¿Te atreves a soñar?
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jueves, 11 de enero de 2018

Tenía

Tenía dos ojos y una nariz, una boca redondeada y una melena leónida, como decía su abuela. Tenía más de cien canicas, aunque nadie le había enseñado a usarlas, y un cojín al que se abrazaba todas las noches. Tenía también unos padres cariñosos y cuatro hermanos traviesos. Y pese a todo lo que tenía, sentía que le faltaban muchas cosas, las repasaba de carrerilla: un monopatín, un vestido rojo de fiesta, un maletín lleno de billetes, un castillo y una escalera a la luna.

—Tienes cosas más importantes —le decía su mejor amigo.

Él no tenía hermanos, ni una melena leónida, ni salud. Pero la tenía a ella y sus ojos, su boca, su pelo. Tenía un corazón que se volvía loco cuando sonreía y eso era como tenerlo todo por unos instantes, como tener el mundo entero, la galaxia, la luz.

martes, 4 de octubre de 2016

Tan disfrutón

Me gusta que te quedes mirando a un punto fijo, embobado, y que luego me mires sonriente como si no hubiera pasado nada. Pero sí ha pasado. Ha pasado todo: la sonrisa de una niña, una conversación triste, una bicicleta acelerada. 

Me gustan tus atardeceres, cuando me coges fuerte de la mano y exclamas que mire el cielo, aunque ya lo estoy mirando. Mira las nubes, tan rosas, tan rosas que subrayan el horizonte. 

El sol, apenas un punto ardiente que se precipita sobre las montañas. El contraste; la silueta de los árboles, que todavía tienen hojas, y los pájaros que se cuelgan de rama en rama.

Me gusta que te guste lo sencillo, que seas tan disfrutón con un paseo, o con una película en el sofá. Me gustas; como nuestros dedos entrelazados. Me gustas, escúchame de nuevo, o léeme, no importa, imagina mi voz en las palabras. Me-en-can-tas.

lunes, 21 de marzo de 2016

Juana y yo


Han sido seis meses conviviendo con ella. Juana y yo. Blanca y yo. Y ahora nos toca despedirnos. Ha llegado el momento de abandonar la piel contraria, aunque aún me resista. Por eso, el guion continúa sobre la mesa de la entrada. “Adiós, Juana”, le digo cada vez que salgo de casa. Como si dormitara en aquellas páginas subrayadas. “Adiós, Juana”.

Me resulta difícil despedirme de ella porque de su mano he descubierto un mundo. Un mundo que siempre había admirado desde la butaca, con el que a veces soñaba en bajito y que me despertaba tanta curiosidad. Juana me ha llevado al otro lado: a los espejos enmarcados por luces, a la oscuridad del backstage, al calor del escenario. Juana me ha enseñado, incluso, a mirar con las manos.

Ignacio, Carlos y Juana, Elisa y Miguelín, Doña Pepita y Don Pablo, Esperanza, Lolita, Alberto, Andrés y Francisco. Estaban tan vivos que me los creí. En la última representación, poco antes de que se apagasen las luces y Carlos hincase la rodilla en el suelo, sentí la angustia de un colegio desmoralizado, las ilusiones pisoteadas, los amores magullados, la inseguridad. Estábamos dentro, pero eran ellos, esos personajes con los que habíamos compartido tantos ensayos, quienes nos decían adiós.

Y arriba, Edurne y Silvia, la directora y subdirectora de nuestra ‘Ardiente oscuridad’, las que nos reunieron, las que crearon este elenco de amigos y esta obra que ha sido nuestro hogar. Increíbles, como Miquel, David, Alba, Fernando, Amaia, Jorge, Leire, Ana, Oriol, Narciso y Álvaro. 

Cuando intimé con Juana, me confesó un secreto. Ella ha sido mi primer personaje, mi primera guía en este mundo. Y por eso, me hizo tanta ilusión cuando descubrí que mi última palabra, la que me sacaba de escena, era de agradecimiento. “Gracias”, susurra. Y gracias son las que quiero darle a este equipo y a Bea, que me llevó hasta el teatro. “Adiós, Juana”… y gracias.

jueves, 22 de octubre de 2015

Pasado mañana


Cuando nos separamos, me quedé muda. No quise mirar cómo, a través de la ventana, se alejaban nuestras tardes de concierto, de lectura en un parque, de margaritas deshojadas, de cuentos. De golpe, me cayeron encima fragmentos del verano.

Ella no me vio llorar, pero me partía en pedazos. Debieron parecerle fríos mis ojos cuando los suyos estaban tan nublados. “Nos vemos pasado mañana”, le había dicho, para no reconocer que era el último abrazo. “Perfecto, pasado me viene bien”, aceptó sin consultar su agenda. Las dos sabíamos que “pasado”, estaría a kilómetros de mí.

Ninguna de las dos sabemos quiénes seremos en esa cita del “pasado mañana”. Ese “mañana” en que ella puede estar en Chile y yo en la India, o ella en Australia y yo todavía en España; aunque su risa, tan inconfundible, la tenga siempre muy cerca. Ella sabe, eso sí, lo que le voy a decir cuando la vea: maldito y dulce tiempo. No hay más palabras.



lunes, 25 de mayo de 2015

Amar Navarra


Me ha costado entender qué tiene Navarra para que los navarros no se quieran ir de aquí. No hay playa, apenas sol y falta ese acento saleroso que se acompaña de gestos despreocupados. Las calles no visten con aire de fiesta y los días de tormenta no huelen a sal. La risa se esconde debajo de bufandas mientras que las nubes, siempre las nubes, se empeñan en gobernar la cuenca. Mi ciudad se llama “Mordor” para los amigos, “Pamplona” para los demás, y he aprendido a amarla muy poco a poco, a pequeños sorbos, como dicen los viejos que se disfruta la vida.

Los primeros años pensé que aquí no pasaban muchas cosas interesantes; tardé cinco en descubrir que ocurren, pero que hay que aprender a buscarlas. Los desconocidos no se hablan como si no lo fueran, ni se dan palmas al pie de una guitarra. La cerveza no la acompaña una tapa bien surtida, ni se regala el buen humor. Pero en Pamplona hay tantas sonrisas como se quieran encontrar. Hay que mirar bien, sí, porque aquí no se habla de la amistad a la ligera. En esta tierra de nubes (blancas, negras y naranjas del atardecer), un amigo es un amigo de verdad.

