¿Te atreves a soñar?
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viernes, 1 de enero de 2016

Feliz 2016

Somos trozos de historias y el misterio está en que nunca las conoceremos todas. Ni siquiera las nuestras. Ahí está la gracia, que la vida son olores, sabores, sensaciones... y se nos escapan.

Qué suerte poder compartirlas, descubrir nuevas y comenzar otras. Que comencéis el año con ganas. ¡Feliz 2016!



sábado, 16 de agosto de 2014

Soñar como cuando éramos niños

Sofía y Laura se despegaron de sus padres a la carrera. Habían visto el arroyo donde el agua se bebía dorada y creyeron que esa mañana sus deseos se cumplirían de verdad. Las dos hermanas se habían acostumbrado a ignorar las advertencias de sus padres. Laura, la más pequeña, soltó un gritito al tropezar, pero al recuperar el pasó comenzó a reírse. Las envolvían los pájaros y el murmullo monótono de las cigarras, y el sol atravesaba las copas de los árboles con tanta fuerza que todo el camino parecía luz.

Con los vaqueros llenos de tierra y la respiración entrecortada, las niñas alcanzaron la fuente de piedra. En ese punto, tenían un ritual. Sofía arrancaba alguna hoja grande del suelo y la limpiaba en su camiseta, luego ocultaba con ella su rostro y murmuraba un deseo. Laura la imitaba, sin dejar de mirarla de reojo, y las dos introducían sus hojas en el agua brillante del manantial.

Decían que el agua era mágica porque en ella incidía especialmente el sol. Los rayos bailaban y saltaban, salpicando de fantasía la imaginación de las hermanas.

–Yo seré una princesa –aplaudió Laura–, y viviré en un castillo muy grande y muy bonito.

–Pues yo viajaré por todo el mundo –exclamó la mayor.

Las dos se rieron y aplaudieron, atentas a cómo sus hojas se unían a la danza de destellos.

Laura cerró los ojos y apretó los labios, con la sonrisilla jugueteando en las comisuras. Y Sofía, imaginándose en los colores de la India, en las playas de Australia o en la sabana africana, se puso a saltar con los brazos extendidos. El corazón les palpitaba con un sueño.

jueves, 24 de abril de 2014

¿Qué le pasa a Coca-Cola?


“Coca-Cola pierde la chispa”, leí el otro día en El País. Y la curiosidad por lo que me contarían después me hizo clicar la noticia. ¿Una receta nueva? ¿Un ingrediente que no funciona? Lo que no esperaba era saber que sus inversores están intranquilos, que los ingresos globales de la empresa han caído un 4%. La todo poderosa Coca-Cola; la misma que nos saca sonrisas e incluso aplausos con sus anuncios, la misma que nos hace pensar en una tarde de amigos y reencuentros. Coca-Cola está en la cuerda floja y el motivo no es la competencia, sino el cambio hacia hábitos más saludables.

¿Entonces es buena noticia? ¿Que la gran empresa roja y blanca caiga es buena señal? Pensando en los azúcares y en los kilos, he acabado recordando mis tardes de colegio. Me he acordado del juego del mate, en que esquivábamos la pelota-bala como si fuésemos espías agilísimos y permanecer en el campo fuera de vida o muerte. ¡Qué saltos y qué carreras! O el juego del elástico, que sostenían dos chicas con los tobillos mientras las demás deslizaban los suyos para formar una red y saltarla. O la comba, o el aro, o los números de tiza que recorríamos a la pata coja al tiempo que le dábamos puntapiés a una piedra para dejarla en el número mayor. Arriba, abajo, arriba, para el lado. No parábamos quietos.

Recuerdo que uno de mis trofeos fue una lata de Coca-Cola. Mi aficionado equipo de baloncesto ganó el primer y único partido de su historia y la entrenadora se sintió tan orgullosa que se atrevió a prometernos una lata del refresco -que, por cierto, nunca llegó.

