La meta se alcanza hoy, después
de dieciséis días, y además de diecisiete medallas deja tras de sí
el sabor del sueño olímpico. Los Juegos tienen algo mágico,
pues en el esfuerzo, la concentración y las lágrimas de los
deportistas está nuestra propia lucha. Quizá por eso vemos deportes
que nunca antes nos habían llamado la atención, o nos levantamos
del sofá con una extraña inquietud. Ellos han trabajado por lo que
más deseaban, como hacemos cada uno de nosotros en el día a día.
Esa determinación, con sus gritos, sus sonrisas gigantes y sus
lágrimas remueven nuestros propios sueños. ¡Enhorabuena a todos
los campeones!
¿Te atreves a soñar?
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domingo, 21 de agosto de 2016
viernes, 1 de enero de 2016
Feliz 2016
Somos trozos de historias y el misterio está en que nunca las conoceremos todas. Ni siquiera las nuestras. Ahí está la gracia, que la vida son olores, sabores, sensaciones... y se nos escapan.
Qué suerte poder compartirlas, descubrir nuevas y comenzar otras. Que comencéis el año con ganas. ¡Feliz 2016!
domingo, 16 de agosto de 2015
Sueños encendidos
Era
una hilera de sueños, algunos desordenados, otros con forma de
corazón. Los niños, los más listos, habían soplado con los ojos
cerrados. Mientras pensaban qué más pedirle al fuego, sus padres
brindaban con vino. Era un instante, un abrazo, una risa. La noche,
seguramente, debía encontrarse feliz por haber reunido tantos buenos
deseos.
Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón
lunes, 13 de octubre de 2014
Un poco niños
Cuando
eres un niño, tus sueños son tan grandes como capaz seas de
extender los brazos. Pregúntale a un niño que mida lo abstracto, y
te dirá “así”, con los brazos abiertos y esforzándose por
estirarlos aún más. Para ellos todo es posible. Da igual que sea
difícil, ellos creerán que pueden lograrlo.
A
Disney le han echado la culpa de que las niñas sueñen con príncipes
azules y a las Barbies, que quieran tener un cuerpo perfecto. Pero,
¿por qué? Si no es Disney, lo serán las comedias románticas
americanas, o las canciones de amores realizados. Y si no es Barbie,
lo será alguna modelo retocada. Siempre habrá algo para excusar
nuestros sueños y que alimente nuestra insatisfacción. Pero es que Disney y Barbie, y todas esas películas y todas esas canciones, son los sueños de quienes los crearon. Quizá el problema no es de otros, sino nuestro. ¿Por qué no conocernos antes de seguir soñando?
Para
que un deseo no nos destruya, hay que saber que hay “momentos” y
“momentos”, que no siempre te va a hacer caso el chico o la chica
que te gusta, ni las estrellas van a conspirar por ti cuando más lo
necesitas (Paulo Coelho, el Universo a veces se despista). No siempre
lo bueno espanta a lo malo, y la mentira puede corromper amistades.
Las
personas no somos perfectas, pero “somos”, que no es poco. Así
que sepamos cuáles son nuestros puntos fuertes y cuáles nuestros
puntos débiles. Conozcámonos antes de que nos conozca el fracaso. Y
si ya hemos caído, coloquemos esa piedra en un estante y sigamos
andando.
Es
mucho más fácil soñar cuando eres niño, cuando todo te parece
infinito y puro. Pero podemos volver a ser niños que corren
descalzos, sonríen sin miedo y estiran los brazos como si quisieran
llegar al cielo.
Un
adulto sueña distinto, por supuesto que sí, pero tiene la ventaja
de conocer la parte más racional del camino. Ser prácticos no es un
límite, es una oportunidad. Las metas pueden ser gigantes; siempre somos un poco niños.
Imágenes: Alba Soler.
martes, 19 de agosto de 2014
Etérea
El hombre
trató de besarla, pero ella se escabulló con una risa grácil y echó a correr
entre los árboles. La luz de la tarde era fría, casi gris, y las hojas
brillaban por los rastros de lluvia. La joven se abrazó a un tronco y se asomó
con la gracia en los ojos. Su vestido blanco parecían alas vaporosas y ella, un
ángel. Tan frágil, tan delgada, tan etérea. Él admiraba sus pasos y esa
felicidad que la envolvía entera. Y quería sentir lo mismo, quería esa risa
traviesa... La quería a ella. Quería, incluso, la melancolía de sus labios, que
parecían sonreír a la vez que lamentarse.