Antes me gustaba preguntarle a los navarros qué tiene de especial su hogar. Pero, ¿cómo se enseña a amar? No se puede hacer sólo con palabras. Para conocer Navarra hay que sufrirla y reírla; hablar con su gente y pasear sus caminos; escucharla y soñarla. Así es como se ama el mundo, en realidad cualquier lugar. Para conocer, primero hay que despejar el corazón. Luego se descubre un mundo de secretos. Ahora que se marchan tantos de los amigos que me enseñaron a mirar, volveré a buscar con ojos nuevos. Navarra tiene magia, aunque jamás seré capaz de decir completamente cuál.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Mis milagros


¿Cómo no me voy a sentir afortunada si a mi alrededor tengo a gente espectacularmente excepcional? Hace un tiempo dije que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, pero los milagros se quedan cortos con los dedos de las dos.

Mis milagros son amigos, son familia y son personas que en algún momento decidieron asomarse a mi vida para hacerme cosquillas y enseñarme algo que me hiciera mejor. No voy a tenerles siempre. Los milagros son como las estrellas. Algunos permanecen por los siglos de los siglos y otros siguen viajando por la eternidad. Los milagros son únicos y valiosísimos. Qué poder tiene una carta, o una rosa, o una canción, o una risa.


Quiero agradecer a todos mis milagros que aparecieron alguna vez, y especialmente a los que estos días me han sacado una sonrisa tras otra. Gracias a los que seguís aquí y buen viaje a los que se tienen que marchar.

domingo, 31 de agosto de 2014

Una carta para ti


Querida amiga,

Espero que estés bien. Ante todo eso: que estés bien. Que el tiempo no haya arañado tu piel demasiado profundo y que tu corazón continúe en su sitio. Espero que tus sueños, esos que me contaste una vez, continúen creciendo, y que no se hayan secado. Porque no es fácil mantener ilusionada a la ilusión cuando despiertas, cuando te das cuenta de que los años pasan para todos y que no eres invencible, ni inmortal, ni tienes súper poderes.

Nuestros sueños tienen que aprender a ser amigos de la realidad, y tú sabes que eso no es sencillo. No es imposible, no, bien lo sabes, porque siempre uno trata de pisar al otro y eso crea rencillas que nos acaban sacando las lágrimas.

¿Qué fue de ese amor del que me hablabas? ¿Qué fueron de esos ojos que te arrancaban suspiros y de esas manos que nunca sabían si tomar las tuyas? Siempre fuiste un poco romántica. Me gustaba cómo describías a tu pareja ideal y cómo te entretenías en los detalles, asegurando que eran lo más importante. Un lunar, una peca, un color, una sonrisa... Tú eras de esas que tenían excusa para amar. Ojalá sigas amando, pero amando con locura, de verdad.

El tiempo pasa muy rápido, así que no trates de detenerlo. Entrena todos los días para seguir con aliento su carrera. Entrena aunque te tropieces. Nos quedan muchas caídas más y eso no importa. Aprende y vive. Grita también. Deja de pensar tanto en cómo puedes resolverlo, y hazlo. Te he visto solucionar problemas gordos y, aunque los que vengan sean peores, yo creo en ti.

Por mi parte, ya sabes cómo me va. Estoy aprendiendo todos los días a vivir.

¿Te sorprendes de que te escriba? Muchas veces pienso hacia atrás y me río de nuestros juegos, de nuestras risas, de las aventuras de la niñez y su inocencia. No te sorprendas. Desde que nos dijimos adiós en el último curso, he esperado que todo te fuera bien. No importa que no fuéramos amigas inseparables. Éramos amigas, y eso ya es muy grande.





domingo, 25 de mayo de 2014

Una mirada





Una mirada puede ser tan triste, tan miedosa, tan feliz, tan amada.

Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón

domingo, 9 de febrero de 2014

La risa del sol

Mara corrió el último tramo del sendero con los brazos en alto y la risa en la garganta. Su hermana la seguía con dificultad, gritando con jolgorio. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles y salpicaba de luz la piel canela de Mara y Priya. Ninguna se detuvo al llegar al río. Se lanzaron en plancha y siguieron avanzando entre carcajadas. Un elefante gris empapado de sol ladeó la cabeza para proteger a su cría, que chapoteaba en el agua de barro. Olía a tierra húmeda y a calor.

Priya llamó a su hermana y le señaló al elefante más pequeño, que no conocían. Mara presionó sus labios con el índice y le hizo un gesto a Priya para que se acercasen. Las risas escapaban ligeras de entre los dientes. La hembra que protegía al bebé elefante no se alarmó. Conocía las manos ásperas de las niñas y el timbre agudo de sus voces. Priya acarició el lomo de la cria antes de apoyar su mejilla contra él.

–Está caliente –observó.

Mara hundió las manos en el río y las sacó llenas de barro. Con delicadeza, la extendió sobre el animal para cubrirlo. El animal aleteó con las orejas y levantó la trompa. Priya se puso en cuclillas para refrescarse y sonrió. Miró a su hermana adolescente, tan alta y bonita, de ojos grandes y pelo negro, aureolada por el sol que caía y resplandeciente por las gotas de agua.

–Yo no quiero que te marches, Mara. No quiero que te cases y te vayas con él.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Tres horas de vida


La gotera había desbordado el cubo. Hacía dos días que no dejaba de llover y la madera vieja de la cabaña se había resfriado. En la oscuridad obligada de la tormenta, Daniel dibujaba junto a la chimenea. Acababa de avivar la lumbre y los lengüetazos del fuego se proyectaban en el cuaderno de papel. Sombras que Daniel ignoraba, concentrado en el rostro de la juventud. Entre otros, le sonreían sus ojos de grafito, tan grandes sin las arrugas.

El cuco cantó justo cuando esperaba. Pocos segundos antes Daniel había elevado la mirada hacia el reloj, porque conocía los pasos de las horas.

Bostezó y retomó el dibujo. En su hoja trazada escuchaba risas y voces antiguas, voces muy llenas de polvo. El paisaje apenas esbozado brillaba de color. Allí estaban todos: Federico, Antonio, José, Fernando. Y Marisa también, con su voz cantarina. Y la hermana pequeña del pillo, quien para entonces ya se había marchado a Madrid.

La alfombra se había mojado y el hogar era cenizas.

Fernando y Marisa se casaron poco después. Antonio heredó las tierras de su abuelo y las trabajó junto a su esposa, pero a ella Daniel no la conoció. Y José... ¿José estudió una carrera en la universidad? Quizá eligió Derecho antes de viajar a Estados Unidos. ¿O había sido Medicina?

Hacía frío. Daniel miró la hora; llevaba tres perdido en la cuenta de los años. Había olvidado al pájaro del reloj y la gotera. La noche había dormido a su cabaña y el viento se lamentaba cada vez más alto. Daniel se levantó despacio y miró su obra. Pero los recuerdos se habían callado. Arrugó el papel y lo arrojó a la chimenea.