La Coca-Cola era motivo de fiesta, de risas, de los mejores momentos, de nuestra victoria. Después de conocer que la multinacional no crece, sentí una especie de vacío de la infancia -si en algo se distinguen, es en esa gran personalización de su marca-. Pero luego lo pensé fríamente. Si hay que sacrificar a Coca-Cola o a la salud... Pues lo siento, querida mía, pero la salud es lo primero. Claro que sí, porque parece que nos hemos concienciado de la necesidad de cuidarla. Ahora hacemos más ejercicio -por supuesto-, los niños juegan aún más que antes y pasan la tarde en el parque -seguro-, sin intoxicaciones electrónicas ni pantallas -la duda ofende-. Comemos mejor, más fruta y más verdura, y hemos aparcado la comida rápida, los precocinados y los azúcares de más. 

No es tu culpa, Coca-Cola, y perdona mi ironía pero es que somos nosotros.


sábado, 8 de marzo de 2014

domingo, 9 de febrero de 2014

La risa del sol

Mara corrió el último tramo del sendero con los brazos en alto y la risa en la garganta. Su hermana la seguía con dificultad, gritando con jolgorio. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles y salpicaba de luz la piel canela de Mara y Priya. Ninguna se detuvo al llegar al río. Se lanzaron en plancha y siguieron avanzando entre carcajadas. Un elefante gris empapado de sol ladeó la cabeza para proteger a su cría, que chapoteaba en el agua de barro. Olía a tierra húmeda y a calor.

Priya llamó a su hermana y le señaló al elefante más pequeño, que no conocían. Mara presionó sus labios con el índice y le hizo un gesto a Priya para que se acercasen. Las risas escapaban ligeras de entre los dientes. La hembra que protegía al bebé elefante no se alarmó. Conocía las manos ásperas de las niñas y el timbre agudo de sus voces. Priya acarició el lomo de la cria antes de apoyar su mejilla contra él.

–Está caliente –observó.

Mara hundió las manos en el río y las sacó llenas de barro. Con delicadeza, la extendió sobre el animal para cubrirlo. El animal aleteó con las orejas y levantó la trompa. Priya se puso en cuclillas para refrescarse y sonrió. Miró a su hermana adolescente, tan alta y bonita, de ojos grandes y pelo negro, aureolada por el sol que caía y resplandeciente por las gotas de agua.

–Yo no quiero que te marches, Mara. No quiero que te cases y te vayas con él.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Despertar



Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón


Veintidós horas sin dormir. Camisa remangada, vaqueros; vestido de fiesta y tacones. De una noche de bailes a una mañana brumosa. Del ritmo acelerado, frenético, al tiempo detenido, al mar, al sol perezoso, a unos labios dormidos de risa.

Te adentras en la duna con las zapatillas colgando de los dedos y me esperas. La arena está fría y salpicada de ramas punzantes. Te ofreces a cargarme a la espalda, pero yo sonrío con la cabeza baja y echo a correr hacia la orilla.

Entonces me miras por detrás de tus ojos rasgados y me parece adivinar un pensamiento. Y yo recojo una piedra y la lanzo al mar. Hay algo diferente, joven y frágil; pero también miedo, aunque no lo digamos ninguno de los dos.

El silencio se vuelve tan grande que se oyen los latidos. Los latidos de las olas, de la arena, del cielo, de tus labios, de los míos. Despierta otro día y el sol sonríe. Aquella mañana nacemos de nuevo tú y yo.


