¿Te atreves a soñar?
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domingo, 21 de agosto de 2016

La lucha de los Juegos

La meta se alcanza hoy, después de dieciséis días, y además de diecisiete medallas deja tras de sí el sabor del sueño olímpico. Los Juegos tienen algo mágico, pues en el esfuerzo, la concentración y las lágrimas de los deportistas está nuestra propia lucha. Quizá por eso vemos deportes que nunca antes nos habían llamado la atención, o nos levantamos del sofá con una extraña inquietud. Ellos han trabajado por lo que más deseaban, como hacemos cada uno de nosotros en el día a día. Esa determinación, con sus gritos, sus sonrisas gigantes y sus lágrimas remueven nuestros propios sueños. ¡Enhorabuena a todos los campeones!

viernes, 1 de enero de 2016

Feliz 2016

Somos trozos de historias y el misterio está en que nunca las conoceremos todas. Ni siquiera las nuestras. Ahí está la gracia, que la vida son olores, sabores, sensaciones... y se nos escapan.

Qué suerte poder compartirlas, descubrir nuevas y comenzar otras. Que comencéis el año con ganas. ¡Feliz 2016!



domingo, 16 de agosto de 2015

Sueños encendidos


Era una hilera de sueños, algunos desordenados, otros con forma de corazón. Los niños, los más listos, habían soplado con los ojos cerrados. Mientras pensaban qué más pedirle al fuego, sus padres brindaban con vino. Era un instante, un abrazo, una risa. La noche, seguramente, debía encontrarse feliz por haber reunido tantos buenos deseos.






Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón

lunes, 13 de octubre de 2014

Un poco niños

Cuando eres un niño, tus sueños son tan grandes como capaz seas de extender los brazos. Pregúntale a un niño que mida lo abstracto, y te dirá “así”, con los brazos abiertos y esforzándose por estirarlos aún más. Para ellos todo es posible. Da igual que sea difícil, ellos creerán que pueden lograrlo. 


A Disney le han echado la culpa de que las niñas sueñen con príncipes azules y a las Barbies, que quieran tener un cuerpo perfecto. Pero, ¿por qué? Si no es Disney, lo serán las comedias románticas americanas, o las canciones de amores realizados. Y si no es Barbie, lo será alguna modelo retocada. Siempre habrá algo para excusar nuestros sueños y que alimente nuestra insatisfacción. Pero es que Disney y Barbie, y todas esas películas y todas esas canciones, son los sueños de quienes los crearon. Quizá el problema no es de otros, sino nuestro. ¿Por qué no conocernos antes de seguir soñando?

Para que un deseo no nos destruya, hay que saber que hay “momentos” y “momentos”, que no siempre te va a hacer caso el chico o la chica que te gusta, ni las estrellas van a conspirar por ti cuando más lo necesitas (Paulo Coelho, el Universo a veces se despista). No siempre lo bueno espanta a lo malo, y la mentira puede corromper amistades.

Las personas no somos perfectas, pero “somos”, que no es poco. Así que sepamos cuáles son nuestros puntos fuertes y cuáles nuestros puntos débiles. Conozcámonos antes de que nos conozca el fracaso. Y si ya hemos caído, coloquemos esa piedra en un estante y sigamos andando.

Es mucho más fácil soñar cuando eres niño, cuando todo te parece infinito y puro. Pero podemos volver a ser niños que corren descalzos, sonríen sin miedo y estiran los brazos como si quisieran llegar al cielo.

Un adulto sueña distinto, por supuesto que sí, pero tiene la ventaja de conocer la parte más racional del camino. Ser prácticos no es un límite, es una oportunidad. Las metas pueden ser gigantes; siempre somos un poco niños.

