¿Te atreves a soñar?

martes, 3 de enero de 2012

A traición (I)



Estaba asustada, aunque él le prometiese que todo estaba bien. A la luz de un único candil, sus sombras parecían alargarse hasta la puerta del camarote. Nadie iba a interrumpirlos. Por el ventanal, sin embargo, se hacía evidente la inminencia del peligro.
Abie se volvió hacia el galeón que los perseguía.
–Nos doblan en tripulación y en armamento.
–Son más lentos, no podrán alcanzarnos. De todas formas, si lo lograsen no serían capaces de maniobrar a la misma velocidad. No debes preocuparte.
Ella lo miró, furiosa. Sus labios ardían muy cerca de los de Roller.
–Delega en mí –pidió el hombre –. Presentaré batalla y venceré.
–Yo soy la capitán.
–Sabes que la tripulación no te escuchará. Tu padre era un buen pirata, pero tú eres una mujer.
Roller le acarició la cara y obvió los metros que los separaba. Con delicadeza, le apartó los rizos anaranjados del rostro y jugó con su pendiente.
–¿Este aro es el que te compré?
–El que le robaste a un mercader holandés, sí.
–Precioso.
Ella forzó una sonrisa.
–Vamos, Abie... –insistió –. Sabes que me respetan.
Había empezado a cambiar su actitud. Sus labios caían sobre su nariz, tentándola, y sus manos viajaban por su espalda. Abie sabía cuál era su juego, pero ahora le parecía tan atractivo que su valor había empezado a temblar. Era joven y no tenía ninguna experiencia al mando, mientras que él había liderado las batallas junto a su padre, el difunto capitán. Era fuerte y decidido y un magnífico estratega. Quizá se estaba equivocando por su orgullo.
Roller se inclinó para besarla. Veía en sus ojos la duda y olía su miedo. Sus manos, que había apoyado en su cuello, le temblaban. Abie sólo era una chiquilla. Había combatido cuerpo a cuerpo y había matado, pero aún no había aprendido a congelar sus sentimientos.
Él le sonrió para inspirarle confianza. Había tenido suerte en que la hija legítima de Jack fuese una mujer.
Pero el galeón español estaba demasiado cerca y los gritos de la tripulación se alzaban sobre las olas. Roller siempre había sido su debilidad y le temía. Los golpes en la cubierta al desplazar los cañones le recordaban la primera batalla en la que había empuñado la espada. Él le había salvado la vida y le había enseñado a combatir. Su padre, en realidad, no le había prestado demasiada atención.
Sin embargo, sabía que su beso era a traición y que sus caricias le mentían. Abie deseaba llorar y refugiarse en la terraza de popa, como había hecho otras veces, pero esta vez Jack estaba muerto y ella era la capitán. Trató de serenarse antes de enfrentarse a su rival. (...)

domingo, 1 de enero de 2012

¡2012, Adelante!





Aunque hemos alzado con alegría nuestras copas de champán, sabemos que el 2012 no va a ser un año fácil. Hoy hemos entrado en un nuevo año cargado de incertidumbres. ¿Mejorará la situación económica? ¿Sacaremos adelante ese proyecto que tanto se resiste? ¿Lograré alcanzar alguna de mis metas propuestas?... Nadie sabe qué pasará y por eso mismo no podemos descuidarnos. A pesar de que hay muchos factores externos que nos condicionan, nosotros decidimos hacia dónde queremos ir.

No podemos detenernos en el pasado para lamentarnos de nuestras decisiones equivocadas, o de aquello que nos condujo hasta donde nos encontramos ahora. Debemos sustituir el "Y si..." por un "Voy a...", porque sólo si miras hacia adelante podrás remendar las heridas y alcanzar tus metas.

