Medio muerta, mártir de la belleza, mujer coqueta. Envuelta en hojas verdes, amarillas, rojas. Con zapatos secos. Vestida de caracoles blancos y lombrices brillantes. Amante del viento, que la desnuda sin prisas, con delicadeza, respetando los tiempos. Corazón de los bosques de otoño. Una dama elegante, rebelde, de fuego.
¿Te atreves a soñar?
Mostrando entradas con la etiqueta Belleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Belleza. Mostrar todas las entradas
domingo, 27 de octubre de 2013
domingo, 22 de septiembre de 2013
El grito del Perdón
“Donde se cruza el camino
del viento con el de las estrellas”, inscribieron en el lomo de un caballo de metal
que cabalga el Perdón. Una eterna procesión que admira Pamplona desde la cima
del monte. Los guardianes detenidos de la ciudad. Con la mirada al frente y las
espaldas cargadas, con el mismo cansancio que los peregrinos de Santiago.
El viento grita en la
cumbre y se desahoga de todo lo que vio en las calles asfaltadas. Coge
carrerilla y se lanza contra los molinos de viento, y los empuja, y les insufla
vida, tanta vida que los hace girar. Allí, tan alto, no tiene miedo de llorar
ni de enfadarse.
Y en el horizonte, se
pintan las nubes. El sol escondido crea un mar infinito de rojos y naranjas.
Una línea que distingue la noche de la cuenca hasta que se asoman las
estrellas, todas esas que se cruzan con el viento, y la Naturaleza se detiene a
contemplar las minúsculas luces de la ciudad.
Texto: Blanca Rodríguez G-Guillamón
Fotografías: Siyuan Qian Zhang
martes, 6 de agosto de 2013
Un paraíso de melocotón
El
paraíso debe ser muy semejante. Cuando comencé la caminata por la
orilla del mar, con los pantalones remangados y las sandalias entre
los dedos, tuve la sensación de que aquella inmensidad se arrastraba
solo para acariciarme los pies.
La
playa se había vaciado de turistas y apenas quedaban algunas parejas
fotografiándose y los pescadores que clavaban sus cañas como
banderas. Algunas risas discretas, palabras brumosas y las
conversaciones de las olas.
En
cada paso traté de memorizar aquellos brochazos de la naturaleza y
de ponerle palabras a lo que no tiene. Un mar suave, ligero,
encarnado, protegido por un horizonte de bruma morada y perfumado de
sal. Un mar que, por ser belleza de paraíso, mejor podría
describirse como mar de melocotón.
Todo
era confianza entre un mar que besa y unos caminantes sin más
destino que el soñar. Así pues, continué marcando mis pasos en la
arena fría. Y el mar persistió en borrar mis huellas. Y respiré la
libertad que arrastraba la espuma. Y las olas se hicieron grandes
hasta doblarse y rasgar la orilla.
Y
todo fue paz hasta que estalló un lamento.
Primero,
una botella vacía de vino, después, vasos de plástico y latas de
refrescos. Una bolsa de basura asfixiando al mar y una montaña de
cáscaras de pipas. Una chancla rota, más bolsas, papel de aluminio
y restos de un bocadillo. Una lata de Monster.
Me
tembló el corazón y el ánimo. Mi mar de melocotón lo habían
convertido en un paraíso monstruoso.viernes, 8 de febrero de 2013
Nieve de febrero
Pamplona
es caprichosa. En un solo día es capaz de amanecer nublado, salir el
sol, llover, tronar y nevar. Todo en uno, una ganga. Pamplona es un
collage de sensaciones meteorológicas, la obra de arte de un
pintor indeciso. Nubes blancas, copitos de algodón fríos, un velo
de encaje sobre la hierba... Magia de febrero.
Y
escribo sobre esta nevada que no cuaja por un encuentro fortuito. Al
terminar la mañana de trabajo y regresar a casa, Gabriel asomó por
debajo de un paragüas negro. Me lo crucé de frente, aunque tardé
en reconocerlo. Tenía una sonrisa especial, una sonrisa que solo
asoma cuando nos olvidamos de nosotros mismos, y aprovechó la
detención para cerrar su paragüas y mirar al cielo.
