¿Te atreves a soñar?

domingo, 30 de junio de 2013

La mujer misteriosa

 Carlos solo recordaba una risa grande en un cuerpo menudo. Ni sus ojos oscuros, ni sus labios finos, ni el lunar que tan graciosamente pendía de su mejilla izquierda.
‒Podría reconocer al culpable ‒aseguró al policía‒. Déjeme las fotografías y le diré quién es.
‒¿Está seguro? Usted no consta como testigo.
‒No fui testigo del robo, pero la conocí.
El oficial frunció el ceño, repasó de nuevo la documentación y se acercó a la mesa. Hizo un gesto para que él mismo revolviera entre las imágenes. Carlos se agachó sobre los papeles, pero condenó rotundamente el material. Se giró hacia el agente.
‒¿Esto es todo?
El policía se rió con un gesto ensayado. Paseó por el despacho en círculos, ahogando el espacio entre el recién llegado y él, subrayando la cercanía con su mirada felina, con el cuerpo ligeramente doblado como quien espera el instante de atrapar a su presa. Carlos se esforzó en mantenerse sereno.
‒Ahí están todas las fotografías de las mujeres acusadas ‒dijo el agente Flavio.
La risa hueca y su mano derecha en el bolsillo, sin embargo, contradecían sus palabras.
‒¿O falta alguna? ‒inquirió.
Carlos se cruzó de brazos despacio. Sabía dónde estaba el límite. Aunque el agente parecía haberlo olvidado, ya se habían cruzado antes. Un presunto asesinato que no se resolvió. Una misiva con amenazas de muerte. Un robo a plena luz del día en uno de los museos más vigilados de Madrid. Era la tercera vez que ambos se veían implicados en los crímenes de una misteriosa mujer a la que nadie ponía nombre. Flavio era el encargado del caso y Carlos, un periodista con muchas sospechas y una sola prueba.
“Aficionado”, parecían gritarle los labios apretados del oficial.
‒No está aquí ‒dijo Carlos‒. Los dos sabemos que falta alguien más.
‒Sí, es cierto ‒Flavio hizo una pausa, en la que aprovechó para apurar el vaso de ron que él mismo se había servido, y sacó del bolsillo un rostro en blanco y negro‒. La misteriosa no estaba incluida. Alto secreto, ¿sabe? La asesina, y en este caso ladrona, no la ha visto nadie.
‒Solo usted, imagino.
El agente sonrió.
‒Si yo la hubiera visto, no se me habría escapado. No me he ganado este puesto por mi cara bonita ‒retomó su risa, como si acabase de contar uno de sus mejores chistes‒. Este caso, señor periodista, le viene grande, así que no se moleste. Ni la mejor pluma ni la imaginación más torcida sería capaz de informar sobre esa mujer.
Carlos aguantó la mirada sagaz del policía. La imagen que el hombre le había mostrado con fugacidad ya la conocía. Él mismo la había publicado en el periódico tras conocerse que la mujer misteriosa volvía a estar detrás de un crimen. Con el cuidado de quien sostiene algo frágil, Carlos tomó unas notas en su cuaderno.
‒Eso es, desista ‒aceptó Flavio sin perder la sonrisa‒. Cuando la policía tenga noticias, sabrá de nuevo de mí y se acordará de mis palabras. Encontraremos a la culpable, pero no será gracias a usted. De todas formas, le animo  a seguir escribiendo. Hay otros crímenes, otras barbaridades que nadie cubre. No se deje engañar por el sensacionalismo que está causando la misteriosa mujer.
El periodista devolvió el cuaderno a su maletín con una mirada triunfante. Se dirigió a la salida y acarició el pomo como si aquel despacho encerrase todas las respuestas sobre el caso.
‒Solo una cosa más ‒insistió Carlos‒. Usted sabía desde un principio que la asesina era una mujer, ¿no?
‒Sí, sí, claro. Eso resultaba evidente. No había más que ver el sigilo, la prudencia, el...
‒Lo inventó la prensa, señor ‒corrigió el joven‒. André Saltillo, periodista de La Vanguardia. Él fue el primero que lo mencionó. A partir de ahí, se desencadenó el misterio y la imaginación. Todos inventaron algo: periodistas, criminólogos, detectives privados... e incluso usted mismo. Y no le estoy preguntando.
Carlos empujó la puerta despacio. Se aseguró de que el pasillo y la salida despejada, y confesó.
‒Fui yo quien publicó la fotografía de esa mujer en mi periódico. Un cebo. Aunque le confieso que al principio pensé que la policía lo desmentiría. Debería haberlo desmentido, Flavio. Entonces estaba usted a tiempo. Ella no es la criminal que buscas.
El policía se enervó. La risa ronca que le había acompañado durante la visita le confería ahora una imagen vulgar. Rápidamente se llevó la mano al arma, aunque no desenfundó. Carlos sonrió y escupió sus últimas frases con la seguridad de quien ha confirmado sus sospechas.
‒Esa que culpas es una antigua conocida de mi madre. Treinta años en la foto y ochenta a día de hoy. ¿Sorprendido? ¿Le acabo de desbaratar su propia quimera? Vaya preparándose una buena coartada, agente, la próxima vez que la mujer misteriosa aparezca será hombre, y no mujer, y vestirá su cuerpo fino y desgarbado con uniforme de policía y... ¡qué casualidad! También se llamará Flavio.

