¿Te atreves a soñar?
Mostrando entradas con la etiqueta Alma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alma. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de mayo de 2014

Una mirada





Una mirada puede ser tan triste, tan miedosa, tan feliz, tan amada.

Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón

sábado, 19 de octubre de 2013

Cuando regresas

Quizá no sea capaz. Quizá este folio está aún demasiado blanco y tú, demasiado cerca. La muerte, estate seguro, también roba palabras. Y a mí me las quita todas cuando hablo de ti.
Anoche, no sé por qué, recordé tu risa de acordeón viejo y tu abrazo fuerte, y entonces sentí una especie de ternura por quien fuiste y por quien continúas siendo. Porque la muerte no se lo lleva todo; es incapaz de llevarse las huellas y los amores.
Cuando el agua de la ducha me envolvió en vapores, me hizo tan ligera que fui capaz -pues ya sabes que allí el dramatismo se vuelve más dramático- de imaginarte tan real como en ese momento lo era mi reflejo en el espejo.
Algún día yo seré como tú: tan fuerte, tan grande, tan apasionada. Y tú estarás siempre donde estén mis letras. Como en tu biblioteca, donde respiras en todos los volúmenes, en todas las revistas, en todos los papeles que no terminaste de ordenar. Pero esta vez, estamos los dos. Beberé de tu misma fuente, de tus mismos libros, aunque sea de puntillas.
Es posible que no sepa decirte lo que no te dije, pero ahora -no me cabe duda- puedes escucharlo todo. Ahora sé que, incluso cuando este folio está en blanco, cuando regresas, yo soy capaz de recuperar mis palabras por ti.

martes, 6 de agosto de 2013

Un paraíso de melocotón

El paraíso debe ser muy semejante. Cuando comencé la caminata por la orilla del mar, con los pantalones remangados y las sandalias entre los dedos, tuve la sensación de que aquella inmensidad se arrastraba solo para acariciarme los pies.
La playa se había vaciado de turistas y apenas quedaban algunas parejas fotografiándose y los pescadores que clavaban sus cañas como banderas. Algunas risas discretas, palabras brumosas y las conversaciones de las olas.
En cada paso traté de memorizar aquellos brochazos de la naturaleza y de ponerle palabras a lo que no tiene. Un mar suave, ligero, encarnado, protegido por un horizonte de bruma morada y perfumado de sal. Un mar que, por ser belleza de paraíso, mejor podría describirse como mar de melocotón.
Todo era confianza entre un mar que besa y unos caminantes sin más destino que el soñar. Así pues, continué marcando mis pasos en la arena fría. Y el mar persistió en borrar mis huellas. Y respiré la libertad que arrastraba la espuma. Y las olas se hicieron grandes hasta doblarse y rasgar la orilla.
Y todo fue paz hasta que estalló un lamento.
Primero, una botella vacía de vino, después, vasos de plástico y latas de refrescos. Una bolsa de basura asfixiando al mar y una montaña de cáscaras de pipas. Una chancla rota, más bolsas, papel de aluminio y restos de un bocadillo. Una lata de Monster.
Me tembló el corazón y el ánimo. Mi mar de melocotón lo habían convertido en un paraíso monstruoso.

lunes, 1 de abril de 2013

Caminaría descalza


Si pudiera, caminaría la vida descalza. 
Estoy segura de que sin zapatos nada sería tan terrible. En la tierra, en la hierba, la arena y el agua. Descalza y libre. Sin ataduras, sin horas, sin prisas... Prendida al viento y volando con él. Paseando los atardeceres desde la orilla y bañándome en la plata del mar cuando el cielo esté nublado. Durmiendo piel con arena y sol, y despertando allá donde no hay hombres de traje, ni edificios burocráticos, ni mentiras.


Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón.

viernes, 8 de febrero de 2013

Nieve de febrero


Pamplona es caprichosa. En un solo día es capaz de amanecer nublado, salir el sol, llover, tronar y nevar. Todo en uno, una ganga. Pamplona es un collage de sensaciones meteorológicas, la obra de arte de un pintor indeciso. Nubes blancas, copitos de algodón fríos, un velo de encaje sobre la hierba... Magia de febrero.
Y escribo sobre esta nevada que no cuaja por un encuentro fortuito. Al terminar la mañana de trabajo y regresar a casa, Gabriel asomó por debajo de un paragüas negro. Me lo crucé de frente, aunque tardé en reconocerlo. Tenía una sonrisa especial, una sonrisa que solo asoma cuando nos olvidamos de nosotros mismos, y aprovechó la detención para cerrar su paragüas y mirar al cielo.
–Tienes que escribir sobre esto –dijo, recogiendo en su cara los copos de nieve–. Hoy hace un día de El Bosque de papel.
Me sorprendió y le prometí que lo haría. Le aseguré que escribiría de aquella cortina blanca solo por él.
–Me encantaría ir sin paragüas, porque esto es tan... tan mágico –continuó–. No sé, es un día de esos que te despiertas y piensas que el mundo es maravilloso, y que todas las personas son maravillosas también. Uno de esos días en que no puedes dejar de sonreír y te convences de que todo es así de bonito, que no puede haber nada malo.
Un pedazo de felicidad.
Un suspiro del alma.
Y mientras hablábamos, los copos de nieve enterraban mi paragüas y su pelo.
–Yo también quiero llenarme de canas –reí, rindiendo la cabeza al cielo.
–Yo voy a ser anciano todo el día –aseguró Gabriel, sonriente.
El tiempo se había ralentizado.
La hierba se vestía pacientemente de blanco, aunque de una tela muy fina que nunca la llegaba a cubrir. Los árboles goteaban por el peso de sus ramas, y el agua se precipitaba por las cuestas como ríos poco caudalosos pero salvajes.
Pamplona es caprichosa en todas sus estaciones. Y muy bella. Pamplona es una ciudad enamorada de la naturaleza. En febrero nieva, y en noviembre sale el sol.