Quería vida, no silencio.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Sus labios rojos

Había un beso carmín en la toalla. Un beso que no era mío, que no me buscaba. Un beso que se había escapado de los labios de la mujer que amaba. Rojo sobre blanco. Un aleteo de la coquetería, todos mis sueños. Ella con sus rizos cortos y yo con mi corbata de siempre, la única que recibió un piropo. Me baila su risa en mi propia garganta. Se alisa la falda y aúpa a Juanito en los brazos. El niño adorado de Aurora, nuestra amiga de la infancia. Le alcanza la nariz con el índice y se abrazan los dos con las bocas abiertas. Dientes marfil ligeramente manchados de rojo.

Y mientras, Aurora los observa desde la cama con las sábanas bajo los brazos y una sonrisa cansada. La medicación en la mesilla y la muerte rondándole los párpados. Está más pálida, más callada. Hace meses que no sale de casa. Por eso Ella hace de madre y yo asisto a su padre. Juan no se despega de la cama. La barba afeitada, camisa impecable y las ojeras. Los cinco años de Juanito saben que la felicidad corre invertida. A sus juegos le pesa el silencio de sus padres.

Pero Ella ríe e inventa, sueña y lucha con espadas de madera. Lo lleva al parque y al cine, le compra chucherías y helados de tres bolas. Le besa los mofletes gordos, y yo suspiro. Sus labios rojos. De nuevo sus labios rojos y sus rizos cortos.

domingo, 2 de junio de 2013

Sobre el arte de cortejar

El señor Marcía revolvió el vino con un ligero movimiento de muñeca.
–Nada de negocios, no me hagan volver a recordarlo –dijo.
Había aparecido de repente y los comensales se sobresaltaron. El más anciano se golpeó el pecho para disimular la risa. Al hablar, el señor Marcía había arrancado del sueño al alcalde.
–Tienen suerte de que no les haya escuchado mi señora; hace un instante acaba de decirme que se lanzará sobre la yugular del siguiente que violente las reglas.
–¡Vamos, Marcía! ¿Qué sería de usted sin la política? Siéntese un rato con nosotros. Fronda nos está poniendo al día de las últimas decisiones del consejo.
El recién llegado arqueó las cejas y golpeó repetidamente el hombro del narrador.
–De modo que el señor Fronda no está por la labor... Acordamos que sería una cena benéfica, no una sobremesa de trabajo.
Julio Fronda se encogió de hombros y recorrió la línea de sus labios con los dedos.
–Echo la cremallera, lo prometo –contestó–. Y ya sabe que soy hombre de honor.
–Eso es, hombre de honor –aprobó Marcía–. Hombre de honor y de buen baile. ¿Por qué no saca a bailar a alguna damisela? He visto que la pista anda escasa de varones.
Los comensales se rieron y los más cercanos lo empujaron para que se levantase de la silla. Marcía insistió y Fronda acabó aceptando. Se sacudió la chaqueta negra e hizo un gesto en que exhibía cómicamente los músculos poco desarrollados de sus brazos.
–Nadie se me puede resistir –bromeó.
–¡Ni a la tableta de chocolate que escondes! –se burló uno.
Fronda chistó y se encaminó a la pista de baile.
–No cortejará a ninguna –comentó el anciano–. A este hombre le falta agallas. Muy inteligente, pero muy poca cosa.
–¡Fernández! –exclamó otro de los presentes con un golpe en la mesa–. ¿Me va a decir que usted a los treinta años era mucho mejor?
–Más elegante.
–Ya, y más guapo...
–Yo sabía ganarme a una buena moza; ahora estos críos solo saben espantarlas.
Marcía terminó la copa e hizo un gesto al aire. En seguida, un camarero se aproximó con una nueva botella.
–No creo que fuera tan bueno en esas artes. Usted solo es un cascarrabias pretencioso.
El anciano se cruzó de brazos sobre su prominente barriga y sonrió.
–Yo era un muchacho muy fino, ¿saben? Y las tenía a todas loquitas.
Los abucheos amistosos despertaron la curiosidad de los invitados de la mesa contigua, que se volvieron hacia ellos con la sonrisa de quien espera ser incorporado a la conversación. Marcía, quien lo advirtió, arrastró su silla hacia atrás para no entorpecer el debate. Los comentarios del anciano le hacían reír. La historia de la muchacha salerosa de vestidos largos y el joven de modales impecables le recordaba a las historias que le contaba su padre en su adolescencia.
Cuando el debate estuvo bien sembrado y nadie le prestaba atención, el señor Marcía se levantó y se dirigió a la mesa en la que siete hombres discutían sobre sueldos, desempleo e inflación. Bebió un trago y sonrió al único que se había distraído para mirarlo.
–Nada de negocios, señores –recordó–. Tienen suerte de que no les haya escuchado mi señora; hace un instante acaba de decirme que se lanzará sobre la yugular del siguiente que violente las reglas.
Mientras atendía a las protestas de los comensales, Marcía echó un vistazo rápido a la pista de baile. Fronda la recorría en círculos junto a una jovencita de sonrisa brillante.