miércoles, 12 de junio de 2013

Rosa y la hormiga

El sol quemó la hoja hasta reducirla a cenizas. Rosa se rió y apartó la lupa del objetivo ennegrecido. Limpió la piedra de sacrificios y se acercó al hormiguero. El reguero de puntos negros que desquiciaba a su madre enlazaba la zona de tierra y matorral con las paredes de la casa. Con velocidad, buscó una hoja grande y dispersó a las hormigas. Luego alcanzó a unas pocas y las exhibió en la zona más alta de la roca.
Rosa apretó los labios mientras colocaba la lupa entre el animal y el sol. Sabía que ese experimento tardaría más que el anterior y que era necesaria la máxima puntería para que el cristal resultase letal.
Durante algunos minutos, la niña persiguió a la hormiga con el haz de luz y la hoja, pero ni el bicho se quedaba quieto ni ella tenía la suficiente destreza como para quemarlo en movimiento. Insistió hasta que escuchó cerrarse la verja y los pasos apresurados de su padre. Era la hora, porque ya habían sonado las campanas de la iglesia. Rosa detuvo la ejecución con los ojos bien abiertos y el arma en ristre.
Las llaves contra la mesa.
Un beso.
Una queja.
Un suspiro.
De nuevo unos pasos.
–¿Dónde está la niña más guapa del mundo?
Ella esperó en silencio, con la sonrisa en los labios.
Se descorrieron las cortinas del patio.
Rosa se olvidó de la hormiga. 