Estamos a 1 de Enero de 2012, con 364 días para luchar por quienes nos rodean y por nosotros mismos. No debemos rendirnos, ni apesadumbrarnos por lo que no logramos en el 2011. "Año nuevo, vida nueva", dicen las voces de la tradición. Nadie dice que la vida sea fácil, pero eso no es excusa para truncar nuestra sonrisa. Si hemos tropezado, o nos hemos acercado al mismo borde de la oscuridad, busquemos en quienes nos aman y trabajemos por levantarnos de nuevo. Sólo cuando nos rendimos perdemos la batalla. De modo que no tengamos miedo en gritar: ¡2012, Adelante!

domingo, 4 de diciembre de 2011

Atracción


En trance.
El zumbido quemado de la música.
Sonrisas consumidas por las risas.
El alcohol.
Doscientos cuerpos sacudiéndose la adrenalina en la pista. Las luces llevan media noche marcando los ritmos.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
La barra está salpicada de gotas de sudor. El camarero sirve casi al tiempo que cobra. Los clientes apuran el contenido, sedientos. Luego se alejan zarandeando la cabeza, con vasos de cristal que probablemente acabarán en el suelo.
Una multitud que se vacía de problemas en cada salto.
Cruce de miradas.
Dos amigas gritan con los brazos levantados.
Cautivo.
Pau no puede dejar de mirarlas.
Camina. Cada paso parecería torpe en aquellas baldosas pegajosas si no fuera porque nadie presta atención.
Le gusta su vestido negro.
Calor.
Trastabilla cuando le empujan sus amigos, que gritan en su oído en un intento de que les oiga. Pau se agarra a una mesa alta sin dejar de sonreír. Las notas se le clavaban en los oídos. A su alrededor ha empezado una danza frenética, casi robótica. Hace una mueca y la mira. Tiene el pelo rizado.
Empuja para abrirse camino y se precipita en la corriente de cuerpos.
Desde algún lado del techo caen papelitos brillantes y la gente levanta los brazos como si quisieran atraparlos. La música continúa  machacando los miedos.
Al límite.
Ella se estremece con la risa y salta la mirada hasta encontrarle a él.
Le queman las mejillas. Sonríe.
Es difícil avanzar, pero sólo quedan unos poco metros.
Pau se esfuerza en extender el brazo.
Las luces parpadean y una nube de humo empieza a ascender desde las rendijas del suelo. Aún puede ver sus caderas marcando los pasos. Luego se disipan, se sumergen antes que su rostro perlado por el sudor. Sus labios parecen estallar de júbilo.
Pau se revuelve y trata de apartar la cortina gris que los ha separado.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
Atracción.
Prepara su sonrisa seductora para cuando amaine la humareda.
Se disipa, con una oleada de carcajadas, y se prepara.
Piensa en su melena enredada. Piensa en ella.
Azul.
Amarillo.
Rojo.
Flashes.
Sonríe.
Estrella su mirada contra la columna.
¿Y ella?
¿Dónde está ella?


