¿Te atreves a soñar?
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lunes, 2 de abril de 2018

Sin apagar la luz


El vacío era abrumador. Entré sobrecogido en la habitación, pero ni siquiera quedaba la lamparita bajo la que leía a los grandes, porque “yo no leo cualquier cosa, a mí no me des un libro de esos que tiene todo el mundo”. Mira que era cabezota. “¿Acaso Jane Eyre no lo fue?”. Sacudía la mano para quitarle importancia. Tenía la costumbre de vivir leyendo: ordenaba el cuarto leyendo, cocinaba leyendo, paseaba leyendo; y eso fue lo que me atrapó.

Poco después de casarnos me di cuenta de que o aprendía su lenguaje, o estábamos condenados a un matrimonio infeliz. Vamos, era de cajón, porque ella solo hablaba de literatura y yo solo lo hacía del tiempo, o de lo caro que se había puesto el café, o de lo lento que crecían los limones… O, yo qué sé, de la pobre señora que había perdido al marido y al hijo. Pero a ella esas cosas no le interesaban para una conversación. No es que lo hubiera dicho, es que exhibía esa media sonrisa complaciente que me hacía sentir vulgar.

“¿Lo tienes todo?”, mi hijo me puso la mano en la espalda. Lo cierto es que ya no tenía nada. En aquel dormitorio no quedaban ecos. Caminé con pequeños pasos hasta la cocina y agarré la chaqueta negra. La gorra a la cabeza, el pañuelo en el bolsillo. “¿Nos dará tiempo a atravesar la frontera?”, preguntó mi otro hijo, el de los hoyuelos de su madre. Nos marchamos sin cerrar las persianas, sin apagar la luz del salón.  Atrás quedaban los libros, todos sus libros; quizá con ellos, que no eran cualquier cosa, tendrían más compasión.


También publicado en el Correo de Andalucía

jueves, 11 de enero de 2018

Tenía

Tenía dos ojos y una nariz, una boca redondeada y una melena leónida, como decía su abuela. Tenía más de cien canicas, aunque nadie le había enseñado a usarlas, y un cojín al que se abrazaba todas las noches. Tenía también unos padres cariñosos y cuatro hermanos traviesos. Y pese a todo lo que tenía, sentía que le faltaban muchas cosas, las repasaba de carrerilla: un monopatín, un vestido rojo de fiesta, un maletín lleno de billetes, un castillo y una escalera a la luna.

—Tienes cosas más importantes —le decía su mejor amigo.

Él no tenía hermanos, ni una melena leónida, ni salud. Pero la tenía a ella y sus ojos, su boca, su pelo. Tenía un corazón que se volvía loco cuando sonreía y eso era como tenerlo todo por unos instantes, como tener el mundo entero, la galaxia, la luz.

martes, 4 de octubre de 2016

Tan disfrutón

Me gusta que te quedes mirando a un punto fijo, embobado, y que luego me mires sonriente como si no hubiera pasado nada. Pero sí ha pasado. Ha pasado todo: la sonrisa de una niña, una conversación triste, una bicicleta acelerada. 

Me gustan tus atardeceres, cuando me coges fuerte de la mano y exclamas que mire el cielo, aunque ya lo estoy mirando. Mira las nubes, tan rosas, tan rosas que subrayan el horizonte. 

El sol, apenas un punto ardiente que se precipita sobre las montañas. El contraste; la silueta de los árboles, que todavía tienen hojas, y los pájaros que se cuelgan de rama en rama.

Me gusta que te guste lo sencillo, que seas tan disfrutón con un paseo, o con una película en el sofá. Me gustas; como nuestros dedos entrelazados. Me gustas, escúchame de nuevo, o léeme, no importa, imagina mi voz en las palabras. Me-en-can-tas.

