¿Te atreves a soñar?
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domingo, 22 de septiembre de 2013

El grito del Perdón



“Donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”, inscribieron en el lomo de un caballo de metal que cabalga el Perdón. Una eterna procesión que admira Pamplona desde la cima del monte. Los guardianes detenidos de la ciudad. Con la mirada al frente y las espaldas cargadas, con el mismo cansancio que los peregrinos de Santiago.


El viento grita en la cumbre y se desahoga de todo lo que vio en las calles asfaltadas. Coge carrerilla y se lanza contra los molinos de viento, y los empuja, y les insufla vida, tanta vida que los hace girar. Allí, tan alto, no tiene miedo de llorar ni de enfadarse.

Y en el horizonte, se pintan las nubes. El sol escondido crea un mar infinito de rojos y naranjas. Una línea que distingue la noche de la cuenca hasta que se asoman las estrellas, todas esas que se cruzan con el viento, y la Naturaleza se detiene a contemplar las minúsculas luces de la ciudad.


Texto: Blanca Rodríguez G-Guillamón
Fotografías: Siyuan Qian Zhang


jueves, 14 de marzo de 2013

Los caminos de Nina


24 años:

Apretó la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba, a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de vuelta.
“Volveré como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas, otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos todas mis aventuras”.
Nina estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de echar a volar.


34 años:

Nadie había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada. Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría el niño y no pudo continuar.
Todavía tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio, de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable y ahorrarlo todo para el bebé.
No serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia, pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de días.
El mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de grafito.
Ninguno de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.


84 años:

Había esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo! –protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un Premio Cervantes.
La joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño. 

martes, 12 de febrero de 2013

Rey del desierto


El sol era el rey infinito del desierto. El único que se orientaba, el único que no necesitaba nada para sobrevivir, el único que podía escapar del mar de dunas ardientes sin agotarse, ni enloquecer, ni morir en el intento.
¡Leyre, sigue caminando! –gritó el egipcio, sin fuerzas para volver sobre sus pasos–. No falta mucho.
Pero ella tropezó, se restregó contra la arena y gimoteó. Tenía los pies quemados y las sandalias le dolían. Escupió en sus manos antes de rascarse la cara, luego se sacudió el pelo y gritó.
Llevaban más de una semana zigzagueando entre montañas de arena, dos días sin agua y cuatro de espejismos constantes. Zarid había asegurado que conocía el desierto, pero cada día hablaba menos y Leyre sospechaba que su suerte estaba a juicio de un paraje inhóspito.
La joven se tumbó en la arena, boca arriba, con los brazos extendidos en cruz y los ojos cerrados. Solo quería esperar. Ella llegaría en cualquier momento. La muerte era piadosa con quienes se perdían en aquel laberinto cambiante e inmenso.
¡Leyre! –insistió Zarid, apoyándose en sus rodillas para no desplomarse.
Pero Leyre se había rendido.
Seguiré sin ti si no te levantas –amenazó él, cansado.
Y sus palabras las quemó el aire seco y el sol ardiente. Cayó, como había hecho Leyre, con el corazón golpeándole el pecho con velocidad; quería huir de su cuerpo derrotado.
Levántate –murmuró, antes de cerrar los ojos.
No hubo eco. No hubo lágrimas ni dolor, solo agotamiento. Leyre se olvidó de Zarid y el egipcio se olvidó de la española. Querían escuchar el silencio. Sabían que la muerte acabaría compadeciéndose de aquel letargo, y no tenían miedo. No sentían nada más que su corazón desbocado y su respiración perezosa.
Entonces, cuando los dos estaban preparados para el último aliento, Leyre recordó que no debía abandonarse de aquella forma y abrió los ojos. Parpadeó y se retorció por la luz.
Za... –susurró.
Su boca seca no tenía para palabras. Se incorporó, aturdida por el dolor de cabeza, y se arrastró hasta su amigo. La arena punzaba y sus manos le parecían agujereadas. Zarandeó el cuerpo del joven y lo abofeteó hasta que reaccionó. Zarid abrió los ojos, pero no se movió ni dijo nada.
El sol era un rey tirano.
La chica abrazó a su amigo y le rozó la mejilla con los labios. Le picó su barba, pero aquella cercanía los reconfortó.
No te rindas”, articuló.
Zarid sonrió, pero le pesaban los brazos, las piernas, los párpados.
Leyre lo agitó.
Él era fuerte.
Él no podía dormirse.
Zarid se levantó.
Sigue caminando, Leyre –dijo, arrastrando las palabras–. Ya veo la ciudad.
La joven buscó en el horizonte.
No hay ciudad.
Sí, yo la veo.
Leyre sonrió con amargura.
Podemos inventarla –accedió.
Se acarició la garganta y tragó saliva. Necesitaba mucha saliva y mucha voluntad.
Nuestra ciudad tendrá un bosque frondoso y húmedo –comenzó.
Zarid se rió, aunque resultó un leve gorgoreo, e interrumpió:
Como el de Ecuador.
Sí, como aquel que visitamos en Ecuador.
Y un iglú como el de Laponia –sugirió Zarid, recordando la noche que durmieron en una casa de hielo–. Para que no pasemos calor.
Nada de calor.
¿Y mar? A ti te gusta.
Habrá un mar revoltoso como el de Asturias.
Bien, y muchas palmeras –agregó él.
Muchas, sí. También una sabana de elefantes.
¿Te gustan los elefantes?
Leyre se encogió de hombros.
Tengo una amiga a la que le encantan... y querré invitarla alguna vez –dijo.
Entonces también habrá iguanas.
Habrá iguanas –aceptó la joven.
Y de esa forma, sentados en la arena con las manos juntas y tratando de mantenerse despiertos, los despidió el sol. El gran monarca los abandonaba con incertidumbre; no sabría hasta el día siguiente si aquellos amigos llegaron a alcanzar la ciudad o se quedaron tan cerca, a sus puertas, soñando. 

