¿Te atreves a soñar?
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miércoles, 13 de julio de 2016

Cuando nos burlan los políticos


Queridos políticos, se acabó la hora del recreo. Es divertido jugar, pero hace tiempo que los ciudadanos os miramos desde las aulas con ganas de continuar la clase. España no se va a levantar sola y nosotros os hemos escogido para que nos ayudéis a mejorarla.

Ya está bien de peleas, del tú, pero yo, pero Menganito ha dicho. Nos prometéis todo lo que queremos, pero a la hora de la verdad priman los individualismos. Entiendo que el 20-D fue una pequeña revolución en el Congreso. Entiendo también que se requiere un tiempo para adaptarse a un nuevo trabajo. Pero lo que no entiendo es por qué siete meses después estáis orgullosos de burlarnos con las segundas elecciones y dispuestos a seguir riendo; porque no, las terceras elecciones no deberían ser una opción.

Quizá lleváis tanto tiempo en los toboganes que habéis olvidado que un trabajo requiere un esfuerzo. Porque es muy fácil coincidir con quienes piensan igual, pero hemos apostado por vosotros precisamente porque pensáis distinto, porque ¡ojo!, queremos que penséis distinto, que dialoguéis.

Sin embargo, queridos políticos, cuando os veo tropezar con las mismas piedras, no puedo evitar preguntarme si hemos votado a futuros presidentes o a niños con berrinche. Ahora que se acerca el acto de investidura, ¿no creéis que es hora de salir de vosotros mismos y pensar en los ciudadanos? Porque os hemos votado... Digo yo que algo tendremos que ver.


miércoles, 25 de febrero de 2015

Ogros y niños

A los ogros no les gustan los niños. Lo contaron Perrault, Steig, Wilde o los hermanos Grimm. Ahora nos lo demuestran los políticos, aunque parece que no se han dado cuenta. Las encuestas confirman que se ha roto el bipartidismo y que no sólo habrá tres partidos en el podio, sino cuatro. Dos gigantes que se tropiezan con sus piernas y dos niños que empiezan a caminar. El Partido Popular y el PSOE deben estar maldiciendo detrás de la ventana. Hace meses que Podemos y Ciudadanos juegan en su jardín. El reloj que Pablo Iglesias puso en marcha aún puede llevarse muchos sustos. Por delante quedan nueve meses para proponer y prometer, pues aunque alguno diga que no promete, se le va la coletilla detrás.

El Partido Popular, hasta ahora tan cómodo en la mayoría absoluta, ha mirado para abajo y se ha dado cuenta de que puede caer. Muy de cerca le siguen Podemos y PSOE y, ascendiendo, Ciudadanos. Quizá estén asustados, quizá no. Pero mientras lo deciden, Hacienda investiga a Iglesias por fraude fiscal y el PP le recuerda a Garicano que España no necesitó ser rescatada. Los gigantes ponen a punto sus armas.

Rajoy parece escudarse en el discurso del miedo. Asegura que, a la hora de votar, es “temerario” arriesgarse —No debe conocer el dicho “quien no arriesga, no gana”—. Está claro que no le gustan las ideas de Podemos ni sus dirigentes, pero ¿y Ciudadanos? Por ahora, su partido se lo quita a golpetazos. Juega con el PSOE a la patata caliente. Ninguno de los gigantes quiere reconocerlo como amenaza. Que si es centro-izquierda, que si es centro-derecha, que si se lleva los votantes del PP, que si los del PSOE... No sé si se habrán dado cuenta los populares, pero Rivera viste con traje, o sin él, y no lleva coleta. Por apuntar más, tampoco simpatiza con el régimen bolivariano ni el comunismo. Y sí, es catalán, y Rajoy gallego, y Sánchez madrileño, y no pasa nada. Aunque el PP seguirá refiriéndose a ellos como Ciutadans, para que nadie piense que pueden llegar a gobernar España.