martes, 13 de septiembre de 2016

La culpa


Te vas.
Laura notó que el corazón le palpitaba diferente. Reunió la fuerza necesaria para mirarle a los ojos. Aquellas pupilas oscuras y enormes eran tan locuaces que se sintió desnuda. Un puño le impidió bajar la barbilla.
Por favor, por favor.
Nunca supliques —replicó él.
Abrió la mano y la detuvo en su cuello. Aquel movimiento la estremeció. Laura la apartó de su piel para besarla con insistencia, ya perdida en lágrimas, hasta que él y su mirada temblorosa se dieron la vuelta.
No llores.
Pero la orden se quebró con sus pasos. Alcanzó el bote y la escuchó correr por el embarcadero. Se precipitó en la nuez que le alejaría para siempre. No quería decirle lo que en verdad ya habían gritado sus ojos.
¡Por favor!
Sus lamentos terminaron tan huecos que le penetraron el alma. No querría volver a tierra. Jamás podría enfrentarse a la culpa de haberla abandonado sin confesarle que la amaba.


lunes, 8 de agosto de 2016

El verdadero Apolo de Dafne


Se resistía a venderla, tan hermosa que era. Rodeó la mesa de herramientas y ocupó un improvisado asiento de mármol. Desde allí podría contemplarla sin que le viera. Había noches en que le despertaba su grito de ayuda y se apresuraba en socorrerla, pero nunca llegaba a tiempo. No podía dejarla marchar, por mucho que estuviese prometida a otro. Scipiano tendría que esperar. Quizá podía ofrecerle otra muchacha. Había algunas hermosísimas, tan puras como Dafne. Pero ella era sagrada, pensaba Gian Lorenzo mientras la observaba en la oscuridad. Dafne era perfecta. Ni siquiera la merecía un dios. Con ella no había horas. El tiempo corría, más veloz que nunca, y cuando alguien le sacaba del ensimismamiento, ya era la hora de comer, o de dormir incluso.

—¿Se encuentra bien, maestro?

Gian Lorenzo levantó la mirada, sobresaltado. François le miraba desde la puerta del taller. Se recompuso de inmediato.

—Esperadme unos minutos. En seguida estoy con vosotros.

—¿Puedo ver su obra, señor?

Bernini asintió con una sonrisa espontánea.

—No tenga miedo, François —dijo, tomando su muñeca para colocarle la mano sobre la piel de la ninfa—. Está a punto de convertirse en árbol.

Pero François no fue capaz de responder. Sus dedos temblaron al recorrer aquella piel suave y blanca. Quería abrazar a la joven y prometerle que estaría a salvo. Discretamente se llevó la mano al pecho. ¿Podría haber sido capaz Eros de clavarle una de sus flechas de oro? El maestro le agarró del hombro para separarle de Dafne y entonces lo entendió; él era el verdadero Apolo.



Apolo y Dafne, G. L. Bernini

lunes, 25 de abril de 2016

Los valientes que se perdieron en el espacio

¿Cómo cuento mi historia sin que suene dramática? Una vez fui hombre... No, quizá más bien fui padre. El día en que mi esposa me lo dijo, pensé que moriría de felicidad. Ojalá me hubiera fulminado un rayo en aquel instante. De esa forma, ninguna de las dos habría sufrido lo que vino después.

En el cielo ocurre una cosa muy curiosa y es que se está bien o se está mal, sin grises. A veces todo es hermoso: la Tierra envuelta en nubes como si fuera un caramelo, el brillo incesante de las estrellas, la sospecha de que en algún momento se cruzará el principito camino de otro planeta... Otras veces, en cambio, me reprocho estar aquí, sintiéndome Dios, y no abajo, en esa pelota diminuta donde están ellas.

Me trajo la ambición y mi sueño infantil de conquistar una estrella. Pero, ¿para qué la quiero ahora? Hoy se cumplen diez años terrestres de mi ausencia. Al despertar, quise morir. Me asomé al ventanuco de la nave, el que me pertenece por ser espejo de todas mis lágrimas, e imaginé a mi niña abrazada a su madre. Quizá más que un funeral sea una celebración, no lo sé, aunque me consuela pensar que al menos hoy me dedican unas lágrimas. No las merezco, pero las necesito. Aquí agonizo como si fuese el purgatorio.

