¿Te atreves a soñar?

martes, 4 de octubre de 2016

Tan disfrutón

Me gusta que te quedes mirando a un punto fijo, embobado, y que luego me mires sonriente como si no hubiera pasado nada. Pero sí ha pasado. Ha pasado todo: la sonrisa de una niña, una conversación triste, una bicicleta acelerada. 

Me gustan tus atardeceres, cuando me coges fuerte de la mano y exclamas que mire el cielo, aunque ya lo estoy mirando. Mira las nubes, tan rosas, tan rosas que subrayan el horizonte. 

El sol, apenas un punto ardiente que se precipita sobre las montañas. El contraste; la silueta de los árboles, que todavía tienen hojas, y los pájaros que se cuelgan de rama en rama.

Me gusta que te guste lo sencillo, que seas tan disfrutón con un paseo, o con una película en el sofá. Me gustas; como nuestros dedos entrelazados. Me gustas, escúchame de nuevo, o léeme, no importa, imagina mi voz en las palabras. Me-en-can-tas.

martes, 13 de septiembre de 2016

La culpa


Te vas.
Laura notó que el corazón le palpitaba diferente. Reunió la fuerza necesaria para mirarle a los ojos. Aquellas pupilas oscuras y enormes eran tan locuaces que se sintió desnuda. Un puño le impidió bajar la barbilla.
Por favor, por favor.
Nunca supliques —replicó él.
Abrió la mano y la detuvo en su cuello. Aquel movimiento la estremeció. Laura la apartó de su piel para besarla con insistencia, ya perdida en lágrimas, hasta que él y su mirada temblorosa se dieron la vuelta.
No llores.
Pero la orden se quebró con sus pasos. Alcanzó el bote y la escuchó correr por el embarcadero. Se precipitó en la nuez que le alejaría para siempre. No quería decirle lo que en verdad ya habían gritado sus ojos.
¡Por favor!
Sus lamentos terminaron tan huecos que le penetraron el alma. No querría volver a tierra. Jamás podría enfrentarse a la culpa de haberla abandonado sin confesarle que la amaba.


domingo, 21 de agosto de 2016

La lucha de los Juegos

La meta se alcanza hoy, después de dieciséis días, y además de diecisiete medallas deja tras de sí el sabor del sueño olímpico. Los Juegos tienen algo mágico, pues en el esfuerzo, la concentración y las lágrimas de los deportistas está nuestra propia lucha. Quizá por eso vemos deportes que nunca antes nos habían llamado la atención, o nos levantamos del sofá con una extraña inquietud. Ellos han trabajado por lo que más deseaban, como hacemos cada uno de nosotros en el día a día. Esa determinación, con sus gritos, sus sonrisas gigantes y sus lágrimas remueven nuestros propios sueños. ¡Enhorabuena a todos los campeones!

domingo, 14 de agosto de 2016

Pastel de pera con lavanda



Hay películas que son capaces de mantenerte en el asiento hasta que se encienden las luces, como “Pastel de pera con lavanda”. Un filme francés de nombre irreproducible que te devuelve las ganas de sentir la vida. Tiene la delicadeza propia de un poema, que se convierte en ternura con la frase final: “Basada en un cuento de hadas real”. El punto y final que envuelve una historia de amor y lucha que poco tiene que ver con la típica comedia romántica. Quizá porque el protagonista “no es normal”, o porque los versos son sobre el amor hacia la vida y no solo hacia una persona. Magnífica, sin duda, en la banda sonora, en la fotografía y en la mirada del espectador, pues desvela lo que a veces perdemos de vista, que vivimos en un milagro. Un milagro vislumbrado en las nubes, las flores, el sol, la risa, el tacto... o en un pastel, un sencillo pastel de pera acompañado de lavanda.

PD: No veáis el tráiler, no termina de corresponderse con la película.


viernes, 12 de agosto de 2016

Un columpio de guerra

Asía con firmeza las cuerdas del columpio. Quizá pensaba que el viento, tan suave que apenas movía las briznas de hierba, podría despertar de pronto y empujarla hacia el cielo. Esperaba inmóvil, con los músculos tensos y la mirada perdida. Tenía la expresión del que está sin estar. Le había conmovido la conversación de sus padres en el desayuno.

Una mariposa se detuvo en su regazo, poco después echó a volar convencida de que la niña no le prestaría atención. Ni siquiera esquivó el pájaro que le rozó el pelo.

