¿Te atreves a soñar?

lunes, 2 de noviembre de 2015

En el fondo de sus ojos


Lo vi en el fondo de sus ojos y luego lo escuché en su voz. Sonaba como una garganta de cuerdas desgarradas. Una por una se alargaban, como si fueran chicle, hasta que terminaban por romperse. Zas. Un latigazo mientras yo apretaba los dientes. No necesitaba palabras para saberlo. En lo profundo de sus pupilas estaba yo: la cabeza gacha, los labios apretados, la marca de dolor entre las cejas.

Solo me quedaba aceptar que se había roto la confianza. Esta vez no era un rasguño, ni una grieta que pudiera arreglar un parche. La realidad es que hacía frío y estaba oscuro. Negrísimo. Tan negro que se sobrecogía el corazón por miedo a que lo mordieran. Y de golpe dos haces. Uno le enfocaba a ella y otro a mí. Nadie habría sido capaz de moverse, porque la luz era tan brillante que te creías congelado.

¿Sabes cuando caes sobre la nieve y el hielo te entumece? Después de una carrera, o de lanzar bolas, o de lo que quieras que te acelere la respiración. Hay un instante en que el cansancio te seduce y no parece tan horrible dormirse para siempre. De ese modo, con los ojos cerrados y los mofletes rojos, esperé la muerte.

Pero no vino. La oscuridad era cerrada, salvo las dos rayas blancas, y en tu lado solo veía ese fondo de ojo. Me faltaba el aire. Tampoco podía llorar. “¿Por qué no acaba, por qué no me libera?”, pensé, al tiempo que mi mente se engullía a sí misma. No soportaba mirar la decepción de forma tan directa, pero ya daba igual que bajase la cabeza. La tenía dentro de mí. De su mirada había saltado a mi cuerpo.

Dibujo: Charlotte


lunes, 26 de octubre de 2015

Mi tiempo


Primero son los pasos apresurados hacia la cocina. Enchufo la tostadora, introduzco dos rebanadas de pan de molde, saco la leche, la mermelada y la mantequilla contra la barbilla, dos cucharadas de Nesquik, una servilleta, un plato pequeño y un cuchillo, saltan las tostadas. Comienza el día. Abro el libro del desayuno, que en ningún caso es el mismo que el del almuerzo, y engancho la mirada en la última frase que leí. Doy un mordisco. Dulce. Olor a pan dorado. El calorcillo que desprende el electrodoméstico a la derecha, el frío de la mañana de frente. Una aventura ante mis ojos, la primera del día, que no me pertenece. Quizá un buenos días somnoliento. Un qué tal has dormido y un que te vaya bien, nos vemos. El último mordisco que cruje y silencio. Miro el reloj. He agotado mi media hora. Mi tiempo. Cierro de un golpe el libro y echo a correr. No lo puedo creer: ¿llegaré tarde de nuevo?


jueves, 22 de octubre de 2015

Pasado mañana


Cuando nos separamos, me quedé muda. No quise mirar cómo, a través de la ventana, se alejaban nuestras tardes de concierto, de lectura en un parque, de margaritas deshojadas, de cuentos. De golpe, me cayeron encima fragmentos del verano.

Ella no me vio llorar, pero me partía en pedazos. Debieron parecerle fríos mis ojos cuando los suyos estaban tan nublados. “Nos vemos pasado mañana”, le había dicho, para no reconocer que era el último abrazo. “Perfecto, pasado me viene bien”, aceptó sin consultar su agenda. Las dos sabíamos que “pasado”, estaría a kilómetros de mí.

Ninguna de las dos sabemos quiénes seremos en esa cita del “pasado mañana”. Ese “mañana” en que ella puede estar en Chile y yo en la India, o ella en Australia y yo todavía en España; aunque su risa, tan inconfundible, la tenga siempre muy cerca. Ella sabe, eso sí, lo que le voy a decir cuando la vea: maldito y dulce tiempo. No hay más palabras.



lunes, 12 de octubre de 2015

Otoño

El otoño es mirar por una rendija mientras la naturaleza se desviste. Contener la respiración con el corazón latiendo en la cabeza. Desfilar los dedos por los labios y luego por el cuello.