El sol
destelló al ocultarse y la muchacha tropezó, como si el último rayo la hubiese
debilitado. Pero se deslizó con una carcajada y el hombre no pudo dejar de
asombrarse. Su piel blanca, sus labios, sus ojos grandes... Y sus manos, su
pelo revuelto. Movido por algún resorte, clavó la rodilla en el suelo y le
extendió la mano. Inclinó la cabeza y esperó.
La risa de
ella se extendió por su mano cuando la aceptó y se sintió príncipe de la
doncella. Ella sonreía, coqueta.
“Ya eres
mía”, pensó el hombre, con una satisfacción secreta.
Despacio para
no asustarla, se aproximó a su rostro. Olía a jazmín y a lluvia. Acarició su
mejilla y se lanzó a sus labios...
El príncipe había dejado de serlo. Cayó sobre la
hojarasca, exactamente donde ella había estado unos segundos antes. Se le
enrojeció la cara y sintió el vacío de golpe, como un puño seco. Se maldijo. Había
subestimado a la inspiración.
Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón.
Técnica: Grafito.
sábado, 16 de agosto de 2014
Soñar como cuando éramos niños
Sofía
y Laura se despegaron de sus padres a la carrera. Habían visto el
arroyo donde el agua se bebía dorada y creyeron que esa mañana sus
deseos se cumplirían de verdad. Las dos hermanas se habían
acostumbrado a ignorar las advertencias de sus padres. Laura, la más
pequeña, soltó un gritito al tropezar, pero al recuperar el pasó
comenzó a reírse. Las envolvían los pájaros y el murmullo
monótono de las cigarras, y el sol atravesaba las copas de los
árboles con tanta fuerza que todo el camino parecía luz.
Con
los vaqueros llenos de tierra y la respiración entrecortada, las
niñas alcanzaron la fuente de piedra. En ese punto, tenían un
ritual. Sofía arrancaba alguna hoja grande del suelo y la limpiaba
en su camiseta, luego ocultaba con ella su rostro y murmuraba un
deseo. Laura la imitaba, sin dejar de mirarla de reojo, y las dos
introducían sus hojas en el agua brillante del manantial.
Decían
que el agua era mágica porque en ella incidía especialmente el sol.
Los rayos bailaban y saltaban, salpicando de fantasía la imaginación
de las hermanas.
–Yo
seré una princesa –aplaudió Laura–, y viviré en un castillo
muy grande y muy bonito.
–Pues
yo viajaré por todo el mundo –exclamó la mayor.
Las
dos se rieron y aplaudieron, atentas a cómo sus hojas se unían a la
danza de destellos.
Laura
cerró los ojos y apretó los labios, con la sonrisilla jugueteando
en las comisuras. Y Sofía, imaginándose en los colores de la India,
en las playas de Australia o en la sabana africana, se puso a saltar
con los brazos extendidos. El corazón les palpitaba con un sueño.
domingo, 6 de abril de 2014
Donde todo es dulce
Dos
sonrisas manchadas de chocolatada y una nota sin firmar. “Donde
todo es dulce”, leyó Catalina con emoción. Sacudió la hoja
arrugada y dio vueltas sobre sí misma, creando una nube de volantes
rojos.
–¿Qué
decías de ese joven, Bárbara? Apuesto, agradable, educado...
–canturreó la pequeña sin dejar de moverse.
–Devuélveme
la nota y no digas nada a nadie. Madre no puede enterarse...
–Alto,
rubio...
–Cállate.
Bárbara
se lanzó sobre su hermana y le arrebató las palabras. Las risas se
colaron por la ventana de la cocina y salió María con el delantal
manchado de harina.
–La
señora está descansando, vais a despertarla –las riñó,
palmeando el aire.
Bárbara
le tapó la boca a Catalina y se disculpó mientras la dirigía a la
calle. Allí explotaron de nuevo en compases alegres. El sol de la
tarde doraba el maizal, donde aún trabajaban jornaleros. Catalina
parpadeó con coquetería y saltó a la tierra para esconderse entre
los tallos.