domingo, 2 de junio de 2013

Sobre el arte de cortejar

El señor Marcía revolvió el vino con un ligero movimiento de muñeca.
–Nada de negocios, no me hagan volver a recordarlo –dijo.
Había aparecido de repente y los comensales se sobresaltaron. El más anciano se golpeó el pecho para disimular la risa. Al hablar, el señor Marcía había arrancado del sueño al alcalde.
–Tienen suerte de que no les haya escuchado mi señora; hace un instante acaba de decirme que se lanzará sobre la yugular del siguiente que violente las reglas.
–¡Vamos, Marcía! ¿Qué sería de usted sin la política? Siéntese un rato con nosotros. Fronda nos está poniendo al día de las últimas decisiones del consejo.
El recién llegado arqueó las cejas y golpeó repetidamente el hombro del narrador.
–De modo que el señor Fronda no está por la labor... Acordamos que sería una cena benéfica, no una sobremesa de trabajo.
Julio Fronda se encogió de hombros y recorrió la línea de sus labios con los dedos.
–Echo la cremallera, lo prometo –contestó–. Y ya sabe que soy hombre de honor.
–Eso es, hombre de honor –aprobó Marcía–. Hombre de honor y de buen baile. ¿Por qué no saca a bailar a alguna damisela? He visto que la pista anda escasa de varones.
Los comensales se rieron y los más cercanos lo empujaron para que se levantase de la silla. Marcía insistió y Fronda acabó aceptando. Se sacudió la chaqueta negra e hizo un gesto en que exhibía cómicamente los músculos poco desarrollados de sus brazos.
–Nadie se me puede resistir –bromeó.
–¡Ni a la tableta de chocolate que escondes! –se burló uno.
Fronda chistó y se encaminó a la pista de baile.
–No cortejará a ninguna –comentó el anciano–. A este hombre le falta agallas. Muy inteligente, pero muy poca cosa.
–¡Fernández! –exclamó otro de los presentes con un golpe en la mesa–. ¿Me va a decir que usted a los treinta años era mucho mejor?
–Más elegante.
–Ya, y más guapo...
–Yo sabía ganarme a una buena moza; ahora estos críos solo saben espantarlas.
Marcía terminó la copa e hizo un gesto al aire. En seguida, un camarero se aproximó con una nueva botella.
–No creo que fuera tan bueno en esas artes. Usted solo es un cascarrabias pretencioso.
El anciano se cruzó de brazos sobre su prominente barriga y sonrió.
–Yo era un muchacho muy fino, ¿saben? Y las tenía a todas loquitas.
Los abucheos amistosos despertaron la curiosidad de los invitados de la mesa contigua, que se volvieron hacia ellos con la sonrisa de quien espera ser incorporado a la conversación. Marcía, quien lo advirtió, arrastró su silla hacia atrás para no entorpecer el debate. Los comentarios del anciano le hacían reír. La historia de la muchacha salerosa de vestidos largos y el joven de modales impecables le recordaba a las historias que le contaba su padre en su adolescencia.
Cuando el debate estuvo bien sembrado y nadie le prestaba atención, el señor Marcía se levantó y se dirigió a la mesa en la que siete hombres discutían sobre sueldos, desempleo e inflación. Bebió un trago y sonrió al único que se había distraído para mirarlo.
–Nada de negocios, señores –recordó–. Tienen suerte de que no les haya escuchado mi señora; hace un instante acaba de decirme que se lanzará sobre la yugular del siguiente que violente las reglas.
Mientras atendía a las protestas de los comensales, Marcía echó un vistazo rápido a la pista de baile. Fronda la recorría en círculos junto a una jovencita de sonrisa brillante.

lunes, 13 de mayo de 2013

Zumo de naranja


María se abrazó las rodillas y alzó la vista hacia la copa de los árboles. La primavera los había enamorado con flores y los pétalos blancos volaban por el parque como nieve perfumada. Escuchó risas y una voz infantil repitiendo las tablas de multiplicar.
El calor había llegado de puntillas.
Una joven de chándal pasó corriendo y tres adolescentes se giraron para verla marchar. María sonrió, recogió su cuaderno y bosquejó la escena. Uno de los muchachos le recordaba a su hermano mayor. La misma melena desordenada, la misma mirada de pillo.
Allí era donde siempre se habían reunido. Entonces Tomás trabajaba en el bar. Luego se graduó y desapareció sin decir nada. Solo llamó un par de veces para anunciar que todo iba bien.
María suspiró y retomó el trazo.
–Aquí tiene, señorita. Zumo de naranja y un croissant.
El camarero la interrumpió para dejarle la bandeja sobre la hierba. María lo miró desde el césped, pero el sol la deslumbró.
–¿Seguro que no quiere que le acerque una silla? –preguntó él.
–No, está bien.
Esa voz grave ya la había escuchado. Dio un respingo y le saltó el corazón. Se volvió con ímpetu para ver la silueta delgada de un recuerdo.
La chica se levantó y corrió hacia el hombre. Él, que escuchó el vaso de cristal haciéndose añicos y el revuelo del cuaderno golpeando la bandeja de metal, se giró antes de que María lo alcanzase. Ella, alborozada, se había detenido con los ojos muy abiertos y las cejas hundidas.
Ninguno de los dos sabía cómo continuar.
¿Realmente era posible?
Él estaba distinto: más barba, más cuerpo, más años.
¿Un abrazo? ¿Dos besos?
El camarero se tapó la boca para contener la carcajada.
–Mira que eres boba, María, te has derramado todo el zumo en las piernas.

martes, 7 de mayo de 2013

Conspiración


Conspiración (2007)

Llevo bastante tiempo sin publicar nada, pero últimamente voy un poco regular de tiempo. Solo quedan quince días para que pueda retomar el ritmo anterior, así que mientras tanto os dejo una ilustración inédita que hice algunos años atrás. La dibujé a grafito, la rotulé y luego la coloreé en el ordenador. Es de los pocos dibujos que he trabajado así, de modo que le tengo un cariño especial.

