Primero
son los pasos apresurados hacia la cocina. Enchufo la tostadora, introduzco dos
rebanadas de pan de molde, saco la leche, la mermelada y la mantequilla contra
la barbilla, dos cucharadas de Nesquik, una servilleta, un plato pequeño y un
cuchillo, saltan las tostadas. Comienza el día. Abro el libro del desayuno, que
en ningún caso es el mismo que el del almuerzo, y engancho la mirada en la
última frase que leí. Doy un mordisco. Dulce. Olor a pan dorado. El calorcillo
que desprende el electrodoméstico a la derecha, el frío de la mañana de frente.
Una aventura ante mis ojos, la primera del día, que no me pertenece. Quizá un
buenos días somnoliento. Un qué tal has dormido y un que te vaya bien, nos
vemos. El último mordisco que cruje y silencio. Miro el reloj. He agotado mi
media hora. Mi tiempo. Cierro de un golpe el libro y echo a correr. No lo puedo
creer: ¿llegaré tarde de nuevo?
¿Te atreves a soñar?
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lunes, 26 de octubre de 2015
sábado, 16 de agosto de 2014
Soñar como cuando éramos niños
Sofía
y Laura se despegaron de sus padres a la carrera. Habían visto el
arroyo donde el agua se bebía dorada y creyeron que esa mañana sus
deseos se cumplirían de verdad. Las dos hermanas se habían
acostumbrado a ignorar las advertencias de sus padres. Laura, la más
pequeña, soltó un gritito al tropezar, pero al recuperar el pasó
comenzó a reírse. Las envolvían los pájaros y el murmullo
monótono de las cigarras, y el sol atravesaba las copas de los
árboles con tanta fuerza que todo el camino parecía luz.
Con
los vaqueros llenos de tierra y la respiración entrecortada, las
niñas alcanzaron la fuente de piedra. En ese punto, tenían un
ritual. Sofía arrancaba alguna hoja grande del suelo y la limpiaba
en su camiseta, luego ocultaba con ella su rostro y murmuraba un
deseo. Laura la imitaba, sin dejar de mirarla de reojo, y las dos
introducían sus hojas en el agua brillante del manantial.
Decían
que el agua era mágica porque en ella incidía especialmente el sol.
Los rayos bailaban y saltaban, salpicando de fantasía la imaginación
de las hermanas.
–Yo
seré una princesa –aplaudió Laura–, y viviré en un castillo
muy grande y muy bonito.
–Pues
yo viajaré por todo el mundo –exclamó la mayor.
Las
dos se rieron y aplaudieron, atentas a cómo sus hojas se unían a la
danza de destellos.
Laura
cerró los ojos y apretó los labios, con la sonrisilla jugueteando
en las comisuras. Y Sofía, imaginándose en los colores de la India,
en las playas de Australia o en la sabana africana, se puso a saltar
con los brazos extendidos. El corazón les palpitaba con un sueño.
sábado, 8 de marzo de 2014
sábado, 19 de octubre de 2013
Cuando regresas
Quizá no sea
capaz. Quizá este folio está aún demasiado blanco y tú, demasiado cerca. La
muerte, estate seguro, también roba palabras. Y a mí me las quita todas cuando
hablo de ti.
Anoche, no sé
por qué, recordé tu risa de acordeón viejo y tu abrazo fuerte, y entonces sentí
una especie de ternura por quien fuiste y por quien continúas siendo. Porque la
muerte no se lo lleva todo; es incapaz de llevarse las huellas y los amores.
Cuando el
agua de la ducha me envolvió en vapores, me hizo tan ligera que fui capaz -pues
ya sabes que allí el dramatismo se vuelve más dramático- de imaginarte tan real
como en ese momento lo era mi reflejo en el espejo.
Algún día yo
seré como tú: tan fuerte, tan grande, tan apasionada. Y tú estarás siempre
donde estén mis letras. Como en tu biblioteca, donde respiras en todos los
volúmenes, en todas las revistas, en todos los papeles que no terminaste de
ordenar. Pero esta vez, estamos los dos. Beberé de tu misma fuente, de tus
mismos libros, aunque sea de puntillas.
