¿Te atreves a soñar?

sábado, 19 de octubre de 2013

Cuando regresas

Quizá no sea capaz. Quizá este folio está aún demasiado blanco y tú, demasiado cerca. La muerte, estate seguro, también roba palabras. Y a mí me las quita todas cuando hablo de ti.
Anoche, no sé por qué, recordé tu risa de acordeón viejo y tu abrazo fuerte, y entonces sentí una especie de ternura por quien fuiste y por quien continúas siendo. Porque la muerte no se lo lleva todo; es incapaz de llevarse las huellas y los amores.
Cuando el agua de la ducha me envolvió en vapores, me hizo tan ligera que fui capaz -pues ya sabes que allí el dramatismo se vuelve más dramático- de imaginarte tan real como en ese momento lo era mi reflejo en el espejo.
Algún día yo seré como tú: tan fuerte, tan grande, tan apasionada. Y tú estarás siempre donde estén mis letras. Como en tu biblioteca, donde respiras en todos los volúmenes, en todas las revistas, en todos los papeles que no terminaste de ordenar. Pero esta vez, estamos los dos. Beberé de tu misma fuente, de tus mismos libros, aunque sea de puntillas.
Es posible que no sepa decirte lo que no te dije, pero ahora -no me cabe duda- puedes escucharlo todo. Ahora sé que, incluso cuando este folio está en blanco, cuando regresas, yo soy capaz de recuperar mis palabras por ti.

domingo, 6 de octubre de 2013

De fiesta con búhos

Todas huían de mí. No sé si sería el pan, que era viejo, mi aspecto penoso o el banco de pintura desconchada que había elegido. O quizá fuera simplemente que no tenían costumbre de mí, de mi perfume y de mi edad. Tal vez les resultaba graciosa la inexperiencia de mis manos, que aplastaban el mendrugo y arrancaban trozos con tanta fuerza que los dedos quedaban blancos.
En mi fracaso, las imaginaba a todas agitándose en las ramas, riéndose de mi poca gracia y mi ilusión truncada. Porque al principio yo le había sonreído al aire. Había llegado envuelta en mi abrigo de otoño y me había sentado en el único banco libre del parque. Había descubierto la cajita de pan duro y lo había lanzado con la esperanza de verme envuelta en un corrillo de palomas gorditas y simpáticas.
Pasearon las parejas, los adolescentes; corrieron los niños y los deportistas; conversaron los ancianos; se cayeron las hojas de los árboles. Y yo, lanzando migas a nadie, mantenía la mirada tan alta que no serían capaz de adivinar lo que pensaba.

“Tal vez las palomas tengan sueño, estén cansadas”.

“Son perezosas y hoy hace frío, no tendrán hambre”.

“Seguro. Seguro que se han empachado en una fiesta con búhos”.

“¿Por qué no vienen? Estoy sola, mucho”.

“Ya es claro: no me quieren”.

“No me quieren las palomas”.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El grito del Perdón



“Donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”, inscribieron en el lomo de un caballo de metal que cabalga el Perdón. Una eterna procesión que admira Pamplona desde la cima del monte. Los guardianes detenidos de la ciudad. Con la mirada al frente y las espaldas cargadas, con el mismo cansancio que los peregrinos de Santiago.


El viento grita en la cumbre y se desahoga de todo lo que vio en las calles asfaltadas. Coge carrerilla y se lanza contra los molinos de viento, y los empuja, y les insufla vida, tanta vida que los hace girar. Allí, tan alto, no tiene miedo de llorar ni de enfadarse.

Y en el horizonte, se pintan las nubes. El sol escondido crea un mar infinito de rojos y naranjas. Una línea que distingue la noche de la cuenca hasta que se asoman las estrellas, todas esas que se cruzan con el viento, y la Naturaleza se detiene a contemplar las minúsculas luces de la ciudad.


Texto: Blanca Rodríguez G-Guillamón
Fotografías: Siyuan Qian Zhang


domingo, 18 de agosto de 2013

¿Dioses del mar?