Le he pedido al comandante permiso para morir, pero no quiere. Aún insiste en que saldremos de esta. Pobre iluso, que cree que podrá besar de nuevo a su dulce Amelia. La tiene colgada junto a su saco y le da los buenos días y las buenas noches. Ninguno de la tripulación se burla, porque todos hemos desarrollado un vicio. El mío, la ventana. El de Xun, llevarse a la boca el chupete de su hijo.

Nos inventamos las horas, porque aquí no existen. Decimos "ya falta poco para la una, vamos a preparar el almuerzo", o "son las ocho, están jugando los Lakers". A mí me dan igual los Lakers, pero aplaudo para animar a Mike, que no tarda en enroscarse al cuello una bufanda del equipo.

Aunque el comandante no nos deje morir, lo haremos algún día. Probablemente alguno enloquezca y mate al resto. Si no, se nos terminarán los víveres y empezaremos a comernos. Mientras tanto, seguiré imaginando las vidas de mis dos amores:

—Mami, ¿dónde está papá?
—Tu padre está en el cielo, tratando de alcanzarte una estrella.

Por ella, por esa niña que no sé ni cómo se llama, soy padre y no hombre.

Se ha detenido el reloj, el único que vivía todavía. Con él, nos hemos parado todos. A Mike le entró la risa floja y desde entonces nadie ha podido consolarle. Ahora el comandante solo le dice "hola" a Amelia, y yo pienso que en la Tierra me lloran todos los días, porque no habrá nuevos aniversarios.

María, Patricia, Marina, Azucena, Eustaquia, Alamanda... Unos días, mi niña se llama Laura y otros, Davina. Y así, según el nombre, me la imagino. Si es Ana, tiene el pelo rubio y los ojos castaños. Si es Gertrudis, tiene una nariz aguileña y trenzas muy negras y estiradas. Paula será soñadora y a Otilia le gustarán las artes marciales.

Se nos han acabado las pastillas para dormir. La última la hemos partido en pedacitos minúsculos, de modo que todos compartimos el insomnio. Ya no sé si estoy abajo o arriba, o arriba o abajo, o abajo o arriba, o... Qué gracioso, me acabo de fijar en que a Xun le bailan los músculos como si fueran gelatina. Está agarrado a una barra para no dar vueltas.

Tenemos cerca la luna. De broma, le he dicho al comandante que vayamos a pisarla para hacer historia, pero me ha pedido que regrese a mi ventana y no vuelva a hablar. Últimamente está irascible, supongo que es porque Mike cayó accidentalmente sobre Amelia y la arrugó. Así que he aplastado mi nariz contra el cristal, en el punto exacto en el que la dejo siempre, y me he esforzado en localizar a mi esposa y su hija. He pensado que en la Tierra nos habrán enterrado, de modo que quizá ya seamos verdaderamente historia.

Nos recordarán como "los valientes que se perdieron en el espacio"... No sé si suena más heroico o más ridículo. Con suerte, algún día inspiraremos una película. Entonces mi niña se sentará en la butaca del cine y dirá:

—Mamá, ¿por qué me mentiste? Papá no fue a buscarme una estrella. Se marchó porque quería ser famoso.

Y tal vez tenga razón. Mi querida Belén. O Amelia. Había alguien que se llamaba Amelia.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Tus ojos se ríen

Tienes los ojos muy bonitos. Imagino que te lo habrán dicho. A veces parecen dormidos, hasta que se les cruza la risa. Entonces son como un haz de luz rompiendo el agua: tan fuerte, tal misterio.

En ese instante pienso que no podrá vencerles la muerte. Pero si no hubiese muerte, tampoco estarían tus ojos. Y yo quiero esos ojos que ríen, que sueñan, que bailan, que envuelven.

lunes, 1 de febrero de 2016

Una tostada de nieve


Fue delante de una tostada de nata espesa donde descubrí que no quería despedirme de ti. Mientras la mujer esparcía la nieve dulce sobre el cuadrado de pan de molde y tú hablabas de palabras mal escritas, tuve tiempo de contar con los dedos. Solamente tres… y te irías. Vi cómo caían las gotas de la mermelada de melocotón y me parecieron tristes. Seguías moviendo los labios, así que estuve tentada de sacar la grabadora y pedirte que me contaras un cuento para cuando te fueras. Bebiste un sorbo de café y sonreíste. La marcha te sentaba muy bien, desde luego. Desde que marcaste un final, todo parecía más grande: los sueños, el futuro, nuestros desayunos. Tragué un trozo de aquella montaña y entonces preguntaste si todo iba bien. Te mentí; respondí que me costaba tragarlo.