lunes, 13 de mayo de 2013

Zumo de naranja


María se abrazó las rodillas y alzó la vista hacia la copa de los árboles. La primavera los había enamorado con flores y los pétalos blancos volaban por el parque como nieve perfumada. Escuchó risas y una voz infantil repitiendo las tablas de multiplicar.
El calor había llegado de puntillas.
Una joven de chándal pasó corriendo y tres adolescentes se giraron para verla marchar. María sonrió, recogió su cuaderno y bosquejó la escena. Uno de los muchachos le recordaba a su hermano mayor. La misma melena desordenada, la misma mirada de pillo.
Allí era donde siempre se habían reunido. Entonces Tomás trabajaba en el bar. Luego se graduó y desapareció sin decir nada. Solo llamó un par de veces para anunciar que todo iba bien.
María suspiró y retomó el trazo.
–Aquí tiene, señorita. Zumo de naranja y un croissant.
El camarero la interrumpió para dejarle la bandeja sobre la hierba. María lo miró desde el césped, pero el sol la deslumbró.
–¿Seguro que no quiere que le acerque una silla? –preguntó él.
–No, está bien.
Esa voz grave ya la había escuchado. Dio un respingo y le saltó el corazón. Se volvió con ímpetu para ver la silueta delgada de un recuerdo.
La chica se levantó y corrió hacia el hombre. Él, que escuchó el vaso de cristal haciéndose añicos y el revuelo del cuaderno golpeando la bandeja de metal, se giró antes de que María lo alcanzase. Ella, alborozada, se había detenido con los ojos muy abiertos y las cejas hundidas.
Ninguno de los dos sabía cómo continuar.
¿Realmente era posible?
Él estaba distinto: más barba, más cuerpo, más años.
¿Un abrazo? ¿Dos besos?
El camarero se tapó la boca para contener la carcajada.
–Mira que eres boba, María, te has derramado todo el zumo en las piernas.

jueves, 14 de marzo de 2013

Los caminos de Nina


24 años:

Apretó la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba, a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de vuelta.
“Volveré como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas, otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos todas mis aventuras”.
Nina estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de echar a volar.


34 años:

Nadie había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada. Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría el niño y no pudo continuar.
Todavía tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio, de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable y ahorrarlo todo para el bebé.
No serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia, pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de días.
El mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de grafito.
Ninguno de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.


84 años:

Había esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo! –protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un Premio Cervantes.
La joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño. 

viernes, 8 de febrero de 2013

Nieve de febrero


Pamplona es caprichosa. En un solo día es capaz de amanecer nublado, salir el sol, llover, tronar y nevar. Todo en uno, una ganga. Pamplona es un collage de sensaciones meteorológicas, la obra de arte de un pintor indeciso. Nubes blancas, copitos de algodón fríos, un velo de encaje sobre la hierba... Magia de febrero.
Y escribo sobre esta nevada que no cuaja por un encuentro fortuito. Al terminar la mañana de trabajo y regresar a casa, Gabriel asomó por debajo de un paragüas negro. Me lo crucé de frente, aunque tardé en reconocerlo. Tenía una sonrisa especial, una sonrisa que solo asoma cuando nos olvidamos de nosotros mismos, y aprovechó la detención para cerrar su paragüas y mirar al cielo.
Tienes que escribir sobre esto –dijo, recogiendo en su cara los copos de nieve–. Hoy hace un día de El Bosque de papel.
Me sorprendió y le prometí que lo haría. Le aseguré que escribiría de aquella cortina blanca solo por él.
Me encantaría ir sin paragüas, porque esto es tan... tan mágico –continuó–. No sé, es un día de esos que te despiertas y piensas que el mundo es maravilloso, y que todas las personas son maravillosas también. Uno de esos días en que no puedes dejar de sonreír y te convences de que todo es así de bonito, que no puede haber nada malo.
Un pedazo de felicidad.
Un suspiro del alma.
Y mientras hablábamos, los copos de nieve enterraban mi paragüas y su pelo.
Yo también quiero llenarme de canas –reí, rindiendo la cabeza al cielo.
Yo voy a ser anciano todo el día –aseguró Gabriel, sonriente.
El tiempo se había ralentizado.
La hierba se vestía pacientemente de blanco, aunque de una tela muy fina que nunca la llegaba a cubrir. Los árboles goteaban por el peso de sus ramas, y el agua se precipitaba por las cuestas como ríos poco caudalosos pero salvajes.
Pamplona es caprichosa en todas sus estaciones. Y muy bella. Pamplona es una ciudad enamorada de la naturaleza. En febrero nieva, y en noviembre sale el sol.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hay Navidad