Imágenes: Alba Soler.


martes, 19 de agosto de 2014

Etérea


El hombre trató de besarla, pero ella se escabulló con una risa grácil y echó a correr entre los árboles. La luz de la tarde era fría, casi gris, y las hojas brillaban por los rastros de lluvia. La joven se abrazó a un tronco y se asomó con la gracia en los ojos. Su vestido blanco parecían alas vaporosas y ella, un ángel. Tan frágil, tan delgada, tan etérea. Él admiraba sus pasos y esa felicidad que la envolvía entera. Y quería sentir lo mismo, quería esa risa traviesa... La quería a ella. Quería, incluso, la melancolía de sus labios, que parecían sonreír a la vez que lamentarse.
El sol destelló al ocultarse y la muchacha tropezó, como si el último rayo la hubiese debilitado. Pero se deslizó con una carcajada y el hombre no pudo dejar de asombrarse. Su piel blanca, sus labios, sus ojos grandes... Y sus manos, su pelo revuelto. Movido por algún resorte, clavó la rodilla en el suelo y le extendió la mano. Inclinó la cabeza y esperó.
La risa de ella se extendió por su mano cuando la aceptó y se sintió príncipe de la doncella. Ella sonreía, coqueta.
“Ya eres mía”, pensó el hombre, con una satisfacción secreta.
Despacio para no asustarla, se aproximó a su rostro. Olía a jazmín y a lluvia. Acarició su mejilla y se lanzó a sus labios...
El príncipe había dejado de serlo. Cayó sobre la hojarasca, exactamente donde ella había estado unos segundos antes. Se le enrojeció la cara y sintió el vacío de golpe, como un puño seco. Se maldijo. Había subestimado a la inspiración.



Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón.
Técnica: Grafito.


sábado, 16 de agosto de 2014

Soñar como cuando éramos niños

Sofía y Laura se despegaron de sus padres a la carrera. Habían visto el arroyo donde el agua se bebía dorada y creyeron que esa mañana sus deseos se cumplirían de verdad. Las dos hermanas se habían acostumbrado a ignorar las advertencias de sus padres. Laura, la más pequeña, soltó un gritito al tropezar, pero al recuperar el pasó comenzó a reírse. Las envolvían los pájaros y el murmullo monótono de las cigarras, y el sol atravesaba las copas de los árboles con tanta fuerza que todo el camino parecía luz.

Con los vaqueros llenos de tierra y la respiración entrecortada, las niñas alcanzaron la fuente de piedra. En ese punto, tenían un ritual. Sofía arrancaba alguna hoja grande del suelo y la limpiaba en su camiseta, luego ocultaba con ella su rostro y murmuraba un deseo. Laura la imitaba, sin dejar de mirarla de reojo, y las dos introducían sus hojas en el agua brillante del manantial.

Decían que el agua era mágica porque en ella incidía especialmente el sol. Los rayos bailaban y saltaban, salpicando de fantasía la imaginación de las hermanas.

–Yo seré una princesa –aplaudió Laura–, y viviré en un castillo muy grande y muy bonito.

–Pues yo viajaré por todo el mundo –exclamó la mayor.

Las dos se rieron y aplaudieron, atentas a cómo sus hojas se unían a la danza de destellos.

Laura cerró los ojos y apretó los labios, con la sonrisilla jugueteando en las comisuras. Y Sofía, imaginándose en los colores de la India, en las playas de Australia o en la sabana africana, se puso a saltar con los brazos extendidos. El corazón les palpitaba con un sueño.