–Tienes
que escribir sobre esto –dijo, recogiendo en su cara los copos de
nieve–. Hoy hace un día de El Bosque de papel.
Me sorprendió y le prometí que lo haría. Le aseguré que
escribiría de aquella cortina blanca solo por él.
–Me
encantaría ir sin paragüas, porque esto es tan... tan mágico
–continuó–. No sé, es un día de esos que te despiertas y
piensas que el mundo es maravilloso, y que todas las personas son
maravillosas también. Uno de esos días en que no puedes dejar de
sonreír y te convences de que todo es así de bonito, que no puede
haber nada malo.
Un
pedazo de felicidad.
Un
suspiro del alma.
Y
mientras hablábamos, los copos de nieve enterraban mi paragüas y su
pelo.
–Yo
también quiero llenarme de canas –reí, rindiendo la cabeza al
cielo.
–Yo
voy a ser anciano todo el día –aseguró Gabriel, sonriente.
El
tiempo se había ralentizado.
La
hierba se vestía pacientemente de blanco, aunque de una tela muy
fina que nunca la llegaba a cubrir. Los árboles goteaban por el peso
de sus ramas, y el agua se precipitaba por las cuestas como ríos
poco caudalosos pero salvajes.
Pamplona
es caprichosa en todas sus estaciones. Y muy bella. Pamplona es una
ciudad enamorada de la naturaleza. En febrero nieva, y en noviembre sale el sol.
martes, 29 de enero de 2013
Por nuestros hijos
“Cuida
el planeta, respeta a los animales, no malgastes el agua, no tires
basura a la hierba, no ensucies la atmósfera, por nuestros hijos y
los hijos de los nuestros”. Eso nos han enseñado: a cuidar de los
bienes naturales de los que disponemos por los que vienen detrás. Es
lo justo. Si tu tienes paisajes hermosos, cuidalos para que los sigan
disfrutando. Si tienes agua corriente y aire limpio... que la cadena
no muera en ti.
Pero,
¿a quién le estamos dejando el planeta? Sí, a nuestros hijos y a
los hijos de los nuestros, por supuesto... A personas que crecen
encerradas en casa con los videojuegos, que no tienen tiempo para
pasear por pasear, o de leer un libro, o de jugar a las canicas, a la
comba, al elástico, a los aros, a cazar mariposas... Que no saben lo
que es arrancar una fruta de un árbol y comerla, o ver una puesta de
sol, o cuidar gusanos de seda, tortugas o peces. Que creen que el
amor es solo una danza de cuerpos, y no de espíritus. Que pasan las
horas frente al ordenador y caminan con la cabeza gacha, no por
vergüenza, sino por el móvil que los mantiene despiertos.
Y
ellos heredarán nuestra tierra.
Afortunadamente,
no todos los niños han saltado a la edad adulta sin pasar por la
infancia. Todavía hay muchos que juegan, que inventan, que aman. Y
no quiero resultar pesimista, porque aquellos que creen, luchan y
trabajan, llegan más lejos que quienes se dejan llevar. Pero los
modelos de la sociedad no son estos niños. El poder, por ejemplo,
¿existe para ofrecerse a los demás, o es para enriquecerse a sí
mismo? ¿Qué acaba imperando? Si los pequeños se fijan en los más
mayores, ¿qué va a nacer de esta sociedad corrupta, descuidada y
ambiciosa? Por suerte, aún quedan los padres, los buenos profesores
y el amor, que tiene necesidad de hacer el bien.
Yo
seguiré cuidando el planeta “por nuestros hijos y los hijos de los
nuestros”. Contemplaré, como vengo haciendo hasta ahora, lo más
pequeño, que puede ser una flor, una hoja o una gota de agua, y
continuaré amando todo lo que tenemos sin haberlo pedido. Quizá
alguna vez deje de verle el sentido, pero entonces acudiré a esas
personas que no han dejado de ser niños, y aprenderé de nuevo que
la tierra no es hermosa sin las personas, y que las más humildes,
generosas y entregadas son las verdaderas joyas de la naturaleza.