Es posible
que no sepa decirte lo que no te dije, pero ahora -no me cabe duda- puedes
escucharlo todo. Ahora sé que, incluso cuando este folio está en blanco, cuando
regresas, yo soy capaz de recuperar mis palabras por ti.
domingo, 22 de septiembre de 2013
El grito del Perdón
“Donde se cruza el camino
del viento con el de las estrellas”, inscribieron en el lomo de un caballo de metal
que cabalga el Perdón. Una eterna procesión que admira Pamplona desde la cima
del monte. Los guardianes detenidos de la ciudad. Con la mirada al frente y las
espaldas cargadas, con el mismo cansancio que los peregrinos de Santiago.
El viento grita en la
cumbre y se desahoga de todo lo que vio en las calles asfaltadas. Coge
carrerilla y se lanza contra los molinos de viento, y los empuja, y les insufla
vida, tanta vida que los hace girar. Allí, tan alto, no tiene miedo de llorar
ni de enfadarse.
Y en el horizonte, se
pintan las nubes. El sol escondido crea un mar infinito de rojos y naranjas.
Una línea que distingue la noche de la cuenca hasta que se asoman las
estrellas, todas esas que se cruzan con el viento, y la Naturaleza se detiene a
contemplar las minúsculas luces de la ciudad.
Texto: Blanca Rodríguez G-Guillamón
Fotografías: Siyuan Qian Zhang
martes, 6 de agosto de 2013
Un paraíso de melocotón
El
paraíso debe ser muy semejante. Cuando comencé la caminata por la
orilla del mar, con los pantalones remangados y las sandalias entre
los dedos, tuve la sensación de que aquella inmensidad se arrastraba
solo para acariciarme los pies.
La
playa se había vaciado de turistas y apenas quedaban algunas parejas
fotografiándose y los pescadores que clavaban sus cañas como
banderas. Algunas risas discretas, palabras brumosas y las
conversaciones de las olas.
En
cada paso traté de memorizar aquellos brochazos de la naturaleza y
de ponerle palabras a lo que no tiene. Un mar suave, ligero,
encarnado, protegido por un horizonte de bruma morada y perfumado de
sal. Un mar que, por ser belleza de paraíso, mejor podría
describirse como mar de melocotón.
Todo
era confianza entre un mar que besa y unos caminantes sin más
destino que el soñar. Así pues, continué marcando mis pasos en la
arena fría. Y el mar persistió en borrar mis huellas. Y respiré la
libertad que arrastraba la espuma. Y las olas se hicieron grandes
hasta doblarse y rasgar la orilla.
Y
todo fue paz hasta que estalló un lamento.
Primero,
una botella vacía de vino, después, vasos de plástico y latas de
refrescos. Una bolsa de basura asfixiando al mar y una montaña de
cáscaras de pipas. Una chancla rota, más bolsas, papel de aluminio
y restos de un bocadillo. Una lata de Monster.
Me
tembló el corazón y el ánimo. Mi mar de melocotón lo habían
convertido en un paraíso monstruoso.lunes, 1 de abril de 2013
Caminaría descalza
Si
pudiera, caminaría la vida descalza.
Estoy segura de que sin zapatos
nada sería tan terrible. En la tierra, en la hierba, la arena y el
agua. Descalza y libre. Sin ataduras, sin horas, sin prisas...
Prendida al viento y volando con él. Paseando los atardeceres desde
la orilla y bañándome en la plata del mar cuando el cielo esté
nublado. Durmiendo piel con arena y sol, y despertando allá donde no
hay hombres de traje, ni edificios burocráticos, ni mentiras.
Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón.
jueves, 14 de marzo de 2013
Los caminos de Nina
24 años:
Apretó
la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina
sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las
lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella
despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba,
a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que
sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases
de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El
conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas
básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el
asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los
pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la
asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de
vuelta.
“Volveré
como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os
preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré
haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas,
otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos
todas mis aventuras”.
Nina
estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última
vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de
echar a volar.
34 años:
Nadie
había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había
abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada.
Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el
parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno
sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las
páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para
hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría
el niño y no pudo continuar.
Todavía
tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio,
de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo
con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable
y ahorrarlo todo para el bebé.
No
serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina
se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia,
pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de
sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de
días.
El
mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras
circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No
le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició
la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el
futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy
tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego
arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un
hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de
grafito.
Ninguno
de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.
84 años:
Había
esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un
golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los
impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera
desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a
contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se
sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los
atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó
el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello
gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El
Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina
se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los
brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la
menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación
y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si
me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me
advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo!
–protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un
Premio Cervantes.