viernes, 18 de enero de 2013

No era Renoir


No era Renoir. No era solamente Renoir. Eran latidos maquillados con pintura. Había una respiración contenida que se escuchaba en el brillo de los colores. Los árboles estaban vivos, la vivienda estaba ocupada, el sol estaba enamorado.


 
Pintura por: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Técnica: Impresionismo

jueves, 18 de octubre de 2012

El espejo del alma


Daniela se encogió en el sofá con su mejilla colorada sobre el cojín, disimuló un bostezo e insistió.
–¿Has terminado ya?
Pero Mario seguía concentrado, con el pincel goteando colores sobre el mármol y el sudor perlando su espalda.
De nuevo su pregunta la contestó el silencio.
El calor pesaba sobre ellos, como el olor a aguarrás y a óleo húmedo. Daniela tenía todo esos olores en la nariz y estornudaba. Consultó el reloj de pared, que golpeaba los segundos con un tic-tac grave, y se sorprendió de que fuesen las seis de la tarde. Empezaba a molestarle el estómago por el hambre y los músculos por la postura.
–Mario... Ya es tarde –murmuró, sin atreverse a levantarse sin su permiso–. Déjalo para mañana.
–No me queda mucho –replicó él sin detener el trazo.
Daniela suspiró y se consoló pensando que el retrato sería hermoso. La había vestido con un traje sencillo, que se ceñía bajo su busto y resbalaba en cascada hasta sus pies. Observó la mirada concentrada del pintor y se estremeció al descender hasta sus labios. No le había pasado inadvertida la ternura que derramaba sobre el cuadro. Y en el cuadro estaba ella. Se ruborizó, pero no dejó de buscarle su alma en los ojos.
Pasó una hora más hasta que Mario se alejó del lienzo con satisfacción. Daniela se había quedado dormida, pero la emoción de su amigo la despertó. Lo encontró con los ojos húmedos y riéndose para liberar la tensión. Se incorporó lentamente, sacudiendo sus miembros entumecidos, y se acercó al artista, que era incapaz de hablar. Recogió su melena oscura en una trenza rápida y esperó a que él voltease la obra. Pero Mario parecía haberla olvidado, porque le resultaba imposible apartar la mirada de su creación.
Daniela sonrió, cautivada por la felicidad de su amigo, y bordeó el caballete para contemplar el resultado.
–¿Por qué soy rubia? –fue lo único que se atrevió a decir.
Aquella mirada dulce, aquellos labios traviesos, aquella melena brillante... Nada de aquel rostro era suyo.
Sintió el impulso de salpicar la pintura con el aguarrás, pero un vacío la tragó con toda su rabia. Se desnudó detrás del biombo y recuperó sus pantalones, su jersey y su bufanda.
–Voy a comer algo –dijo, aunque ya no tenía hambre.



The mirrow of the soul


Daniela curled herself up on the couch, with her rosy cheek on the cushion, concealed a yawn and insisted, “Have you finished yet?”
But Mario remained focused, with his brush dripping colors on the marble and drops of sweat beading his back.
Again, her question was answered by silence.
The heat weighed over them, like the smell of turpentine and wet oil. Daniela had all of these scents inside her nose and was sneezing. She eyed the clock on the wall, which was striking the seconds with a deep tic-tac, and was surprised to see that it was already 6 PM. She suddenly became aware of how hungry she was, and her muscles were starting to ache from remaining in the same position for so long.
“Mario… it’s really late,” she murmured, not daring to get up without his permission, “Leave it for tomorrow.”
“I’m almost done,” he responded, without disturbing his stroke.
Daniela sighed and consoled herself in the thought that the portrait would be beautiful. He had dressed her in a simple dress that tightened under her bust and slid cascade-like to her feet. She observed the concentrated look of the painter and shuddered as she lowered her gaze to his lips. She hadn’t ignored the tenderness he was spilling onto the painting. And she was inside that painting. She blushed, but didn’t stop searching for his soul in his eyes.
Another hour went by before Mario stepped back from the canvas with a look of satisfaction. Daniela had fallen asleep, but her friend’s excitement woke her up. She found him with watery eyes and laughing to relieve his tension. Slowly, she lifted herself up, shaking her numb limbs, and approached the artist, who was incapable of speaking. She gathered her dark hair into a quick braid and waited for him to flip the canvas. But Mario seemed to have forgotten about her, because he was seemingly unable to turn away from the painting.
Daniela smiled, captivated by her friend’s happiness, and skirted the easel to contemplate the result.
“Why am I blond?” was the only thing she dared to say.
That sweet gaze, those mischievous lips, that luscious hair… Nothing about that face was hers.
She felt the impulse to splash the painting with the turpentine, but a sudden emptiness swallowed her rage. She undressed behind the folding screen and recovered her pants, sweater and scarf.
“I'm going to go grab a bite,” she said, although she was no longer hungry.