martes, 12 de febrero de 2013

Rey del desierto


El sol era el rey infinito del desierto. El único que se orientaba, el único que no necesitaba nada para sobrevivir, el único que podía escapar del mar de dunas ardientes sin agotarse, ni enloquecer, ni morir en el intento.
¡Leyre, sigue caminando! –gritó el egipcio, sin fuerzas para volver sobre sus pasos–. No falta mucho.
Pero ella tropezó, se restregó contra la arena y gimoteó. Tenía los pies quemados y las sandalias le dolían. Escupió en sus manos antes de rascarse la cara, luego se sacudió el pelo y gritó.
Llevaban más de una semana zigzagueando entre montañas de arena, dos días sin agua y cuatro de espejismos constantes. Zarid había asegurado que conocía el desierto, pero cada día hablaba menos y Leyre sospechaba que su suerte estaba a juicio de un paraje inhóspito.
La joven se tumbó en la arena, boca arriba, con los brazos extendidos en cruz y los ojos cerrados. Solo quería esperar. Ella llegaría en cualquier momento. La muerte era piadosa con quienes se perdían en aquel laberinto cambiante e inmenso.
¡Leyre! –insistió Zarid, apoyándose en sus rodillas para no desplomarse.
Pero Leyre se había rendido.
Seguiré sin ti si no te levantas –amenazó él, cansado.
Y sus palabras las quemó el aire seco y el sol ardiente. Cayó, como había hecho Leyre, con el corazón golpeándole el pecho con velocidad; quería huir de su cuerpo derrotado.
Levántate –murmuró, antes de cerrar los ojos.
No hubo eco. No hubo lágrimas ni dolor, solo agotamiento. Leyre se olvidó de Zarid y el egipcio se olvidó de la española. Querían escuchar el silencio. Sabían que la muerte acabaría compadeciéndose de aquel letargo, y no tenían miedo. No sentían nada más que su corazón desbocado y su respiración perezosa.
Entonces, cuando los dos estaban preparados para el último aliento, Leyre recordó que no debía abandonarse de aquella forma y abrió los ojos. Parpadeó y se retorció por la luz.
Za... –susurró.
Su boca seca no tenía para palabras. Se incorporó, aturdida por el dolor de cabeza, y se arrastró hasta su amigo. La arena punzaba y sus manos le parecían agujereadas. Zarandeó el cuerpo del joven y lo abofeteó hasta que reaccionó. Zarid abrió los ojos, pero no se movió ni dijo nada.
El sol era un rey tirano.
La chica abrazó a su amigo y le rozó la mejilla con los labios. Le picó su barba, pero aquella cercanía los reconfortó.
No te rindas”, articuló.
Zarid sonrió, pero le pesaban los brazos, las piernas, los párpados.
Leyre lo agitó.
Él era fuerte.
Él no podía dormirse.
Zarid se levantó.
Sigue caminando, Leyre –dijo, arrastrando las palabras–. Ya veo la ciudad.
La joven buscó en el horizonte.
No hay ciudad.
Sí, yo la veo.
Leyre sonrió con amargura.
Podemos inventarla –accedió.
Se acarició la garganta y tragó saliva. Necesitaba mucha saliva y mucha voluntad.
Nuestra ciudad tendrá un bosque frondoso y húmedo –comenzó.
Zarid se rió, aunque resultó un leve gorgoreo, e interrumpió:
Como el de Ecuador.
Sí, como aquel que visitamos en Ecuador.
Y un iglú como el de Laponia –sugirió Zarid, recordando la noche que durmieron en una casa de hielo–. Para que no pasemos calor.
Nada de calor.
¿Y mar? A ti te gusta.
Habrá un mar revoltoso como el de Asturias.
Bien, y muchas palmeras –agregó él.
Muchas, sí. También una sabana de elefantes.
¿Te gustan los elefantes?
Leyre se encogió de hombros.
Tengo una amiga a la que le encantan... y querré invitarla alguna vez –dijo.
Entonces también habrá iguanas.
Habrá iguanas –aceptó la joven.
Y de esa forma, sentados en la arena con las manos juntas y tratando de mantenerse despiertos, los despidió el sol. El gran monarca los abandonaba con incertidumbre; no sabría hasta el día siguiente si aquellos amigos llegaron a alcanzar la ciudad o se quedaron tan cerca, a sus puertas, soñando. 

viernes, 8 de febrero de 2013

Nieve de febrero


Pamplona es caprichosa. En un solo día es capaz de amanecer nublado, salir el sol, llover, tronar y nevar. Todo en uno, una ganga. Pamplona es un collage de sensaciones meteorológicas, la obra de arte de un pintor indeciso. Nubes blancas, copitos de algodón fríos, un velo de encaje sobre la hierba... Magia de febrero.
Y escribo sobre esta nevada que no cuaja por un encuentro fortuito. Al terminar la mañana de trabajo y regresar a casa, Gabriel asomó por debajo de un paragüas negro. Me lo crucé de frente, aunque tardé en reconocerlo. Tenía una sonrisa especial, una sonrisa que solo asoma cuando nos olvidamos de nosotros mismos, y aprovechó la detención para cerrar su paragüas y mirar al cielo.
Tienes que escribir sobre esto –dijo, recogiendo en su cara los copos de nieve–. Hoy hace un día de El Bosque de papel.
Me sorprendió y le prometí que lo haría. Le aseguré que escribiría de aquella cortina blanca solo por él.
Me encantaría ir sin paragüas, porque esto es tan... tan mágico –continuó–. No sé, es un día de esos que te despiertas y piensas que el mundo es maravilloso, y que todas las personas son maravillosas también. Uno de esos días en que no puedes dejar de sonreír y te convences de que todo es así de bonito, que no puede haber nada malo.
Un pedazo de felicidad.
Un suspiro del alma.
Y mientras hablábamos, los copos de nieve enterraban mi paragüas y su pelo.
Yo también quiero llenarme de canas –reí, rindiendo la cabeza al cielo.
Yo voy a ser anciano todo el día –aseguró Gabriel, sonriente.
El tiempo se había ralentizado.
La hierba se vestía pacientemente de blanco, aunque de una tela muy fina que nunca la llegaba a cubrir. Los árboles goteaban por el peso de sus ramas, y el agua se precipitaba por las cuestas como ríos poco caudalosos pero salvajes.
Pamplona es caprichosa en todas sus estaciones. Y muy bella. Pamplona es una ciudad enamorada de la naturaleza. En febrero nieva, y en noviembre sale el sol.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hay Navidad


En la Navidad se reúnen todos los buenos deseos. Paz, esperanza, amor... Y tratamos de ser un poco más felices. Hacemos compras, nos permitimos caprichos, nos volvemos más amables, más permisivos, más tolerantes. Incluso nuestro reflejo de las mañanas parece más simpático.
¡Feliz Navidad!
Y nos abrazamos. Tenemos buenos deseos para todo el mundo; también para aquella persona que nos cruzamos cada día y con la que nunca intercambiamos una palabra. Pero es Navidad. Es Navidad y el mundo es más agradable.
Las calles heladas parecen cálidas con los brillos de los escaparates. Hay árboles recargados con espumillón dorado, plateado, bolas rojas, azules, amarillas... Las ciudades parecen disfrazarse de diosas, tan bellas, tan ricas, tan abundantes. Y en los comercios cantan villancicos. Voces de ángeles con alas de cartón.
Ya no miramos con compasión a los vagabundos y a los mendigos, sino que lo hacemos como hermanos.
Somos buenos.
Somos generosos.
Somos felices.
Compramos turrón, bombones, bizcochos, pasteles... No importa el peso. Da igual si engordamos, porque es Navidad.
Elegimos los regalos más voluminosos y todo nos parece poco. Queremos hacer felices a nuestras familias y amigos, así que seguimos comprando, aunque a cambio tengamos que renunciar a otras cosas. ¿Compramos la felicidad?
La felicidad está en el amor y el amor está en lo que permanece.
Hay Navidad cuando abrimos los brazos con sinceridad, cuando ofrecemos nuestro tiempo a quienes lo necesitan, cuando creemos que somos valientes y que podemos hacer el bien, cuando nos estremecemos con una risa, una mirada o un canto. Hay Navidad cuando decidimos remendar nuestros errores y comenzar desde el principio.
Podemos ser buenos.
Podemos ser generosos.
Somos capaces de ser felices.
Los regalos son muestras de nuestro amor, pero la materia no es el eje. No hay más amor por cantidad de regalos. No se trata de gastar, sino de estar juntos.
Hay que confiar, alentar al que quiere rendirse, ayudar, perdonar y observar la vida con los ojos del respeto y la comprensión.
La Navidad no debe escaparse con los árboles, las estrellas y los villancicos.
Navidad es querer amarse.
Es darse otra oportunidad.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Confidencias


