitaba mucha saliva y mucha voluntad.
Nuestra ciudad tendrá un bosque frondoso y húmedo –comenzó.
Zarid se rió, aunque resultó un leve gorgoreo, e interrumpió:
Como el de Ecuador.
Sí, como aquel que visitamos en Ecuador.
Y un iglú como el de Laponia –sugirió Zarid, recordando la noche que durmieron en una casa de hielo–. Para que no pasemos calor.
Nada de calor.
¿Y mar? A ti te gusta.
Habrá un mar revoltoso como el de Asturias.
Bien, y muchas palmeras –agregó él.
Muchas, sí. También una sabana de elefantes.
¿Te gustan los elefantes?
Leyre se encogió de hombros.
Tengo una amiga a la que le encantan... y querré invitarla alguna vez –dijo.
Entonces también habrá iguanas.
Habrá iguanas –aceptó la joven.
Y de esa forma, sentados en la arena con las manos juntas y tratando de mantenerse despiertos, los despidió el sol. El gran monarca los abandonaba con incertidumbre; no sabría hasta el día siguiente si aquellos amigos llegaron a alcanzar la ciudad o se quedaron tan cerca, a sus puertas, soñando. 

martes, 5 de febrero de 2013

Ciudad de fantasmas


Una sonrisa que se desdibuja con la lluvia es como una lágrima que recorre de lado a lado el corazón. Y, aunque te eche de menos, no te conozco. No sé nada de ti, solo que existes. Y, aunque te piense, hay un lugar donde no estás, donde las penas se ahogan solas.
Un elemento que fluye: el agua. Allí solamente estoy yo; yo con mi cuerpo y mis ganas de vivir.
Sin ti, no puedo escapar de esta ciudad de fantasmas. Procuraré darles conversación mientras tanto. Hoy el día amaneció nublado e imagino que ellos podrán contarme si detrás de tanto gris luce el sol.
Espero que vengas o te alejes, pero que no enmudezcas por la indecisión. La vida no es tu propia realidad. El mundo somos tú y yo, y aquel señor anciano que saluda, y el niño que llora y la mujer que espera el autobús. La verdad más cierta es la que nos sacude, sea tristeza o felicidad. La verdad más cierta es la que estamos a punto de comenzar a inventarnos juntos.
Si quieres ser libre, acompáñame en mis paseos con el viento, y vente a nadar al río aunque sea invierno, juguemos a descifrar los mensajes de las nubes. Seremos un poco más felices. Seremos un poco más sinceros.

viernes, 18 de enero de 2013

No era Renoir


No era Renoir. No era solamente Renoir. Eran latidos maquillados con pintura. Había una respiración contenida que se escuchaba en el brillo de los colores. Los árboles estaban vivos, la vivienda estaba ocupada, el sol estaba enamorado.


 
Pintura por: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Técnica: Impresionismo

viernes, 11 de enero de 2013

Beatles de la calle


No sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior. Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo, de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la voz.
Y se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas, agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente, fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila, ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces, la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
Me encantan –susurró.
¿Son los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella. Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
No te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca, sorprendida, y exclamó:
¡Son canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy a ver si puedo dejarles algo...
Entonces, a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de pañuelos.
Vaya, qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–. Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas, le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en su mano.
¿Qué les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su hombro.
Que me gustan.
Las letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje. Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír. Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados, reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.

lunes, 7 de enero de 2013

Luces de Navidad

Málaga viste con encanto durante las Navidades, aunque hacía tiempo que no veía una calle Larios tan luminosa, ni un árbol tan protagonista en las fotografías de los viandantes. A punto de marchar y como despedida, he reunido tres de mis instantáneas preferidas de este fin de año.