domingo, 6 de abril de 2014

Donde todo es dulce

Dos sonrisas manchadas de chocolatada y una nota sin firmar. “Donde todo es dulce”, leyó Catalina con emoción. Sacudió la hoja arrugada y dio vueltas sobre sí misma, creando una nube de volantes rojos.
–¿Qué decías de ese joven, Bárbara? Apuesto, agradable, educado... –canturreó la pequeña sin dejar de moverse.
–Devuélveme la nota y no digas nada a nadie. Madre no puede enterarse...
–Alto, rubio...
–Cállate.
Bárbara se lanzó sobre su hermana y le arrebató las palabras. Las risas se colaron por la ventana de la cocina y salió María con el delantal manchado de harina.
–La señora está descansando, vais a despertarla –las riñó, palmeando el aire.
Bárbara le tapó la boca a Catalina y se disculpó mientras la dirigía a la calle. Allí explotaron de nuevo en compases alegres. El sol de la tarde doraba el maizal, donde aún trabajaban jornaleros. Catalina parpadeó con coquetería y saltó a la tierra para esconderse entre los tallos.
–Y correréis a lomos de un caballo blanco, y volaréis sobre las plantaciones y los bosques...
Bárbara la abrazó para contener sus ensoñaciones.
–No está bien imaginar tanto. Es solo un buen conocido.
Catalina soltó una risita para provocarla.
–¿Solo un buen conocido?
–Sí... Sí, más o menos. Eso es. Un buen... Es un muchacho divertido.
–¡Estás enamorada!
–¡Calla! –gritó la mayor con los ojos espantados–. Madre dice que eso no está bien. ¿Has leído las novelas de la lista prohibida? Como se entere María...
–Es que no he podido contenerme, son tan románticas y tan bonitas. La última iba sobre...
Bárbara le tapó los labios.
–No sabes nada del amor y yo no quiero saber más que lo que madre cuenta.
–Ella no habla de caballos ni de palacios. Sus historias son aburridas. Os escuché el otro día, cuando hablábais en la salita. Madre no quiere que le veas a él, ¿verdad? –dijo Catalina señalando la nota arrugada que escondía su hermana en el puño.
–No es eso...
–Pero tú iras a verle, ¿no es cierto? Hoy, al atardecer, donde todo es dulce... ¿No suena romántico? Donde todo es dulce... Lo repetiría ciento de veces. Me endulza la lengua, como si comiese uno de esos pastelitos que hace María.
La joven suspiró con la sonrisa aún manchada y se escondió la hoja en el corpiño. Cogió la mano de Catalina y echó a correr entre el maíz maduro.
–Volveré antes de que oscurezca –dijo–. Solo será un paseo. Le saludaré y regresaré antes de que madre despierte.
Catalina se puso de puntillas para limpiar la comisura de los labios de su hermana y la animó.
–Te esperaré en la sala de juegos, donde siempre. Estaré atenta junto a la ventana. Luego quiero que me lo cuentes todo, todo, hasta el último detalle.

Pero Bárbara nunca regresó.



lunes, 9 de diciembre de 2013

Tres horas de vida


La gotera había desbordado el cubo. Hacía dos días que no dejaba de llover y la madera vieja de la cabaña se había resfriado. En la oscuridad obligada de la tormenta, Daniel dibujaba junto a la chimenea. Acababa de avivar la lumbre y los lengüetazos del fuego se proyectaban en el cuaderno de papel. Sombras que Daniel ignoraba, concentrado en el rostro de la juventud. Entre otros, le sonreían sus ojos de grafito, tan grandes sin las arrugas.

El cuco cantó justo cuando esperaba. Pocos segundos antes Daniel había elevado la mirada hacia el reloj, porque conocía los pasos de las horas.

Bostezó y retomó el dibujo. En su hoja trazada escuchaba risas y voces antiguas, voces muy llenas de polvo. El paisaje apenas esbozado brillaba de color. Allí estaban todos: Federico, Antonio, José, Fernando. Y Marisa también, con su voz cantarina. Y la hermana pequeña del pillo, quien para entonces ya se había marchado a Madrid.

La alfombra se había mojado y el hogar era cenizas.

Fernando y Marisa se casaron poco después. Antonio heredó las tierras de su abuelo y las trabajó junto a su esposa, pero a ella Daniel no la conoció. Y José... ¿José estudió una carrera en la universidad? Quizá eligió Derecho antes de viajar a Estados Unidos. ¿O había sido Medicina?