La botella se hizo añicos y regó la alfombra. Diana la esquivó con fortuna y empujó a Pablo, que trató de sostenerla en desequilibrio. Cristina, que había visto el accidente corrió en busca de la fregona, mientras los demás invitados saltaban cerca de los altavoces sin darse cuenta.
–¿Estás bien? –Pablo la apartó para inspeccionar su tobillo–. Te has hecho algunos cortes superficiales, ¿quieres que los desinfecte?
–Ah, no, no, déjalo. No importa.
Diana limpió la sangre con una servilleta de papel y sonrió, nerviosa. Llevaba días escuchando las confesiones llorosas de Cristina y no sabía cómo comportarse con él. Había escuchado que Pablo tenía intención de apartarse del grupo de amigos y que había acudido a la fiesta en contra de su voluntad.
Él, incómodo por el silencio, se frotó las manos y desvió la vista, hasta que Diana le obligó a mirarla.
–¿Qué te pasa, Pablo?
–¿De qué?
–Ya sabes por qué te pregunto.
–Si te refieres a Cristina...
Diana suspiró.
–¿Por qué te has enfadado con nosotros?
Él se crispó, y por un momento dio la impresión de que vomitaría todos sus tormentos, pero acabó cerrando la boca. Su mirada se había incendiado y Diana temió que se marchase. Se acercó y lo agarró por la muñeca.
–Pablo... puedes decírmelo.
Diana lo abrazó al notar que su cercanía lo relajaba.
–Escuché una cosa que no debía saber –confesó, buscando a Sofía con la mirada–, y no me gustó nada.
–¿Y qué fue?
–Que Tomás y...
Cristina llegó con la fregona y el cubo y los interrumpió con la excusa de limpiar el desastre. Pablo recogió los cristales en silencio y apartó a las chicas para prevenir otro corte. Cristina empezó a hablar sobre sus parejas de baile y a describir a cada uno de ellos con detalle.
–¡Cuánto te tengo que contar! –aseguró, emocionada–. Vayamos a la cocina, aquí hay mucho ruido.
Arrastró a Diana y cerró la puerta, satisfecha de mantener a Pablo al margen, como ella quedaba cuando en la universidad la despedía con cualquier excusa.
Pablo recogió los cristales y lo dejó todo en la entrada. No tenía sentido permanecer allí por más tiempo. En la fiesta compartían carcajadas y él no estaba de humor. Le lanzó un saludo de despedida a Sofía, que lo había seguido con la mirada, y salió a la calle. Empezaba a convencerse de que solo estaba mejor.
Empujó la verja oxidada del jardín y echó a andar calle abajo. Un grito lo detuvo. Se giró y distinguió una sombra que corría por el asfalto, agitando los brazos. Se sorprendió al reconocer a Diana.
–No me hagas correr –protestó al alcanzarle–. ¡Con este vestido y los tacones resulta prácticamente imposible!
Le empujó con cariño, atragantada por la carrera.
–¿Por qué has salido? Estabas con Cristina...
–Ella no me necesitaba.
Se sonrieron en silencio, vigilados por la luna.
–¿Vuelves a casa? –preguntó Diana.
Pablo se encogió de hombros.
–Creo que es mejor que me vaya –reconoció–. Aquí no tengo nada que hacer.
Diana soltó una risa irónica y le cogió por el brazo.
–Antes me cuentas lo que estabas a punto de confesarme. No es justo que me dejes con la curiosidad sembrada.
Él asintió. Si se lo preguntaba a ella, podría quedar zanjada esa incertidumbre tan molesta. La abordó por los hombros y se aventuró. Si ella se negaba a responderle, no habría perdido nada.
–¿Estás saliendo con Tomás?
La pregunta lo aplastó y su voz sonó débil, pero mantuvo la mirada sorprendida de su amiga. Ella titubeó, asustada, e intentó alejarse unos pocos pasos.
–¿Es eso? –lamentó Diana.
–Es eso, sí.
–Pablo... Estás celoso.
Pablo hizo un gesto disgustado.
–¿Y qué le voy a hacer? Tomás está saliendo contigo y a mí me gustas.
Diana negó, con el llanto en la garganta.
–No, te equivocas. No te rechazo por él. Tomás y yo sólo somos amigos, aunque Fernando asegure constantemente que hay algo más. Es... bueno, ya sabes, no puedo.
–¿Entonces? Ahora soy yo quien no entiende nada.
–Cristina te quiere tanto... –Diana rompió a llorar–. No puedo hacerle daño.
Pablo no protestó. Después de contemplarla durante unos instantes, abrió los brazos para acogerla. Le bastaba ese abrazo y sus lágrimas confidentes. Había estado equivocado, porque con esa intimidad era feliz. La soledad no conducía a ninguna parte, aunque la desesperación hubiese tratado convencerlo.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

