¿Te atreves a soñar?
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domingo, 10 de julio de 2016

Un farolillo morado

—Escribid un deseo —nos dijo el chequito tendiéndonos un farolillo morado.

Cinco párrafos de amor en un corazón que aspiraba al cielo. Después de los fuegos artificiales, que habían sembrado la Ciudadela de conversadores, la luz tropezó en su huida hacia lo alto. El chequito tenía razón: ¿qué mejor manera de comenzar los sanfermines que confesando una ilusión?

El farolillo morado era el preludio de bailes hasta las seis, del encierro y las risas. Porque todos los blancos y rojos tenían ganas de pasarlo bien. Los que no eran de allí me dijeron con sorpresa:

—La gente se disculpa al empujarse.

A veces no se alcanzaba el suelo, otras acababa el pie en algún charco de alcohol, de agua sucia, de plástico, pero no había una palabra de ofensa; como si la clave fuese el llevarse bien. Todos iguales, todos contentos. Amigos. O, por lo menos, compañeros de juerga.

—Qué limpias quedan las calles.

Porque quizá algunos, ya vencidos por la bebida y el cansancio no lo notasen, pero en un minuto las calles quedaban impolutas tras la escoba y la manguera del servicio de la limpieza. Como nuevas. Estrenadas por los corredores y los toros.


miércoles, 15 de julio de 2015

Adiós, San Fermín


Pamplona se vuelve una niña juguetona cuando llegan los sanfermines. Un día todo está normal y al siguiente, se le ha ido la cabeza.

Pamplona se enamora los nueve días que dura su fiesta. Las calles se riegan de blanco y rojo, de risas, de alcohol, de gente.

Los autobuses no duermen.

¡Viva San Fermín!

A los vasos de plástico les nacen alas.

¡Gora San Fermín!




Destellos de luz, pedacitos de cielo incendiado en los fuegos. Noches de insomnio obligado, deseados colchones de pavimento. Párpados vencidos.

Camiseta blanca, pantalón blanco, faja roja, pañuelo rojo.

Horas de cuerpos dormidos sobre el vallado del encierro.

El peligro camuflado en la adrenalina. Carreras delante, detrás y al lado de astas bravas. Sangre. Eco de risas.

Más alcohol y más sueño.

Más ganas de bailar. Más vida.

Pamplona vibra en distintos idiomas, en distintos acentos. Se comparte todo, se regalan sonrisas.

El reloj ha regresado al 365.

Pobre de mí. Ha llegado la hora de desanudarse el pañuelo.

¡Adiós, San Fermín!



Fotografías: BRGG.

  

martes, 7 de julio de 2015

El corredor del encierro

La sangre seca en la camiseta blanca era el recuerdo de su primer encierro. Acababan de darle el alta y se alegró de encontrar a su amigo en la salida de Urgencias. Mike le tendió una cerveza y sonrió.
—Creía que no volvería a verte.
El herido se encogió de hombros y se llevó la mano libre a la espalda.
—¿Cómo estás? —Asier lo abordó al reconocerlo—. Menudo susto nos has dado. ¡Te ha cogido el toro!
James repitió el gesto y dio un trago.
—Pues no lo vi hasta que me pilló.
—¿Te duele?
—He tenido suerte.
Asier, que acogía en su casa al americano durante los sanfermines, le prestó el móvil.
—Menudo susto, hombre. ¡Y Mike y yo esperándote en la plaza con las bebidas! Menos mal que nos hemos enterado que te traían a aquí.
James se rió.
—Desde luego, no volveré a correr —dijo.
Estaba tranquilo, aunque continuaba con la impresión de la mancha blanca corriendo a su alrededor y el asta atravesándole la piel.
—¿Por qué corriste? —preguntó un joven que se presentó como periodista.
Dio un trago y se arregló la barba. Sonrió. Se volvió hacia Mike y le puso la mano en el hombro.
—¿Por qué corrí? —parecía realmente divertido.
—¿Por qué corriste? —repitió el amigo—. Pues no lo sé. ¿Por qué corriste?
James se echó a reír mientras miraba la mancha roja.
—No puedes venir a sanfermines y no hacerlo.