¿Te atreves a soñar?

sábado, 15 de marzo de 2014

300 euros de suerte

Solo. En una terraza de un bar cualquiera. Delante de un café humeante y un periódico prestado. Con la misma ropa de hacía dos días y el desencanto de hacía tres. Sin afeitar pero con la corbata aún en su sitio.
Rodrigo esquivó las miradas de los demás clientes. Sabía lo que pensaban por sus caras de asco y el círculo de mesas vacías que había a su alrededor. Con el corazón en la garganta, apuró el desayuno y salió del local. Durante algún rato caminó con la seguridad de los pasos firmes y la barbilla alta. Pero al doblar la esquina, se detuvo y rompió a llorar entre sus manos.
Rebuscó en los bolsillos y contó las monedas. Aún tendría para cuatro cafés. ¿Y luego? Observó unas botellas de cristal vacías y sintió vértigo. Guardó de nuevo el dinero y echó a andar.
Hacía tres días que frecuentaba el mismo banco. Un banco de piedra en una plaza sombreada y con poca gente. Sin palomas ni ruidos de coches. Tan solitaria que le sorprendió encontrar en los escalones de la fuente una cartera.
El hombre miró a su alrededor, pero seguía solo. 300 euros de suerte, además de dos tarjetas de crédito con el número secreto apuntado en el reverso. Rodrígo sostuvo la cartera con miedo, como si le quemase esa pequeña fortuna que podría devolverle un poco de dignidad. Con ese dinero podría comprarse ropa limpia y comida, además de cafés para dos meses.
Rodrigo se sentó de nuevo en su banco de piedra y leyó la documentación del desconocido. Allí pasó la mañana y la tarde, durmió también la noche y despertó al día siguiente. Solo, pero esta vez sin café humeante.
Observó a los transeútes con la cartera escondida en su chaqueta sucia de ejecutivo. No desayunó ni comió hasta que, sobre de las tres de la tarde, un joven angustiado se puso a dar vueltas a la fuente. 
Andoni Urízar, pamplonés de veinticinco años, soltero.
Rodrígo levantó el brazo para llamar su atención y se levantó con dificultad; tenía los músculos dormidos. El chico arqueó las cejas, pero no hizo una mueca de disgusto cuando estuvieron cerca. Dudó ante la mano abierta del desconocido, pero la estrechó.
El solitario le extendió la cartera y Andoni comprobó rápidamente que todo estuviera en su sitio. Suspiró y la sonrisa final fue el broche de Rodrígo. Se miraron en silencio unos segundos.
‒¿Me dejará que le invite a un café? ‒preguntó el más joven.
Rodrígo se miró la muñeca vacía.
‒¿No vas mal de tiempo?
El muchacho se rió.
‒Igual se lo hago perder a usted. Tendrá familia.
El hombre no respondió, pero hizo un gesto para que continuasen.
‒Tengo un rato para un café.


sábado, 8 de marzo de 2014

lunes, 3 de marzo de 2014

Zach Sobiech: "No hace falta saber que vas a morir para empezar a vivir"

Todos tenemos problemas, pero cada uno elige cómo quiere vivirlos. A Zach Sobiech le diagnosticaron osteosarcoma, un tipo de cáncer óseo, a los 13. Desde entonces volaron los días. Él soñaba con formar una familia, con ir a la universidad... Pero sabía que su vida no llegaría tan lejos. Zach sonrió e hizo reír, compuso una canción para expresar su miedo y su amor, para seguir adelante sin olvidar lo más importante: lo fácil que es hacer feliz a los demás.

"Me llamo Zach Sobiech, tengo 17 años y padezco osteosarcoma. Me han dicho que me quedan unos meses de vida, pero aún me queda mucho por hacer. Quiero que todo el mundo sepa que no hace falta saber que vas a morir para empezar a vivir".