En otro corazón



Cuando acababa el verano, se iban con él los sabores más dulces. Se acababan las risas del mar, las sandías en la playa, los helados de turrón y almendras, el chocolate derretido por el calor, el abrazo del sol... Se volvía a congelar la infancia, y se sucedían las prisas, los acelerones y el estrés. Se mudaba el armario por prendas algo más sofisticadas y los vestidos de tirantes se apretaban en el baúl de la ropa de uso ocasional.
Cristina aseguró su bolso al hombro y salió del portal. Hacía una mañana fría, aunque aún comenzase Septiembre, y tuvo que enroscarse al cuello un pañuelo largo que la abrigase. Se cruzó con Pablo al final de la avenida, como calculaba desde sus años de instituto, y continuó el trayecto arrancándole palabras perezosas.
La melena rubia de Pablo se erizaba sobre sus hombros como las olas del mar sobre las rocas. Todo en él era océano. Sus ojos marinos, sus labios salados, su pelo dorado, su cuerpo emborrachado de sol y sus piernas fuertes, eran la personificación más perfecta del mar. En la universidad era reclamo de miradas indiscretas y comentarios atrevidos, pero él simulaba no darse cuenta. No le gustaba encabezar la lista de “los solteros más cotizados”. Por eso, quizá, no desmentía los rumores de que Cristina y él salían juntos. No era ella con quien soñaba las horas muertas y los días tristes, pero de ese modo evitaba debates apasionados entre sus admiradoras.
Cristina intentó arañar sus recuerdos.
–¿Verdad que fue divertido este verano?
–Sí, no estuvo mal.
Y silencio, de nuevo.
Se aproximaban a la entrada de la facultad y el reguero de alumnos los cercaban por todos los frentes. Se mantuvieron juntos, brazo con brazo, con miedo a despegarse antes de acceder al edificio.
Cristina saludó a sus amigos sin detenerse, justificándose con una mirada rápida a su acompañante, y comentó con Pablo la salida de la tarde.
–Acuérdate que la cena era a las nueve. Tomás cocinará esta vez y ha preparado una repostería impresionante... y una mesa de cócteles.
–Sí... –Pablo sonrió, con poco entusiasmo–. Aunque quizá ande ocupado, ya sabes.
–¡No se te ocurra faltar! Prometiste que vendrías. Diana me preguntó anoche por ti y Sofía y Fernando te apuntaron en la invitación. Además, hace mucho que no los ves.
–Sí, lo sé.
Se encogió de hombros, sin argumentos ni disculpas, y se despidió de Cristina como hacía siempre al alcanzar las escaleras de la cafetería.
–Tengo que desayunar antes de entrar en clase, lo siento. Nos vemos a la salida –y subió con grandes zancadas, en una huida evidente.
Cristina abrazó su carpeta y suspiró. Aunque se sabía observada, no retuvo las lágrimas. ¿Qué estaba ocurriendo? Porque había algo mal, eso era evidente. Desde los últimos días del viaje a casa de Pablo, su humor parecía arrastrarse por los suelos. Con desesperación, tecleó en su móvil un mensaje a Diana.

Convence tú a Pablo para la cena, a mí no me hace caso.

Mientras tanto, Pablo meditaba delante de la taza de café. El desayuno era su momento preferido, porque estaba solo y con la mente despierta.
En la taza, removía el azúcar y sus ganas de fiesta. Estaba atragantado de frustración. Había escuchado una conversación confidencial y el secreto le escocía el alma. Quizá Fernando estuviese equivocado y nada de lo que le había contado a Sofía era cierto. Pero, ¿cómo iba a saberlo, si todo parecía apuntar a que era acierto?
Aún le preocupó más pensar en Cristina. No estaba siendo del todo sincero con ella. Ya le había dejado claro otras veces que sólo eran buenos amigos. Era cierto que la amaba, pero de un modo distinto al que ella deseaba. Cristina estaba en su otro corazón, en el del día a día, en el de las risas, los buenos ratos, las anécdotas... En definitiva, en el corazón de su historia. Pero no podía pasar de ahí, aunque a veces le hubiese parecido lo más fácil.
Apuró el café y se levantó, al fin decidido. Si no descubría si las palabras de Fernando eran ciertas, no descansaría de atormentarse. Escribió a Cristina. No tenía mucho más que perder y, aunque no le atrajese la idea de reencontrarse con su dolor fantasma, por ella, asistiría a la cena.

                                                           - In another heart -



When the summer ended, its sweetest flavors ended with it. The sea’s laughter, the watermelons on the beach, the turron and almond ice cream, the chocolate melted by the heat, the sun’s warm hug… Childhood was freezing over again, and was being replaced by the hurries, the sprints, and the stress. The closet was moving to hold more sophisticated clothes, and the strappy dresses were being crammed into the trunk of occasional use clothing.
Cristina secured her purse to her shoulder and walked out of her doorway. It was a cold week, even though September had only just begun, and she had to coil a long handkerchief around her neck to keep her warm. She bumped into Pablo at the end of the avenue, as she had calculated since she was in high school, and continued the walk extracting lazy words from him.
Pablo’s blonde hair perked up over his shoulders like waves breaking over rocks. Everything about him was an ocean. His sea-blue eyes, his salty lips, his golden hair, his body drunk with sun, and his strong legs were the most perfect personification of the sea. In college, he was the subject of indiscreet looks and bold comments, but he pretended not to notice. He didn’t like to head the list of “Most Eligible Bachelors.” Which is why, perhaps, he never denied the rumors that he and Cristina were dating. She wasn’t the one he dreamed about on gloomy days, but that way he avoided passionate debates amongst his fans.
Cristina tried to scratch his memories, “Wasn’t this summer fun?”
“Yea, it wasn’t bad.” And again, silence.
They were nearing their college, and the rush of students was enclosing them from all sides. They remained together, arm-to-arm, afraid to separate before reaching the building.
Cristina said hi to her friends without stopping, justifying herself with a furtive look at her companion, and commented with Pablo on that afternoon’s outing. “Remember that dinner was at nine. Tomas will cook this time and he prepared an amazing dessert… and a cocktail table.”
“Yea…” Pablo smiled, with little enthusiasm, “although I might be busy, you know.”
“Don’t you dare miss it! You promised you’d come. Diana asked me about you last night and Sofia and Fernando put you down on the invite list. Besides, it’s been a while since you don’t see them.”
“Yea, I know,” he shrugged, without arguing or apologizing, and said goodbye to Cristina as he always did when they reached the stairs to the cafeteria. “I have to have breakfast before we go to class, I’m sorry. I’ll see you later.” And he went up the stairs with huge strides, very blatantly fleeing.
Cristina hugged her binder and sighed. Although she felt herself being watched, she couldn’t hold back the tears. What was happening? Because something was wrong, that was obvious. Ever since the last days of the trip to Pablo's house, her mood seemed to be dragging through the floor. She grabbed her cell phone and desperately typed a message to Diana.

You convince Pablo to go to dinner. He’s not listening to me.