Papá se iría lejos cuando acabase el verano. Con Guillermo y Rafael, que hacía poco habían cumplido la mayoría de edad. La patria agonizaba y el honor les impedía continuar escondidos por más tiempo.

La niña lloraba sin saberlo. La luz resplandecía en el filo de sus lágrimas. Papá y los chicos se irían con el próximo amanecer, vestidos de uniforme, dispuestos a defender una guerra que estaba perdida.

Le resonaban los gritos de dolor de su madre, partida en mitad de la cocina, abrazando el suelo como si en algún momento fuera a desaparecer. Su marido, con el rostro tan serio que parecía de piedra, era incapaz de consolarla. Los brazos se le habían dormido a medio camino de su cuerpo tembloroso.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada en aquel columpio que le había regalado papá en su sexto cumpleaños, pero cuando se bajó, hacía años, alguna vez le pareció escuchar que diez, que su padre y Guillermo dormían en algún lecho de tierra.


También publicado en:

-El Correo de Andalucía: http://bit.ly/2dTYnSH


lunes, 8 de agosto de 2016

El verdadero Apolo de Dafne


Se resistía a venderla, tan hermosa que era. Rodeó la mesa de herramientas y ocupó un improvisado asiento de mármol. Desde allí podría contemplarla sin que le viera. Había noches en que le despertaba su grito de ayuda y se apresuraba en socorrerla, pero nunca llegaba a tiempo. No podía dejarla marchar, por mucho que estuviese prometida a otro. Scipiano tendría que esperar. Quizá podía ofrecerle otra muchacha. Había algunas hermosísimas, tan puras como Dafne. Pero ella era sagrada, pensaba Gian Lorenzo mientras la observaba en la oscuridad. Dafne era perfecta. Ni siquiera la merecía un dios. Con ella no había horas. El tiempo corría, más veloz que nunca, y cuando alguien le sacaba del ensimismamiento, ya era la hora de comer, o de dormir incluso.

—¿Se encuentra bien, maestro?

Gian Lorenzo levantó la mirada, sobresaltado. François le miraba desde la puerta del taller. Se recompuso de inmediato.

—Esperadme unos minutos. En seguida estoy con vosotros.

—¿Puedo ver su obra, señor?

Bernini asintió con una sonrisa espontánea.

—No tenga miedo, François —dijo, tomando su muñeca para colocarle la mano sobre la piel de la ninfa—. Está a punto de convertirse en árbol.

Pero François no fue capaz de responder. Sus dedos temblaron al recorrer aquella piel suave y blanca. Quería abrazar a la joven y prometerle que estaría a salvo. Discretamente se llevó la mano al pecho. ¿Podría haber sido capaz Eros de clavarle una de sus flechas de oro? El maestro le agarró del hombro para separarle de Dafne y entonces lo entendió; él era el verdadero Apolo.



Apolo y Dafne, G. L. Bernini

miércoles, 13 de julio de 2016

Cuando nos burlan los políticos


Queridos políticos, se acabó la hora del recreo. Es divertido jugar, pero hace tiempo que los ciudadanos os miramos desde las aulas con ganas de continuar la clase. España no se va a levantar sola y nosotros os hemos escogido para que nos ayudéis a mejorarla.

Ya está bien de peleas, del tú, pero yo, pero Menganito ha dicho. Nos prometéis todo lo que queremos, pero a la hora de la verdad priman los individualismos. Entiendo que el 20-D fue una pequeña revolución en el Congreso. Entiendo también que se requiere un tiempo para adaptarse a un nuevo trabajo. Pero lo que no entiendo es por qué siete meses después estáis orgullosos de burlarnos con las segundas elecciones y dispuestos a seguir riendo; porque no, las terceras elecciones no deberían ser una opción.

Quizá lleváis tanto tiempo en los toboganes que habéis olvidado que un trabajo requiere un esfuerzo. Porque es muy fácil coincidir con quienes piensan igual, pero hemos apostado por vosotros precisamente porque pensáis distinto, porque ¡ojo!, queremos que penséis distinto, que dialoguéis.