Etiquetas:
Amor,
Belleza,
Creer,
Destrucción,
Esperanza,
Familia,
Historia,
Interés,
Naturaleza,
Niño,
Oportunidad,
Realidad,
Sociedad,
Soñar,
Tiempo,
Trabajo,
Vida
viernes, 18 de enero de 2013
No era Renoir
No
era Renoir. No era solamente Renoir. Eran latidos maquillados con
pintura. Había una respiración contenida que se escuchaba en el
brillo de los colores. Los árboles estaban vivos, la vivienda estaba
ocupada, el sol estaba enamorado.
Pintura por: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Técnica: Impresionismo
lunes, 7 de enero de 2013
Luces de Navidad
Málaga viste con encanto durante las Navidades, aunque hacía tiempo que no veía una calle Larios tan luminosa, ni un árbol tan protagonista en las fotografías de los viandantes. A punto de marchar y como despedida, he reunido tres de mis instantáneas preferidas de este fin de año.
Calle Larios
Árbol de Navidad en la Plaza de la Constitución
Detalle del árbol de Navidad
martes, 27 de noviembre de 2012
Cuando se acerca diciembre
Te
escucho. Sí, escucho cómo te revuelves y cómo resbalas y cómo
salpicas al tropezar. Escucho tu grito sumiso cuando te partes y te
traga la tierra. Te despide un coro monótono de lluvia y el palpitar
de las hojas que has besado. Pero la gente corre con las manos en la
cabeza y los pensamientos en otra parte. Chapotean y se alejan, y se
acercan otros que se van.
Escucho
cómo burbujean las entrañas de la tierra, por debajo de todo ese
verde brillante, y al caracol que se recoge y a la hormiga que
desaparece detrás de la araña.
El
viento barre la alfombra roja del otoño y los primeros copos de
aguanieve velan las ramas desnudas de los árboles. Las aves se
sacuden el frío y se arrebujan en los nidos que pronto quedarán
vacíos.
Y
huele a castañas y a invierno, porque siempre huele de ese modo
cuando se acerca diciembre.
jueves, 18 de octubre de 2012
El espejo del alma
Daniela
se encogió en el sofá con su mejilla colorada sobre el cojín,
disimuló un bostezo e insistió.
–¿Has
terminado ya?
Pero
Mario seguía concentrado, con el pincel goteando colores sobre el
mármol y el sudor perlando su espalda.
De
nuevo su pregunta la contestó el silencio.
El
calor pesaba sobre ellos, como el olor a aguarrás y a óleo húmedo.
Daniela tenía todo esos olores en la nariz y estornudaba. Consultó
el reloj de pared, que golpeaba los segundos con un tic-tac
grave, y se sorprendió de que fuesen las seis de la tarde. Empezaba
a molestarle el estómago por el hambre y los músculos por la
postura.
–Mario...
Ya es tarde –murmuró, sin atreverse a levantarse sin su permiso–.
Déjalo para mañana.
–No
me queda mucho –replicó él sin detener el trazo.
Daniela
suspiró y se consoló pensando que el retrato sería hermoso. La
había vestido con un traje sencillo, que se ceñía bajo su busto y
resbalaba en cascada hasta sus pies. Observó la mirada concentrada
del pintor y se estremeció al descender hasta sus labios. No le
había pasado inadvertida la ternura que derramaba sobre el cuadro. Y
en el cuadro estaba ella. Se ruborizó, pero no dejó de buscarle su
alma en los ojos.
Pasó
una hora más hasta que Mario se alejó del lienzo con satisfacción.
Daniela se había quedado dormida, pero la emoción de su amigo la
despertó. Lo encontró con los ojos húmedos y riéndose para
liberar la tensión. Se incorporó lentamente, sacudiendo sus
miembros entumecidos, y se acercó al artista, que era incapaz de
hablar. Recogió su melena oscura en una trenza rápida y esperó a
que él voltease la obra. Pero Mario parecía haberla olvidado,
porque le resultaba imposible apartar la mirada de su creación.
Daniela
sonrió, cautivada por la felicidad de su amigo, y bordeó el
caballete para contemplar el resultado.