sábado, 26 de noviembre de 2011

He parado el mundo


He parado el mundo. Cuando todos corrían y consumían las horas delante del ordenador, yo detuve el universo. Antes o después iba a estallar, si no lo hacía. La rutina llevaba días mancillándome el ánimo y el tiempo me mordía la chaqueta. Ahora me doy cuenta: estuve a punto de quebrarme en pedazos.
Al principio creí que no iba a ser capaz de hacerlo. No es fácil congelar la gravitación. Siempre hay una fuerza mayor que te empuja, aun cuando estás cansado. Es como si “algo”, una presencia invisible, te precipitase hacia la órbita de la vida donde los seres humanos somos soldaditos desarmados.
Una vez traté de alistarme en el ejército. A partir de entonces, me he arrepentido muchas veces de no haberlo hecho. ¡Acumulo tantos anhelos frustrados! También me propuse viajar a Estados Unidos para aprender inglés... ahora, después de treinta años de aquella intención, chapurreo el idioma en su nivel más elemental. O Teresa, aquella muchachita que tanto amaba... nunca me atreví a pedirle matrimonio. Cada vez que surgía la oportunidad, la dejaba pasar. Y cuando ella me anunció que Daniel le había pedido que fuera su esposa, yo le dije con absoluta indiferencia: “Ya era hora, pensé que te ibas a morir soltera”.
Soy un hombre herido por mis propias decisiones, es cierto. A veces me duele tanto lo que no hice, que pienso que ese “algo” que nos empuja trata de despeñarme en algún agujero negro. O lo pensaba... ahora sé que eso no es posible: ayer detuve el mundo.
Me planté en mitad de la calle que más transeúntes acumula y dejé que las prisas me embotasen. Recibí codazos y disculpas, gestos malhumorados, miradas inquisitivas. Recibí muchas impresiones, hasta que todo dejó de impresionarme. Me acordé del traje militar que nunca vestí, del baile de fin de carrera en el que abandoné a Teresa en mitad de la pista, de los besos que murieron cuando me anunció su compromiso y del abrazo que le negué a mi madre cuando ingresaron a su mejor amiga en el hospital.
Durante algunos instantes creí que me ahogaría, pero luego mitigó esa sensación y me caí al pavimento. Aunque me miraron, nadie se acercó a ayudarme. Sentía los latidos de mi corazón en la garganta y el frío de noviembre me erizaba el vello de los brazos. Cogí la bocanada de aire más grande que recuerdo.
Aquella noche la pasé en casa de mis padres. Hablamos del ejército, de Estados Unidos y de Teresa. Antes de marcharme, abracé con infinito agradecimiento a mi madre. Ella se acurrucó entre mis brazos robustos y se le humedecieron los ojos.
He parado el mundo. Cuando todos corrían y consumían las horas delante del ordenador, yo detuve el universo. Antes o después iba a estallar, si no lo hacía. La rutina llevaba días mancillándome el ánimo y el tiempo me mordía la chaqueta. Ahora me doy cuenta: estuve a punto de quebrarme en pedazos.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Tal y como eres

Llevaba toda la tarde pensando en él.
Seguramente, el motivo era la lluvia. Si hubiese hecho buen tiempo habría salido a pasear, o a tomar el sol en uno de los bancos del parque. Pero llovía. Llevaba lloviendo desde que se despertó.
Apoyó la frente en el cristal de la terraza.
Paraguas de todos los colores bailaban bajo el gris de la tormenta, y el agua, desbordada, circulaba por el asfalto. De vez en cuando, un relámpago fotografiaba la ciudad. Era una estampa desoladora.
Suspiró y apretó las manos contra la taza caliente de chocolate. Había tenido suerte. Al menos, los plomos saltaron cuando ya había preparado la merienda. Dio un sorbo y cerró los ojos, le gustaba sentir cómo aquel calor le recorría la garganta. De reojo, buscó el teléfono móvil. No había ningún mensaje nuevo.
Claire de lune, de Debussy, empezó a sonar en el reproductor. No recordaba haber incluido esa canción en el repertorio. La entristecía y, sin embargo, no se molestó en cambiarla: le recordaba a él. Nunca la habían escuchado juntos, ni siquiera la habían comentado, pero él se colaba entre las notas y le sonreía, inundado por ese chorro de luna que el músico había logrado inmortalizar.
Estaba cansada de soñar, de recordar aquel beso robado, de creer que regresaría alguna vez. Se envolvió con la manta y se hundió entre los cojines. Cansada, infinitamente cansada.
Vació la taza. Su reflejo en el cristal húmedo la hizo reír. ¿Qué hacía con esa expresión tan triste? Ella no era así. Se puso de pie y se enfrentó a su imagen. Por supuesto que ella no era así.
El disco saltó a una nueva canción. ¿De verdad llevaba toda la tarde pensando en él? Recogió la cartulina rosa en la que había apuntado los nombres de la grabación y sonrió: “Just the way you are”. Le gustaba la voz serena del cantante. Empezó a moverse por la habitación e imaginó que la abrazaba y le susurraba todo aquello en el oído. ¿Por qué no?
Girl, you're amazing... just the way you are.
Dejó caer la manta amarilla y dio algunas vueltas sobre sí misma.
And when you smile, the whole world stops and stares for awhile.
Realmente no podía dejar de sonreír. De golpe, se encendieron todas las lámparas; había vuelto la luz. Se rió, parecía una explosión de alegría. La energía del chocolate caliente se revolvía con la adrenalina contenida. Se subió al sofá y empezó a saltar. Era un impulso infantil, pero la hacía sentirse mejor.
'Cause you're amazing...
Se dejó caer sobre los cojines y se echó a reír. ¡Claro que sí! Ella era asombrosa.