Vídeo original, por Soul Pancake


Vídeo subtitulado en español

sábado, 1 de marzo de 2014

Que la adolescencia revolucione el mundo




“Cuando pasen unos años, querrás volver al colegio”, dicen los adultos. Y la adolescencia, inocente, se ríe de la estupidez. Ella mira con envidia a los universitarios: tan guapos, tan altos, tan libres. Ignora que su propia libertad no tiene grandes responsabilidades ni tiempos. Y da igual lo que digan quienes le precedieron, porque ellos no sufren las tareas de la escuela, ni los horarios de casa, ni les tratan de inconscientes. Pero es que la adolescencia es ligera, apasionada, y quiere más, y es curiosa. Es la época de los errores, de los descubrimientos, de los sueños, de las ambiciones, donde todo parece posible. Es una época cargada de matices que se pasa con la atención fija en la mayoría de edad.

Que no espere. Que la adolescencia revolucione el mundo. Que la ilusión y las ganas exploten a los 15, pero también a los 40. Que no se empañe la mirada, que se pierdan los prejuicios, que los ojos sean libres y las mentes, abiertas.

Los adultos soñarán hacia atrás, con el colegio, con la universidad, con sus “años mozos”, pero que no sea con pena. Añoranza sí, pero no nostalgia ni sufrimiento. Los planes no están resueltos hasta que se abandonan. El cansancio, la quemazón, la experiencia... ¿por qué, como decía Momo, no intentamos evitar convertirnos en hombres grises?

Fotografía: Luana Fischer Ferreira


domingo, 16 de febrero de 2014

Vainilla y sal

Olía fuerte a pintura y aguarrás y, cuando soplaba el viento, también al incienso de vainilla que Lucía encendía en el alféizar. Goteaba el grifo abierto por el último niño, tan pequeño que no alcanzaba a cerrarlo bien, y en la radio sonaba un antiguo éxito del pop español.
En el caballete más próximo a la ventana, Diana pintaba un paisaje de playa. Dos barcas y un mar tranquilo. Afiló el lápiz azul y lo dirigió a la línea del horizonte. Le cosquilleaba la emoción de saber que aquel era su primer cuadro a pastel. Había saltado de los blancos y negros del carboncillo a una pintura de colores suaves. Unos colores tan suaves que con ellos era capaz de sentir la arena entre los pies y el sabor de la sal. La brisa, las gaviotas y el golpe de las olas contra las maderas de la embarcación. Ella descalza, con los vaqueros remangados bajo las rodillas y las mejillas rojas por el sol. Ella niña. Ella feliz.
Lucía señaló un tropiezo de la pintura y Diana le cedió el lápiz azul.
‒Más suave, más suave. No aprietes tanto. El interior de la ola debe confundirse con la anterior. Haz un difuminado en la parte de dentro. Aquí, aquí, ¿ves? Muy bien. Así, estupendo.
Más suave, como una caricia enamorada. Más suave y más claro. Diana cerró los ojos y respiró hondo, quería recordar aquel mar por el que corría tantos veranos, por el que había paseado muchos atardeceres y al que le había confesado sus secretos.
Cambió a la tiza verde y salpicó la masa azul. Así eran las aguas frías en que se sumergía cuando picaba el sol. De nuevo olor a vainilla y quizá también a sal. Quizá, solo quizá.


‒¿Estás bien? ‒escuchó que preguntaba Lucía.
Abrió los ojos y se secó las mejillas. La profesora le acarició el pelo y se inclinó sobre ella.
‒Te está quedando muy bien. ¿Quieres hacer un descanso y nos tomamos un café?
Diana asintió y dejó los colores en la caja, desactivó los pestillos de su silla y empujó las ruedas por el pasillo del aula. Observó de reojo el niño del sombrero de paja que pintaba Francisco, y los monigotes del pequeño Juan. Dejó atrás el lienzo amplísimo de la talentosa Alejandra y entró en el cuarto, más estrecho, del café. Lucía le sirvió una taza y se sentó frente a ella. No dijo nada y simuló distraerse con el humo de la bebida.
Diana preguntó por la última exposición de su profesora y terminaron discutiendo sobre las obras del museo que acababan de abrir en el centro histórico de la ciudad. Se rieron de las ocurrencias del más pequeño de los alumnos, que había dibujado en la pared con óleo y decía que quería ser como Leonardo da Vinci, y luego regresaron a sus cuadros. Diana contempló su mar, su playa, su pasado, y se concentró en el olor a pintura, a aguarrás, a vainilla y a sal.


Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón

domingo, 9 de febrero de 2014

La risa del sol

Mara corrió el último tramo del sendero con los brazos en alto y la risa en la garganta. Su hermana la seguía con dificultad, gritando con jolgorio. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles y salpicaba de luz la piel canela de Mara y Priya. Ninguna se detuvo al llegar al río. Se lanzaron en plancha y siguieron avanzando entre carcajadas. Un elefante gris empapado de sol ladeó la cabeza para proteger a su cría, que chapoteaba en el agua de barro. Olía a tierra húmeda y a calor.

Priya llamó a su hermana y le señaló al elefante más pequeño, que no conocían. Mara presionó sus labios con el índice y le hizo un gesto a Priya para que se acercasen. Las risas escapaban ligeras de entre los dientes. La hembra que protegía al bebé elefante no se alarmó. Conocía las manos ásperas de las niñas y el timbre agudo de sus voces. Priya acarició el lomo de la cria antes de apoyar su mejilla contra él.

–Está caliente –observó.

Mara hundió las manos en el río y las sacó llenas de barro. Con delicadeza, la extendió sobre el animal para cubrirlo. El animal aleteó con las orejas y levantó la trompa. Priya se puso en cuclillas para refrescarse y sonrió. Miró a su hermana adolescente, tan alta y bonita, de ojos grandes y pelo negro, aureolada por el sol que caía y resplandeciente por las gotas de agua.

–Yo no quiero que te marches, Mara. No quiero que te cases y te vayas con él.

martes, 28 de enero de 2014

Sexo en Wall Street

Nunca me había aburrido tanto en una película. Y no tuvo nada que ver el cansancio de un día de trabajo. Le daré un poco de publicidad al “Lobo de Wall Street”, aunque no sea muy afortunada, porque a mi me hubiera gustado una advertencia antes de pagar por ella, que alguien me hubiera dicho que el trailer era un espejo mal enfocado, que de grandiosa solo tiene la actuación de Leonardo DiCaprio y que puede resumirse en tres palabras: pornografía, drogas y corrupción.

No hay más. Pornografía, drogas y corrupción. Porque entiendo que haya escenas de sexo, pero no tantas como para aburrirte. Desde que empieza y hasta que acaba, como si fuera el hilo conductor. ¿Que ese mundo solo se entiende con el apetito sexual? Pues muy bien, me parece estupendo, pero no hace falta ser tan explícito. O por lo menos tan explícito en todas las escenas. Prostitutas, tríos, más prostitutas, orgías, de nuevo prostitutas, infidelidades, etcétera, etcétera, todo lo que uno quiera imaginar.

Lo que me molesta no es que sea pornografía encubierta. Quien quiera verla, pues adelante. Lo que me enfada es que no te lo dejen más claro en el trailer, en los carteles o en la sinopsis, o donde se quiera, pero en algún sitio.

Esperaba más que sexo de una película tan en boca de todos y me he llevado una decepción. Tres horas medio dormida, medio asqueada y con el móvil sin batería. Porque son tres horas de lo mismo. Y quizá el problema sea mío, por esperar algo más, pero me habría gustado saber de qué iba realmente. Solo eso, para no sentirme engañada.

