¿Te atreves a soñar?
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miércoles, 2 de marzo de 2016

Tus ojos se ríen

Tienes los ojos muy bonitos. Imagino que te lo habrán dicho. A veces parecen dormidos, hasta que se les cruza la risa. Entonces son como un haz de luz rompiendo el agua: tan fuerte, tal misterio.

En ese instante pienso que no podrá vencerles la muerte. Pero si no hubiese muerte, tampoco estarían tus ojos. Y yo quiero esos ojos que ríen, que sueñan, que bailan, que envuelven.

martes, 1 de julio de 2014

El Paraíso de Ana



Gavrila la debía estar esperando. Seguramente jugando con las nubes. Probablemente vestido con un rayo de sol. Con sus rizos rubios y su «Ven, ven, ven» de repique de campana. Seguro que la recibió con su elegancia infantil: con la ropa planchada y muy firme. Seguro que también se le escapaba la risa por los ojos. Seguro que pensaba “cuando te despistes, nos iremos a volar”.Seguro también que no dijo nada hasta que Ana lo pensó, hasta que se dio cuenta de que ella se había convertido en historia, en sueños, en amor. Como sus personajes.




Con admiración, a Ana María Matute.


lunes, 3 de marzo de 2014

Zach Sobiech: "No hace falta saber que vas a morir para empezar a vivir"

Todos tenemos problemas, pero cada uno elige cómo quiere vivirlos. A Zach Sobiech le diagnosticaron osteosarcoma, un tipo de cáncer óseo, a los 13. Desde entonces volaron los días. Él soñaba con formar una familia, con ir a la universidad... Pero sabía que su vida no llegaría tan lejos. Zach sonrió e hizo reír, compuso una canción para expresar su miedo y su amor, para seguir adelante sin olvidar lo más importante: lo fácil que es hacer feliz a los demás.

"Me llamo Zach Sobiech, tengo 17 años y padezco osteosarcoma. Me han dicho que me quedan unos meses de vida, pero aún me queda mucho por hacer. Quiero que todo el mundo sepa que no hace falta saber que vas a morir para empezar a vivir".


Vídeo original, por Soul Pancake


Vídeo subtitulado en español

jueves, 5 de diciembre de 2013

Sus labios rojos

Había un beso carmín en la toalla. Un beso que no era mío, que no me buscaba. Un beso que se había escapado de los labios de la mujer que amaba. Rojo sobre blanco. Un aleteo de la coquetería, todos mis sueños. Ella con sus rizos cortos y yo con mi corbata de siempre, la única que recibió un piropo. Me baila su risa en mi propia garganta. Se alisa la falda y aúpa a Juanito en los brazos. El niño adorado de Aurora, nuestra amiga de la infancia. Le alcanza la nariz con el índice y se abrazan los dos con las bocas abiertas. Dientes marfil ligeramente manchados de rojo.

Y mientras, Aurora los observa desde la cama con las sábanas bajo los brazos y una sonrisa cansada. La medicación en la mesilla y la muerte rondándole los párpados. Está más pálida, más callada. Hace meses que no sale de casa. Por eso Ella hace de madre y yo asisto a su padre. Juan no se despega de la cama. La barba afeitada, camisa impecable y las ojeras. Los cinco años de Juanito saben que la felicidad corre invertida. A sus juegos le pesa el silencio de sus padres.