jueves, 17 de noviembre de 2011

"La belleza crea belleza"


“Lo malo de las cosas que digo, es que las siento”, confesó Enrique Loewe en la conferencia del FORUN organizada por la Universidad de Navarra el 16 de noviembre. Y es que la pasión por cuanto realizamos es el verdadero motor del éxito. Si amamos lo que hacemos, seremos capaces de afrontar los retos y superar los obstáculos.
Enrique Loewe desarrolló, con gran maestría y agilidad, las consecuencias de la crisis del sistema que estamos atravesando. La globalización, el desarrollo de las redes sociales o los grandes imperialismos en las estructuras de la comunicación, han bloqueado la reacción social y nos conducen hacia un cruce de caminos que no sabemos cómo solventar. Se han creado grandes complejos de inferioridad que nublan la perspectiva. Siempre pensamos que lo que procede de “fuera” es mejor que nuestros propios recursos, cuando la realidad es que renunciamos voluntariamente a ello, así como a innovar, y nos mantenemos en la crítica. Es ahí donde reside el problema y la solución. En nosotros está el cambio, y no en la política. Nadie va a representarnos tan bien como nosotros mismos y, por ello, es preciso que sepamos quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Hay que detener el mundo, sus prisas, sus decisiones precipitadas. Hay que ponerle freno a la cascada de emociones que nos golpea constantemente y pensar. Como bien dijo Loewe: “Hay que encontrarse a uno mismo y buscar el ser, no el valer”.
Cada uno vale por sí mismo. Las apariencias son el reflejo vacío de una sociedad frívola. La banalidad a la que nos lanza el lujo debe ser combatida con la propia personalidad y con el gusto, “que es una sabiduría consecuencia de nuestra cultura”. Por naturaleza, aprendemos observando, con lo que la educación se convierte en un factor esencial para el ejercicio de nuestra libertad. “La cultura nos hace valorar las cosas, y la belleza, aunque no siempre tiene por qué, cuesta esfuerzo, sacrificio y trabajo. Por eso, hay que leer, buscar y conocer”. Todavía es posible reanimar el alma consumida de la sociedad, que se lamenta en lugar de levantarse.
Con gran aflición, Loewe aseguró: “Noto el aburrimiento (de la sociedad), el hastío. Hay una juventud muy formada, pero un pelín vieja”. No podemos dormirnos en una sociedad en crisis. Es más, esta misma circunstancia debería ser un incentivo suficiente para renovar nuestras esperanzas. Debemos creer en un futuro mejor, pero también poner de nuestra parte para alcanzarlo. No hay fuerza más eficaz que aquella que construye una sociedad unida, ni verdad tan exquisita como la sencillez. No podemos esperar a que los demás nos sobrepasen, sino anticiparnos y retar al mundo con alegría, esperanza, motivación y capacidad creativa. “La belleza crea belleza”, repitió Enrique Loewe. Así pues, amemos nuestro trabajo, nuestros éxitos y nuestros fracasos. “El gusto, lo bello, tiene mucho que ver con la autenticidad”.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mis noches de luna llena



Estarías orgullosa de mí.

