¿Te atreves a soñar?
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domingo, 9 de febrero de 2014

La risa del sol

Mara corrió el último tramo del sendero con los brazos en alto y la risa en la garganta. Su hermana la seguía con dificultad, gritando con jolgorio. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles y salpicaba de luz la piel canela de Mara y Priya. Ninguna se detuvo al llegar al río. Se lanzaron en plancha y siguieron avanzando entre carcajadas. Un elefante gris empapado de sol ladeó la cabeza para proteger a su cría, que chapoteaba en el agua de barro. Olía a tierra húmeda y a calor.

Priya llamó a su hermana y le señaló al elefante más pequeño, que no conocían. Mara presionó sus labios con el índice y le hizo un gesto a Priya para que se acercasen. Las risas escapaban ligeras de entre los dientes. La hembra que protegía al bebé elefante no se alarmó. Conocía las manos ásperas de las niñas y el timbre agudo de sus voces. Priya acarició el lomo de la cria antes de apoyar su mejilla contra él.

–Está caliente –observó.

Mara hundió las manos en el río y las sacó llenas de barro. Con delicadeza, la extendió sobre el animal para cubrirlo. El animal aleteó con las orejas y levantó la trompa. Priya se puso en cuclillas para refrescarse y sonrió. Miró a su hermana adolescente, tan alta y bonita, de ojos grandes y pelo negro, aureolada por el sol que caía y resplandeciente por las gotas de agua.

–Yo no quiero que te marches, Mara. No quiero que te cases y te vayas con él.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mis noches de luna llena



Estarías orgullosa de mí.

Hoy hemos salido de paseo por los alrededores de la escuela y hemos invitado a todos los niños que jugaban en las calles. Yamir me ha enseñado a patear el balón de fútbol con la misma fuerza de un chico y me han elegido como jugadora en el partido que organizamos después. Tropecé varias veces, enredando mis piernas con las de los atacantes, pero me volví a levantar, como me enseñaste. No sería justo decir que ganamos por una gran diferencia, ambos equipos lo hicimos muy bien.

Miguel, nuestro maestro, nos preparó una merienda. Nos reunió a todos, a los de la escuela y a los de la calle, y nos repartió bolsitas con un bocadillo y una pieza de fruta. Algunos lo recibieron con alegría, pero me di cuenta de que luego no se lo llevaron a la boca. Jugamos al escondite y a las aventuras. A mí me tocó ser, junto con Aaina y Hanita, las mujeres blancas que visten de safari y acompañan a los hombres a cazar. Miguel se rió mucho y dijo que no lo hacíamos nada mal. Lo pasé muy bien y me acordé de que todos somos iguales, tal como me insististe tú.

Antes de que atardeciese regresamos a la escuela. Rajal, que ayuda a Miguel con la dirección del orfanato, nos recibió con una cascada de besos. Ella es muy cariñosa y nos cuida bien. Una vez le oí decir que nos quiere como si fuésemos sus hijos. Eso debe ser un amor muy grande, porque cuando lo dijo tenía una sonrisa enorme y los ojos brillantes.

Para cenar nos prepararon una sopa caliente y comí recta, como aprendí de ti, llevándome la cuchara a la boca y no al revés. A Hanita le costaba y se le escurría el líquido hasta el plato, de modo que me senté a su lado y la ayudé. Ella tiene sólo cinco años, pero es tan risueña y agradable que siempre nos acompaña a Aaina y a mí. Algún día será una muchacha muy bonita, porque tiene unos ojos muy expresivos y una sonrisa dulce. Me recuerda a ti, en cierto modo, porque tú nunca dejabas de sonreír.

Cuando ya nos retirábamos a las habitaciones, Yamir me detuvo. Me cogió de la mano y me guió hasta la única ventana de nuestro pasillo. Me señaló la luna y me guiñó un ojo. "Tienes visita", me susurró. Luego me regaló su balón de fútbol y regresó junto a sus compañeros.

Mi visita era la luna llena. Fue una noche de luna llena cuando me despedí de ti. Miguel nos había encontrado en la cuneta, cuando volvía a casa después de conseguir el permiso para abrir el orfanato, y se desvió cuando oyó mi llanto. ¿Qué edad tenía yo? Creo que tenía cinco, como ahora los tiene Hanita. Miguel te acompañó hasta el final, apretándote la mano con ternura y acariciándote la cabeza. Balbuceaste algo y me señalaste a mí. Desde entonces, Miguel me cuidó como un padre. Sé que nos quiere a todos muchísimo, pero también sé que soy su debilidad. Fui su primera hija, la primera de una familia que ahora cuenta con veintitrés. Yo le quiero mucho, y no sólo porque sin él me habrían arrastrado a lo más oscuro de la sociedad, sino porque le ha dado un sentido a mi existencia y me ha enseñado que el amor es capaz de sanar las heridas más profundas.

Las noches de luna llena Miguel y Rajal me permiten quedarme un rato más junto a la ventana. Saben que me gusta contarte mis pequeños éxitos, porque yo sé, mamá, que estarías muy orgullosa de mí.