En el debate sobre el estado de la nación, Rajoy y Sánchez se enfundaron sus discursos de siempre. De nuevo, se convirtió en una competición, donde los aplausos los recibía quien más veces noqueaba al contrario. "He llegado a la conclusión de que usted piensa más en el señor Iglesias que en los problemas de España", acusó a su opositor —como si él no lo hiciera—. Dos gigantes vociferándose en el Hemiciclo, buscando la mejor forma de darse a sí mismos la razón. Los niños, aún sin representación, se reservaron sus comentarios para más tarde. Podemos y Ciudadanos insistieron en el cambio. Rivera incluso se jactó de que Rajoy incluyese en su plan la ley de segunda oportunidad, que ellos presentaron hace una semana: "Es curioso que los mismos que dicen que  van a organizar campañas contra Ciudadanos, a la vez incorporen sus propuestas".

Si Rajoy se escuda en el miedo y en esa prepotencia de llamar a Sánchez "patético", es que sabe que su posición es débil. Quien hace de matón, tiene problemas de autoestima. Quizá no está tan convencido de su victoria como dice. Tal vez teme que, si se desploma de la presidencia, su partido se deshaga como le ha pasado a Izquierda Unida o incluso al PSOE. "Rajoy no es consciente de la falta de confianza y credibilidad que tienen", aseguró Rivera después del debate. O sí. Puede que precisamente por saberlo, dé esos traspiés por recuperarlas. Contra el agua, habrá pensado, el mejor remedio es una barca. Y ahí esta, como Noé, remando para que el diluvio político no le hunda. No se ha dado cuenta de que es demasiado grande —a su espalda: Bárcenas, todo lo que prometió y no hizo, o lo que dijo que no haría y realizó— y puede zozobrar por su propio peso.

Mientras los gigantes tratan de mantenerse a flote, los niños recogen a los ofendidos en sus barcas. A Podemos y Ciudadanos les queda mucho por hacer. Nunca han gobernado, no tienen una propuesta perfectamente definida y sus sedes son pequeñas. Pero también son valientes, arrojados y tienen ilusión. Estaría bien un final de Oscar Wilde, donde el gigante y los niños acaban jugando juntos. Pero más pega, tal y como están las cosas, que sea un final del “Gato con botas”, donde por tanto presumir el ogro, se lo acabó comiendo el gato.


sábado, 3 de agosto de 2013

El señor alcalde

El señor alcalde se baja del coche oficial. Se detiene en mitad de una carretera estrecha. Se recoloca la chaqueta y echa a andar hacia la peluquería donde ha concretado cita sin despedirse del chófer, que en seguida le sustituye al volante, y sin preocuparse por el atasco mudo que deja detrás.
El señor alcalde llama a la puerta de la peluquería. Son las dos de la tarde y el local está cerrado para los ciudadanos, pero no para él. Saluda con un gesto perezoso y algunas palabras medidas y ocupa uno de los sillones de cuero. No tiene prisa y tampoco le importa si la tiene el anciano Bernardo.
El señor alcalde pregunta por la salud del negocio y Bernardo no se atreve a reconocer que solo ha recibido a dos clientes a lo largo de la mañana.
“Es el mejor pueblo, con los mejores turistas, con las mejores calles y las mejores gentes”, dice el mayor.
Bernado discrepa, pero se traga sus protestas. Ya se quejaron otros antes y ninguno acabó bien. Silicona en las cerraduras, basuras en la puerta, carga y descarga... Conoce el porte traicionero del hombre al que arregla el pelo. Muchas promesas para quienes sigan sus pasos, mucha mierda para los que no. De modo que sonríe y calla, de vez en cuando asiente y fuerza unas risas, pero no comenta nada sobre aquellas calles sucias, los barriles y cajas que reducen la acera, los meados en las esquinas de su local y de los próximos, el olor a orine y descomposición de las mañanas calurosas.
El señor alcalde se mira al espejo, satisfecho. Alaba el trabajo con poca gracia y repite alguna de sus frases más ensayadas para despedirse de Bernardo. Son las dos y media pasadas y abandona la peluquería con la cabeza bien alta, igual que cuando entró. Cruza la carretera y se sube a su coche negro y de buena marca.
El chófer, que cuando llega el alcalde hace de copiloto, ha aparcado donde su jefe le ordenó, en una zona exclusiva para la carga y descarga de los vehículos comerciales. La zona negra de quienes no atienden a las indicaciones, donde la policía multa más de tres veces al día. Pero, ¿quién se lo va a reprochar? Él es el señor alcalde, el emperador de un pueblo sometido, un vengador, un tirano contra la democracia, un manipulador de la opinión pública, un cateto con aires de rey.