Hoy hemos salido de paseo por los alrededores de la escuela y hemos invitado a todos los niños que jugaban en las calles. Yamir me ha enseñado a patear el balón de fútbol con la misma fuerza de un chico y me han elegido como jugadora en el partido que organizamos después. Tropecé varias veces, enredando mis piernas con las de los atacantes, pero me volví a levantar, como me enseñaste. No sería justo decir que ganamos por una gran diferencia, ambos equipos lo hicimos muy bien.

Miguel, nuestro maestro, nos preparó una merienda. Nos reunió a todos, a los de la escuela y a los de la calle, y nos repartió bolsitas con un bocadillo y una pieza de fruta. Algunos lo recibieron con alegría, pero me di cuenta de que luego no se lo llevaron a la boca. Jugamos al escondite y a las aventuras. A mí me tocó ser, junto con Aaina y Hanita, las mujeres blancas que visten de safari y acompañan a los hombres a cazar. Miguel se rió mucho y dijo que no lo hacíamos nada mal. Lo pasé muy bien y me acordé de que todos somos iguales, tal como me insististe tú.

Antes de que atardeciese regresamos a la escuela. Rajal, que ayuda a Miguel con la dirección del orfanato, nos recibió con una cascada de besos. Ella es muy cariñosa y nos cuida bien. Una vez le oí decir que nos quiere como si fuésemos sus hijos. Eso debe ser un amor muy grande, porque cuando lo dijo tenía una sonrisa enorme y los ojos brillantes.

Para cenar nos prepararon una sopa caliente y comí recta, como aprendí de ti, llevándome la cuchara a la boca y no al revés. A Hanita le costaba y se le escurría el líquido hasta el plato, de modo que me senté a su lado y la ayudé. Ella tiene sólo cinco años, pero es tan risueña y agradable que siempre nos acompaña a Aaina y a mí. Algún día será una muchacha muy bonita, porque tiene unos ojos muy expresivos y una sonrisa dulce. Me recuerda a ti, en cierto modo, porque tú nunca dejabas de sonreír.

Cuando ya nos retirábamos a las habitaciones, Yamir me detuvo. Me cogió de la mano y me guió hasta la única ventana de nuestro pasillo. Me señaló la luna y me guiñó un ojo. "Tienes visita", me susurró. Luego me regaló su balón de fútbol y regresó junto a sus compañeros.

Mi visita era la luna llena. Fue una noche de luna llena cuando me despedí de ti. Miguel nos había encontrado en la cuneta, cuando volvía a casa después de conseguir el permiso para abrir el orfanato, y se desvió cuando oyó mi llanto. ¿Qué edad tenía yo? Creo que tenía cinco, como ahora los tiene Hanita. Miguel te acompañó hasta el final, apretándote la mano con ternura y acariciándote la cabeza. Balbuceaste algo y me señalaste a mí. Desde entonces, Miguel me cuidó como un padre. Sé que nos quiere a todos muchísimo, pero también sé que soy su debilidad. Fui su primera hija, la primera de una familia que ahora cuenta con veintitrés. Yo le quiero mucho, y no sólo porque sin él me habrían arrastrado a lo más oscuro de la sociedad, sino porque le ha dado un sentido a mi existencia y me ha enseñado que el amor es capaz de sanar las heridas más profundas.