lunes, 4 de enero de 2016

Lágrimas de sangre


Le resbalaban lágrimas de sangre por las mejillas, pero el policía estaba de espaldas y no las veía.
—Jefe, el juez ha levantado el cuerpo. Antonio y Sergio se encargan de lo demás. Podemos irnos —informó Gabriel desde la ventana del furgón
Pedro se amasó la barba y, sin decir nada, subió al vehículo. Aunque su compañero encendió la radio y comenzó a hablar de fútbol, era incapaz de abandonar el caso. No lograba entender por qué aquel mendigo había matado a la joven. Después de todo, aquel pobre loco nunca había sido violento. Más bien al contrario. Recordaba haberlo visto todos los días en la misma esquina de la plaza, comiendo lo que le daban, lanzando migas de pan a las palomas, tocando una vieja flauta. Alguna vez incluso le había dado dinero. Era un artista; la música le brotaba del corazón.
—No lo entiendo —musitó—. ¿Por qué la mató de un hachazo? No se conocían.
—La cuestión es, jefe, de dónde sacó el arma.
Pedro sacudió la cabeza, contrariado. Quizá el mendigo un día fue campesino. Eso le daba igual.

La nieve caía tan despacio que parecía flotar inmóvil en el mismo sitio. Sofía cerró los ojos y sintió los copos derretirse en su piel. Columpió las piernas. Sonrió. Hacía media hora que esperaba a Alberto, pero parecía que después de todo no iba a presentarse. Sacó la lengua para beber del cielo. Acababa de decidir que se olvidaría de él.
Vio a unos niños lanzarse bolas de nieve y los siguió con la mirada. La escena le pareció divertida, hasta que el vagabundo empezó a gritar. Daba saltos señalando una de las cuatro estatuas de la plaza. Se fijó entonces que una de las bolas había impactado contra ella y que la nieve se escuría desde el rostro del ángel al suelo. Sofía contuvo la respiración. Nunca había visto una cara más hermosa.
Mientras el hombre retomaba su melodía de flauta, ella se acercó, arrobada, a la escultura. Había algo en aquella mirada que la atraía; no se atrevía a decirlo, pero le parecía que en esos ojos de mármol resplandecía la vida.
Levantó el brazo, aunque no se atrevió a tocar ni siquiera los pies. El ángel tenía las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza inclinada. Los labios ligeramente entreabiertos, como si Dios le hubiese petrificado justo en el momento en que iba a negarle.
Sofía imitó el gesto y cruzó sus manos sobre el corazón. De pronto no sentía el frío. Entreabrió los labios, hipnotizada. Le parecía que el querubín le juraba amor eterno.
Las notas de flauta se silenciaron.
Sofía había trepado la estatua y acariciaba aquel rostro de piedra como si su calor fuese a despertarlo. Se encontraba tan ensimismada que no vio al mendigo caminar hacia ella con un hacha en alto. Tampoco lo escuchó gritar, ni el filo del arma rasgando el aire, en círculos, directo a su espalda. Estaba cautivada por una mirada esculpida.
La muerte la besó al mismo tiempo que apretaba sus labios contra los del ángel. Cuando la encontraron, el vagabundo lloraba a su lado. Tenía las manos rojas y era incapaz de articular palabra. Los oficiales se lo llevaron detenido y fotografiaron la escena mientras llegaba el juez. Fue precisamente en esas imágenes donde algunos años después Pedro descubrió un detalle que aquel día había pasado por alto. Ampliando las instantáneas descubrió que el ángel bajo el que murió la joven tenía lágrimas de sangre.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Bibi quiere amar


