¿Te atreves a soñar?
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lunes, 8 de agosto de 2016

El verdadero Apolo de Dafne


Se resistía a venderla, tan hermosa que era. Rodeó la mesa de herramientas y ocupó un improvisado asiento de mármol. Desde allí podría contemplarla sin que le viera. Había noches en que le despertaba su grito de ayuda y se apresuraba en socorrerla, pero nunca llegaba a tiempo. No podía dejarla marchar, por mucho que estuviese prometida a otro. Scipiano tendría que esperar. Quizá podía ofrecerle otra muchacha. Había algunas hermosísimas, tan puras como Dafne. Pero ella era sagrada, pensaba Gian Lorenzo mientras la observaba en la oscuridad. Dafne era perfecta. Ni siquiera la merecía un dios. Con ella no había horas. El tiempo corría, más veloz que nunca, y cuando alguien le sacaba del ensimismamiento, ya era la hora de comer, o de dormir incluso.

—¿Se encuentra bien, maestro?

Gian Lorenzo levantó la mirada, sobresaltado. François le miraba desde la puerta del taller. Se recompuso de inmediato.

—Esperadme unos minutos. En seguida estoy con vosotros.

—¿Puedo ver su obra, señor?

Bernini asintió con una sonrisa espontánea.

—No tenga miedo, François —dijo, tomando su muñeca para colocarle la mano sobre la piel de la ninfa—. Está a punto de convertirse en árbol.

Pero François no fue capaz de responder. Sus dedos temblaron al recorrer aquella piel suave y blanca. Quería abrazar a la joven y prometerle que estaría a salvo. Discretamente se llevó la mano al pecho. ¿Podría haber sido capaz Eros de clavarle una de sus flechas de oro? El maestro le agarró del hombro para separarle de Dafne y entonces lo entendió; él era el verdadero Apolo.



Apolo y Dafne, G. L. Bernini

miércoles, 15 de junio de 2016

Sobre Caravaggio y un Bernini

"DeCaravaggio a Bernini", prometía el anuncio sobre la exposición que acoge el Palacio Real de Madrid. Dos de los grandes. Caravaggio. Bernini. Tenía que acercarme a conocerlos. “Obras del Seiscento italiano en las Colecciones Reales”, acompañaba el cartel. Ya no quedaba duda: regresaría al Palacio por ellos.

Había visto tantas fotografías de las obras de Bernini que no podía creer que algunas de ellas estuvieran allí. Imaginaba sus esculturas vivas, de esas que tiemblan, ríen y casi echan a andar, y un pequeño duende me bailaba dentro. Bernini. Bernini. Mármol blanco. Miradas nostálgicas. Cuerpos elegantes. Y, por otro lado, el tenebroso Caravaggio, el maestro del claroscuro. Negro. Un negro hambriento.

El cuadro ‘Salomé con la cabeza de San Juan Bautista’ (Caravaggio, 1609) me resultó estremecedor. Ella sosteniendo la culpa y el plácido sueño de un muerto. No resulta extraño, al verlo presidir la intimidad de un rectángulo, que fuera el preferido de Carlos III.

Más adelante encontré ‘La túnica de José’ (1630); pensé ¡un Velázquez! y lo observé un rato. Pero en el Museo del Prado hay otros Velázquez, así que no me detuve más de tres minutos. Quería ver al polifacético artista italiano que me había convencido para ir a la exposición.

Recorrí las salas con ligereza y de repente… Bernini. Un Bernini dorado. Un Cristo crucificado de 140 cm de alto. No me decepcionó la figura, que es la única en metal que se conserva completa del escultor, pero tampoco me sorprendió. Regresé a la sala anterior y me anticipé a la siguiente, pero era la única efigie del artista (la Fuente de los Cuatro  Ríos, en la segunda, era una reproducción).

No me pareció que el prometido Bernini fuera cumbre de la exposición. Quizá tenía demasiada ilusión. Quizá me sobrepasó la imaginación al pensar que encontraría dos o tres esculturas de esas que te miran directamente al alma. Quizá. Sin embargo, descubrí a Simone Cantarini y sus pinturas en alabastro, un discípulo de Guido Reni (quien por cierto también se expone) elocuente, confiado y cálido. 

Bernini quedará para otra ocasión.


lunes, 24 de noviembre de 2014

Toulouse Lautrec: herido de muerte

A Toulouse Lautrec le fascinó la noche de París. Había nacido en una familia aristocrática y, si no hubiera sido por su fragilidad física, quizá sus obras habrían sido muy distintas. Se crió en el campo, en el Castillo de Albi, pero su refugio fue el Moulin Rouge de París.

Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec tenía todas las cartas para ser un “don nadie”. Tenía un apellido aristocrático y creció rodeado de comodidades, pero su padre le rechazó desde la infancia. Le desagradó su debilidad y, más adelante, también su ocupación como pintor de los bajos fondos de París. 

Nació el 24 de noviembre de 1864, hace 150 años, y pasó su vida buscando un amor con el que superar sus miedos. Lo encontró en la noche: en sus luces, sus deseos, en las bailarinas del Moulin Rouge y en el alcohol. 

Dance at the Moulin Rouge, por Toulouse Lautrec

Su pintura, enmarcada en el postimpresionismo, fue reflejo de sus anhelos. Envidiaba las piernas fuertes de las bailarinas y las representaba siempre largas, ligeras. A las demás figuras, sin embargo, trataba de ignorárselas y las escondía debajo de las mesas o fuera de encuadre. Él había sufrido una rotura de fémur en cada pierna y eso limitó su crecimiento.

Toulouse Lautrec, pseudónimo que adoptó por orden de su padre, que aborrecía que relacionasen su apellido noble con su inmersión en el mundo nocturno, me parece un artista emocionalmente contradictorio. Se esforzó por superar sus límites y no se rindió cuando su progenitor le retiró la herencia y le rechazó oficialmente. Pero trató de aliviar su dolor en los burdeles y ahogándolo en alcohol. Vivía herido de muerte. 

El joven Toulouse, que falleció a los 37 años, es uno de los grandes artistas de finales del siglo XIX, pero sufrió tanto... Si tuviera que elegir las palabras claves de su vida, no dejaría de mencionar a su familia porque fue su trampolín del arte y su tormento. Su madre le apoyó hasta el final, pero le pareció que su padre nunca le quiso. Padecía dolor agudo en las piernas, pero la mayor estocada, estoy segura, se la dieron en el corazón.

In Bed: The Kiss, por Toulouse Lautrec


miércoles, 23 de octubre de 2013

¿Cuál es el problema del cine?

Una tropa de gente y la sensación de que no cabríamos todos en el cine. Una cola que serpenteaba por el local y la calle, que se amenizaba por la emoción de comprar una entrada con 2'90 euros. Cientos de cabezas, miles de conversaciones. Una muchedumbre entusiasmada y unos empleados ajetreados pero sonrientes. ¿Es la calidad de las películas, la piratería o el precio habitual del cine lo que, de normal, mantiene en coma sus salas?
No recordaba una demanda semejante desde hace bastante años, ni siquiera en los estrenos más populares. Parecía una discoteca en plena semana laborable. Una fiesta de salas oscuras, olor a maíz tostado, conversaciones alegres, ilusión y arte. Supongo que los personajes de las películas se sentirían orgullosos, honrados, crecidos, valorados. Artistas de cine. Por fin, artistas de cine.
Una explosión feliz que, sin embargo, me acabó produciendo rabia. Ayer fui al cine, hoy iré otra vez. Si tuviera más horas, exprimiría esta oferta de 2'90 euros/película en dos o tres sesiones más. Y como yo, tanta gente, tantos románticos -porque aquellos días de citas en el cine han quedado muy lejos-, tantos amigos, tantas familias, tantos aventureros; tantos.
Después de estas reuniones de multitudes, después de que el cine pareciese un hormiguero de miradas brillantes, ¿de verdad que el problema son las personas?  

jueves, 21 de marzo de 2013

Me basta así


Los planes siempre se desmontan, de modo que reservaré el relato que tenía pensado publicar hoy y felicitaré a la Poesía. Hoy es el día mundial de este arte y creo que se merece una entrada especial en El Bosque de papel. Aunque apuro las últimas horas de este 21 de marzo, “más vale tarde que nunca”.
Fue una bonita sorpresa cómo recordé la fecha. Resulta que cada año y en este día, mi Universidad se llena de papelitos de todos los colores. Durante un tiempo, alumnos, profesores y empleados envían sus poesías preferidas, propias o de otros autores, a Actividades Culturales de la Universidad, y se reparten cuando llega el aniversario de la Poesía. El resultado es una explosión de emociones, suspiros y sonrisas. En los bancos de las facultades, en las mesas de la entrada, en las aulas... Miles de colores y millones de palabras.
Así que esta mañana, cada vez que encontraba un montoncito de poemas, corría a descubrir su contenido, entusiasmada. Bécquer, Benedetti, Machado... Los leía con mis compañeros y los volvía a dejar donde estaban, para el que viniera detrás. Hasta que encontré “Me basta así”, y empecé a recitarlo una y otra vez, sin cansarme. Enseguida supe que sería mi protagonista del día.