“El infierno se congelará antes de que retire alguno de los bloques de hormigón”, aseguró el Ministro gibraltareño a la cadena televisiva inglesa de la BBC.

Mi familia tiene que comer ‒se quejó un pescador a una periodista española que le tendía el micrófono para que opinase sobre la protesta en La Línea‒. Mi familia y mis compañeros de faena. Es mi vida, ¿entiende? ¡A mí me importa un rábano la política!
Paco recogió las redes y se las mostró a la cámara.
‒Quién manda sobre los peces, ¿eh? ¿Quién se cree tan imbécil como para pensar que gobierna sobre el mar?

martes, 6 de agosto de 2013

Un paraíso de melocotón

El paraíso debe ser muy semejante. Cuando comencé la caminata por la orilla del mar, con los pantalones remangados y las sandalias entre los dedos, tuve la sensación de que aquella inmensidad se arrastraba solo para acariciarme los pies.
La playa se había vaciado de turistas y apenas quedaban algunas parejas fotografiándose y los pescadores que clavaban sus cañas como banderas. Algunas risas discretas, palabras brumosas y las conversaciones de las olas.
En cada paso traté de memorizar aquellos brochazos de la naturaleza y de ponerle palabras a lo que no tiene. Un mar suave, ligero, encarnado, protegido por un horizonte de bruma morada y perfumado de sal. Un mar que, por ser belleza de paraíso, mejor podría describirse como mar de melocotón.
Todo era confianza entre un mar que besa y unos caminantes sin más destino que el soñar. Así pues, continué marcando mis pasos en la arena fría. Y el mar persistió en borrar mis huellas. Y respiré la libertad que arrastraba la espuma. Y las olas se hicieron grandes hasta doblarse y rasgar la orilla.
Y todo fue paz hasta que estalló un lamento.
Primero, una botella vacía de vino, después, vasos de plástico y latas de refrescos. Una bolsa de basura asfixiando al mar y una montaña de cáscaras de pipas. Una chancla rota, más bolsas, papel de aluminio y restos de un bocadillo. Una lata de Monster.
Me tembló el corazón y el ánimo. Mi mar de melocotón lo habían convertido en un paraíso monstruoso.

sábado, 3 de agosto de 2013

El señor alcalde

El señor alcalde se baja del coche oficial. Se detiene en mitad de una carretera estrecha. Se recoloca la chaqueta y echa a andar hacia la peluquería donde ha concretado cita sin despedirse del chófer, que en seguida le sustituye al volante, y sin preocuparse por el atasco mudo que deja detrás.
El señor alcalde llama a la puerta de la peluquería. Son las dos de la tarde y el local está cerrado para los ciudadanos, pero no para él. Saluda con un gesto perezoso y algunas palabras medidas y ocupa uno de los sillones de cuero. No tiene prisa y tampoco le importa si la tiene el anciano Bernardo.
El señor alcalde pregunta por la salud del negocio y Bernardo no se atreve a reconocer que solo ha recibido a dos clientes a lo largo de la mañana.
“Es el mejor pueblo, con los mejores turistas, con las mejores calles y las mejores gentes”, dice el mayor.
Bernado discrepa, pero se traga sus protestas. Ya se quejaron otros antes y ninguno acabó bien. Silicona en las cerraduras, basuras en la puerta, carga y descarga... Conoce el porte traicionero del hombre al que arregla el pelo. Muchas promesas para quienes sigan sus pasos, mucha mierda para los que no. De modo que sonríe y calla, de vez en cuando asiente y fuerza unas risas, pero no comenta nada sobre aquellas calles sucias, los barriles y cajas que reducen la acera, los meados en las esquinas de su local y de los próximos, el olor a orine y descomposición de las mañanas calurosas.
El señor alcalde se mira al espejo, satisfecho. Alaba el trabajo con poca gracia y repite alguna de sus frases más ensayadas para despedirse de Bernardo. Son las dos y media pasadas y abandona la peluquería con la cabeza bien alta, igual que cuando entró. Cruza la carretera y se sube a su coche negro y de buena marca.
El chófer, que cuando llega el alcalde hace de copiloto, ha aparcado donde su jefe le ordenó, en una zona exclusiva para la carga y descarga de los vehículos comerciales. La zona negra de quienes no atienden a las indicaciones, donde la policía multa más de tres veces al día. Pero, ¿quién se lo va a reprochar? Él es el señor alcalde, el emperador de un pueblo sometido, un vengador, un tirano contra la democracia, un manipulador de la opinión pública, un cateto con aires de rey.