El otoño es saber que es consciente de que estamos observando. Mientras se quita una prenda, y otra, y las hojas caen ligeras. Miramos... y nos deja.


El otoño es enamorarse, o darse cuenta. Estremecerse en el pasillo, sentir las piernas endebles, los ojos vidriosos, el corazón deshojado. Al desnudo. La ilusión y el deseo encendidos. Fuego.






miércoles, 7 de octubre de 2015

Tinder no mata al amor


Tinder no acabó con el amor. En todo caso, al amor lo asesinamos nosotros. Hace unos días, María Crespo publicó un reportaje en El Mundo sobre cómo se conocen las parejas, especialmente tras el incremento de las relaciones por la red. Es curiosa la gráfica que muestra la evolución desde 1940 hasta 2010, pero más aún lo son las declaraciones de los jóvenes. Los entrevistados hablan de "exceso de oferta" en las webs, de que hay tanta gente con la que contactar que terminan por descartar por cualquier mínimo defecto (uno de ellos incluso rechazó a un candidato por su camiseta).

La periodista decía que la aplicación Tinder ha acabado con el amor, pero, aunque no le falta razón, pienso que lo que ha matado es nuestra curiosidad. Tinder, Whatsapp, Twitter... Da igual cómo se llame. Las redes sociales, los móviles. Las pantallas. La vertiginosa "era digital" nos ha abierto la posibilidad de experimentar otros mundos, que además son inagotables, y ha cambiado nuestra forma de mirar y expresarnos.

Las redes sociales nos ayudan a derrumbar barreras, a atrevernos, a creernos dioses de un espacio que es nuestra vida, pero tampoco lo es. En línea, somos quienes queremos ser y como queremos ser. El Doctor Jekyll o Mister Hyde.

Pero, si nos acostumbramos al aquí y ahora de ese mundo donde todo parece más perfecto, esa curiosidad... Esa curiosidad por el amor se pierde. Ya no es solo la desgastada imagen, tan usada pero tan cierta, de una pareja que se tiene delante pero le sonríe a un móvil. Es que reducimos el mundo y pasamos menos horas en un café, o en la calle, o en una habitación disfrutando del color de las palabras, de la textura de los sentimientos.

Mientras caminamos con la cabeza gacha, la vida sucede a nuestro alrededor. Nos perdemos las manchas del sol en la hierba, el silencio sobrecogedor de las hojas secas cuando se dan cuenta de que no saben volar, la carrera que disputan las gotas de lluvias en los cristales. Nos perdemos todo lo que aún ven los ancianos en sus bancos. A los enamorados entrelazando los dedos. A los niños riendo después de empaparse de barro.

No creo que Tinder mate al amor (no tiene tanto poder), pero me atemoriza que dejemos de mirarnos a los ojos.


lunes, 5 de octubre de 2015

Cuando un elefante se enamora


Tenía dos opciones: o besarla, o decirle que tenía razón. Hice círculos con los dedos por detrás de la espalda. Estaba guapa gritándome. Incluso su voz sonaba más suave.

 No quería pensar mucho por si me desmayaba. Ya había ocurrido cuando tenía trece años. Sucedió la primera vez que estuve a solas con una chica por la que sentía algo… Se me desbocó el corazón. Lo agarré con fuerza cuando trataba de escaparse por la boca y luego me mordió la inconsciencia. Me despertaron las risas de los demás compañeros de la clase, que me llamaban cosas así como gallina, flan, o, directamente, gilipollas.

A partir de entonces, robé tantos besos que llegó un punto en que no supe dónde meterlos. Labios rojos, rosas, marrones, morados. Labios de todos los colores. Los saboreaba para mi colección gourmet y buscaba otros distintos; besé tanto que en pesadillas sentí que se desgastaban los míos.