Las noches de luna llena Miguel y Rajal me permiten quedarme un rato más junto a la ventana. Saben que me gusta contarte mis pequeños éxitos, porque yo sé, mamá, que estarías muy orgullosa de mí.

sábado, 22 de octubre de 2011

Lágrimas de ángel



"Sería triste, terriblemente triste, ver a un ángel llorar.
Por eso, se ocultan entre las nubes del cielo.
Ellos son conscientes del sufrimiento que podrían causar"

jueves, 20 de octubre de 2011

"Vuelve a sonreír"

¿Qué había ocurrido, en tan pocos años, para que todo fuera tan distinto? El parque estaba vacío: no había parejas abrazadas junto al lago, ni niños en los columpios. No había ancianos sentados en los bancos que disfrutasen de las horas de sol, ni grupos de adolescentes formando corros en la hierba. Era domingo, pero los goles habían dejado de corearse en los bares. Los árboles de la mediana, perfectamente cuidados, extendían sus flores rosadas a los transeúntes. ¿Nadie se detenía a contemplar aquellos frutos de la naturaleza? ¿Dónde estaban los niños que se divertían deshojando flores, o las niñas que se adornaban con ellas los cabellos?... ¿Nadie?

Respondían los pasos acelerados en el pavimento mojado, las miradas inquietas a los relojes que imperaban en las calles y los gruñidos de los más lentos. Muchos se conocían, a juzgar por las leves inclinaciones de cabeza que realizaban al encontrarse, pero ninguno se detenía a conversar. Un impaciente "Hasta luego" había borrado las buenas intenciones de los "Buenos días" matutinos. Se aglutinaban junto a los semáforos, cosiendo una maraña de rostros enfurruñados y ninguno hablaba. No había tiempo.

Y en el centro de la ciudad, conformando el corazón de la espiral de calles que se formaban en torno suyo, brillaban las luces de neón del centro de ocio más concurrido: "Vuelve a sonreír". Por sus pasajes desfilaban rostros crispados y otros tristes, personas de toda clase y condición. Una mujer, que podría haber sido bien bonita, mantenía silencio junto a sus hijos, recordándoles que había que "volver a sonreír". Ellos tenían cinco y tres años.

"Vuelve a sonreír" se había convertido en el motor vibrante de los corazones. Tan sólo era necesaria una sesión para recuperar la sonrisa, pero tres para mantenerla toda la semana. Su disposición recordaba a la de los aviones y el destino era una isla virtual donde el pasajero podía disfrutar los pequeños placeres que en el mundo real les arrebataba el estrés, las prisas, las lágrimas, los gritos. Los niños quedaban bajo custodia de una azafata virtual que hacía las veces de profesora. Los agrupaba según las edades y les llevaba a bañarse en el mar, a jugar en el campo o a alimentar a los animales. Los adultos, mientras tanto, podían pasear bajo las estrellas, reagruparse en los bares u organizar meriendas junto al río. Cualquier actividad imaginable era posible en aquel lugar.

Era imposible que la sonrisa no se marcase en los labios una vez transcurrían las dos horas. La puerta de salida se encontraba en el lado opuesto a la de entrada y los "felices" trataban siempre de evitar a los que no lo eran. Por este motivo, las familias solían acudir por barrios. Una mirada vacía podía arrebatar la ilusión de quienes "volvían a sonreír".

Pero nadie se había detenido aún frente al cerezo que acababa de florecer, ni ante las aguas cristalinas del río. "Vuelve a sonreír" no era más que un reflejo de la realidad, el espejo de un mundo bello. Pero entonces, ¿por qué había cambiado todo tanto? ¿Por qué nadie sabía ser feliz?