sábado, 27 de julio de 2013

Los medicamentos de la vergüenza


¿Qué necesitas? Pide, sé ambicioso, aprovecha y quédate con todo lo que te pueda hacer algún bien. No importa que por el camino hayas gastado el dinero y el tiempo de otros. ¿Y qué si te comprometes con algo y desapareces? Si te acusan, defiende que tu postura es inocua, que lo que dejaste atrás eran cosas sin importancia. Que la amabilidad, la sinceridad y el respeto no te corten las alas. Si te dan la mano, no lo dudes, agárrate fuerte del brazo.

¿Y por qué no decirlo si es lo que pensamos? No parece que seamos conscientes de que detrás de cada decisión que tomamos hay personas, necesidades y problemas. Personas que quizá no conozcamos. Necesidades que no son las nuestras. Problemas que pueden estar asfixiando a otros. Y, es cierto, no se trata de analizar cada vida antes de tomar una resolución, pero sí de cuidar los detalles que parecen más ligeros.

Hace unas semanas visité una farmacia. Entré por su puerta amplia repitiendo en silencio el nombre largo y complicado del medicamento que buscaba. Habían cinco clientes antes que yo, de modo que apunté el fármaco y esperé. Libre de esa concentración enfermiza, me dispuse a observar y aprender. Tenía curiosidad por los estantes de productos, las recetas electrónicas que parecían entretener tanto a las farmacéuticas y el cuartillo que se abría tras el mostrador. La aglomeración de cremas solares, hidratantes, antioxidantes, pañales, potitos, biberones, champús, geles de baño, desmaquillantes, anticelulíticos... resultaba desconcertante y extrañamente acogedora. Tanto me evadí que se me colaron dos señores. Sin protestar, porque tenía la mañana libre, me coloqué detrás de ellos. El más mayor; alto, de barba blanca y acento extranjero, parecía alterado por su conversación con la mujer que lo atendía.

“Sí, aún sigue en el estante, esperando...”, decía ella con resignación.
“¿Todavía? Pero ya ha pasado más de una semana”.
“Y lo que queda, Jules, y lo que queda. Supongo que nos lo han vuelto a dejar colgado”.
“¿Y se puede devolver?”
“No. Este medicamento venía por un laboratorio que no lo permite”.
“¡Vaya cara tiene la gente!”.
“Bueno, no te alteres, Jules. Desgraciadamente es habitual”.
“Me parece indignante”.
“Entonces, ¿te saco todo lo de la tarjeta?”.

Y yo desconecté. O más bien, me quedé pensando. No entendí hasta una semana después a lo que aquel tal Jules se refería. Me lo explicó la misma farmacéutica que lo atendió, porque mi curiosidad me llevó a preguntarle sin más preámbulos.

Una farmacia no es el almacén de todos los productos sanitarios habidos y por haber. Cada una vende las marcas de las casas y laboratorios que trabaja. No puede abarcarlo todo, del mismo modo que Zara no vende todas las colecciones de Inditex. Sin embargo, puede ofrecer el producto al cliente con un margen que oscila ente la media jornada o el día completo y en los casos más raros, la semana. Cuando el farmacéutico ofrece esta posibilidad, se inicia una cadena de confianza con el cliente. Si este está interesado, acepta que le encarguen lo que solicitó y debería recogerlo a partir del plazo indicado.