Meanwhile, Pablo meditated in front of his coffee mug. Breakfast was his favorite time of the day, because he was alone and his mind was awake.
In his mug, he stirred the sugar and his willingness to party. He was choking with frustration. He had overheard a private conversation and the secret burned in his soul. Maybe Fernando was wrong and nothing that he had told Sofia was true. But why would it be, if everything seemed to be pointing to the fact that it was true?
He was even more worried when he thought about Cristina. He wasn’t being completely honest with her. He had already let her know on several occasions that they were only good friends. It was true that he loved her, but in a totally different way than what she hoped for. Cristina was in his other heart, the day-to-day one, the one with the laughs, the good times, the memories… Ultimately, in the heart of his history. And she couldn’t get out of it, even though at times it would have seemed like the easiest thing.
He finished his coffee and got up, finally making a decision. Until he found out if Fernando's words were true, he wouldn’t stop tormenting himself. He texted Cristina. He didn’t have much more to lose, and, even though the idea of reencountering his ghostly pain didn’t really appeal to him, he would go to the dinner.

Traducido por: Carolina Rodríguez García

martes, 19 de junio de 2012

El primer compás del verano



El sol había despertado temprano, como Pablo había prometido, y bañaba toda la costa con tintes rosados, apresurándose sobre la cresta de las olas que rompían contra las rocas. La hierba estaba perlada de gotas de rocío y las gaviotas graznaban sobre las barcas. Había una quietud mágica en la mañana, partida únicamente por los gritos de los pescadores que arribaban con las redes, y por la radio, que la vecina encendía para cantarle coplas a la aurora.
Armonía era la palabra que mejor definía aquel saludo del sol.
Pablo ya estaba en la orilla, limpiando su tabla de surf, cuando los demás comenzaron a asomarse a la terraza. Vestía su traje de neopreno y se había recogido la melena en una coleta baja. Al verlos, aún entorpecidos por la somnolencia, agitó el brazo y dio un par de palmadas sobre su cabeza. Parecía ansioso de estrenar el mar.
Tomás engulló tres tostadas con chocolate y corrió a acompañarle, mientras que Fernando y las chicas prefirieron desayunar con calma en la mesa del porche. Hacía un día bastante bueno como para descuidar los detalles, y despejarse cerca de un acantilado, con el mar, el sol y una taza de leche fresca no era algo que disfrutasen a menudo.
–¿Cuándo llegarán los demás? –preguntó Diana, distraída con la abeja que zumbaba sobre la mermelada.
–Dentro de dos días. La fiesta de Pablo empezará en el crepúsculo y terminará al alba. Ya sabes, el desfase de fin de curso.
–Algo así oí.
–¿Y Pablo aún no sabe nada? –intervino Sofía.
–Piensa que celebraremos su cumpleaños los que estamos.
–Pues menuda sorpresa se va a llevar. Si con eso no se cae de la tabla de surf, no lo derriba ni un tiburón.
–Ya lo creo que no –rió Diana.
Los gritos emocionados de Pablo y Tomás llegaban desde la orilla. Se dictaban órdenes y reían a carcajadas cuando las olas precipitaban la caída del adversario.
Diana saltó de la silla, recogió todo lo que cupo en sus brazos y entró en la casa. Al poco, salió con la toalla sobre los hombros y descalza, y atravesó a grandes zancadas el bosquecillo de matas que lidiaba con la playa. Lanzó la toalla cerca de las de sus amigos y se desvistió con impaciencia.
El agua estaba fría y la mantuvo un buen rato en la orilla, con los tobillos sumergidos y la piel de gallina. Allí, el olor a salitre era mucho más fuerte y pegajoso. De vez en cuando, algunas algas se le adherían a la piel como tatuajes oscuros, y ella chapoteaba hasta despegarlos de sus pies.
Los pescadores deslizaban la barca hasta el mar y se enfrentaban al oleaje para trepar por ella. Llevaban los pantalones remangados y el torso desnudo, luciendo el color de la almendra tostada. Los más ancianos demostraban la misma vitalidad que los jóvenes, pues lo que no les daba el físico, se lo brindaba la experiencia. Establecieron en seguida el control y se organizaron, cada uno en su puesto y con sus funciones, y viraron mar adentro. Diana avanzó hacia la barca que partía, olvidando la baja temperatura del agua, y se despidió de ella cuando sólo era una pincelada gris en el gran azul.
Pero los pescadores acostumbran a partir de noche, y no entendía cuál era el motivo de que aquella lo hiciera de mañana. Pensó en preguntarle a Pablo, que conocía las costumbres de aquel pueblo costero, pero lo olvidó en cuanto escuchó su nombre.
–¡Eh, Diana! Vamos, mete la cabeza de una vez y vente con nosotros.
Diana se volvió con una sonrisa.
–Ya voy, esperadme.
–¿No traes una tabla? –gritó Pablo, sobre la suya.
–¿Yo? Tendrás que enseñarme si quieres que me atreva.
Aspiró hondo y se sumergió, conteniendo el impulso de salir corriendo. Cuando sacó la cabeza, sorprendió a Pablo muy cerca de ella. Se apartó el pelo de los ojos y tomó su mano para cabalgar con él sobre las olas.
–Tiremos a Tomás –propuso ella.
Desde el acantilado, Cristina escuchaba las risas como algo muy lejano. Recordaba los veranos en aquella casa de muros blanquecinos y puertas abiertas. Quedaba algo amargo en aquel paisaje tan hermoso, aunque esperaba con todas sus fuerzas que acabase desapareciendo después de tantos años.
                                                                           ***