Pero Ella ríe e inventa, sueña y lucha con espadas de madera. Lo lleva al parque y al cine, le compra chucherías y helados de tres bolas. Le besa los mofletes gordos, y yo suspiro. Sus labios rojos. De nuevo sus labios rojos y sus rizos cortos.

martes, 12 de febrero de 2013

Rey del desierto


El sol era el rey infinito del desierto. El único que se orientaba, el único que no necesitaba nada para sobrevivir, el único que podía escapar del mar de dunas ardientes sin agotarse, ni enloquecer, ni morir en el intento.
¡Leyre, sigue caminando! –gritó el egipcio, sin fuerzas para volver sobre sus pasos–. No falta mucho.
Pero ella tropezó, se restregó contra la arena y gimoteó. Tenía los pies quemados y las sandalias le dolían. Escupió en sus manos antes de rascarse la cara, luego se sacudió el pelo y gritó.
Llevaban más de una semana zigzagueando entre montañas de arena, dos días sin agua y cuatro de espejismos constantes. Zarid había asegurado que conocía el desierto, pero cada día hablaba menos y Leyre sospechaba que su suerte estaba a juicio de un paraje inhóspito.
La joven se tumbó en la arena, boca arriba, con los brazos extendidos en cruz y los ojos cerrados. Solo quería esperar. Ella llegaría en cualquier momento. La muerte era piadosa con quienes se perdían en aquel laberinto cambiante e inmenso.
¡Leyre! –insistió Zarid, apoyándose en sus rodillas para no desplomarse.
Pero Leyre se había rendido.
Seguiré sin ti si no te levantas –amenazó él, cansado.
Y sus palabras las quemó el aire seco y el sol ardiente. Cayó, como había hecho Leyre, con el corazón golpeándole el pecho con velocidad; quería huir de su cuerpo derrotado.
Levántate –murmuró, antes de cerrar los ojos.
No hubo eco. No hubo lágrimas ni dolor, solo agotamiento. Leyre se olvidó de Zarid y el egipcio se olvidó de la española. Querían escuchar el silencio. Sabían que la muerte acabaría compadeciéndose de aquel letargo, y no tenían miedo. No sentían nada más que su corazón desbocado y su respiración perezosa.
Entonces, cuando los dos estaban preparados para el último aliento, Leyre recordó que no debía abandonarse de aquella forma y abrió los ojos. Parpadeó y se retorció por la luz.
Za... –susurró.
Su boca seca no tenía para palabras. Se incorporó, aturdida por el dolor de cabeza, y se arrastró hasta su amigo. La arena punzaba y sus manos le parecían agujereadas. Zarandeó el cuerpo del joven y lo abofeteó hasta que reaccionó. Zarid abrió los ojos, pero no se movió ni dijo nada.
El sol era un rey tirano.
La chica abrazó a su amigo y le rozó la mejilla con los labios. Le picó su barba, pero aquella cercanía los reconfortó.
No te rindas”, articuló.
Zarid sonrió, pero le pesaban los brazos, las piernas, los párpados.
Leyre lo agitó.
Él era fuerte.
Él no podía dormirse.
Zarid se levantó.
Sigue caminando, Leyre –dijo, arrastrando las palabras–. Ya veo la ciudad.
La joven buscó en el horizonte.
No hay ciudad.
Sí, yo la veo.
Leyre sonrió con amargura.
Podemos inventarla –accedió.
Se acarició la garganta y tragó saliva. Necesitaba mucha saliva y mucha voluntad.
Nuestra ciudad tendrá un bosque frondoso y húmedo –comenzó.
Zarid se rió, aunque resultó un leve gorgoreo, e interrumpió:
Como el de Ecuador.
Sí, como aquel que visitamos en Ecuador.
Y un iglú como el de Laponia –sugirió Zarid, recordando la noche que durmieron en una casa de hielo–. Para que no pasemos calor.
Nada de calor.
¿Y mar? A ti te gusta.
Habrá un mar revoltoso como el de Asturias.
Bien, y muchas palmeras –agregó él.
Muchas, sí. También una sabana de elefantes.
¿Te gustan los elefantes?
Leyre se encogió de hombros.
Tengo una amiga a la que le encantan... y querré invitarla alguna vez –dijo.
Entonces también habrá iguanas.
Habrá iguanas –aceptó la joven.
Y de esa forma, sentados en la arena con las manos juntas y tratando de mantenerse despiertos, los despidió el sol. El gran monarca los abandonaba con incertidumbre; no sabría hasta el día siguiente si aquellos amigos llegaron a alcanzar la ciudad o se quedaron tan cerca, a sus puertas, soñando. 