Desgraciadamente, lo más habitual es pensar en uno mismo y despreocuparse de los demás. Sí, exactamente, agarrar el brazo de quien te da la mano con amabilidad. Así, muchos de los productos que se encargan acaban ocupando los estantes de la vergüenza. Medicamentos caros que acaba pagando la farmacia por el capricho de algún cliente que lo pidió por pedir, u otros tan concretos que no suelen venderse si quien lo encargó no los recoge. Y ahí permanecen, esperando, hasta que caducan.

No quiero decir que detrás de cada encargo haya una intención despreocupada, ni tampoco así me lo dio a entender la farmacéutica, pero que los medicamentos queden huérfanos ocurre. Y quizá pueda parecer una tontería, pero detrás de ese “sí” del cliente, hay tiempo, dinero y problemas ajenos; de quienes trabajan en el laboratorio, del transportista, del farmacéutico y de sus familias. Porque a lo mejor ellos no tienen vacaciones, pero atienden con una sonrisa. O están cansados, pero mantienen el buen humor. Tal vez sienten que nadie les escucha, pero ayudan a quienes acuden a ellos. Porque quizá, ¿lo has pensado?, tratan de darte lo mejor de sí cuando se les almacenan los medicamentos en los estantes de la vergüenza.

domingo, 30 de junio de 2013

La mujer misteriosa

 Carlos solo recordaba una risa grande en un cuerpo menudo. Ni sus ojos oscuros, ni sus labios finos, ni el lunar que tan graciosamente pendía de su mejilla izquierda.
‒Podría reconocer al culpable ‒aseguró al policía‒. Déjeme las fotografías y le diré quién es.
‒¿Está seguro? Usted no consta como testigo.
‒No fui testigo del robo, pero la conocí.
El oficial frunció el ceño, repasó de nuevo la documentación y se acercó a la mesa. Hizo un gesto para que él mismo revolviera entre las imágenes. Carlos se agachó sobre los papeles, pero condenó rotundamente el material. Se giró hacia el agente.
‒¿Esto es todo?
El policía se rió con un gesto ensayado. Paseó por el despacho en círculos, ahogando el espacio entre el recién llegado y él, subrayando la cercanía con su mirada felina, con el cuerpo ligeramente doblado como quien espera el instante de atrapar a su presa. Carlos se esforzó en mantenerse sereno.
‒Ahí están todas las fotografías de las mujeres acusadas ‒dijo el agente Flavio.
La risa hueca y su mano derecha en el bolsillo, sin embargo, contradecían sus palabras.
‒¿O falta alguna? ‒inquirió.
Carlos se cruzó de brazos despacio. Sabía dónde estaba el límite. Aunque el agente parecía haberlo olvidado, ya se habían cruzado antes. Un presunto asesinato que no se resolvió. Una misiva con amenazas de muerte. Un robo a plena luz del día en uno de los museos más vigilados de Madrid. Era la tercera vez que ambos se veían implicados en los crímenes de una misteriosa mujer a la que nadie ponía nombre. Flavio era el encargado del caso y Carlos, un periodista con muchas sospechas y una sola prueba.
“Aficionado”, parecían gritarle los labios apretados del oficial.
‒No está aquí ‒dijo Carlos‒. Los dos sabemos que falta alguien más.
‒Sí, es cierto ‒Flavio hizo una pausa, en la que aprovechó para apurar el vaso de ron que él mismo se había servido, y sacó del bolsillo un rostro en blanco y negro‒. La misteriosa no estaba incluida. Alto secreto, ¿sabe? La asesina, y en este caso ladrona, no la ha visto nadie.
‒Solo usted, imagino.
El agente sonrió.
‒Si yo la hubiera visto, no se me habría escapado. No me he ganado este puesto por mi cara bonita ‒retomó su risa, como si acabase de contar uno de sus mejores chistes‒. Este caso, señor periodista, le viene grande, así que no se moleste. Ni la mejor pluma ni la imaginación más torcida sería capaz de informar sobre esa mujer.