Hacía frío. Daniel miró la hora; llevaba tres perdido en la cuenta de los años. Había olvidado al pájaro del reloj y la gotera. La noche había dormido a su cabaña y el viento se lamentaba cada vez más alto. Daniel se levantó despacio y miró su obra. Pero los recuerdos se habían callado. Arrugó el papel y lo arrojó a la chimenea.

Quería vida, no silencio.

martes, 7 de mayo de 2013

Conspiración


Conspiración (2007)

Llevo bastante tiempo sin publicar nada, pero últimamente voy un poco regular de tiempo. Solo quedan quince días para que pueda retomar el ritmo anterior, así que mientras tanto os dejo una ilustración inédita que hice algunos años atrás. La dibujé a grafito, la rotulé y luego la coloreé en el ordenador. Es de los pocos dibujos que he trabajado así, de modo que le tengo un cariño especial.

Espero que nunca dejéis de perseguir vuestros sueños. Más de una vez la vida parecerá conspirar contra ellos, pero la decisión última la tomamos nosotros. Que no os engañe la desesperación.


lunes, 1 de abril de 2013

Caminaría descalza


Si pudiera, caminaría la vida descalza. 
Estoy segura de que sin zapatos nada sería tan terrible. En la tierra, en la hierba, la arena y el agua. Descalza y libre. Sin ataduras, sin horas, sin prisas... Prendida al viento y volando con él. Paseando los atardeceres desde la orilla y bañándome en la plata del mar cuando el cielo esté nublado. Durmiendo piel con arena y sol, y despertando allá donde no hay hombres de traje, ni edificios burocráticos, ni mentiras.


Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón.

viernes, 29 de marzo de 2013

La máquina de sueños


Pía tenía un día para terminar su máquina de sueños. Había invertido horas, días, meses y años, pero ya se le acababa el plazo acordado. A la mañana siguiente tendría que presentarlo en el salón de los inventos juveniles y cruzar los dedos para que todo fuese bien.
El resultado de su trabajo era un cráneo de cristal cosido con cables. Cuando se conectaba a la electricidad, resplandecía y parpadeaba, vibraba ligeramente y producía un zumbido desconcertante. Nada más. No proyectaba imágenes, no creaba un cambio electromagnético, no flotaba en el aire. Simplemente se encendía y se apagaba.
La idea de presentarse a la exposición se le antojaba cada vez más ridícula. Pía había pensado que podría construir algo maravilloso; la nueva lámpara de Aladdín. Pero, conforme se acercaba el momento, se convencía de que su creación iba a necesitar un poco más de tiempo.
“¡Una máquina de sueños, qué idea más disparatada!”, exclamó al abandonar las pinzas de madera sobre la bandeja esterilizada. “Pero antes la gente podía soñar. La abuela me contó que cuando era niña, soñaba y soñaba, cada noche o durante el día, y visitaba miles de mundos surrealistas y conocía miles de rostros distintos. Cuanto me gustaría soñar una sola vez...”.
A Pía le habían hablado bastantes veces de los sueños; de la fantasía que se cuela en el cuerpo mientras duermes. Le habían dicho que había sueños en blanco y negro, pero también a color, que había sueños bonitos y pesadillas. Pero ella nunca había soñado. Ni siquiera había conocido a una persona con menos de setenta años que fuera capaz.
–Eso son tonterías–, le reprochaba su madre cuando la escuchaba lamentarse–. Si el gobierno dice que solo son pájaros molestos en la cabeza, no debes prestarle más atención. Tampoco deberías presentar tu obra a la exposición. No van a entenderlo y te considerarán contraria al régimen”.
–¿A qué régimen? –preguntaba la joven Pía de trece años.
–¡Ay, niña, mejor juega con muñecas, o al fútbol con el vecino, pero déjate de tonterías! La próxima vez que vea esa máquina que construyes, la tiraré.
Pero su madre nunca cumplía la amenaza, porque quería demasiado a Pía. Sabía de su inquietud por las ciencias, de su espíritu indómito y sus ansias de libertad. Cuando la mayoría de los niños se habían acostumbrado a vivir en una sociedad triste y corrupta, ella era incapaz de dejar de soñar despierta por todo lo que no podía hacerlo dormida. Era el precio de la censura.
Hubo una mañana en que, cuando despertó el mundo, nadie fue capaz de recordar las sombras y siluetas del subconsciente. Habían dejado de soñar dormidos. No hubo explicaciones, no hubo debate. Todos tenían el presentimiento de que algo o alguien les había robado los sueños. Se extendió el rumor de que el gobierno había empleado sus armas químicas para intervenir en el mundo interior de cada ciudadano, pero nadie se atrevió a confirmarlo. Luego vino el miedo y el silencio. Se acabó la libertad de expresión, se censuraron las miradas de esperanza. La sociedad se ensució de gris y nadie tuvo el valor de limpiarla... Salvo Pía.
Pía se había propuesto descubrir esa realidad fantástica de la que su abuela le hablaba antes de ir a la cama. Escaleras interminables, carreras que no avanzan, monstruos oscuros, luciérnagas, cuerpos sin gravedad, magia... Ella quería todo eso. Podía pensarlo, por supuesto, pero estimaba que no tenía el mismo valor que si fueran los mismos sueños quienes la sorprendían por la noche. Pía quería un poco de desorden. Estaba cansada de los formalismos, las sonrisas falsas y las miradas vacías.
Repasó atentamente cada uno de los cables antes de sellar la caja en la que lo transportaría. Sabía que su madre le prohibiría presentar algo así; lo consideraría demasiado revolucionario. Besó el aparato y le deseó buena suerte. Estaba impaciente por ponerlo en funcionamiento. Seguramente aún le faltaba un par de días más, pero recordaba de su abuela un refrán que ya nadie decía: “Quien no arriesga, no gana”. Y ella quería volver a soñar.