Sin embargo, queridos políticos, cuando os veo tropezar con las mismas piedras, no puedo evitar preguntarme si hemos votado a futuros presidentes o a niños con berrinche. Ahora que se acerca el acto de investidura, ¿no creéis que es hora de salir de vosotros mismos y pensar en los ciudadanos? Porque os hemos votado... Digo yo que algo tendremos que ver.


lunes, 11 de julio de 2016

Dorotea


Su sonrisa cazaba todos los miedos. Alta y espigada, Dorotea siempre causaba la misma impresión. La forma en que levantaba las comisuras de los labios, cómo entrecerraba los ojos y le engordaban las mejillas era una historia de amor. Decían que había curado a enfermos y había devuelto la paz a los intranquilos, pero lo cierto era que vivía en el centro de un lago, en una casa diminuta, sin más compañía que un pajarillo que no se atrevía a revolotear más allá del techo.



domingo, 10 de julio de 2016

Un farolillo morado

—Escribid un deseo —nos dijo el chequito tendiéndonos un farolillo morado.

Cinco párrafos de amor en un corazón que aspiraba al cielo. Después de los fuegos artificiales, que habían sembrado la Ciudadela de conversadores, la luz tropezó en su huida hacia lo alto. El chequito tenía razón: ¿qué mejor manera de comenzar los sanfermines que confesando una ilusión?

El farolillo morado era el preludio de bailes hasta las seis, del encierro y las risas. Porque todos los blancos y rojos tenían ganas de pasarlo bien. Los que no eran de allí me dijeron con sorpresa:

—La gente se disculpa al empujarse.

A veces no se alcanzaba el suelo, otras acababa el pie en algún charco de alcohol, de agua sucia, de plástico, pero no había una palabra de ofensa; como si la clave fuese el llevarse bien. Todos iguales, todos contentos. Amigos. O, por lo menos, compañeros de juerga.

—Qué limpias quedan las calles.

Porque quizá algunos, ya vencidos por la bebida y el cansancio no lo notasen, pero en un minuto las calles quedaban impolutas tras la escoba y la manguera del servicio de la limpieza. Como nuevas. Estrenadas por los corredores y los toros.


miércoles, 15 de junio de 2016

Sobre Caravaggio y un Bernini

"DeCaravaggio a Bernini", prometía el anuncio sobre la exposición que acoge el Palacio Real de Madrid. Dos de los grandes. Caravaggio. Bernini. Tenía que acercarme a conocerlos. “Obras del Seiscento italiano en las Colecciones Reales”, acompañaba el cartel. Ya no quedaba duda: regresaría al Palacio por ellos.

Había visto tantas fotografías de las obras de Bernini que no podía creer que algunas de ellas estuvieran allí. Imaginaba sus esculturas vivas, de esas que tiemblan, ríen y casi echan a andar, y un pequeño duende me bailaba dentro. Bernini. Bernini. Mármol blanco. Miradas nostálgicas. Cuerpos elegantes. Y, por otro lado, el tenebroso Caravaggio, el maestro del claroscuro. Negro. Un negro hambriento.

El cuadro ‘Salomé con la cabeza de San Juan Bautista’ (Caravaggio, 1609) me resultó estremecedor. Ella sosteniendo la culpa y el plácido sueño de un muerto. No resulta extraño, al verlo presidir la intimidad de un rectángulo, que fuera el preferido de Carlos III.

Más adelante encontré ‘La túnica de José’ (1630); pensé ¡un Velázquez! y lo observé un rato. Pero en el Museo del Prado hay otros Velázquez, así que no me detuve más de tres minutos. Quería ver al polifacético artista italiano que me había convencido para ir a la exposición.

Recorrí las salas con ligereza y de repente… Bernini. Un Bernini dorado. Un Cristo crucificado de 140 cm de alto. No me decepcionó la figura, que es la única en metal que se conserva completa del escultor, pero tampoco me sorprendió. Regresé a la sala anterior y me anticipé a la siguiente, pero era la única efigie del artista (la Fuente de los Cuatro  Ríos, en la segunda, era una reproducción).

No me pareció que el prometido Bernini fuera cumbre de la exposición. Quizá tenía demasiada ilusión. Quizá me sobrepasó la imaginación al pensar que encontraría dos o tres esculturas de esas que te miran directamente al alma. Quizá. Sin embargo, descubrí a Simone Cantarini y sus pinturas en alabastro, un discípulo de Guido Reni (quien por cierto también se expone) elocuente, confiado y cálido. 

Bernini quedará para otra ocasión.