La
joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su
abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo
que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre
que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía
abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No
te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay
ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina
desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja
salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se
contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una
carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño.
martes, 5 de febrero de 2013
Ciudad de fantasmas
Una
sonrisa que se desdibuja con la lluvia es como una lágrima que
recorre de lado a lado el corazón. Y, aunque te eche de menos, no te
conozco. No sé nada de ti, solo que existes. Y, aunque te piense,
hay un lugar donde no estás, donde las penas se ahogan solas.
Un
elemento que fluye: el agua. Allí solamente estoy yo; yo con mi
cuerpo y mis ganas de vivir.
Sin
ti, no puedo escapar de esta ciudad de fantasmas. Procuraré darles
conversación mientras tanto. Hoy el día amaneció nublado e imagino
que ellos podrán contarme si detrás de tanto gris luce el sol.
Espero
que vengas o te alejes, pero que no enmudezcas por la indecisión. La
vida no es tu propia realidad. El mundo somos tú y yo, y aquel señor
anciano que saluda, y el niño que llora y la mujer que espera el
autobús. La verdad más cierta es la que nos sacude, sea tristeza o
felicidad. La verdad más cierta es la que estamos a punto de
comenzar a inventarnos juntos.
Si
quieres ser libre, acompáñame en mis paseos con el viento, y vente
a nadar al río aunque sea invierno, juguemos a descifrar los
mensajes de las nubes. Seremos un poco más felices. Seremos un poco
más sinceros.
viernes, 11 de enero de 2013
Beatles de la calle
No
sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior.
Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y
conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo,
de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los
Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes
eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O
porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía
claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no
habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima
consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a
una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca,
ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de
tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de
aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había
visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de
música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con
tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una
generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la
voz.
Y
se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas,
agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los
artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente,
fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila,
ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima
no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces,
la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
–Me
encantan –susurró.
–¿Son
los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella.
Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme
retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
–No
te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el
tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana
se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones
que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca,
sorprendida, y exclamó:
–¡Son
canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los
bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy
a ver si puedo dejarles algo...
Entonces,
a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su
falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y
un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de
pañuelos.
–Vaya,
qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–.
Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y
sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un
bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas,
le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en
su mano.
–¿Qué
les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su
hombro.
–Que
me gustan.
Las
letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje.
Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír.
Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados,
reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no
podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las
palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la
música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Hay Navidad
En la Navidad se reúnen todos los
buenos deseos. Paz, esperanza, amor... Y tratamos de ser un poco más
felices. Hacemos compras, nos permitimos caprichos, nos volvemos más
amables, más permisivos, más tolerantes. Incluso nuestro reflejo de
las mañanas parece más simpático.
¡Feliz Navidad!
Y nos abrazamos. Tenemos buenos deseos
para todo el mundo; también para aquella persona que nos cruzamos
cada día y con la que nunca intercambiamos una palabra. Pero es
Navidad. Es Navidad y el mundo es más agradable.
Las calles heladas parecen cálidas
con los brillos de los escaparates. Hay árboles recargados con
espumillón dorado, plateado, bolas rojas, azules, amarillas... Las
ciudades parecen disfrazarse de diosas, tan bellas, tan ricas, tan
abundantes. Y en los comercios cantan villancicos. Voces de ángeles
con alas de cartón.
Ya no miramos con compasión a los
vagabundos y a los mendigos, sino que lo hacemos como hermanos.
Somos buenos.
Somos generosos.
Somos felices.
Compramos turrón, bombones,
bizcochos, pasteles... No importa el peso. Da igual si engordamos,
porque es Navidad.
Elegimos los regalos más voluminosos
y todo nos parece poco. Queremos hacer felices a nuestras familias y
amigos, así que seguimos comprando, aunque a cambio tengamos que
renunciar a otras cosas. ¿Compramos la felicidad?
La felicidad está en el amor y el
amor está en lo que permanece.
Hay Navidad cuando abrimos los brazos
con sinceridad, cuando ofrecemos nuestro tiempo a quienes lo
necesitan, cuando creemos que somos valientes y que podemos hacer el
bien, cuando nos estremecemos con una risa, una mirada o un canto.
Hay Navidad cuando decidimos remendar nuestros errores y comenzar
desde el principio.
Podemos ser buenos.
Podemos ser generosos.
Somos capaces de ser felices.
Los regalos son muestras de nuestro
amor, pero la materia no es el eje. No hay más amor por cantidad de regalos. No se trata de gastar, sino de estar juntos.