sábado, 18 de enero de 2014

El catorce

La carcajada le estalló en la cara. Yolanda recogió sus carpetas de mala gana y se ató el pañuelo al cuello.
‒Pues no, no tiene nada más que decirme, no se moleste. Y no, tampoco hace falta que me indique dónde está la puerta.
La risa se estremeció con más fuerza.
‒Ay, Yoli... pero qué mal le ha sentado el comienzo de año.
La mujer refunfuñó y alzó la barbilla.
‒A mí nunca me ha gustado el catorce.
Se giró con el mismo ímpetu de sus pisadas y abrió la puerta de un tirón.
‒No se le ocurra seguirme ‒le advirtió a la risueña‒. O la denuncio.
El portazo tembló y se escapó otra carcajada. La profesora miró al niño que estaba sentado en la segunda silla del despacho y le ofreció gominolas.
‒¿El catorce te parece un número feo?
Fernando se mordió el labio y arqueó las cejas, hundió la mano en el bote de colores que le ofrecía y habló.
‒Mi mamá piensa que sí.
La profesora sonrió.
‒En ese caso... no se hable más sobre el tema.
El niño se miró las zapatillas.
‒Pero a mí me gusta... ‒murmuró.
‒¿Te gusta el catorce, por qué?
Fernando sonrió tímidamente y señaló su camiseta de fútbol.
‒Me han elegido titular para jugar en el equipo del colegio.
‒¿Ah, sí? Debes de ser muy bueno.
‒Dicen que soy pequeño.
‒Pero crecerás.
‒Eso dice el capitán.
La puerta se abrió de golpe y Yolanda buscó a su hijo.
‒Siempre te quedas atrás. Menos mal que no te has movido del sitio. Vámonos. Levántate, arriba.
Fernando suspiró fuerte y saltó al suelo. La profesora le guiñó un ojo. Le hizo un gesto para que se acercase y le susurró:
‒Para ti va a ser un gran catorce, ya lo verás.

miércoles, 1 de enero de 2014

En camino: ¡Feliz 2014!

¡Feliz año 2014!

El 1 de Enero debería ser oficialmente el día de los propósitos. Las mismas preocupaciones, los mismos problemas, pero un punto y seguido en nuestra actitud. Aunque se pierda esa chispa que aviva ahora mismo todo lo bueno, es obvio que cada año queremos cambiar. Queremos que hoy sea un nuevo comienzo... ¿Y por qué no?

Pues no, ¿no es nuevo, ni bueno, ni apetecible, porque hay que vivir, hay que salir adelante, hay que luchar cuando no quedan fuerzas, porque nos seguimos tropezando, porque habrá sorpresas que gusten menos, porque nada será fácil y por miles de razones más?

Dicen que da igual un día que otro, un 31 de diciembre que un 1 de enero. Pues sí, no envejecemos de repente. Pero no, no nos planteamos la vida igual. Y no importa si es un 1, o un 2, o un 3, lo que importa somos nosotros, ¿en qué pensamos, por qué miramos atrás, cómo queremos enfrentar los días?

Necesitamos ilusión. Necesitamos creer que somos capaces. Necesitamos ser quienes somos y no una sombra ni un sueño pisado. Y por eso nos agarramos con tanta fuerza al nuevo año y deseamos lo mejor a las personas que nos importan. Hoy es el motor, pero adelante estará nuestro trabajo. Poco a poco contra todo, porque nos lo debemos a nosotros mismos.

No se trata de quedar bien, sino de sentirnos satisfechos. Es despertar nuestra inquietud, nuestras habilidades, y apostar por ellas. Hay algo más importante que un propósito, y somos nosotros. Si lo creamos es que hemos dado el primer paso. Ahora queda seguir caminando.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La ciudad de las hadas


Rosana me envió hace poco algunas fotografías de la calle Larios de Málaga. Unas pocas. Las necesarias para recordar nuestro paseo de la Navidad anterior. Todo tan risueño, tan de fantasía, tan delicado.

Este invierno las calles parecen de encaje. Han vestido la ciudad como a las hadas. Con luces azules y espirales, con arañas rococó y esferas que vuelan. Entran ganas de bailar de puntillas. 

Cada vez queda menos... ¡Qué cerca está la Navidad!




















Fotografías: Rosana Molero Martín