Carlos aguantó la mirada sagaz del policía. La imagen que el hombre le había mostrado con fugacidad ya la conocía. Él mismo la había publicado en el periódico tras conocerse que la mujer misteriosa volvía a estar detrás de un crimen. Con el cuidado de quien sostiene algo frágil, Carlos tomó unas notas en su cuaderno.
‒Eso es, desista ‒aceptó Flavio sin perder la sonrisa‒. Cuando la policía tenga noticias, sabrá de nuevo de mí y se acordará de mis palabras. Encontraremos a la culpable, pero no será gracias a usted. De todas formas, le animo  a seguir escribiendo. Hay otros crímenes, otras barbaridades que nadie cubre. No se deje engañar por el sensacionalismo que está causando la misteriosa mujer.
El periodista devolvió el cuaderno a su maletín con una mirada triunfante. Se dirigió a la salida y acarició el pomo como si aquel despacho encerrase todas las respuestas sobre el caso.
‒Solo una cosa más ‒insistió Carlos‒. Usted sabía desde un principio que la asesina era una mujer, ¿no?
‒Sí, sí, claro. Eso resultaba evidente. No había más que ver el sigilo, la prudencia, el...
‒Lo inventó la prensa, señor ‒corrigió el joven‒. André Saltillo, periodista de La Vanguardia. Él fue el primero que lo mencionó. A partir de ahí, se desencadenó el misterio y la imaginación. Todos inventaron algo: periodistas, criminólogos, detectives privados... e incluso usted mismo. Y no le estoy preguntando.
Carlos empujó la puerta despacio. Se aseguró de que el pasillo y la salida despejada, y confesó.
‒Fui yo quien publicó la fotografía de esa mujer en mi periódico. Un cebo. Aunque le confieso que al principio pensé que la policía lo desmentiría. Debería haberlo desmentido, Flavio. Entonces estaba usted a tiempo. Ella no es la criminal que buscas.
El policía se enervó. La risa ronca que le había acompañado durante la visita le confería ahora una imagen vulgar. Rápidamente se llevó la mano al arma, aunque no desenfundó. Carlos sonrió y escupió sus últimas frases con la seguridad de quien ha confirmado sus sospechas.
‒Esa que culpas es una antigua conocida de mi madre. Treinta años en la foto y ochenta a día de hoy. ¿Sorprendido? ¿Le acabo de desbaratar su propia quimera? Vaya preparándose una buena coartada, agente, la próxima vez que la mujer misteriosa aparezca será hombre, y no mujer, y vestirá su cuerpo fino y desgarbado con uniforme de policía y... ¡qué casualidad! También se llamará Flavio.

miércoles, 12 de junio de 2013

Rosa y la hormiga

El sol quemó la hoja hasta reducirla a cenizas. Rosa se rió y apartó la lupa del objetivo ennegrecido. Limpió la piedra de sacrificios y se acercó al hormiguero. El reguero de puntos negros que desquiciaba a su madre enlazaba la zona de tierra y matorral con las paredes de la casa. Con velocidad, buscó una hoja grande y dispersó a las hormigas. Luego alcanzó a unas pocas y las exhibió en la zona más alta de la roca.
Rosa apretó los labios mientras colocaba la lupa entre el animal y el sol. Sabía que ese experimento tardaría más que el anterior y que era necesaria la máxima puntería para que el cristal resultase letal.
Durante algunos minutos, la niña persiguió a la hormiga con el haz de luz y la hoja, pero ni el bicho se quedaba quieto ni ella tenía la suficiente destreza como para quemarlo en movimiento. Insistió hasta que escuchó cerrarse la verja y los pasos apresurados de su padre. Era la hora, porque ya habían sonado las campanas de la iglesia. Rosa detuvo la ejecución con los ojos bien abiertos y el arma en ristre.
Las llaves contra la mesa.
Un beso.
Una queja.
Un suspiro.
De nuevo unos pasos.
–¿Dónde está la niña más guapa del mundo?
Ella esperó en silencio, con la sonrisa en los labios.
Se descorrieron las cortinas del patio.
Rosa se olvidó de la hormiga. 