Rosvinta se relamió. Removió el contenido del caldero, que borboteaba y salpicaba un polvo dorado, y canturreó una canción de cuna. Más allá, Adelaida acariciaba el pelo de Bibi, quien miraba a través de la ventana con nostalgia.
—Créeme pequeña: lo agradecerás. Que ahora no lo ves, porque eres joven, pero un día te alegrarás.
Bibi no contestó. Mantuvo la mirada perdida más allá del bosque que cercaba la mansión. Adelaida le acarició la cara y jugó con su pelo.
—Eres muy bella, niña mía. Tienes una piel suave como las flores y esos ojos tan grandes… Si te quisiera menos, te los arrancaría para cambiarlos por los míos.
Detrás de las montañas, Diego la estaría buscando. Habían quedado en encontrarse en el crepúsculo, y el mar ya había comenzado a tragarse el sol. Las lágrimas de Bibi desfilaron por sus mejillas y Adelaida se apresuró en recogerlas.
—No llores, que tú serás inmortal. ¿Sabes lo que darían esas criaturas despreciables por ser como nosotras? Oh, mi pequeña, no sabes lo afortunada que eres en realidad.
La purpurina se desparramó por el suelo y Rosvinta rompió a reír.
—¡Mira, mira cómo me brillan los pies!
—Cállate, estúpida, que la niña está triste.
—¡Me brillan, me brillan!
Rosvinta comenzó a dar vueltas por la habitación con el palo de escoba en ristre. Cuando se le pasó la euforia, los brillos habían quedado suspendidos en el aire. Adelaida estornudó y empezó a agitarse como si la hubiera poseído el demonio. Bibi, ajena a sus hermanas, lloraba. Estaba a cientos de kilómetros de Diego y, sin embargo, escuchaba sus gritos y le veía golpear el suelo de la cueva donde se habían citado. Pero no podía escapar, porque Rosvinta le había obligado a tomar una pócima que le robaba la magia; la suya no era tan fuerte como la de ellas. Cerró los ojos y sintió de nuevo las manos de Adelaida en su cuerpo.
—Vamos, mi niña, ven a bailar conmigo. Está oscureciendo y el remedio de Rosvinta ya casi está. Cuando lo bebas, mi pequeña querida, cuando lo bebas, será como si tu vida empezase de nuevo. Ya no habrá hombres, porque no valen nada. No tendrás que sufrir nunca más por amor —soltó una carcajada y le enredó los dedos en el pelo—. Ese dolor que sientes, esa punzada tan aguda, la olvidarás, como lo olvidarás también a él. Vas a ser libre, mi hijita, vas a ser tan libre que nos lo agradecerás.
Le pusieron la copa en las manos, una vasija de oro que decían haber robado a un rey, y Rosvinta empezó a dar palmas.
Bibi pensó en Diego mientras le acercaban la poción a los labios.
—Preciosa, olvídalo. Ellos solo querrán jugar contigo.
Saboreó el líquido dorado y sintió que le desgarraban el corazón. De pronto no sabía de qué color eran esos ojos que la habían enamorado. Perdió después el recuerdo de las caricias. Cuando se borraron sus besos, Bibi aulló fuera de sí.
Lanzó la copa contra las brujas y echó a correr hacia el caldero. Mientras Rosvinta reía y repetía que la purpurina le había mojado los pies, la joven se sumergió en aquel líquido maldito. Si iba a olvidarlo a él, quería olvidarlo todo.



miércoles, 7 de octubre de 2015

Tinder no mata al amor


Tinder no acabó con el amor. En todo caso, al amor lo asesinamos nosotros. Hace unos días, María Crespo publicó un reportaje en El Mundo sobre cómo se conocen las parejas, especialmente tras el incremento de las relaciones por la red. Es curiosa la gráfica que muestra la evolución desde 1940 hasta 2010, pero más aún lo son las declaraciones de los jóvenes. Los entrevistados hablan de "exceso de oferta" en las webs, de que hay tanta gente con la que contactar que terminan por descartar por cualquier mínimo defecto (uno de ellos incluso rechazó a un candidato por su camiseta).

La periodista decía que la aplicación Tinder ha acabado con el amor, pero, aunque no le falta razón, pienso que lo que ha matado es nuestra curiosidad. Tinder, Whatsapp, Twitter... Da igual cómo se llame. Las redes sociales, los móviles. Las pantallas. La vertiginosa "era digital" nos ha abierto la posibilidad de experimentar otros mundos, que además son inagotables, y ha cambiado nuestra forma de mirar y expresarnos.