jueves, 14 de marzo de 2013

Los caminos de Nina


24 años:

Apretó la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba, a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de vuelta.
“Volveré como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas, otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos todas mis aventuras”.
Nina estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de echar a volar.


34 años:

Nadie había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada. Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría el niño y no pudo continuar.
Todavía tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio, de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable y ahorrarlo todo para el bebé.
No serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia, pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de días.
El mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de grafito.
Ninguno de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.


84 años:

Había esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo! –protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un Premio Cervantes.
La joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño. 

viernes, 11 de enero de 2013

Beatles de la calle


No sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior. Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo, de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la voz.
Y se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas, agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente, fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila, ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces, la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
Me encantan –susurró.
¿Son los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella. Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
No te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca, sorprendida, y exclamó:
¡Son canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy a ver si puedo dejarles algo...
Entonces, a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de pañuelos.
Vaya, qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–. Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas, le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en su mano.
¿Qué les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su hombro.
Que me gustan.
Las letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje. Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír. Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados, reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.

sábado, 6 de octubre de 2012

El atrapasueños


Grafito y carboncillo (2012)

Quien cree en la magia, la encuentra siempre. Yo he recuperado una sensación preciosa al retomar la pintura. Nunca la dejé, en realidad, pero mientras estudio encuentro poco tiempo. Por eso, haberme detenido unos días  en los trazos de este rostro, me han devuelto una alegría especial. Cuando te vuelcas en tu pasión, no importa qué esté pasando a tu alrededor, porque estás siendo feliz. Y lo importante es eso, ¿no? ¿No es lo que buscamos todos? La felicidad se compone de detalles, de instantes, de una mirada, de una sonrisa, de un gesto... Y lo más bonito es que esos momentos te sorprenden cuando menos te lo esperas. 

Os guste más o menos Mago de Oz, no dejéis de ser atrapasueños de vuestras propias ilusiones y luchad por hacerlas realidad.