Entonces apareció ella, la gritona. Creo que me empezó a gustar cuando le dije que la quería (como les decía a las chicas para que me prestasen sus labios) y ella me resopló con tanta fuerza que empecé a girar sobre mí mismo.

Lo ponía todo patas arriba con solo una mirada: mi calma, la calle, el mundo, la galaxia. Con esos ojos, se habría tragado hasta los agujeros negros del universo. Quizá por eso, porque yo era capaz de sentir ese vendaval casi divino, la adoraba.

Me fijé en sus labios, en cómo se abrían, se cerraban, se abrían, se cerraban…

—De acuerdo —musité rendido—. Tienes razón. No te quiero.

Esperaba que alzase la barbilla, como hacían las demás cuando obtenían la victoria, pero me saltó al cuello. Tenía, os lo juro, las estrellas del cielo en los ojos.

—Tus ojos…

Se rió y escuché cascabeles. Parpadeé.

Mi corazón asomó por la boca. Como la otra vez, puse todo mi esfuerzo en tragarlo de nuevo. Ella reía con dulzura, aunque yo para entonces creía que me había convertido en elefante.

Su mirada, los cascabeles, la noche… Cuando me besó, no supe a qué sabían sus labios, igualmente olvidé el color. Recordé los gritos de gallina en el patio del colegio, pero esta vez estaba despierto y nuestras bocas, encontradas. El corazón más salvaje que nunca.

“Estoy amándote”, quise gritarle.

Sus estrellas me cegaron.

Desapareció el suelo.


Fotografía: Esfema

jueves, 1 de octubre de 2015

Ya somos novios


—¿Cómo vas a decirle eso?

—¿Cómo? Así, de golpe. 

—¿De golpe? —Mateo se rascó la nuca y esta vez no detuvo a su amigo, que se plantó delante de Carmen.

Lo vio mover tranquilamente las manos mientras le soltaba la pregunta. Ella lo miraba con sorpresa, aunque no parecía disgustada. Se llevó las manos a la boca y asintió repetidamente. Poco después, mientras Carmen se lanzaba a la oreja de Marta, Santiago regresó silbando.

—Ya está —dijo, con una gran sonrisa y las manos en los bolsillos—. Carmen y yo somos novios.

—¿Así, sin más?

—No es tan complicado.

Mateo enrojeció y apretó los puños. Sentía el deseo de estampárselos en la cara, pero se esforzó en recuperar el aire.

—¿Por qué lo has hecho?

Santiago se encogió de hombros, muerto de la risa.

—Pues porque tú no te atrevías.



También publicado en COPE


domingo, 13 de septiembre de 2015

Pasará

El otro día, uno en que sólo me apetecía desconectar, me puse a investigar las aplicaciones de la tableta y, entre ellas, encontré una para pintar. Al principio fueron trazos muy ligeros, vagos, hasta que me di cuenta que pintar en una pantalla no era tan diferente a hacerlo en papel. De modo que tengo el gusto de presentaros mi primer dibujo íntegramente digital: "Pasará".





lunes, 7 de septiembre de 2015

Si parece feliz

Daba igual cuantas vueltas diera en la cama, la imagen no desaparecía de sus sueños. Tenía miedo incluso de cerrar los ojos, porque él siempre estaba allí, con su sonrisa brillante, con su mano extendida, con sus labios prometiéndole un millón de aventuras. La noche se le hacía larga, los días también. Si fuera capaz de decirle, de confesarle que aún le amaba, quizá entonces desapareciese aquella tormenta de indecisos y recuerdos.

Encendió la radio para distraerse, pero la primera canción que sonó fue la misma que escucharon juntos en aquel tiempo. Se dobló de dolor y pensó en llamarle, pero se arrepintió al pensar sus palabras tan torpes. 

¿De qué iba a servir? Mejor no complicarle la vida. En sus fotografías parecía suficientemente feliz, y eso bastaba. O, al menos, eso se repetía cuando su fuero interno le gritaba que era una cobarde.

Si parece feliz... ¿Para qué molestarle?

Fotografía: Ibar Silva.