Espero que nunca dejéis de perseguir vuestros sueños. Más de una vez la vida parecerá conspirar contra ellos, pero la decisión última la tomamos nosotros. Que no os engañe la desesperación.


lunes, 1 de abril de 2013

Caminaría descalza


Si pudiera, caminaría la vida descalza. 
Estoy segura de que sin zapatos nada sería tan terrible. En la tierra, en la hierba, la arena y el agua. Descalza y libre. Sin ataduras, sin horas, sin prisas... Prendida al viento y volando con él. Paseando los atardeceres desde la orilla y bañándome en la plata del mar cuando el cielo esté nublado. Durmiendo piel con arena y sol, y despertando allá donde no hay hombres de traje, ni edificios burocráticos, ni mentiras.


Fotografía: Blanca Rodríguez G-Guillamón.

viernes, 29 de marzo de 2013

La máquina de sueños


Pía tenía un día para terminar su máquina de sueños. Había invertido horas, días, meses y años, pero ya se le acababa el plazo acordado. A la mañana siguiente tendría que presentarlo en el salón de los inventos juveniles y cruzar los dedos para que todo fuese bien.
El resultado de su trabajo era un cráneo de cristal cosido con cables. Cuando se conectaba a la electricidad, resplandecía y parpadeaba, vibraba ligeramente y producía un zumbido desconcertante. Nada más. No proyectaba imágenes, no creaba un cambio electromagnético, no flotaba en el aire. Simplemente se encendía y se apagaba.
La idea de presentarse a la exposición se le antojaba cada vez más ridícula. Pía había pensado que podría construir algo maravilloso; la nueva lámpara de Aladdín. Pero, conforme se acercaba el momento, se convencía de que su creación iba a necesitar un poco más de tiempo.
“¡Una máquina de sueños, qué idea más disparatada!”, exclamó al abandonar las pinzas de madera sobre la bandeja esterilizada. “Pero antes la gente podía soñar. La abuela me contó que cuando era niña, soñaba y soñaba, cada noche o durante el día, y visitaba miles de mundos surrealistas y conocía miles de rostros distintos. Cuanto me gustaría soñar una sola vez...”.
A Pía le habían hablado bastantes veces de los sueños; de la fantasía que se cuela en el cuerpo mientras duermes. Le habían dicho que había sueños en blanco y negro, pero también a color, que había sueños bonitos y pesadillas. Pero ella nunca había soñado. Ni siquiera había conocido a una persona con menos de setenta años que fuera capaz.
–Eso son tonterías–, le reprochaba su madre cuando la escuchaba lamentarse–. Si el gobierno dice que solo son pájaros molestos en la cabeza, no debes prestarle más atención. Tampoco deberías presentar tu obra a la exposición. No van a entenderlo y te considerarán contraria al régimen”.
–¿A qué régimen? –preguntaba la joven Pía de trece años.
–¡Ay, niña, mejor juega con muñecas, o al fútbol con el vecino, pero déjate de tonterías! La próxima vez que vea esa máquina que construyes, la tiraré.
Pero su madre nunca cumplía la amenaza, porque quería demasiado a Pía. Sabía de su inquietud por las ciencias, de su espíritu indómito y sus ansias de libertad. Cuando la mayoría de los niños se habían acostumbrado a vivir en una sociedad triste y corrupta, ella era incapaz de dejar de soñar despierta por todo lo que no podía hacerlo dormida. Era el precio de la censura.
Hubo una mañana en que, cuando despertó el mundo, nadie fue capaz de recordar las sombras y siluetas del subconsciente. Habían dejado de soñar dormidos. No hubo explicaciones, no hubo debate. Todos tenían el presentimiento de que algo o alguien les había robado los sueños. Se extendió el rumor de que el gobierno había empleado sus armas químicas para intervenir en el mundo interior de cada ciudadano, pero nadie se atrevió a confirmarlo. Luego vino el miedo y el silencio. Se acabó la libertad de expresión, se censuraron las miradas de esperanza. La sociedad se ensució de gris y nadie tuvo el valor de limpiarla... Salvo Pía.
Pía se había propuesto descubrir esa realidad fantástica de la que su abuela le hablaba antes de ir a la cama. Escaleras interminables, carreras que no avanzan, monstruos oscuros, luciérnagas, cuerpos sin gravedad, magia... Ella quería todo eso. Podía pensarlo, por supuesto, pero estimaba que no tenía el mismo valor que si fueran los mismos sueños quienes la sorprendían por la noche. Pía quería un poco de desorden. Estaba cansada de los formalismos, las sonrisas falsas y las miradas vacías.
Repasó atentamente cada uno de los cables antes de sellar la caja en la que lo transportaría. Sabía que su madre le prohibiría presentar algo así; lo consideraría demasiado revolucionario. Besó el aparato y le deseó buena suerte. Estaba impaciente por ponerlo en funcionamiento. Seguramente aún le faltaba un par de días más, pero recordaba de su abuela un refrán que ya nadie decía: “Quien no arriesga, no gana”. Y ella quería volver a soñar.