Las redes sociales nos ayudan a derrumbar barreras, a atrevernos, a creernos dioses de un espacio que es nuestra vida, pero tampoco lo es. En línea, somos quienes queremos ser y como queremos ser. El Doctor Jekyll o Mister Hyde.

Pero, si nos acostumbramos al aquí y ahora de ese mundo donde todo parece más perfecto, esa curiosidad... Esa curiosidad por el amor se pierde. Ya no es solo la desgastada imagen, tan usada pero tan cierta, de una pareja que se tiene delante pero le sonríe a un móvil. Es que reducimos el mundo y pasamos menos horas en un café, o en la calle, o en una habitación disfrutando del color de las palabras, de la textura de los sentimientos.

Mientras caminamos con la cabeza gacha, la vida sucede a nuestro alrededor. Nos perdemos las manchas del sol en la hierba, el silencio sobrecogedor de las hojas secas cuando se dan cuenta de que no saben volar, la carrera que disputan las gotas de lluvias en los cristales. Nos perdemos todo lo que aún ven los ancianos en sus bancos. A los enamorados entrelazando los dedos. A los niños riendo después de empaparse de barro.

No creo que Tinder mate al amor (no tiene tanto poder), pero me atemoriza que dejemos de mirarnos a los ojos.


lunes, 5 de octubre de 2015

Cuando un elefante se enamora


Tenía dos opciones: o besarla, o decirle que tenía razón. Hice círculos con los dedos por detrás de la espalda. Estaba guapa gritándome. Incluso su voz sonaba más suave.

 No quería pensar mucho por si me desmayaba. Ya había ocurrido cuando tenía trece años. Sucedió la primera vez que estuve a solas con una chica por la que sentía algo… Se me desbocó el corazón. Lo agarré con fuerza cuando trataba de escaparse por la boca y luego me mordió la inconsciencia. Me despertaron las risas de los demás compañeros de la clase, que me llamaban cosas así como gallina, flan, o, directamente, gilipollas.

A partir de entonces, robé tantos besos que llegó un punto en que no supe dónde meterlos. Labios rojos, rosas, marrones, morados. Labios de todos los colores. Los saboreaba para mi colección gourmet y buscaba otros distintos; besé tanto que en pesadillas sentí que se desgastaban los míos.

Entonces apareció ella, la gritona. Creo que me empezó a gustar cuando le dije que la quería (como les decía a las chicas para que me prestasen sus labios) y ella me resopló con tanta fuerza que empecé a girar sobre mí mismo.

Lo ponía todo patas arriba con solo una mirada: mi calma, la calle, el mundo, la galaxia. Con esos ojos, se habría tragado hasta los agujeros negros del universo. Quizá por eso, porque yo era capaz de sentir ese vendaval casi divino, la adoraba.

Me fijé en sus labios, en cómo se abrían, se cerraban, se abrían, se cerraban…

—De acuerdo —musité rendido—. Tienes razón. No te quiero.

Esperaba que alzase la barbilla, como hacían las demás cuando obtenían la victoria, pero me saltó al cuello. Tenía, os lo juro, las estrellas del cielo en los ojos.

—Tus ojos…

Se rió y escuché cascabeles. Parpadeé.

Mi corazón asomó por la boca. Como la otra vez, puse todo mi esfuerzo en tragarlo de nuevo. Ella reía con dulzura, aunque yo para entonces creía que me había convertido en elefante.

Su mirada, los cascabeles, la noche… Cuando me besó, no supe a qué sabían sus labios, igualmente olvidé el color. Recordé los gritos de gallina en el patio del colegio, pero esta vez estaba despierto y nuestras bocas, encontradas. El corazón más salvaje que nunca.

“Estoy amándote”, quise gritarle.

Sus estrellas me cegaron.

Desapareció el suelo.