En la Navidad se reúnen todos los buenos deseos. Paz, esperanza, amor... Y tratamos de ser un poco más felices. Hacemos compras, nos permitimos caprichos, nos volvemos más amables, más permisivos, más tolerantes. Incluso nuestro reflejo de las mañanas parece más simpático.
¡Feliz Navidad!
Y nos abrazamos. Tenemos buenos deseos para todo el mundo; también para aquella persona que nos cruzamos cada día y con la que nunca intercambiamos una palabra. Pero es Navidad. Es Navidad y el mundo es más agradable.
Las calles heladas parecen cálidas con los brillos de los escaparates. Hay árboles recargados con espumillón dorado, plateado, bolas rojas, azules, amarillas... Las ciudades parecen disfrazarse de diosas, tan bellas, tan ricas, tan abundantes. Y en los comercios cantan villancicos. Voces de ángeles con alas de cartón.
Ya no miramos con compasión a los vagabundos y a los mendigos, sino que lo hacemos como hermanos.
Somos buenos.
Somos generosos.
Somos felices.
Compramos turrón, bombones, bizcochos, pasteles... No importa el peso. Da igual si engordamos, porque es Navidad.
Elegimos los regalos más voluminosos y todo nos parece poco. Queremos hacer felices a nuestras familias y amigos, así que seguimos comprando, aunque a cambio tengamos que renunciar a otras cosas. ¿Compramos la felicidad?
La felicidad está en el amor y el amor está en lo que permanece.
Hay Navidad cuando abrimos los brazos con sinceridad, cuando ofrecemos nuestro tiempo a quienes lo necesitan, cuando creemos que somos valientes y que podemos hacer el bien, cuando nos estremecemos con una risa, una mirada o un canto. Hay Navidad cuando decidimos remendar nuestros errores y comenzar desde el principio.
Podemos ser buenos.
Podemos ser generosos.
Somos capaces de ser felices.
Los regalos son muestras de nuestro amor, pero la materia no es el eje. No hay más amor por cantidad de regalos. No se trata de gastar, sino de estar juntos.
Hay que confiar, alentar al que quiere rendirse, ayudar, perdonar y observar la vida con los ojos del respeto y la comprensión.
La Navidad no debe escaparse con los árboles, las estrellas y los villancicos.
Navidad es querer amarse.
Es darse otra oportunidad.

jueves, 18 de octubre de 2012

El espejo del alma


Daniela se encogió en el sofá con su mejilla colorada sobre el cojín, disimuló un bostezo e insistió.
¿Has terminado ya?
Pero Mario seguía concentrado, con el pincel goteando colores sobre el mármol y el sudor perlando su espalda.
De nuevo su pregunta la contestó el silencio.
El calor pesaba sobre ellos, como el olor a aguarrás y a óleo húmedo. Daniela tenía todo esos olores en la nariz y estornudaba. Consultó el reloj de pared, que golpeaba los segundos con un tic-tac grave, y se sorprendió de que fuesen las seis de la tarde. Empezaba a molestarle el estómago por el hambre y los músculos por la postura.
Mario... Ya es tarde –murmuró, sin atreverse a levantarse sin su permiso–. Déjalo para mañana.
No me queda mucho –replicó él sin detener el trazo.
Daniela suspiró y se consoló pensando que el retrato sería hermoso. La había vestido con un traje sencillo, que se ceñía bajo su busto y resbalaba en cascada hasta sus pies. Observó la mirada concentrada del pintor y se estremeció al descender hasta sus labios. No le había pasado inadvertida la ternura que derramaba sobre el cuadro. Y en el cuadro estaba ella. Se ruborizó, pero no dejó de buscarle su alma en los ojos.
Pasó una hora más hasta que Mario se alejó del lienzo con satisfacción. Daniela se había quedado dormida, pero la emoción de su amigo la despertó. Lo encontró con los ojos húmedos y riéndose para liberar la tensión. Se incorporó lentamente, sacudiendo sus miembros entumecidos, y se acercó al artista, que era incapaz de hablar. Recogió su melena oscura en una trenza rápida y esperó a que él voltease la obra. Pero Mario parecía haberla olvidado, porque le resultaba imposible apartar la mirada de su creación.
Daniela sonrió, cautivada por la felicidad de su amigo, y bordeó el caballete para contemplar el resultado.
¿Por qué soy rubia? –fue lo único que se atrevió a decir.
Aquella mirada dulce, aquellos labios traviesos, aquella melena brillante... Nada de aquel rostro era suyo.
Sintió el impulso de salpicar la pintura con el aguarrás, pero un vacío la tragó con toda su rabia. Se desnudó detrás del biombo y recuperó sus pantalones, su jersey y su bufanda.
Voy a comer algo –dijo, aunque ya no tenía hambre.