jueves, 21 de marzo de 2013

Me basta así


Los planes siempre se desmontan, de modo que reservaré el relato que tenía pensado publicar hoy y felicitaré a la Poesía. Hoy es el día mundial de este arte y creo que se merece una entrada especial en El Bosque de papel. Aunque apuro las últimas horas de este 21 de marzo, “más vale tarde que nunca”.
Fue una bonita sorpresa cómo recordé la fecha. Resulta que cada año y en este día, mi Universidad se llena de papelitos de todos los colores. Durante un tiempo, alumnos, profesores y empleados envían sus poesías preferidas, propias o de otros autores, a Actividades Culturales de la Universidad, y se reparten cuando llega el aniversario de la Poesía. El resultado es una explosión de emociones, suspiros y sonrisas. En los bancos de las facultades, en las mesas de la entrada, en las aulas... Miles de colores y millones de palabras.
Así que esta mañana, cada vez que encontraba un montoncito de poemas, corría a descubrir su contenido, entusiasmada. Bécquer, Benedetti, Machado... Los leía con mis compañeros y los volvía a dejar donde estaban, para el que viniera detrás. Hasta que encontré “Me basta así”, y empecé a recitarlo una y otra vez, sin cansarme. Enseguida supe que sería mi protagonista del día.

“Me basta así”

Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si el sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olos, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
–de eso sí estoy seguro: pongo
tanta atneción cuando te beso–;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si fuese
Dios, habría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal y como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina imapalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de sí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando –luego– callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo constelaciones: existes.
Creo en ti. Eres. Me basta).

Poema de Ángel González

jueves, 14 de marzo de 2013

Los caminos de Nina


24 años:

Apretó la nariz contra el cristal y sacudió la mano con frenesí. Nina sentía la garganta áspera y gruesa, y en los ojos le punzaban las lágrimas. No le importaba lo ridícula que pudiera resultar aquella despedida, porque solo le prestaba atención a su madre que lloraba, a su padre que permanecía con los labios prietos, a sus hermanos que sacudían los brazos, y a sus mejores amigos, que le gritaban frases de suerte y lanzaban besos. Con ellos, todos sus recuerdos.
El conductor del autobús encendió la megafonía y recordó las normas básicas. El motor rugió, su compañero de viaje se acomodó en el asiento y la música de una emisora de jazz se desparramó sobre los pasajeros. Nina se tragó la pena, aunque experimentó de nuevo la asfixia. En unas horas habría abandonado España sin billete de vuelta.
“Volveré como escritora”, había asegurado en el último abrazo. “No os preocupéis por mí aunque me perdáis la pista, porque yo estaré haciendo lo que me gusta. Voy a conocer más mundo, a más personas, otras culturas. Tengo ganas de empezar a escribiros cartas contándoos todas mis aventuras”.
Nina estrechó su cuaderno rojo contra el pecho y miró atrás por última vez. La libertad le hacía cosquillas en los dedos. Estaba a punto de echar a volar.