–Y
correréis a lomos de un caballo blanco, y volaréis sobre las
plantaciones y los bosques...
Bárbara
la abrazó para contener sus ensoñaciones.
–No
está bien imaginar tanto. Es solo un buen conocido.
Catalina
soltó una risita para provocarla.
–¿Solo
un buen conocido?
–Sí...
Sí, más o menos. Eso es. Un buen... Es un muchacho divertido.
–¡Estás
enamorada!
–¡Calla!
–gritó la mayor con los ojos espantados–. Madre dice que eso no
está bien. ¿Has leído las novelas de la lista prohibida? Como se
entere María...
–Es
que no he podido contenerme, son tan románticas y tan bonitas. La
última iba sobre...
Bárbara
le tapó los labios.
–No
sabes nada del amor y yo no quiero saber más que lo que madre
cuenta.
–Ella
no habla de caballos ni de palacios. Sus historias son aburridas. Os
escuché el otro día, cuando hablábais en la salita. Madre no
quiere que le veas a él, ¿verdad? –dijo Catalina señalando la
nota arrugada que escondía su hermana en el puño.
–No
es eso...
–Pero
tú iras a verle, ¿no es cierto? Hoy, al atardecer, donde todo es
dulce... ¿No suena romántico? Donde todo es dulce... Lo repetiría
ciento de veces. Me endulza la lengua, como si comiese uno de esos
pastelitos que hace María.
La
joven suspiró con la sonrisa aún manchada y se escondió la hoja en
el corpiño. Cogió la mano de Catalina y echó a correr entre el
maíz maduro.
–Volveré
antes de que oscurezca –dijo–. Solo será un paseo. Le saludaré
y regresaré antes de que madre despierte.
Catalina
se puso de puntillas para limpiar la comisura de los labios de su
hermana y la animó.
–Te
esperaré en la sala de juegos, donde siempre. Estaré atenta junto a
la ventana. Luego quiero que me lo cuentes todo, todo, hasta el último detalle.
Pero Bárbara
nunca regresó.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Tres horas de vida
La gotera había desbordado el
cubo. Hacía dos días que no dejaba de llover y la madera vieja de
la cabaña se había resfriado. En la oscuridad obligada de la
tormenta, Daniel dibujaba junto a la chimenea. Acababa de avivar la
lumbre y los lengüetazos del fuego se proyectaban en el cuaderno de
papel. Sombras que Daniel ignoraba, concentrado en el rostro de la
juventud. Entre otros, le sonreían sus ojos de grafito, tan grandes
sin las arrugas.
El cuco cantó justo cuando
esperaba. Pocos segundos antes Daniel había elevado la mirada hacia
el reloj, porque conocía los pasos de las horas.
Bostezó y retomó el dibujo. En
su hoja trazada escuchaba risas y voces antiguas, voces muy llenas de
polvo. El paisaje apenas esbozado brillaba de color. Allí estaban
todos: Federico, Antonio, José, Fernando. Y Marisa también, con su
voz cantarina. Y la hermana pequeña del pillo, quien para entonces
ya se había marchado a Madrid.
La alfombra se había mojado y el
hogar era cenizas.
Fernando y Marisa se casaron poco
después. Antonio heredó las tierras de su abuelo y las trabajó
junto a su esposa, pero a ella Daniel no la conoció. Y José...
¿José estudió una carrera en la universidad? Quizá eligió
Derecho antes de viajar a Estados Unidos. ¿O había sido
Medicina?
Hacía frío. Daniel miró la
hora; llevaba tres perdido en la cuenta de los años. Había olvidado
al pájaro del reloj y la gotera. La noche había dormido a su cabaña
y el viento se lamentaba cada vez más alto. Daniel se levantó
despacio y miró su obra. Pero los recuerdos se habían callado.
Arrugó el papel y lo arrojó a la chimenea.
Quería vida, no silencio.
martes, 7 de mayo de 2013
Conspiración
Conspiración (2007)
Llevo bastante tiempo sin publicar nada, pero últimamente voy un poco regular de tiempo. Solo quedan quince días para que pueda retomar el ritmo anterior, así que mientras tanto os dejo una ilustración inédita que hice algunos años atrás. La dibujé a grafito, la rotulé y luego la coloreé en el ordenador. Es de los pocos dibujos que he trabajado así, de modo que le tengo un cariño especial.
