¿Te atreves a soñar?
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lunes, 2 de abril de 2018

Sin apagar la luz


El vacío era abrumador. Entré sobrecogido en la habitación, pero ni siquiera quedaba la lamparita bajo la que leía a los grandes, porque “yo no leo cualquier cosa, a mí no me des un libro de esos que tiene todo el mundo”. Mira que era cabezota. “¿Acaso Jane Eyre no lo fue?”. Sacudía la mano para quitarle importancia. Tenía la costumbre de vivir leyendo: ordenaba el cuarto leyendo, cocinaba leyendo, paseaba leyendo; y eso fue lo que me atrapó.

Poco después de casarnos me di cuenta de que o aprendía su lenguaje, o estábamos condenados a un matrimonio infeliz. Vamos, era de cajón, porque ella solo hablaba de literatura y yo solo lo hacía del tiempo, o de lo caro que se había puesto el café, o de lo lento que crecían los limones… O, yo qué sé, de la pobre señora que había perdido al marido y al hijo. Pero a ella esas cosas no le interesaban para una conversación. No es que lo hubiera dicho, es que exhibía esa media sonrisa complaciente que me hacía sentir vulgar.

“¿Lo tienes todo?”, mi hijo me puso la mano en la espalda. Lo cierto es que ya no tenía nada. En aquel dormitorio no quedaban ecos. Caminé con pequeños pasos hasta la cocina y agarré la chaqueta negra. La gorra a la cabeza, el pañuelo en el bolsillo. “¿Nos dará tiempo a atravesar la frontera?”, preguntó mi otro hijo, el de los hoyuelos de su madre. Nos marchamos sin cerrar las persianas, sin apagar la luz del salón.  Atrás quedaban los libros, todos sus libros; quizá con ellos, que no eran cualquier cosa, tendrían más compasión.


También publicado en el Correo de Andalucía

viernes, 12 de agosto de 2016

Un columpio de guerra

Asía con firmeza las cuerdas del columpio. Quizá pensaba que el viento, tan suave que apenas movía las briznas de hierba, podría despertar de pronto y empujarla hacia el cielo. Esperaba inmóvil, con los músculos tensos y la mirada perdida. Tenía la expresión del que está sin estar. Le había conmovido la conversación de sus padres en el desayuno.

Una mariposa se detuvo en su regazo, poco después echó a volar convencida de que la niña no le prestaría atención. Ni siquiera esquivó el pájaro que le rozó el pelo.

Papá se iría lejos cuando acabase el verano. Con Guillermo y Rafael, que hacía poco habían cumplido la mayoría de edad. La patria agonizaba y el honor les impedía continuar escondidos por más tiempo.

La niña lloraba sin saberlo. La luz resplandecía en el filo de sus lágrimas. Papá y los chicos se irían con el próximo amanecer, vestidos de uniforme, dispuestos a defender una guerra que estaba perdida.

Le resonaban los gritos de dolor de su madre, partida en mitad de la cocina, abrazando el suelo como si en algún momento fuera a desaparecer. Su marido, con el rostro tan serio que parecía de piedra, era incapaz de consolarla. Los brazos se le habían dormido a medio camino de su cuerpo tembloroso.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada en aquel columpio que le había regalado papá en su sexto cumpleaños, pero cuando se bajó, hacía años, alguna vez le pareció escuchar que diez, que su padre y Guillermo dormían en algún lecho de tierra.


También publicado en:

-El Correo de Andalucía: http://bit.ly/2dTYnSH