–¿Por
qué soy rubia? –fue lo único que se atrevió a decir.
Aquella
mirada dulce, aquellos labios traviesos, aquella melena brillante...
Nada de aquel rostro era suyo.
Sintió
el impulso de salpicar la pintura con el aguarrás, pero un vacío la
tragó con toda su rabia. Se desnudó detrás del biombo y recuperó
sus pantalones, su jersey y su bufanda.
–Voy
a comer algo –dijo, aunque ya no tenía hambre.
The mirrow of the soul
Daniela
curled herself up on the couch, with her rosy cheek on the cushion,
concealed a yawn and insisted, “Have you finished yet?”
But
Mario remained focused, with his brush dripping colors on the marble
and drops of sweat beading his back.
Again,
her question was answered by silence.
The
heat weighed over them, like the smell of turpentine and wet oil.
Daniela had all of these scents inside her nose and was sneezing. She
eyed the clock on the wall, which was striking the seconds with a
deep tic-tac, and was surprised to see that it was already 6
PM. She suddenly became aware of how hungry she was, and her muscles
were starting to ache from remaining in the same position for so
long.
“Mario…
it’s really late,” she murmured, not daring to get up without his
permission, “Leave it for tomorrow.”
“I’m
almost done,” he responded, without disturbing his stroke.
Daniela
sighed and consoled herself in the thought that the portrait would be
beautiful. He had dressed her in a simple dress that tightened under
her bust and slid cascade-like to her feet. She observed the
concentrated look of the painter and shuddered as she lowered her
gaze to his lips. She hadn’t ignored the tenderness he was spilling
onto the painting. And she was inside that painting. She blushed, but
didn’t stop searching for his soul in his eyes.
Another
hour went by before Mario stepped back from the canvas with a look of
satisfaction. Daniela had fallen asleep, but her friend’s
excitement woke her up. She found him with watery eyes and laughing
to relieve his tension. Slowly, she lifted herself up, shaking her
numb limbs, and approached the artist, who was incapable of speaking.
She gathered her dark hair into a quick braid and waited for him to
flip the canvas. But Mario seemed to have forgotten about her,
because he was seemingly unable to turn away from the painting.
Daniela
smiled, captivated by her friend’s happiness, and skirted the easel
to contemplate the result.
“Why
am I blond?” was the only thing she dared to say.
That
sweet gaze, those mischievous lips, that luscious hair… Nothing
about that face was hers.
She
felt the impulse to splash the painting with the turpentine, but a
sudden emptiness swallowed her rage. She undressed behind the folding
screen and recovered her pants, sweater and scarf.
“I'm
going to go grab a bite,” she said, although she was no longer
hungry.
Traducido por: Carolina Rodríguez García
domingo, 12 de febrero de 2012
La hija del extranjero
Corría por el borde del acantilado, con los brazos extendidos y los pies descalzos. Desde la playa su silueta parecía la de un ángel, pues su vestido blanco creaba la impresión de alas vaporosas. Podría ser un hermoso cuadro de Monet, tan brillante en contraste con el verde primaveral de la hierba y el azul irritado del mar. Todos la observaban desde abajo, asombrados, fascinados por su energía. De un momento a otro podría levantar el vuelo y nadie se sorprendería mucho más.
–¿Es la hija del extranjero? –preguntó Ainara Lena, la mujer más hermosa del pueblo.
–Sí, la salvaje –le contestaron en un suspiro.
Todos la envidiaban, tenía algo incomprensible que la hacía muy distinta al resto. Aquella muchachita los había encandilado con su sonrisa traviesa y su mirada inocente. Los hipnotizaba cuando bailaba en la plaza, abrazada a los rayos de luna, y cuando corría cerca del faro con el cabello desordenado y la risa fresca. Siempre parecía feliz... y apenas tenía nada.
–¿Qué hay de su madre?
–No lo sé, siempre que le preguntamos nos mira y sonríe, pero no nos contesta.
–¿Y su padre?
–Ya sabes quién es, el que volvió de América.
–Federico ya no pertenece a este pueblo –intervino Ainara, molesta.