 Calle Larios

Árbol de Navidad en la Plaza de la Constitución

Detalle del árbol de Navidad

sábado, 5 de enero de 2013

En apuros

Me dijeron, no hace mucho, que está agonizando el altruismo. Que aunque pareciese lo más básico en las relaciones humanas, desaparece. Yo no me lo creí, por supuesto, porque conozco a muchas personas que lo dan todo sin esperar nada a cambio. No quise creerlo, ni siquiera continuar la falsa noticia comentándolo con los más próximos. ¿Cómo iba a perderse una práctica que apareció ya en la Prehistoria? Pero hay gente que lo asegura, e insiste, y no hay quien los mueva de su postura.
Muy bien.
El altruismo se pierde y el altruismo renace.
Quizá porque esta idea me atrapaba desde hace varias semanas, me alegró tanto cuando ayer fui yo la protagonista en apuros y una desconocida, mi salvadora.
El motivo fue un billete de veinte euros y un viaje en autobús. Acostumbrada a Pamplona, donde el tique sencillo cuesta 1,2€, no esperaba que en Málaga valiese mucho más. Así que allí iba yo, con 1,4€ en moneda y veinte en papel. Os imaginaréis mi cara cuando el conductor me dijo que el precio era de 1,6€ y que no aceptaba billetes que superasen los diez. Le mostré todo lo que tenía y me negó de nuevo, como era lógico. Si no fuesen las once de la noche no me habría importado demasiado, pero estaba oscuro, hacía frío y dependía de un medio de transporte que desconocía en esa ciudad. No sabía los horarios, ni la ruta... ni la tarifa.
Tendrá que pedirle a alguien si tiene cambio –me dijo el conductor.
¡Claro, qué lenta había estado! Ahora solo había que tener un poco de suerte... Pregunté a la chica que iba delante mía, que se había detenido al escuchar mi problema, pero me dijo que llevaba solo quince, aunque podía regalarme veinte céntimos. Se lo agradecí, pero preferí un cambio justo y probé de nuevo con una mujer mayor, que había estado observándolo todo desde la primera fila. Ella sonrió y me tendió dos billetes de diez.
Sí que tengo.
Hice el cambio y le dí las gracias, tal vez con la torpeza de los nervios. Pagué al conductor y recogí mi tique. Suspiré y enfilé el pasillo en pos de un asiento libre. Al hacerlo, busqué con la mirada a aquella mujer que me había ayudado y, esta vez más tranquila, cabeceé agradecida. Ella me regaló un guiño, que para mí era una respuesta.
En el mundo hay muchas personas buenas. Por ellas, lo que no se cree posible, existe.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hay Navidad


En la Navidad se reúnen todos los buenos deseos. Paz, esperanza, amor... Y tratamos de ser un poco más felices. Hacemos compras, nos permitimos caprichos, nos volvemos más amables, más permisivos, más tolerantes. Incluso nuestro reflejo de las mañanas parece más simpático.
¡Feliz Navidad!
Y nos abrazamos. Tenemos buenos deseos para todo el mundo; también para aquella persona que nos cruzamos cada día y con la que nunca intercambiamos una palabra. Pero es Navidad. Es Navidad y el mundo es más agradable.
Las calles heladas parecen cálidas con los brillos de los escaparates. Hay árboles recargados con espumillón dorado, plateado, bolas rojas, azules, amarillas... Las ciudades parecen disfrazarse de diosas, tan bellas, tan ricas, tan abundantes. Y en los comercios cantan villancicos. Voces de ángeles con alas de cartón.
Ya no miramos con compasión a los vagabundos y a los mendigos, sino que lo hacemos como hermanos.
Somos buenos.
Somos generosos.
Somos felices.
Compramos turrón, bombones, bizcochos, pasteles... No importa el peso. Da igual si engordamos, porque es Navidad.
Elegimos los regalos más voluminosos y todo nos parece poco. Queremos hacer felices a nuestras familias y amigos, así que seguimos comprando, aunque a cambio tengamos que renunciar a otras cosas. ¿Compramos la felicidad?
La felicidad está en el amor y el amor está en lo que permanece.
Hay Navidad cuando abrimos los brazos con sinceridad, cuando ofrecemos nuestro tiempo a quienes lo necesitan, cuando creemos que somos valientes y que podemos hacer el bien, cuando nos estremecemos con una risa, una mirada o un canto. Hay Navidad cuando decidimos remendar nuestros errores y comenzar desde el principio.
Podemos ser buenos.
Podemos ser generosos.
Somos capaces de ser felices.
Los regalos son muestras de nuestro amor, pero la materia no es el eje. No hay más amor por cantidad de regalos. No se trata de gastar, sino de estar juntos.
Hay que confiar, alentar al que quiere rendirse, ayudar, perdonar y observar la vida con los ojos del respeto y la comprensión.
La Navidad no debe escaparse con los árboles, las estrellas y los villancicos.
Navidad es querer amarse.
Es darse otra oportunidad.