Traducido por: Carolina Rodríguez García

martes, 10 de abril de 2012

Sin alma

Siglo XVI.
Un grito ahogado quebró el alba. Era la señal de alarma, la primera víctima que caía en manos de los berberiscos. El fuego prendió rápido y una llamarada escoltó al sol. El puerto de Málaga se agitaba por los sablazos de los turcos, que apenas saltaban al agua ya cortaban cabezas. En menos de diez minutos los marineros, semi desnudos, se habían agrupado en hileras frente a las casas. Sus mujeres arrastraban a los niños fuera de las camas y tiraban de ellos calle arriba. La costa estaba infectada de hombres con turbante y aros perforándoles la piel.
Algún audaz arreaba el ganado, pero la mayoría corría con lo puesto. Ya los habían visto otras veces y eran sanguinarios. Poco les importaban las lágrimas, las súplicas o los sobornos. Parecían guerreros del diablo resurgidos de las mismas entrañas del infierno. El fraile Esteban Gil de Paz, que muchas veces había acompañado las expediciones a Argel para rescatar a cautivos cristianos, contaba barbaridades de aquella tierra de pecado.
Como animales rabiosos, prendían las galeras españolas y arramblaban con los bienes ajenos. Su lengua desconocida los hacía aún más temibles. Destrozaban sin piedad las barcas, las redes, las viviendas... De vez en cuando alguno se separaba del resto y regresaba con un par de mozas a hombros, para luego venderlas como esclavas o presentarlas al sultán. Los chicos jóvenes y robustos también les interesaban, y los acorralaban hasta agotarlos.
Sus risas perversas herían a los que huían por la colina, atrapados por la niebla del pánico. Los niños trastabillaban en la carrera, sucios por el polvo del camino, y sus madres lloraban desconsoladas mientras luchaban por no rendirse a aquel dolor. Tenía que seguir corriendo, lo había avisado el padre trinitario Esteban. Los corsarios no se detendrían hasta quedar satisfechos y en la playa eran ya pocos los hombres que no habían perecido.
El mar arrastraba cuerpos sin vida y el sol descubría la sangre que regaba las calles. Era un paisaje atroz, abominable, monstruoso. Ni aún cuando los corsarios turcos embarcaron en sus galeotas y se perdieron en la estrecha línea del horizonte, cesó el horror. El fuego continuaba devorando los cadáveres, los animales y las casas. Los pescadores que habían sobrevivido se arrastraban como espíritus sin alma. La violencia les había arrancado la vida.



Without a soul

16th Century.
A strangled cry broke the dawn. It was the alarm signal, the first victim that fell by the hands of the Berbers. The fire spread quickly, one of the flames licking the sun. The Malaga seaport trembled under the blades of the Turks, who had barely landed in the water were already cutting off heads. In less than ten minutes, the seamen, half-naked, had aligned themselves in front of the houses. Their wives pulled their kids out of bed and up the street. The coast was plagued with men bearing turbans and hoops piercing their skin.
Some were daring and dragged their cattle with them, but most of them just ran with what they had. They had already seen them before, and they were ruthless. Their tears, their pleas and their bribes meant nothing to them. They were like the devil’s warriors, risen from the very bowels of hell. Friar Esteban Gil de Paz, who had many times joined the expeditions to Algiers to rescue Christian prisoners, spoke of the atrocities that took place in that land of sin.
Like rabid animals, they burned Spanish galleys and took off with their goods. Their foreign tongue made them all the more fearsome. They pitilessly destroyed fishing boats, nets, homes… Every once in a while, one of them would detach himself from the others and come back with a couple of girls over his shoulders, that they would then sell as slaves or present to the sultan. They also looked for strapping young men and cornered them until they became exhausted.
Their wicked laughs hurt those who fled through the hills, trapped by a haze of panic. The children stumbled as they ran, dirtied by the dust from the road, and their mothers cried uncontrollably as they fought not to yield to the pain. He had to keep running, the Trinitarian Father Esteban had warned him. The corsairs wouldn’t stop until they were satisfied, and on the beach there were only a few who hadn’t already perished. The sea dragged the lifeless bodies, and the sun uncovered the blood that bathed the streets. It was a cruel, abominable sight. Not even when the Turkish corsairs boarded their ships and disappeared into the thin line of the horizon did the terror cease. The fire continued to consume the corpses, the animals and the houses. The fishermen that had survived trailed along like soulless spirits. The violence had ripped away their life.


Traducción por: Carolina Rodríguez García.