Un pescador se rió.
–¿Tanto le odias por no elegirte a ti como esposa?
Las risas salpicaron su orgullo y Ainara se dio la vuelta y se marchó.
–No debes decir esas cosas –le advirtió uno de los compañeros –. Ahora ella está casada con un hombre rico.
–Claro, cómo no. Olvidaba que el dinero está por encima del amor –se burló.
Mientras tanto, ajena a las malicias de los adultos, la niña contemplaba el horizonte. “¡Qué grandeza más absoluta!”, pensaba. Se había sentado en el borde, desde donde podía balancear sus piernecitas desnudas, y dialogaba con aquella inmensidad. Amaba a las gaviotas, a las olas, a las mariposas doradas. ¿Cómo podía alguien acostumbrarse a esa belleza regalada? Su madre le había dicho una vez que la naturaleza era para muchos una belleza invisible. Miró hacia la playa, donde no dejaban de observarla, y sintió lástima. ¿No se daban cuenta de que el mar, su espuma, el aire, la arena y las rocas eran mucho más fascinantes?
jueves, 17 de noviembre de 2011
"La belleza crea belleza"
“Lo malo de las cosas que digo, es que las siento”, confesó Enrique Loewe en la conferencia del FORUN organizada por la Universidad de Navarra el 16 de noviembre. Y es que la pasión por cuanto realizamos es el verdadero motor del éxito. Si amamos lo que hacemos, seremos capaces de afrontar los retos y superar los obstáculos.
Enrique Loewe desarrolló, con gran maestría y agilidad, las consecuencias de la crisis del sistema que estamos atravesando. La globalización, el desarrollo de las redes sociales o los grandes imperialismos en las estructuras de la comunicación, han bloqueado la reacción social y nos conducen hacia un cruce de caminos que no sabemos cómo solventar. Se han creado grandes complejos de inferioridad que nublan la perspectiva. Siempre pensamos que lo que procede de “fuera” es mejor que nuestros propios recursos, cuando la realidad es que renunciamos voluntariamente a ello, así como a innovar, y nos mantenemos en la crítica. Es ahí donde reside el problema y la solución. En nosotros está el cambio, y no en la política. Nadie va a representarnos tan bien como nosotros mismos y, por ello, es preciso que sepamos quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Hay que detener el mundo, sus prisas, sus decisiones precipitadas. Hay que ponerle freno a la cascada de emociones que nos golpea constantemente y pensar. Como bien dijo Loewe: “Hay que encontrarse a uno mismo y buscar el ser, no el valer”.
Cada uno vale por sí mismo. Las apariencias son el reflejo vacío de una sociedad frívola. La banalidad a la que nos lanza el lujo debe ser combatida con la propia personalidad y con el gusto, “que es una sabiduría consecuencia de nuestra cultura”. Por naturaleza, aprendemos observando, con lo que la educación se convierte en un factor esencial para el ejercicio de nuestra libertad. “La cultura nos hace valorar las cosas, y la belleza, aunque no siempre tiene por qué, cuesta esfuerzo, sacrificio y trabajo. Por eso, hay que leer, buscar y conocer”. Todavía es posible reanimar el alma consumida de la sociedad, que se lamenta en lugar de levantarse.
Con gran aflición, Loewe aseguró: “Noto el aburrimiento (de la sociedad), el hastío. Hay una juventud muy formada, pero un pelín vieja”. No podemos dormirnos en una sociedad en crisis. Es más, esta misma circunstancia debería ser un incentivo suficiente para renovar nuestras esperanzas. Debemos creer en un futuro mejor, pero también poner de nuestra parte para alcanzarlo. No hay fuerza más eficaz que aquella que construye una sociedad unida, ni verdad tan exquisita como la sencillez. No podemos esperar a que los demás nos sobrepasen, sino anticiparnos y retar al mundo con alegría, esperanza, motivación y capacidad creativa. “La belleza crea belleza”, repitió Enrique Loewe. Así pues, amemos nuestro trabajo, nuestros éxitos y nuestros fracasos. “El gusto, lo bello, tiene mucho que ver con la autenticidad”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