“Me basta así”

Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si el sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olos, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
–de eso sí estoy seguro: pongo
tanta atneción cuando te beso–;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si fuese
Dios, habría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal y como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina imapalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de sí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando –luego– callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo constelaciones: existes.
Creo en ti. Eres. Me basta).

Poema de Ángel González

viernes, 18 de enero de 2013

No era Renoir


No era Renoir. No era solamente Renoir. Eran latidos maquillados con pintura. Había una respiración contenida que se escuchaba en el brillo de los colores. Los árboles estaban vivos, la vivienda estaba ocupada, el sol estaba enamorado.


 
Pintura por: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Técnica: Impresionismo

viernes, 11 de enero de 2013

Beatles de la calle


No sabía nada de ellos, aunque ya se había fijado la tarde anterior. Quizá era porque su hermano mayor tenía un grupo de música, y conocía de cerca las tardes de ensayo, de frustraciones, de trabajo, de euforia y de alegría. O tal vez se debiera a que para ella los Beatles tenían un significado especial. O porque los intérpretes eran jóvenes y su escenario era la acera del Corte inglés... O porque realmente sonaban bien. No lo sabía. Lo único que tenía claro era que aquellos tres músicos callejeros la cautivaban como no habían logrado los demás grupos de la calle.
Fátima consultó la hora en su móvil. Había decidido esperar a Rosana a una distancia prudente del improvisado concierto. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. No quería sentirse incómoda con las miradas de tres chicos ilusionados, ni distanciarse hasta perder los matices de aquella voz serena. Le gustaba; tenía una voz diferente.
Había visto a acordeonistas, violinistas, guitarristas, gaiteros, bandas de música, flamencos y payasos, pero nunca a un grupo que sonase con tanta magia. Esa era la palabra: Magia. La magia de toda una generación se desplegaba con ellos. Dos guitarras, una batería y la voz.
Y se enfrentaban a un público difícil, a un público que era prisas, agobios, consumismo, y cada vez más inmune al valor de todos los artistas callejeros. Y, sin embargo, parecían ilusión candente, fuerza y entrega. No tenían amigos que les animasen en primera fila, ni discos que los avalasen... Pero sí mucho cariño. Y talento.
Fátima no vio aparecer a Rosana hasta que estuvo a pocos pasos y, entonces, la cogió del brazo y le señaló a los tres chicos.
Me encantan –susurró.
¿Son los que escuchamos el otro día? Suenan muy bien –aprobó ella. Luego miró la hora e hizo un gesto de disgusto–. Siento haberme retrasado. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
No te preocupes. No me he movido de aquí y se me ha pasado rápido el tiempo. ¡Ya ves que tenía una buena banda sonora!
Rosana se rió, más tranquila, y se concentró en la letra de las canciones que interpretaba aquel grupo. Se llevó la mano a la boca, sorprendida, y exclamó:
¡Son canciones de los Beatles! –Luego se metió las manos en los bolsillos en busca de alguna moneda suelta–. Lo hacen muy bien, voy a ver si puedo dejarles algo...
Entonces, a Fátima se le ocurrió una idea. Buscó en los bolsillos de su falda y de su abrigo, y le preguntó a Rosana. Necesitaba un papel y un bolígrafo, aunque solo encontraron algunos tiques y un paquete de pañuelos.
Vaya, qué rabia –dijo Fátima, revisando por cuarta vez sus bolsillos–. Siempre llevo algo para escribir encima... Y hoy no tengo nada.
Y sin dudarlo, se acercó a un quiosco de dulces y preguntó por un bolígrafo. Los dependientes, extrañados pero sin hacer preguntas, le prestaron uno azul, y comenzó a escribir un pañuelo apoyada en su mano.
¿Qué les vas a decir? –inquirió Rosana, leyendo por encima de su hombro.
Que me gustan.
Las letras bailaban poco firmes, pero lo importante era el mensaje. Fátima no podía dejarles dinero, pero sí podía hacerles sonreír. Quería hacerles sonreír. Quería que se sintiesen valorados, reconocidos. Si pudiera, les regalaría alas a su sueño. Pero no podía. No podía más que dejarle su propio tesoro, que eran las palabras. Ella vivía en las letras como ellos lo hacían en la música. Era lo más valioso que podía ofrecerles. Esa era su magia.