Fotografía: Esfema

lunes, 7 de septiembre de 2015

Si parece feliz

Daba igual cuantas vueltas diera en la cama, la imagen no desaparecía de sus sueños. Tenía miedo incluso de cerrar los ojos, porque él siempre estaba allí, con su sonrisa brillante, con su mano extendida, con sus labios prometiéndole un millón de aventuras. La noche se le hacía larga, los días también. Si fuera capaz de decirle, de confesarle que aún le amaba, quizá entonces desapareciese aquella tormenta de indecisos y recuerdos.

Encendió la radio para distraerse, pero la primera canción que sonó fue la misma que escucharon juntos en aquel tiempo. Se dobló de dolor y pensó en llamarle, pero se arrepintió al pensar sus palabras tan torpes. 

¿De qué iba a servir? Mejor no complicarle la vida. En sus fotografías parecía suficientemente feliz, y eso bastaba. O, al menos, eso se repetía cuando su fuero interno le gritaba que era una cobarde.

Si parece feliz... ¿Para qué molestarle?

Fotografía: Ibar Silva.


jueves, 3 de septiembre de 2015

Irremediablemente unidos


Estaban irremediablemente unidos, por eso tardó más de una semana en reaccionar cuando le anunciaron que se tenían que separar. En seguida acudió al médico, preocupado por enfermedades que no tenía. 

Que sí, doctor, que estoy seguro de que sufro de estrés, asma, artritis, psoriasis y desequilibrio del sistema nervioso central. 

El médico deslizó las gafas hasta lo alto de la nariz y, paciente, le repitió el diagnóstico: 

No debe preocuparse, usted se encuentra perfectamente. 

Aunque no servía de nada, el supuesto enfermo se aferró a los síntomas que había leído en internet. Se marchó a casa con una receta vacía. Después del médico, se le ocurrió presentarse en casa de su madre y contarle que se lo llevaban de allí. Esperaba que ella, una bilbaína de pies a cabeza, le ordenase permanecer a su lado, pero no lo hizo. Por el contrario, le golpeó la espalda y le deseó buena suerte. 

Entonces se agarró a su última baza, aquella chica que llevaba años suspirando por él, pero a la que no hacía caso por no comprometerse. Le dijo, con voz firme y circunstancial: 

Ane, me quieren trasladar a Madrid.

Y ella, de nuevo contra todo pronóstico, dio un salto de alegría y le felicitó, como habían hecho todos desde que empezó a conocerse la noticia de su ascenso. 

Cabizbajo, el hombre acabó sentado en su roca de siempre, en su playa de siempre, con los pies hundidos en su mar de siempre. ¿Cómo iba a separarse de aquel azul inmenso, del olor a sal que se le quedaba en el pelo, de los graznidos de gaviotas, de la risa de los niños, los enamorados y los peces. Era de locos rechazar una oferta tan buena, pero ¿cómo se iba a despedir de su infancia, de su adolescencia y su juventud, que estaban las tres allí, esperando para alcanzar algún día la madurez?

Fotografía: Hernán Piñera

domingo, 16 de agosto de 2015

Sueños encendidos


Era una hilera de sueños, algunos desordenados, otros con forma de corazón. Los niños, los más listos, habían soplado con los ojos cerrados. Mientras pensaban qué más pedirle al fuego, sus padres brindaban con vino. Era un instante, un abrazo, una risa. La noche, seguramente, debía encontrarse feliz por haber reunido tantos buenos deseos.






Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón

domingo, 19 de julio de 2015

El refrigerador de los caprichos


No podía olvidar el deseo de sus ojos cuando lo miró por primera vez. Había corrido hasta él y, tras unos instantes indecisos, le había invitado a pasear. En aquellos diez minutos le prometió el cielo, o más bien se lo prometieron mutuamente sin palabras. De vez en cuando se miraban y ella sonreía con los labios prietos. Él, con razón, se sentía el más feliz del mundo. Por aquel flechazo, había renunciado a todo lo que tenía: a su familia, a sus amigos, a esos amores fatuos que le besaban y le volvían a dejar.
Se imaginaron un futuro juntos, hasta que la muerte les separase, y se prometieron amaneceres dulces. En diez minutos crearon un sueño, pero a las doce, como le ocurrió a Cenicienta, ella le dijo que no podía seguir adelante, que había un tercero de por medio y no quería que acabasen sufriendo.
Él la vio marchar entre señores estirados, en la nevera de los zumos ecológicos. A su alrededor, en distintos estantes, abandonados en una sección que no era la propia, encontró natillas de chocolate y una chistorra.
“Así que solo era un capricho”, pensó, mirando sus 600 gramos de Nutella en el reflejo del cristal.
Le había prometido todo, pero ella se había alejado, arrepentida, con la dieta como excusa en los labios.