Hay que confiar, alentar al que quiere
rendirse, ayudar, perdonar y observar la vida con los ojos del respeto y la
comprensión.
La Navidad no debe escaparse con los
árboles, las estrellas y los villancicos.
Navidad es querer amarse.
Es darse otra oportunidad.
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domingo, 9 de diciembre de 2012
Sin espacio ni tiempo
Hay
veces que ocurre... Las semanas dejan de tener días, y los días
olvidan las horas. Y no hay minutos, ni fechas, ni tiempo. Los
contornos de la realidad se difuminan, como si solo fuesen terrones
de azúcar en el café. Y te asustas, porque pierdes la referencia de
lo establecido y sabes que te ha engullido algún nubarrón de
tormenta.
viernes, 17 de febrero de 2012
El último bocado
Hoy dicen que ha llegado mi hora. Lo sentí en el viento frío de la mañana y en el beso del sol. Había algo distinto en el aire, una especie de dolor susurrante que se arrastraba con las hojas. Todo se acaba y comienza.
Al despertar, escuché al asesino afilar su guadaña. Es atroz amanecer con sus manos preparadas cerca de mi cuello. ¡Qué dolor tan silencioso, que me arranca lo oscuro del alma y me escupe todo lo bello! Puedo ver cómo tiemblan las rosas del jardín y con sus pétalos se abrigan del rocío, y cómo los insectos reanudan su tarea entre los matojos de hierba. ¿Quién me creería si digo que escucho a la abeja recoger el polen de las margaritas? Nadie, seguramente nadie. Pensarán que ya deliro, que las fiebres de la muerte me han alcanzado al abrir los ojos.
Escucho a mi mujer y a mis hijos en la salita que queda junto a mi habitación. Las paredes nunca fueron muy gruesas. Hablan de mí y de mi recuerdo, como si ya estuviera muerto, pero prefiero que sigan llorando fuera y no me roben mis últimos sueños. Todavía no, aún quiero disfrutar unos minutos de mi soledad. Puede que me vigile la muerte, es posible, pero también siento que hay un halo mágico, sutil y efímero. Me ha despertado la poesía de la vida y será mi desayuno, el último. No volveré a probar su bocado.
Es curioso, pero mi cuerpo está dormido. Él ya no me obedece, se cansó de mis exigencias, aunque no me arrepiento de haberle dado tanta cuerda. Ahora, cuando no puedo levantarme del lecho, las cumbres nevadas de las montañas me deslumbran de nuevo. Es una sensación grandiosa, por nada del mundo me arrepiento.
Aunque tengo miedo, eso no lo puedo evitar. Sé que pronto me convertiré en imagen, en palabras, en costumbre, que no volveré a alimentar a mis aves, ni saldré a nadar al río... y todo seguirá igual, la vida nunca se detiene por un difunto. Me iré, como se han ido los anteriores, y seré historia, aunque nunca vaya a aparecer en un manual. ¿Y Rosario y Mateo y Fermín y Carmen? Me echarán de menos. Ojalá no se estanquen donde duele y vivan tan apasionadamente como lo he hecho yo. Sí, ojalá lo logren, porque no es fácil. Si yo pudiera, les enseñaría a escuchar la respiración de los árboles y el latido profundo de la tierra. Ah, pero no es sólo la naturaleza, también es el ser humano y su fabulosa capacidad de imaginar, de experimentar, de desear, de amar. Es todo tan maravilloso, tan inmenso. Pero yo me muero, yo lo estoy sintiendo todo por última vez. También hay desgracias y sufrimiento. Claro que sí, también hay dolor, mucho. Porque yo me voy quizá lo vea todo más hermoso. ¿Pero no lo es? Ojalá no se cansen de buscar.
Que no lloren, por Dios, que no lloren, quiero que me acompañen con sus sonrisas. Rosario ha abierto la puerta, ha debido sentir el frío de la muerte entrar en mi habitación. Qué mujer más bella a sus ochenta y tantos, qué brillo tan bonito el de su mirada. Mateo, Fermín y Carmen tienen miedo, no saben bien qué decir, el llanto asfixia sus gargantas.
Mis labios se han callado, ya no tienen sentido mis palabras. ¿Me dolerá el golpe de la guadaña? Da igual, ahora estoy con ellos, ahora soy fuerte, libre y feliz. ¿Y esa luz? Todo resplandece, todo brilla. Qué bonitas eran las risas de Carmen cuando la hacían reír sus hermanos.
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