viernes, 17 de febrero de 2012

El último bocado

Hoy dicen que ha llegado mi hora. Lo sentí en el viento frío de la mañana y en el beso del sol. Había algo distinto en el aire, una especie de dolor susurrante que se arrastraba con las hojas. Todo se acaba y comienza.
Al despertar, escuché al asesino afilar su guadaña. Es atroz amanecer con sus manos preparadas cerca de mi cuello. ¡Qué dolor tan silencioso, que me arranca lo oscuro del alma y me escupe todo lo bello! Puedo ver cómo tiemblan las rosas del jardín y con sus pétalos se abrigan del rocío, y cómo los insectos reanudan su tarea entre los matojos de hierba. ¿Quién me creería si digo que escucho a la abeja recoger el polen de las margaritas? Nadie, seguramente nadie. Pensarán que ya deliro, que las fiebres de la muerte me han alcanzado al abrir los ojos.
Escucho a mi mujer y a mis hijos en la salita que queda junto a mi habitación. Las paredes nunca fueron muy gruesas. Hablan de mí y de mi recuerdo, como si ya estuviera muerto, pero prefiero que sigan llorando fuera y no me roben mis últimos sueños. Todavía no, aún quiero disfrutar unos minutos de mi soledad. Puede que me vigile la muerte, es posible, pero también siento que hay un halo mágico, sutil y efímero. Me ha despertado la poesía de la vida y será mi desayuno, el último. No volveré a probar su bocado.
Es curioso, pero mi cuerpo está dormido. Él ya no me obedece, se cansó de mis exigencias, aunque no me arrepiento de haberle dado tanta cuerda. Ahora, cuando no puedo levantarme del lecho, las cumbres nevadas de las montañas me deslumbran de nuevo. Es una sensación grandiosa, por nada del mundo me arrepiento.
Aunque tengo miedo, eso no lo puedo evitar. Sé que pronto me convertiré en imagen, en palabras, en costumbre, que no volveré a alimentar a mis aves, ni saldré a nadar al río... y todo seguirá igual, la vida nunca se detiene por un difunto. Me iré, como se han ido los anteriores, y seré historia, aunque nunca vaya a aparecer en un manual. ¿Y Rosario y Mateo y Fermín y Carmen? Me echarán de menos. Ojalá no se estanquen donde duele y vivan tan apasionadamente como lo he hecho yo. Sí, ojalá lo logren, porque no es fácil. Si yo pudiera, les enseñaría a escuchar la respiración de los árboles y el latido profundo de la tierra. Ah, pero no es sólo la naturaleza, también es el ser humano y su fabulosa capacidad de imaginar, de experimentar, de desear, de amar. Es todo tan maravilloso, tan inmenso. Pero yo me muero, yo lo estoy sintiendo todo por última vez. También hay desgracias y sufrimiento. Claro que sí, también hay dolor, mucho. Porque yo me voy quizá lo vea todo más hermoso. ¿Pero no lo es? Ojalá no se cansen de buscar.
Que no lloren, por Dios, que no lloren, quiero que me acompañen con sus sonrisas. Rosario ha abierto la puerta, ha debido sentir el frío de la muerte entrar en mi habitación. Qué mujer más bella a sus ochenta y tantos, qué brillo tan bonito el de su mirada. Mateo, Fermín y Carmen tienen miedo, no saben bien qué decir, el llanto asfixia sus gargantas.
Mis labios se han callado, ya no tienen sentido mis palabras. ¿Me dolerá el golpe de la guadaña? Da igual, ahora estoy con ellos, ahora soy fuerte, libre y feliz. ¿Y esa luz? Todo resplandece, todo brilla. Qué bonitas eran las risas de Carmen cuando la hacían reír sus hermanos.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Tal y como eres

Llevaba toda la tarde pensando en él.
Seguramente, el motivo era la lluvia. Si hubiese hecho buen tiempo habría salido a pasear, o a tomar el sol en uno de los bancos del parque. Pero llovía. Llevaba lloviendo desde que se despertó.
Apoyó la frente en el cristal de la terraza.
Paraguas de todos los colores bailaban bajo el gris de la tormenta, y el agua, desbordada, circulaba por el asfalto. De vez en cuando, un relámpago fotografiaba la ciudad. Era una estampa desoladora.
Suspiró y apretó las manos contra la taza caliente de chocolate. Había tenido suerte. Al menos, los plomos saltaron cuando ya había preparado la merienda. Dio un sorbo y cerró los ojos, le gustaba sentir cómo aquel calor le recorría la garganta. De reojo, buscó el teléfono móvil. No había ningún mensaje nuevo.
Claire de lune, de Debussy, empezó a sonar en el reproductor. No recordaba haber incluido esa canción en el repertorio. La entristecía y, sin embargo, no se molestó en cambiarla: le recordaba a él. Nunca la habían escuchado juntos, ni siquiera la habían comentado, pero él se colaba entre las notas y le sonreía, inundado por ese chorro de luna que el músico había logrado inmortalizar.
Estaba cansada de soñar, de recordar aquel beso robado, de creer que regresaría alguna vez. Se envolvió con la manta y se hundió entre los cojines. Cansada, infinitamente cansada.
Vació la taza. Su reflejo en el cristal húmedo la hizo reír. ¿Qué hacía con esa expresión tan triste? Ella no era así. Se puso de pie y se enfrentó a su imagen. Por supuesto que ella no era así.
El disco saltó a una nueva canción. ¿De verdad llevaba toda la tarde pensando en él? Recogió la cartulina rosa en la que había apuntado los nombres de la grabación y sonrió: “Just the way you are”. Le gustaba la voz serena del cantante. Empezó a moverse por la habitación e imaginó que la abrazaba y le susurraba todo aquello en el oído. ¿Por qué no?
Girl, you're amazing... just the way you are.
Dejó caer la manta amarilla y dio algunas vueltas sobre sí misma.
And when you smile, the whole world stops and stares for awhile.
Realmente no podía dejar de sonreír. De golpe, se encendieron todas las lámparas; había vuelto la luz. Se rió, parecía una explosión de alegría. La energía del chocolate caliente se revolvía con la adrenalina contenida. Se subió al sofá y empezó a saltar. Era un impulso infantil, pero la hacía sentirse mejor.
'Cause you're amazing...
Se dejó caer sobre los cojines y se echó a reír. ¡Claro que sí! Ella era asombrosa.