The sun had awakened early, as Pablo had promised, and it was bathing the entire shore with rosy hues, hastily making it’s way to the crest of the waves that were crashing into the rocks. The grass was pearled with dewdrops and the seagulls were grazing over the boats. There was a magical stillness permeating the morning, broken only by the fishermen’s shouts as they arrived with their nets and by the radio that the neighbor tuned on to sing its verses to the dawn.
Harmony was the word that could best describe that greeting from the sun.
Pablo was already on the shore, cleaning his surfboard, when the rest began to come out to the terrace. He was wearing his neoprene suit and had his hair pulled back in a low ponytail. Upon seeing them, still a bit dazed from that night’s sleep, he waved his arm and clapped his hands over his head. He seemed anxious to jump into the ocean.
Thomas gulped down three pieces of toast with chocolate and ran to join him, while Fernando and the girls preferred to calmly eat their breakfast on the porch table. It was too nice of a day to disregard the small details, and relaxing by a cliff, with the sea, the sun, and a cup of fresh milk wasn’t something they could enjoy every day.
“When will the rest come?” asked Diana, absent-mindedly looking at a bee that was buzzing over the jam.
“In a couple of days. Pablo’s party will start at dusk and will finish at dawn. You know, the end-of-the-year madness.”
“Yea, I heard something like that.”
“And Pablo still doesn’t know anything?” intervened Sofia.
“He thinks it’ll just be us celebrating his birthday.”
“It’ll be a big surprise, then. If that doesn’t make him fall off his surf board, I don’t know what will!”
“You said it,” laughed Diana.
Pablo’s and Thomas’s excited cries reached them from the shore. They were dictating orders to each other and laughing hysterically when the waves caused the opponent to fall.
Diana jumped up, picked up everything she could carry and went inside the house. Shortly after, she came out barefoot with a towel over her shoulders and crossed the small forest of weeds that wrangled with the sandy beach in a couple of long strides. She dropped her towel by those of her friends and impatiently undressed herself.
The water was cold and kept her stranded on the shore for a while, with her ankles submerged and her hair standing on end. There, the smell of saltpeter was much stronger and stickier. Every once in a while, some algae would adhere to her skin like dark tattoos, and she would splash around until she managed to unstick them from her feet.
The fishermen slid their boats into the ocean and faced the waves, ready to climb over them. Their pants were rolled and their torsos were bare, showing off their almond-colored skin. The older ones demonstrated the same vitality as the younger ones, for what they lacked in physical strength they made up in experience. They immediately established control and organized themselves, each with a specific position and assignment, and turned towards the ocean. Diana walked in the direction of the departing boat, forgetting the low temperature of the water, and only waved it goodbye when it was a grey brushstroke in the great blue ocean.
But the fishermen’s boats usually leave at night, and she didn’t understand why that particular one was doing so in the morning. She thought of asking Pablo, who knew more about the customs of that coastal town, but she forgot to as soon as she heard her name, “Hey, Diana! Come on, put your head in already and join us.”
Diana turned with a smile, “I’m coming, wait for me.”
“Aren’t you bringing a board?” shouted Pablo from his.
“Me? You’ll have to teach me if you want me to even try.” She took a deep breath and submerged herself, containing the urge to run out of the water. When she popped back out, she surprised Pablo standing right next to her. Brushing her hair from her face, she took his hand to ride the waves with him.
“Let’s throw Thomas from his board,” she suggested.
From the cliff, Cristina listened to their laughter like a faint noise in the distance. She remembered the summers in that house with the white walls and the open doors. Something bitter remained in the scenic landscape, although she hoped with all her heart that it would eventually disappear after all those years.

                                  Texto traducido por: Carolina Rodríguez García.

jueves, 7 de junio de 2012

Falling in love


Diana lanzó un papel por la ventanilla del coche y se apresuró a cerrarla. Envuelta en la misma atmósfera musical de sus compañeros, pasó su brazo por encima del que tenía a su derecha.
Falling in love with you... –cantó.
No importaba que desafinase.
Falling in love with you... –acompañó medio segundo después Tomás.
El resto se reía, poseídos por la embriaguez de la felicidad.
Llevaban toda la mañana bordeando la costa. Incluso habían visto desperezarse al sol, con su gloriosa corona de luz que teñía el mar.
Hacía calor. Según el termómetro, 32º fuera. Aunque abrir las ventanas había sido la primera opción, el ruido del viento no les dejaba escuchar la música, ni conversar de otro modo que no fuera a gritos.
¡Adoro la playa! –exclamó Diana, abriendo los brazos hasta rozar a Cristina, que se encontraba en la ventanilla contraria–. Por fin, por fin, por fin. Qué ganas tenía de que empezase el verano.
Con su ilusión, contagiaba al resto.
Falling in love... –repitió.
Mirad, ya se ven los acantilados de los que habló Pablo –dijo Cristina, empujándose contra sus compañeros de los asientos de atrás–. ¡Hemos llegado!
La reacción fue inmediata. Menos Fernando, que conducía, empezaron a aplaudir con vehemencia.
¿Quién llevaba el regalo para Pablo?
Diana.
¿Yo?
Cristina se giró, apartándose el cinturón, para mirar por la ventanilla de atrás.
Diana, ¿qué fue lo que tiraste a la carretera?
Nada –respondió automáticamente, intentando recordar de qué era el papel.
No sería la tarjeta de felicitación, ¿no?
¡Yo no habría tirado la tarjeta! –protestó, alcanzando la mochila para rebuscar en los bolsillos–. Si me lo distéis, seguramente lo metí aquí.
Cristina se mordió el labio inferior y le dirigió una mirada nerviosa a Fernando, que la observaba por el retrovisor.
La música quedó en segundo plano, como banda sonora del viaje de verano.
Diana, cada vez más apurada, había terminado de sacar todo lo que contenía su mochila sin resultado. Empezó a murmurar por lo bajo.
Nada de histerias –advirtió Fernando–, que nos estrellamos.
Diana se giró hacia la ventanilla de atrás, como había hecho su amiga, pero hacía tiempo que había lanzado aquel papel y debía quedar muy atrás.
No lo tengo –dijo, alterada.
¿Has mirado bien? –preguntó Sofía, desde el asiento del copiloto–. Quizá se te cayese debajo del asiento.
No, no está.
¡Fernando, quita la música! –gritó Cristina.
Eh, tranquila –intervino Tomás–. Vamos a mantener la calma, ¿de acuerdo? No pasa nada.
¿Cómo que no? Habíamos pegado la tarjeta de regalo con 300 euros en la felicitación.
¿La tarjeta verde con espirales?
Esa misma.
Y Tomás soltó una carcajada.
Perfecto –bufó Cristina–. Un hombre histérico, lo que faltaba.
Tomás negó con la cabeza, muy afectado para dejar de reír. Le hizo un gesto para que tuviera paciencia y rebuscó en su bolsillo trasero. Le tendió un papel arrugado.
¡La felicitación! –clamó, exhibiéndola y comprobando que no se equivocaban.
Diana se cruzó de brazos y se apoyó contra la ventana.
Diana... –la llamó Cristina–. Perdón. Creí que te la había dado a ti.
Tomás le guiñó un ojo a Sofía y le hizo unos gestos mudos. Ella asintió y encendió de nuevo el reproductor de música.
Carraspeó para aclararse la garganta y siguió la letra. Su voz grave era muy bonita, pero acentuó su pronunciación mediocre del inglés para hacerla sonreír.
Wise men say only fools rush in... but i can't help falling in love with you...
¡Qué bonito, que Tomás se declara! –gritó Sofía, sumándose a la actuación.
Tomás se echó a reír, sin perder la letra de la canción.
Falling in love... –cantó, haciéndole una señal a Diana.
With you –terminó ella.
Dejó que Tomás la abrazara con dramatismo y le besase en la mejilla. Luego miró a Cristina y le tendió la mano, para que también ella participase de aquella explosión de alegría.
Fernando pitó con fuerza: Pablo los saludaba desde la entrada de la casa. Tenía el pelo rubio recogido en una coleta y el torso tostado por las horas de sol.