The mirrow of the soul


Daniela curled herself up on the couch, with her rosy cheek on the cushion, concealed a yawn and insisted, “Have you finished yet?”
But Mario remained focused, with his brush dripping colors on the marble and drops of sweat beading his back.
Again, her question was answered by silence.
The heat weighed over them, like the smell of turpentine and wet oil. Daniela had all of these scents inside her nose and was sneezing. She eyed the clock on the wall, which was striking the seconds with a deep tic-tac, and was surprised to see that it was already 6 PM. She suddenly became aware of how hungry she was, and her muscles were starting to ache from remaining in the same position for so long.
“Mario… it’s really late,” she murmured, not daring to get up without his permission, “Leave it for tomorrow.”
“I’m almost done,” he responded, without disturbing his stroke.
Daniela sighed and consoled herself in the thought that the portrait would be beautiful. He had dressed her in a simple dress that tightened under her bust and slid cascade-like to her feet. She observed the concentrated look of the painter and shuddered as she lowered her gaze to his lips. She hadn’t ignored the tenderness he was spilling onto the painting. And she was inside that painting. She blushed, but didn’t stop searching for his soul in his eyes.
Another hour went by before Mario stepped back from the canvas with a look of satisfaction. Daniela had fallen asleep, but her friend’s excitement woke her up. She found him with watery eyes and laughing to relieve his tension. Slowly, she lifted herself up, shaking her numb limbs, and approached the artist, who was incapable of speaking. She gathered her dark hair into a quick braid and waited for him to flip the canvas. But Mario seemed to have forgotten about her, because he was seemingly unable to turn away from the painting.
Daniela smiled, captivated by her friend’s happiness, and skirted the easel to contemplate the result.
“Why am I blond?” was the only thing she dared to say.
That sweet gaze, those mischievous lips, that luscious hair… Nothing about that face was hers.
She felt the impulse to splash the painting with the turpentine, but a sudden emptiness swallowed her rage. She undressed behind the folding screen and recovered her pants, sweater and scarf.
“I'm going to go grab a bite,” she said, although she was no longer hungry.