viernes, 17 de febrero de 2012

El último bocado

Hoy dicen que ha llegado mi hora. Lo sentí en el viento frío de la mañana y en el beso del sol. Había algo distinto en el aire, una especie de dolor susurrante que se arrastraba con las hojas. Todo se acaba y comienza.
Al despertar, escuché al asesino afilar su guadaña. Es atroz amanecer con sus manos preparadas cerca de mi cuello. ¡Qué dolor tan silencioso, que me arranca lo oscuro del alma y me escupe todo lo bello! Puedo ver cómo tiemblan las rosas del jardín y con sus pétalos se abrigan del rocío, y cómo los insectos reanudan su tarea entre los matojos de hierba. ¿Quién me creería si digo que escucho a la abeja recoger el polen de las margaritas? Nadie, seguramente nadie. Pensarán que ya deliro, que las fiebres de la muerte me han alcanzado al abrir los ojos.
Escucho a mi mujer y a mis hijos en la salita que queda junto a mi habitación. Las paredes nunca fueron muy gruesas. Hablan de mí y de mi recuerdo, como si ya estuviera muerto, pero prefiero que sigan llorando fuera y no me roben mis últimos sueños. Todavía no, aún quiero disfrutar unos minutos de mi soledad. Puede que me vigile la muerte, es posible, pero también siento que hay un halo mágico, sutil y efímero. Me ha despertado la poesía de la vida y será mi desayuno, el último. No volveré a probar su bocado.
Es curioso, pero mi cuerpo está dormido. Él ya no me obedece, se cansó de mis exigencias, aunque no me arrepiento de haberle dado tanta cuerda. Ahora, cuando no puedo levantarme del lecho, las cumbres nevadas de las montañas me deslumbran de nuevo. Es una sensación grandiosa, por nada del mundo me arrepiento.
Aunque tengo miedo, eso no lo puedo evitar. Sé que pronto me convertiré en imagen, en palabras, en costumbre, que no volveré a alimentar a mis aves, ni saldré a nadar al río... y todo seguirá igual, la vida nunca se detiene por un difunto. Me iré, como se han ido los anteriores, y seré historia, aunque nunca vaya a aparecer en un manual. ¿Y Rosario y Mateo y Fermín y Carmen? Me echarán de menos. Ojalá no se estanquen donde duele y vivan tan apasionadamente como lo he hecho yo. Sí, ojalá lo logren, porque no es fácil. Si yo pudiera, les enseñaría a escuchar la respiración de los árboles y el latido profundo de la tierra. Ah, pero no es sólo la naturaleza, también es el ser humano y su fabulosa capacidad de imaginar, de experimentar, de desear, de amar. Es todo tan maravilloso, tan inmenso. Pero yo me muero, yo lo estoy sintiendo todo por última vez. También hay desgracias y sufrimiento. Claro que sí, también hay dolor, mucho. Porque yo me voy quizá lo vea todo más hermoso. ¿Pero no lo es? Ojalá no se cansen de buscar.
Que no lloren, por Dios, que no lloren, quiero que me acompañen con sus sonrisas. Rosario ha abierto la puerta, ha debido sentir el frío de la muerte entrar en mi habitación. Qué mujer más bella a sus ochenta y tantos, qué brillo tan bonito el de su mirada. Mateo, Fermín y Carmen tienen miedo, no saben bien qué decir, el llanto asfixia sus gargantas.
Mis labios se han callado, ya no tienen sentido mis palabras. ¿Me dolerá el golpe de la guadaña? Da igual, ahora estoy con ellos, ahora soy fuerte, libre y feliz. ¿Y esa luz? Todo resplandece, todo brilla. Qué bonitas eran las risas de Carmen cuando la hacían reír sus hermanos.