sábado, 24 de marzo de 2012

Con otros ojos

No se trata de rendirse. Hace poco conocí a una chica que entre grandes aspavientos se quejaba de una de las asignaturas de la carrera. Revolvía los apuntes y pasaba las páginas del manual con desesperación. “No me importa nada. ¡Qué me interesa a mí esto! Ni siquiera es útil”. Naturalmente, como ocurre la mayoría de las veces que nos dejamos dominar por la obcecación, estaba equivocada. Sí le interesaba, o debería interesarle, porque era una tema que repercutía en su día a día, y era útil, se dedicase o no a la Comunicación. Me quedé mirándola, no recuerdo bien si con una sonrisa burlona o triste, en tal situación ambas habrían servido. “Es horrible, ¡a mí qué me importa!” –me dijo, pese a que no me conocía de nada–. “Este hombre sólo dice bobadas”. Y entonces no pude evitar echarme a reír.
Recordé las veces que enfrente de los telediarios había repetido lo poco que me interesaba la política. Cuando en mi horario del primer cuatrimestre vi una asignatura dedicada a los sistemas políticos contemporáneos me desesperé. ¿Qué iba a ser de mí?... Qué dulce ignorancia, las primeras clases rompieron todos mis esquemas. Empecé a acercarme a ese mundo que había etiquetado como “hostil” y descubrí que lo entendía, que había un sentido... y que me gustaba. Contra todo pronóstico, fue la asignatura a la que más tiempo le dediqué y con la que más disfruté.
De modo que, cuando mi compañera de clase comenzó a rechazar la nueva asignatura sin haber intentado comprenderla, en seguida supe dónde estaba la solución. “Es la actitud” –comenté–. “Depende de cómo decides enfrentarte a los retos”.
Es cierto, aunque ella acogió el consejo con ironía: suspiró con dramatismo y simuló escuchar con atención al profesor, repitió alguna de sus frases como si se le fuera la vida en ello y comentó con su amiga lo divertido que era la ley de la oferta y la demanda.
No se trata de simular interés hacia aquello a lo que nos enfrentamos, ni de rendirnos, entonces continuaremos igual que cuando estábamos en el punto de partida, sino de mirarlo con otros ojos y creer que somos capaces. Cuando se trata de ponerse límites, muchas veces nos convertimos en nuestro propio antagonista. Le ponemos punto y final a la historia antes siquiera de sentarnos a escribirla.

***

It’s not a matter of giving up. Not long ago I met this girl who, with much fuss, was complaining about one of her college classes. She shuffled through her notes and anxiously flipped through her workbook. “I don’t care about anything. Why would this interest me! It’s not even useful.” Naturally, as usually occurs when we let blindness take over our beings, she was wrong. It did interest her, or it should, since it was a subject that cropped up in her day-to-day life, and it was useful, whether or not she decided to go into the field of Communications. I simply stared at her, I can't remember if with a teasing smile or a sad one, in such a situation either would've made do. “It’s horrible! What do I care,” she told me, even though she did not know me at all. “This man only babbles.” And at that point, I couldn’t help laughing.
I remembered the many times that, in front of the News cameras, I had repeated the little interest I had in politics. When I found a class dedicated to the contemporary political science on my first quarter schedule, I panicked. What do I do?... What sweet ignorance; the first classes would break down all my plans. I began to approach this world that I had labeled as “hostile” and discovered that I understood it, that now it had a meaning… and that I liked it. Against all odds, it was the class I put most effort into, and the one I enjoyed the most.
Therefore, when my classmate began to reject her new class, I immediately knew where the solution was. “It’s the attitude,” I commented. “It’s all about how you face your challenges.”
It’s true, although she took the advice with sarcasm: she sighed dramatically and pretended to avidly listen to the professor, she whispered a few sentences to herself as if her life depended on it and discussed with her friend how fun the laws of supply and demand were.
It’s not about feigning interest for the things we are confronted with, nor about giving up, otherwise we would simply continue as if nothing had changed, but about looking at our challenges
from another point of view and believing that we are capable of surpassing them. When it comes to setting limits for ourselves, oftentimes we become our own antagonists. We put the final touches on our story before we can even sit down to write it.

Texto traducido por: Carolina Rodríguez García.