viernes, 30 de septiembre de 2011

A las puertas de la vida

¿Que cómo la conocí? Oh, ya querrían ustedes una historia similar a la nuestra. Ella era una mujercita de ciudad, toda adornada con joyas y de una educación exquisita. Era atenta y graciosa... y bella. Era muy bella. Tenía dos grandes ojos azules que llamaban descaradamente la atención, el pelo azabache y rizado, y unos labios suaves e infinitamente rojos. Soñaba con casarse con algún hombre aventurero que la llevase a la India y a América, como sucedía en sus novelas de romances. Ella quería abrazar el mundo, quería abrazarlo y ahogarse en él.
En su decimoctavo cumpleaños la conocí. Sus padres habían organizado una fiesta en uno de los locales más caros de la ciudad. Mientras yo paseaba por allí, tratando de evitar los bares y emborrachado de problemas por una mujer difícil, ella salió a tomar el aire, sonrosada por el calor. De su mano iba un joven de edad similar a la suya, que trataba de ganarse sus labios mientras sus ojos la recorrían con deseo. Ella, coqueta, fijaba su mirada deslumbrante en la de él y reía con exageración cada una de sus palabras... hasta que reparó en mi presencia. Sus grandes ojos azules se detuvieron en mi camisa remangada, en la pluma que guardaba tras la oreja y en mi cuaderno de viajes. Debí parecerle un doble de Indiana Jones o de algún vaquero del Oeste, porque rechazó a su acompañante y se dirigió hacia mí, fascinada.
–Perdona, ¿es aquello un diario?
Sus palabras atravesaron mis pensamientos como un aguijón traicionero y, al mirarla, me reí de lo absurdo de la situación. Sí, era un cuaderno de viajes. Miles de letras y sueños, capítulos enteros de mi vida. ¿Y a quién le importaba? Yo era el único que leía una y otra vez sus historias, al único al que le interesaba lo que contenían sus tapas de cuero. Y recordé, recordé de nuevo la sonrisa desencantada de Mariam y sus bostezos discretos cuando yo le hablaba de él. Apreté la mandíbula y reanudé el camino, pero ella volvió a insistir.
–Cuéntame, por favor. Cuéntame hasta dónde has viajado y cómo son todos esos lugares.
Se aferró a mi brazo y me guió hasta un banco y entonces me hechizó con su mirada. Era hermosa, nadie podría negarlo, pero la belleza que me cautivó no fue la de sus ojos claros, ni su pelo, tampoco sus labios rojos o su gracia. Algo vi en aquella mirada que logró aliviar mi tormento.
De modo que, casi sin darme cuenta, me descubrí hablándole de Roma, de las dunas brillantes del desierto y de la nube húmeda del Amazonas. Y ella me escuchaba, a veces con los ojos abiertos y otras con los ojos cerrados. No recuerdo cuántas páginas le leí, ni cuándo se apagaron las farolas. Sé que ella se quedó dormida en mi hombro, que salieron a buscarla y que yo impedí que la despertasen.
Cuando despertó, me besó y se marchó corriendo. No traté de alcanzarla, porque sabía que no debía hacerlo. Me mantuve muy quieto en el banco, con el cuaderno abierto sobre las rodillas y aquel beso quemándome en los labios.