34 años:

Nadie había imaginado a Nina redonda, pero el vientre se le había abultado tanto que ya resultaba imposible recordarla delgada. Inclinada hacia atrás y con las manos en las caderas, recorrió el parque hasta un banco. Se colocó su cuaderno sobre las piernas y lo abrió. Tenía mucho que contarle a las páginas blancas. Después de ocho meses, sabía lo suficiente para hablar del primer embarazo. Pero escribió el nombre que recibiría el niño y no pudo continuar.
Todavía tenía miedo. ¿Sería capaz? Un hijo eran horas. Horas de insomnio, de carreras, de atención... Implicaría dejar de recorrer el mundo con su mochila y un bocadillo. Tendría que buscar un trabajo estable y ahorrarlo todo para el bebé.
No serían suficiente los sueños. La ilusión no iba a darles de comer.
Nina se acarició el vientre y lloró. Siempre había deseado una familia, pero nunca planeó quedarse sola y en cinta, a millas de distancia de sus hermanos y sin más dinero del que precisaba para comer un par de días.
El mar, los atardeceres y el viento le habrían consolado en otras circunstancias, pero todo lo bello se había empañado a sus ojos. No le importaba la luz, y el amor le había traicionado de nuevo.
Acarició la hoja del cuaderno y recordó su viejo convencimiento de que en el futuro sería una gran escritora. Suspiró y garabateó su pena en el papel. Unas lágrimas que eran líneas cruzadas y negras, muy tristes, muy solas. Dibujó hasta que se gastó el grafito. Luego arrugó el resultado y lo lanzó hacia atrás con fuerza. Al poco, un hombre se acercó a ella, enfadado, sacudiendo las lágrimas de grafito.
Ninguno de los dos sospechaba que les acababa de visitar la suerte.


84 años:

Había esperado más de sesenta años. Nina gritó de júbilo y, por un golpe fortuito, le envolvió una bandada de papeles escritos. Los impulsó hacia arriba, sacudiendo los brazos como si quisiera desplegar el vuelo, hasta que una punzada en la espalda le obligó a contener los aspavientos. Caminó despacio hasta el sillón y se sentó con una gran sonrisa. Allí, junto al ventanal, los atardeceres eran mucho más espléndidos, más brillantes.
Escuchó el revuelo de la sala contigua y se apresuró en mesarse el cabello gris y parecer calmada. Como esperaba, al poco se abrió la puerta.
–¡El Premio Cervantes, abuela, el Premio Cervantes!
Nina se echó a reír, se levantó tan rápido como pudo y abrió los brazos para que su nieta la abrazase. Juntas se tambalearon, pero la menor restableció el equilibrio. Se disculpó por la precipitación y dirigió a su abuela de nuevo hasta el sillón.
–Si me ve mi madre, me corta el cuello –dijo, avergonzada–. Me advirtió que debías guardar reposo.
–¡Reposo! –protestó la anciana, sonriente–. ¡Y un cuerno, reposo! Es un Premio Cervantes.
La joven Sofía se mordió el labio, entusiasmada, y aplaudió a su abuela. La felicidad les explotaba en la mirada.
–¡Tengo que decírselo a mamá! Solo me enteré yo, porque escuché al hombre que te dio la noticia. Están todos arriba, tengo que decírselo.
Sofía abrazó a su abuela, y ella aprovechó para retenerla.
–No te vayas todavía, princesa. Deja que se enteren más tarde, no hay ninguna prisa. ¿Quieres que leamos juntas la carta oficial?
Nina desbordaba ilusión. Sus manos temblorosas sostenían una hoja salpicada de letras. Pero no eran palabras cualquiera. En ellas se contenía mucho más que un reconocimiento. Detrás había una carrera de amor y esfuerzo, una vida persiguiendo un sueño.