Espero que nunca dejéis de perseguir vuestros sueños. Más de una vez la vida parecerá conspirar contra ellos, pero la decisión última la tomamos nosotros. Que no os engañe la desesperación.
lunes, 1 de abril de 2013
Caminaría descalza
Si
pudiera, caminaría la vida descalza.
Estoy segura de que sin zapatos
nada sería tan terrible. En la tierra, en la hierba, la arena y el
agua. Descalza y libre. Sin ataduras, sin horas, sin prisas...
Prendida al viento y volando con él. Paseando los atardeceres desde
la orilla y bañándome en la plata del mar cuando el cielo esté
nublado. Durmiendo piel con arena y sol, y despertando allá donde no
hay hombres de traje, ni edificios burocráticos, ni mentiras.
Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón.
viernes, 29 de marzo de 2013
La máquina de sueños
Pía
tenía un día para terminar su máquina de sueños. Había invertido
horas, días, meses y años, pero ya se le acababa el plazo acordado.
A la mañana siguiente tendría que presentarlo en el salón de los
inventos juveniles y cruzar los dedos para que todo fuese bien.
El
resultado de su trabajo era un cráneo de cristal cosido con cables.
Cuando se conectaba a la electricidad, resplandecía y parpadeaba,
vibraba ligeramente y producía un zumbido desconcertante. Nada más.
No proyectaba imágenes, no creaba un cambio electromagnético, no
flotaba en el aire. Simplemente se encendía y se apagaba.
La
idea de presentarse a la exposición se le antojaba cada vez más
ridícula. Pía había pensado que podría construir algo
maravilloso; la nueva lámpara de Aladdín.
Pero, conforme se acercaba el momento, se convencía de que su
creación iba a necesitar un poco más de tiempo.
“¡Una
máquina de sueños, qué idea más disparatada!”, exclamó al
abandonar las pinzas de madera sobre la bandeja esterilizada. “Pero
antes la gente podía soñar. La abuela me contó que cuando era
niña, soñaba y soñaba, cada noche o durante el día, y visitaba
miles de mundos surrealistas y conocía miles de rostros distintos.
Cuanto me gustaría soñar una sola vez...”.
A
Pía le habían hablado bastantes veces de los sueños; de la
fantasía que se cuela en el cuerpo mientras duermes. Le habían
dicho que había sueños en blanco y negro, pero también a color,
que había sueños bonitos y pesadillas. Pero ella nunca había
soñado. Ni siquiera había conocido a una persona con menos de
setenta años que fuera capaz.
–Eso
son tonterías–,
le reprochaba su madre cuando la escuchaba lamentarse–.
Si el gobierno dice que solo
son pájaros molestos en la cabeza, no debes prestarle más atención.
Tampoco deberías presentar tu obra a la exposición. No van a
entenderlo y te considerarán contraria al régimen”.
–¿A
qué régimen? –preguntaba la joven Pía de trece años.
–¡Ay,
niña, mejor juega con muñecas, o al fútbol con el vecino, pero
déjate de tonterías! La próxima vez que vea esa máquina que
construyes, la tiraré.
Pero
su madre nunca cumplía la amenaza, porque quería demasiado a Pía.
Sabía de su inquietud por las ciencias, de su espíritu indómito y
sus ansias de libertad. Cuando la mayoría de los niños se habían
acostumbrado a vivir en una sociedad triste y corrupta, ella era
incapaz de dejar de soñar despierta por todo lo que no podía
hacerlo dormida. Era el precio de la censura.
Hubo
una mañana en que, cuando despertó el mundo, nadie fue capaz de
recordar las sombras y siluetas del subconsciente. Habían dejado de
soñar dormidos. No hubo explicaciones, no hubo debate. Todos tenían
el presentimiento de que algo o alguien les había robado los sueños.
Se extendió el rumor de que el gobierno había empleado sus armas
químicas para intervenir en el mundo interior de cada ciudadano,
pero nadie se atrevió a confirmarlo. Luego vino el miedo y el
silencio. Se acabó la libertad de expresión, se censuraron las
miradas de esperanza. La sociedad se ensució de gris y nadie tuvo el
valor de limpiarla... Salvo Pía.