Traducido por: Carolina Rodríguez García

viernes, 4 de mayo de 2012

A partir de la fila de atrás


Nunca os sentéis en las filas de atrás. Al menos no lo hagáis si os sabéis bien una asignatura y queréis optar a la mejor nota. Vaya mi suerte de hoy.
Perdonad que no escriba una historia, no me parecía justo. Quizá os resulte estúpido leer esto, pero tal vez algún día os suceda algo parecido y os acordéis... y quién sabe, igual decidís mirar el mundo con otros ojos. No quiero hablar de exámenes, ni volver a enfadarme con el desconocido que se sentó a mi lado y estuvo todo el examen copiando, pero sí de lo que vino detrás.
Había ido con la mejor de las intenciones al aula. Iba decidida a aproximarme a la mejor nota posible, porque había estudiado a fondo la asignatura y le había puesto ganas e ilusión. Después de todo, era el primer examen, y según eso se predice cuál será la suerte en el resto. -Espero andar por mejor camino-. Claro que no contaba con que de compañero, con tan solo un asiento de distancia, me tocase un chuletero que apenas contestó una palabra que no hubiese puesto previamente por escrito. A mí todo me fue bien, hasta que sacó la primera hoja arrugada de su bolsillo y se puso a hablar con el de delante y el de su derecha. ¡Pues oye, estupendo, me concentré muchísimo!
Como adivináis, salí muy enfadada. Se habían estrellado todas mis expectativas. Lloré de rabia -aunque os parezca ridículo- y me senté lejos del bullicio hasta que me tranquilicé. Cuando esperáis tanto, es muy dura la caída. Nada de la sonrisa triunfal con la que esperaba salir, nada de la sensación orgullosa de haber terminado el primer examen, nada de la satisfacción después de tantas horas de estudio, nada de nada. A veces ocurre así.
Por suerte, tengo unos amigos estupendos y una madre magistral que me desbloquearon. Deseché mis intenciones de encerrarme en la habitación para estudiar el siguiente examen y eché a caminar. Mis pasos me plantaron frente a una cafetería. No podía ser de otro modo, la palmera de chocolate tiene un efecto mágico. Así que, como hacía tanto que no compraba una y necesitaba animarme, entré. Allí comenzó la aventura.
Evité los ruidos y me deslicé hasta el borde de la civilización. Acabé donde el asfalto muere por la vegetación, donde se silencian los motores de los vehículos y se detienen las prisas. Quizá a partir de aquí os apetezca dejar de leer, lo cual también os aconsejo si consideráis que la Naturaleza es una cursilada de poetas.
Crucé hacia un camino de tierra y me detuve. Sin edificios, sin coches, sin prisas, sin problemas, sin trampas. Estaba en el mirador de la cuenca, en un punto donde cualquier fotografía sería bella. Lo más fascinante era el cielo. Me habría encantado que hubiera sido un día soleado, como prometían los partes meteorológicos desde hacia dos semanas, pero las nubes lo cubrían de contrastes. Desde las montañas, moradas por el atardecer, nacía una línea algodonada de ellas, parecían nata de las fresas. Sobre estas, el cielo celeste se fundía con un gris que parecía no tener principio y, más allá, despuntaban algunas nubes solitarias y oscuras. Era la paleta del artista del tiempo.
Llegué, incluso, a un lugar donde crece la hierba alta y las florecillas blancas la perlan como adornos. Allí me gustan las estaciones. Ninguno de los días que escojo aquel camino es parecido.
Y así regresé a casa. Me desvié hacia un parque para escuchar risas y zigzaguear entre los árboles antes de acabarme el dulce. Entonces encontré una escena muy tierna, que me hizo olvidar por completo cuanto me preocupaba. En un banco se había detenido un padre con sus dos hijos pequeños, no alcanzarían los dos años, y los había sentado hacia el jardín de la casa que había detrás. Habían aparcado sus bicicletas minúsculas y, emocionados, como si no hubiese nada más interesante, señalaban al jardinero que cortaba el césped. El padre les revolvía los ricitos castaños y les hablaba al oído, sujetándolos para que no se resbalasen.
Qué de historias había en aquel parque, en esta ciudad, en tantos lugares. ¿Y yo molesta por un examen? Nunca me había hecho tanto bien un paseo con mi palmera de chocolate.