viernes, 19 de junio de 2015

El druida de Avebury


"Aquí conocí al amor de mi vida", me dijo el druida de barba blanca y túnica gris. Tardé en reponerme de la sorpresa cuando me interrumpió. Al principio pensé que era una broma, pero luego descubrí que no vestía de aquel modo por diversión. Caminaba descalzo, tenía la ropa sucia y un bolso de piel. Lució los pocos dientes que le quedaban y me tendió la mano: "Elliot".

Elliot era un apasionado de las runas y los astros. En un inglés con fuerte acento escocés me contó que llevaba años preparándose para aquel viaje. Hablaba con pasión de las gigantescas piedras de Stonehenge. Gesticulaba con la mirada saltando de mis ojos al cielo, y del cielo a la tierra. Parecía que quería ocuparlo todo en solo un vistazo.

"La vida es mágica", exclamó al final de su discurso. Por alguna razón, no dejaba de señalar mi cabeza. Echó un vistazo al mapa que tenía sobre las piernas y me señaló un punto concreto de Avebury, donde nos encontrábamos. "Justo aquí, en esta piedra exacta. Allí conocí a Scarlett".

Scarlett fue su gran amor. Estuvieron juntos una sola noche, pero él regresó a su recuerdo todas las que vinieron después. Cuando hablaba, el druida entornaba sus ojos azules con ternura. "La recuerdo dormida y me siento feliz", dijo. Realmente lo parecía. Más que Gandalf o Merlín, en aquel momento era como un niño enamorado.

Una mujer que también vestía túnica le llamó desde lo lejos. Elliot se llevó las manos a la boca y murmuró: "Martha me llama". Se alejó dando pequeños brincos. Su esposa le decía algo de que las piedras iban a bailar. Me reí disimuladamente y pensé en su Scarlett. Elliot la había descrito soñando, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. ¿Llevaría también túnica?

martes, 16 de junio de 2015

Amor entre Avoncliff y Bath


Eran un torbellino de amor. En el espacio que dejaban los sillones del tren apenas alcanzaba a ver cómo se besaban y se encogían por la risa. Contrastaban con el resto del vagón, que lo formaban estudiantes adormilados y algún turista que regresaba a Bath o Bristol, las dos grandes ciudades que figuraban en el último tramo del recorrido.

El joven empujaba sobre él a su pareja, que reía y canturreaba una canción. Ellos mismos parecían dos notas alegres. Sus voces eran las únicas que recordaban que aquel día había brillado el sol.

Suspiré por su complicidad y envidié que fuesen capaces de crear un mundo a parte. "El amor", pensé. No hacía falta otra palabra; amor era suficiente. 

Entre tanto movimiento, alcancé a ver el rostro del chico. No tendría más de veintitantos. El pelo dorado y cortado a la altura de los hombros, sonrisa viva y ojos aplastados. No era asiático, pero sus cuencas eran dos líneas finas curvadas por los generosos mofletes.

El final de un abrazo devolvió a la chica a su asiento. Conversaba animadamente al tiempo que jugaba con sus tres anillos. Su sonrisa la enmarcaba por la zona de la barbilla una línea de pelo. La enamorada tenía barba, como la mujer barbuda que retrató Ribera, y los ojos igual de finos. Me fijé en que bailaban extraviados. Me fijé mejor: ambos tenían la mirada perdida.

Pasó el revisor y no les pidió el billete. Atravesamos una de las zonas más bonitas del Canal Kennet y Avon y no lo vieron. La pareja se abrazaba entre risas y bromas. "El amor", sonreí. Amor es más que suficiente.