jueves, 13 de octubre de 2011

Después de la tormenta

–Vamos, atrévete –insistió Inés –. No tienes nada que perder... ¡y llevas más de un mes mirándole cuando él no lo hace!
Paula suspiró y se entretuvo de nuevo en su pelo. Había cazado alguna de sus miradas furtivas y no quería estropear esos momentos, en los que su corazón se ensanchaba y rozaba una extraña felicidad. Nunca le había pasado nada igual y, por eso, sabía que se estaba enamorando. Apenas podía contener una sonrisa cuando él se volvía hacia ella.
–Vamos, vamos. ¡Te ha vuelto a mirar! Vamos, Paula, no te hagas de rogar...
Ella se rió, nerviosa, y accedió. Tomó del brazo a su amiga y caminó hacia él.
–Hola, Borja –saludó Inés, despreocupada –. No conoces a Paula, ¿verdad?
–No la conocía, no –contestó, guiñándole un ojo –. ¿Así que Paula? Mi hermana se llama igual.
Paula sonrió.
–¿Qué estudias? Te había visto alguna vez por aquí, pero nunca me he atrevido a preguntarte.
–Estudia Medicina, conmigo. Es una lástima que te cambiases a Farmacia, la verías más a menudo –intervino Inés.
Paula arrugó el ceño y le dio un codazo.
–¡Vale, vale, lo siento! –se disculpó, desatando la risa de Borja.
–¿Irás a la fiesta de este jueves? –preguntó el chico, con una gran sonrisa.
Ella negó e hizo un gesto incomprensible con las manos.
–No le apetece demasiado –resolvió Inés.
–¡Ah! –exclamó Borja, realmente sorprendido –. Con tanto secretismo voy a pensar que eres bruja. Puedes decírmelo tú, a Inés la tengo ya muy vista.
Su comentario congeló la ilusión de Paula, que bajó la mirada, incapaz de sostener la de él. Borja le tendió el brazo.
–¿Vamos a la cafetería a tomar algo? Así podemos conocernos un poco más... igual puedo convencerte para que vengas a la fiesta de este jueves. ¿Qué te parece?
Paula se encogió de hombros.
–¡Mujer, parece que te ha comido la lengua el gato! No seas tan tímida, te prometo que soy de lo más decente –bromeó él.
Inés apretó la mandíbula y miró de reojo la reacción de su amiga, que había empezado a llorar. Paula se enjugó las lágrimas y trató de sonreír, pero su mirada estaba vacía. Besó a Inés en la mejilla y echó a correr por el pasillo. Sólo quería salir de allí, no le importaba que fuera estuviese lloviendo. Nada le sentaría mejor que un baño de agua fría.
Se sentó en las escaleras de la facultad, aliviada al sentir que sus lágrimas se perdían con las del cielo, y se llevó las manos al cuello. Su mundo interior, en el que vivía la mayor parte del tiempo, volvió a parecerle acogedor y cálido. Allí no se sentía inferior, porque era ella la única que tenía voz. Escuchó la risa suave de Marta y la voz de Pedro, que la cogía por la cintura y le decía cosas bonitas al oído; a Marisa, agobiada por el examen del día siguiente y a Teresa, gastándole bromas para distraerla.
–Vas a coger un buen catarro si sigues ahí –le dijo alguien a su espalda.
Paula se volvió, sorprendida y molesta. Un chico la acababa de cubrir con su paraguas.
–Estás empapada. ¿Qué haces aquí fuera? Está cayendo el diluvio universal.
Ella bajó la mirada, resignada. Irremediablemente volvía a sentir la presencia del muro frío que la distanciaba del resto. Le encantaría poder responderle, pero tenía con conformarse con su propia soledad.
–Ven –insistió él, tendiéndole la mano que le quedaba libre –. Si puedo evitarlo, no dejaré que le cuentes las penas a la tormenta. Con los truenos, te va a hacer muy poco caso.
Paula sonrió y, aunque sabía que antes o después aquella conversación acabaría en silencio, le acompañó hasta el edificio de Ciencias.
–Me llamo Daniel –continuó –. Deberías quitarte la ropa mojada en el baño. Puedes utilizar mi jersey.
Paula negó con la cabeza, acompañándose de las manos, pero Daniel se desprendió de la prenda y le obligó a aceptarla.
–Te espero fuera, pero no tardes mucho. No estaría bien que te resfriases, Paula.
Ella arqueó las cejas y se señaló a sí misma, con un claro interrogante en la mirada. Daniel sonrió y Paula observó cómo se sonrojaba sin dejar de mirarla a los ojos.