domingo, 2 de junio de 2013

Sobre el arte de cortejar

El señor Marcía revolvió el vino con un ligero movimiento de muñeca.
–Nada de negocios, no me hagan volver a recordarlo –dijo.
Había aparecido de repente y los comensales se sobresaltaron. El más anciano se golpeó el pecho para disimular la risa. Al hablar, el señor Marcía había arrancado del sueño al alcalde.
–Tienen suerte de que no les haya escuchado mi señora; hace un instante acaba de decirme que se lanzará sobre la yugular del siguiente que violente las reglas.
–¡Vamos, Marcía! ¿Qué sería de usted sin la política? Siéntese un rato con nosotros. Fronda nos está poniendo al día de las últimas decisiones del consejo.
El recién llegado arqueó las cejas y golpeó repetidamente el hombro del narrador.
–De modo que el señor Fronda no está por la labor... Acordamos que sería una cena benéfica, no una sobremesa de trabajo.
Julio Fronda se encogió de hombros y recorrió la línea de sus labios con los dedos.
–Echo la cremallera, lo prometo –contestó–. Y ya sabe que soy hombre de honor.
–Eso es, hombre de honor –aprobó Marcía–. Hombre de honor y de buen baile. ¿Por qué no saca a bailar a alguna damisela? He visto que la pista anda escasa de varones.
Los comensales se rieron y los más cercanos lo empujaron para que se levantase de la silla. Marcía insistió y Fronda acabó aceptando. Se sacudió la chaqueta negra e hizo un gesto en que exhibía cómicamente los músculos poco desarrollados de sus brazos.
–Nadie se me puede resistir –bromeó.
–¡Ni a la tableta de chocolate que escondes! –se burló uno.
Fronda chistó y se encaminó a la pista de baile.
–No cortejará a ninguna –comentó el anciano–. A este hombre le falta agallas. Muy inteligente, pero muy poca cosa.
–¡Fernández! –exclamó otro de los presentes con un golpe en la mesa–. ¿Me va a decir que usted a los treinta años era mucho mejor?
–Más elegante.
–Ya, y más guapo...
–Yo sabía ganarme a una buena moza; ahora estos críos solo saben espantarlas.
Marcía terminó la copa e hizo un gesto al aire. En seguida, un camarero se aproximó con una nueva botella.
–No creo que fuera tan bueno en esas artes. Usted solo es un cascarrabias pretencioso.
El anciano se cruzó de brazos sobre su prominente barriga y sonrió.
–Yo era un muchacho muy fino, ¿saben? Y las tenía a todas loquitas.
Los abucheos amistosos despertaron la curiosidad de los invitados de la mesa contigua, que se volvieron hacia ellos con la sonrisa de quien espera ser incorporado a la conversación. Marcía, quien lo advirtió, arrastró su silla hacia atrás para no entorpecer el debate. Los comentarios del anciano le hacían reír. La historia de la muchacha salerosa de vestidos largos y el joven de modales impecables le recordaba a las historias que le contaba su padre en su adolescencia.
Cuando el debate estuvo bien sembrado y nadie le prestaba atención, el señor Marcía se levantó y se dirigió a la mesa en la que siete hombres discutían sobre sueldos, desempleo e inflación. Bebió un trago y sonrió al único que se había distraído para mirarlo.
–Nada de negocios, señores –recordó–. Tienen suerte de que no les haya escuchado mi señora; hace un instante acaba de decirme que se lanzará sobre la yugular del siguiente que violente las reglas.
Mientras atendía a las protestas de los comensales, Marcía echó un vistazo rápido a la pista de baile. Fronda la recorría en círculos junto a una jovencita de sonrisa brillante.