¿Te atreves a soñar?
Mostrando entradas con la etiqueta Deseo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deseo. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de octubre de 2015

Cuando un elefante se enamora


Tenía dos opciones: o besarla, o decirle que tenía razón. Hice círculos con los dedos por detrás de la espalda. Estaba guapa gritándome. Incluso su voz sonaba más suave.

 No quería pensar mucho por si me desmayaba. Ya había ocurrido cuando tenía trece años. Sucedió la primera vez que estuve a solas con una chica por la que sentía algo… Se me desbocó el corazón. Lo agarré con fuerza cuando trataba de escaparse por la boca y luego me mordió la inconsciencia. Me despertaron las risas de los demás compañeros de la clase, que me llamaban cosas así como gallina, flan, o, directamente, gilipollas.

A partir de entonces, robé tantos besos que llegó un punto en que no supe dónde meterlos. Labios rojos, rosas, marrones, morados. Labios de todos los colores. Los saboreaba para mi colección gourmet y buscaba otros distintos; besé tanto que en pesadillas sentí que se desgastaban los míos.

Entonces apareció ella, la gritona. Creo que me empezó a gustar cuando le dije que la quería (como les decía a las chicas para que me prestasen sus labios) y ella me resopló con tanta fuerza que empecé a girar sobre mí mismo.

Lo ponía todo patas arriba con solo una mirada: mi calma, la calle, el mundo, la galaxia. Con esos ojos, se habría tragado hasta los agujeros negros del universo. Quizá por eso, porque yo era capaz de sentir ese vendaval casi divino, la adoraba.

Me fijé en sus labios, en cómo se abrían, se cerraban, se abrían, se cerraban…

—De acuerdo —musité rendido—. Tienes razón. No te quiero.

Esperaba que alzase la barbilla, como hacían las demás cuando obtenían la victoria, pero me saltó al cuello. Tenía, os lo juro, las estrellas del cielo en los ojos.

—Tus ojos…

Se rió y escuché cascabeles. Parpadeé.

Mi corazón asomó por la boca. Como la otra vez, puse todo mi esfuerzo en tragarlo de nuevo. Ella reía con dulzura, aunque yo para entonces creía que me había convertido en elefante.

Su mirada, los cascabeles, la noche… Cuando me besó, no supe a qué sabían sus labios, igualmente olvidé el color. Recordé los gritos de gallina en el patio del colegio, pero esta vez estaba despierto y nuestras bocas, encontradas. El corazón más salvaje que nunca.

“Estoy amándote”, quise gritarle.

Sus estrellas me cegaron.

Desapareció el suelo.


Fotografía: Esfema

lunes, 1 de abril de 2013

Caminaría descalza


Si pudiera, caminaría la vida descalza. 
Estoy segura de que sin zapatos nada sería tan terrible. En la tierra, en la hierba, la arena y el agua. Descalza y libre. Sin ataduras, sin horas, sin prisas... Prendida al viento y volando con él. Paseando los atardeceres desde la orilla y bañándome en la plata del mar cuando el cielo esté nublado. Durmiendo piel con arena y sol, y despertando allá donde no hay hombres de traje, ni edificios burocráticos, ni mentiras.


Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Atracción


En trance.
El zumbido quemado de la música.
Sonrisas consumidas por las risas.
El alcohol.
Doscientos cuerpos sacudiéndose la adrenalina en la pista. Las luces llevan media noche marcando los ritmos.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
La barra está salpicada de gotas de sudor. El camarero sirve casi al tiempo que cobra. Los clientes apuran el contenido, sedientos. Luego se alejan zarandeando la cabeza, con vasos de cristal que probablemente acabarán en el suelo.
Una multitud que se vacía de problemas en cada salto.
Cruce de miradas.
Dos amigas gritan con los brazos levantados.
Cautivo.
Pau no puede dejar de mirarlas.
Camina. Cada paso parecería torpe en aquellas baldosas pegajosas si no fuera porque nadie presta atención.
Le gusta su vestido negro.
Calor.
Trastabilla cuando le empujan sus amigos, que gritan en su oído en un intento de que les oiga. Pau se agarra a una mesa alta sin dejar de sonreír. Las notas se le clavaban en los oídos. A su alrededor ha empezado una danza frenética, casi robótica. Hace una mueca y la mira. Tiene el pelo rizado.
Empuja para abrirse camino y se precipita en la corriente de cuerpos.
Desde algún lado del techo caen papelitos brillantes y la gente levanta los brazos como si quisieran atraparlos. La música continúa  machacando los miedos.
Al límite.
Ella se estremece con la risa y salta la mirada hasta encontrarle a él.
Le queman las mejillas. Sonríe.
Es difícil avanzar, pero sólo quedan unos poco metros.
Pau se esfuerza en extender el brazo.
Las luces parpadean y una nube de humo empieza a ascender desde las rendijas del suelo. Aún puede ver sus caderas marcando los pasos. Luego se disipan, se sumergen antes que su rostro perlado por el sudor. Sus labios parecen estallar de júbilo.
Pau se revuelve y trata de apartar la cortina gris que los ha separado.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
Atracción.
Prepara su sonrisa seductora para cuando amaine la humareda.
Se disipa, con una oleada de carcajadas, y se prepara.
Piensa en su melena enredada. Piensa en ella.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
Sonríe.
Estrella su mirada contra la columna.
¿Y ella?
¿Dónde está ella?