viernes, 17 de febrero de 2012

El último bocado

Hoy dicen que ha llegado mi hora. Lo sentí en el viento frío de la mañana y en el beso del sol. Había algo distinto en el aire, una especie de dolor susurrante que se arrastraba con las hojas. Todo se acaba y comienza.
Al despertar, escuché al asesino afilar su guadaña. Es atroz amanecer con sus manos preparadas cerca de mi cuello. ¡Qué dolor tan silencioso, que me arranca lo oscuro del alma y me escupe todo lo bello! Puedo ver cómo tiemblan las rosas del jardín y con sus pétalos se abrigan del rocío, y cómo los insectos reanudan su tarea entre los matojos de hierba. ¿Quién me creería si digo que escucho a la abeja recoger el polen de las margaritas? Nadie, seguramente nadie. Pensarán que ya deliro, que las fiebres de la muerte me han alcanzado al abrir los ojos.
Escucho a mi mujer y a mis hijos en la salita que queda junto a mi habitación. Las paredes nunca fueron muy gruesas. Hablan de mí y de mi recuerdo, como si ya estuviera muerto, pero prefiero que sigan llorando fuera y no me roben mis últimos sueños. Todavía no, aún quiero disfrutar unos minutos de mi soledad. Puede que me vigile la muerte, es posible, pero también siento que hay un halo mágico, sutil y efímero. Me ha despertado la poesía de la vida y será mi desayuno, el último. No volveré a probar su bocado.
Es curioso, pero mi cuerpo está dormido. Él ya no me obedece, se cansó de mis exigencias, aunque no me arrepiento de haberle dado tanta cuerda. Ahora, cuando no puedo levantarme del lecho, las cumbres nevadas de las montañas me deslumbran de nuevo. Es una sensación grandiosa, por nada del mundo me arrepiento.
Aunque tengo miedo, eso no lo puedo evitar. Sé que pronto me convertiré en imagen, en palabras, en costumbre, que no volveré a alimentar a mis aves, ni saldré a nadar al río... y todo seguirá igual, la vida nunca se detiene por un difunto. Me iré, como se han ido los anteriores, y seré historia, aunque nunca vaya a aparecer en un manual. ¿Y Rosario y Mateo y Fermín y Carmen? Me echarán de menos. Ojalá no se estanquen donde duele y vivan tan apasionadamente como lo he hecho yo. Sí, ojalá lo logren, porque no es fácil. Si yo pudiera, les enseñaría a escuchar la respiración de los árboles y el latido profundo de la tierra. Ah, pero no es sólo la naturaleza, también es el ser humano y su fabulosa capacidad de imaginar, de experimentar, de desear, de amar. Es todo tan maravilloso, tan inmenso. Pero yo me muero, yo lo estoy sintiendo todo por última vez. También hay desgracias y sufrimiento. Claro que sí, también hay dolor, mucho. Porque yo me voy quizá lo vea todo más hermoso. ¿Pero no lo es? Ojalá no se cansen de buscar.
Que no lloren, por Dios, que no lloren, quiero que me acompañen con sus sonrisas. Rosario ha abierto la puerta, ha debido sentir el frío de la muerte entrar en mi habitación. Qué mujer más bella a sus ochenta y tantos, qué brillo tan bonito el de su mirada. Mateo, Fermín y Carmen tienen miedo, no saben bien qué decir, el llanto asfixia sus gargantas.
Mis labios se han callado, ya no tienen sentido mis palabras. ¿Me dolerá el golpe de la guadaña? Da igual, ahora estoy con ellos, ahora soy fuerte, libre y feliz. ¿Y esa luz? Todo resplandece, todo brilla. Qué bonitas eran las risas de Carmen cuando la hacían reír sus hermanos.