Pía
se había propuesto descubrir esa realidad fantástica de la que su
abuela le hablaba antes de ir a la cama. Escaleras interminables,
carreras que no avanzan, monstruos oscuros, luciérnagas, cuerpos sin
gravedad, magia... Ella quería todo eso. Podía pensarlo, por
supuesto, pero estimaba que no tenía el mismo valor que si fueran
los mismos sueños quienes la sorprendían por la noche. Pía quería
un poco de desorden. Estaba cansada de los formalismos, las sonrisas
falsas y las miradas vacías.
Repasó
atentamente cada uno de los cables antes de sellar la caja en la que
lo transportaría. Sabía que su madre le prohibiría presentar algo
así; lo consideraría demasiado revolucionario. Besó el aparato y
le deseó buena suerte. Estaba impaciente por ponerlo en
funcionamiento. Seguramente aún le faltaba un par de días más,
pero recordaba de su abuela un refrán que ya nadie decía: “Quien
no arriesga, no gana”. Y ella quería volver a soñar.
jueves, 14 de marzo de 2013
Los caminos de Nina
24 años:
Apretó
la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina
sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las
lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella
despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba,
a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que
sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases
de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El
conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas
básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el
asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los
pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la
asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de
vuelta.
“Volveré
como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os
preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré
haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas,
otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos
todas mis aventuras”.
Nina
estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última
vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de
echar a volar.
34 años:
Nadie
había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había
abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada.
Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el
parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno
sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las
páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para
hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría
el niño y no pudo continuar.
Todavía
tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio,
de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo
con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable
y ahorrarlo todo para el bebé.
No
serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina
se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia,
pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de
sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de
días.
El
mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras
circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No
le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició
la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el
futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy
tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego
arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un
hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de
grafito.
Ninguno
de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.
84 años:
Había
esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un
golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los
impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera
desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a
contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se
sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los
atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó
el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello
gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El
Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina
se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los
brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la
menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación
y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si
me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me
advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo!
–protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un
Premio Cervantes.
La
joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su
abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo
que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre
que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía
abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No
te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay
ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina
desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja
salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se
contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una
carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño.
viernes, 11 de enero de 2013
Beatles de la calle
No
sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior.
Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y
conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo,
de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los
Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes
eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O
porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía
claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no
habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima
consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a
una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca,
ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de
tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de
aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había
visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de
música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con
tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una
generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la
voz.
Y
se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas,
agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los
artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente,
fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila,
ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima
no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces,
la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
–Me
encantan –susurró.
–¿Son
los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella.
Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme
retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
–No
te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el
tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana
se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones
que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca,
sorprendida, y exclamó:
–¡Son
canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los
bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy
a ver si puedo dejarles algo...
Entonces,
a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su
falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y
un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de
pañuelos.
–Vaya,
qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–.
Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y
sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un
bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas,
le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en
su mano.
–¿Qué
les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su
hombro.
–Que
me gustan.
Las
letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje.
Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír.
Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados,
reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no
podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las
palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la
música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.
sábado, 6 de octubre de 2012
El atrapasueños
Grafito y carboncillo (2012)
Quien cree en la magia, la encuentra siempre. Yo he recuperado una sensación preciosa al retomar la pintura. Nunca la dejé, en realidad, pero mientras estudio encuentro poco tiempo. Por eso, haberme detenido unos días en los trazos de este rostro, me han devuelto una alegría especial. Cuando te vuelcas en tu pasión, no importa qué esté pasando a tu alrededor, porque estás siendo feliz. Y lo importante es eso, ¿no? ¿No es lo que buscamos todos? La felicidad se compone de detalles, de instantes, de una mirada, de una sonrisa, de un gesto... Y lo más bonito es que esos momentos te sorprenden cuando menos te lo esperas.
Os guste más o menos Mago de Oz, no dejéis de ser atrapasueños de vuestras propias ilusiones y luchad por hacerlas realidad.
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