domingo, 12 de febrero de 2012

La hija del extranjero

Corría por el borde del acantilado, con los brazos extendidos y los pies descalzos. Desde la playa su silueta parecía la de un ángel, pues su vestido blanco creaba la impresión de alas vaporosas. Podría ser un hermoso cuadro de Monet, tan brillante en contraste con el verde primaveral de la hierba y el azul irritado del mar. Todos la observaban desde abajo, asombrados, fascinados por su energía. De un momento a otro podría levantar el vuelo y nadie se sorprendería mucho más.
–¿Es la hija del extranjero? –preguntó Ainara Lena, la mujer más hermosa del pueblo.
–Sí, la salvaje –le contestaron en un suspiro.
Todos la envidiaban, tenía algo incomprensible que la hacía muy distinta al resto. Aquella muchachita los había encandilado con su sonrisa traviesa y su mirada inocente. Los hipnotizaba cuando bailaba en la plaza, abrazada a los rayos de luna, y cuando corría cerca del faro con el cabello desordenado y la risa fresca. Siempre parecía feliz... y apenas tenía nada.
–¿Qué hay de su madre?
–No lo sé, siempre que le preguntamos nos mira y sonríe, pero no nos contesta.
–¿Y su padre?
–Ya sabes quién es, el que volvió de América.
–Federico ya no pertenece a este pueblo –intervino Ainara, molesta.
Un pescador se rió.
–¿Tanto le odias por no elegirte a ti como esposa?
Las risas salpicaron su orgullo y Ainara se dio la vuelta y se marchó.
–No debes decir esas cosas –le advirtió uno de los compañeros –. Ahora ella está casada con un hombre rico.
–Claro, cómo no. Olvidaba que el dinero está por encima del amor –se burló.
Mientras tanto, ajena a las malicias de los adultos, la niña contemplaba el horizonte. “¡Qué grandeza más absoluta!”, pensaba. Se había sentado en el borde, desde donde podía balancear sus piernecitas desnudas, y dialogaba con aquella inmensidad. Amaba a las gaviotas, a las olas, a las mariposas doradas. ¿Cómo podía alguien acostumbrarse a esa belleza regalada? Su madre le había dicho una vez que la naturaleza era para muchos una belleza invisible. Miró hacia la playa, donde no dejaban de observarla, y sintió lástima. ¿No se daban cuenta de que el mar, su espuma, el aire, la arena y las rocas eran mucho más fascinantes?

viernes, 18 de noviembre de 2011

Tal y como eres

Llevaba toda la tarde pensando en él.
Seguramente, el motivo era la lluvia. Si hubiese hecho buen tiempo habría salido a pasear, o a tomar el sol en uno de los bancos del parque. Pero llovía. Llevaba lloviendo desde que se despertó.
Apoyó la frente en el cristal de la terraza.
Paraguas de todos los colores bailaban bajo el gris de la tormenta, y el agua, desbordada, circulaba por el asfalto. De vez en cuando, un relámpago fotografiaba la ciudad. Era una estampa desoladora.
Suspiró y apretó las manos contra la taza caliente de chocolate. Había tenido suerte. Al menos, los plomos saltaron cuando ya había preparado la merienda. Dio un sorbo y cerró los ojos, le gustaba sentir cómo aquel calor le recorría la garganta. De reojo, buscó el teléfono móvil. No había ningún mensaje nuevo.
Claire de lune, de Debussy, empezó a sonar en el reproductor. No recordaba haber incluido esa canción en el repertorio. La entristecía y, sin embargo, no se molestó en cambiarla: le recordaba a él. Nunca la habían escuchado juntos, ni siquiera la habían comentado, pero él se colaba entre las notas y le sonreía, inundado por ese chorro de luna que el músico había logrado inmortalizar.
Estaba cansada de soñar, de recordar aquel beso robado, de creer que regresaría alguna vez. Se envolvió con la manta y se hundió entre los cojines. Cansada, infinitamente cansada.
Vació la taza. Su reflejo en el cristal húmedo la hizo reír. ¿Qué hacía con esa expresión tan triste? Ella no era así. Se puso de pie y se enfrentó a su imagen. Por supuesto que ella no era así.
El disco saltó a una nueva canción. ¿De verdad llevaba toda la tarde pensando en él? Recogió la cartulina rosa en la que había apuntado los nombres de la grabación y sonrió: “Just the way you are”. Le gustaba la voz serena del cantante. Empezó a moverse por la habitación e imaginó que la abrazaba y le susurraba todo aquello en el oído. ¿Por qué no?
Girl, you're amazing... just the way you are.
Dejó caer la manta amarilla y dio algunas vueltas sobre sí misma.
And when you smile, the whole world stops and stares for awhile.
Realmente no podía dejar de sonreír. De golpe, se encendieron todas las lámparas; había vuelto la luz. Se rió, parecía una explosión de alegría. La energía del chocolate caliente se revolvía con la adrenalina contenida. Se subió al sofá y empezó a saltar. Era un impulso infantil, pero la hacía sentirse mejor.
'Cause you're amazing...
Se dejó caer sobre los cojines y se echó a reír. ¡Claro que sí! Ella era asombrosa.