¿Te atreves a soñar?

domingo, 3 de mayo de 2015

"Te quiero", pero detrás de la pantalla

Un beso no se pide por whatsapp y, si se pide, se pide bien. El amor, o el deseo, o el capricho, no es un “tiro la piedra y me escondo”. Si se pide un beso tras una pantalla, hay que tener también el coraje de pedirlo sin aparatos de por medio.

Cuando Silvia, mi amiga de siempre, me contó que su novio la había dejado por un mensaje de móvil, creí que me estaba tomando el pelo. No podía creer que después de tres años, el fin de su relación lo dictasen unas letras impersonales. “¿Hay algo más cobarde?”, me preguntó. “¿Tan rápido desaparece la confianza?”.

Luego, por supuesto, no hubo respuesta a las llamadas. La tecnología ejerció como escudo del corazón, o arma arrojadiza, según se mire. Silvia pasó la noche partida del dolor y el chico, desconectado del mundo.

Aquella vez, todos los amigos se enfurecieron. Hubo un aluvión de críticas al veinteañero incapaz de enfrentar la situación. Todos dijeron que las redes sociales sólo traían desgracias a las parejas, que la gente empezaba a perder la dignidad, que dónde estaban el honor, la educación, el sentido común.

Pero al cabo del tiempo, se aparcó el tema. Silvia se había vuelto a enamorar. Esta vez era un compañero del gimnasio. Hacía tiempo que se intercambiaban miradas, conversaciones mudas a través del espejo. De modo que, después de algunos meses, ella tomó la iniciativa e iniciaron una conversación.

“Creo que es muy tímido”, me confesó después de gritar medio minuto de la emoción. “No nos ha dado tiempo a decirnos mucho, pero me ha pedido mi número”. Me pareció que la historia empezaba bien. Silvia estaba ilusionada y, cada vez que recibía un mensaje de él, se ponía a saltar por la casa, o por la calle. Si yo estaba cerca, me agarraba del brazo y me señalaba su nombre en la pantalla.

Cuando hablaba sobre las miradas furtivas en el gimnasio, me hacía partícipe de su inseguridad. Él nunca se acercaba a hablarle. Ni la saludaba al verla entrar, ni la despedía. De hecho, en ocasiones cogía el móvil a medio metro de distancia y le escribía algún piropo que ella no sabía cómo acoger. Directo, atrevido, chispeante. Pero a los ojos, nada. Ni los comentarios pícaros ni un inocente “qué guapa estás”.

Una tarde que estábamos juntas, aquel chico le envió un mensaje. Al abrirlo, Silvia encontró un “quiero besarte”, y explotó. En persona nunca la buscaba. Se lo dijo conteniendo la rabia, pero el del gimnasio se hizo el sorprendido y la despachó: “No, no. No te voy a decir nada más”.

Total, para que lo diga por whatsapp...

domingo, 22 de marzo de 2015

Máquinas vivas

Las películas de ciencia ficción insisten en aparejar a la inteligencia artificial los sentimientos y emociones propias de los humanos. Una valoración positiva de unas máquinas que los científicos se esfuerzan en conseguir. ¿Qué ocurriría si un robot fuese capaz de sentir? Es la tesis que subyace en los filmes Ex_Machina y Chappie, estrenados este año, y en The imitation game, Her y Autómata, del pasado. Nos han acostumbrado a seres que aman, que son capaces de suplir nuestras carencias emocionales, que nos quitan el miedo a la soledad. Ocurre ahora y ocurría entonces. Películas como El hombre bicentenario (1999), Inteligencia Artificial (2001) o Yo, robot (2004), sembraron el debate que ahora se recupera.
Por el momento, sólo Eugene Goostman logró que lo confundieran con un ser humano. En 2012 y después de que lo preparasen desde 2001, el programa se hizo pasar por un ucraniano de 13 años. Tenía una vida inventada, pero engañó a un tercio de los jueces que participaban en la prueba de Turing. Un acontecimiento que el propulsor del experimento, Alan Turing, predijo como el momento en que las máquinas habrían alcanzado la inteligencia artificial. Los científicos Seale o Ackerman defendieron que engañar no es entender.
La industria cinematográfica apoya el papel de los robots como compañeros de los humanos. Nos crea una imagen positiva. Nos crea incluso la ilusión de que suplirán nuestras carencias: ¿Necesitas alguien que te ame (o que simule que te ame)? ¿Necesitas una presencia que combata tu soledad? Nos proponen un mensaje: para qué esforzarse en lo que puede ser fácil.
Hace unas semanas trascendía el caso de un funeral oficiado en honor a unosperros-robots. Una ceremonia budista de inciensos y sutras, de respeto por el alma de 19 mascotas que Sony lanzó en 1999. Unos animales sin carne ni hueso pero diseñados con una personalidad. Los Aibo no necesitaban veterinario, ni comida, ni agua, ni dos paseos obligados al día. Eran mascotas fáciles. No eran juguetes para niños, eran parte de la familia, como cualquier can vivo, como Jibo.
Jibo, que ya se promociona en internet como “el primer robot familiar”, aspira a abrirse un hueco en los hogares. Con un diseño sencillo que recuerda a Eva, de la película Wall-e, se ofrece para lo que se le pida: recordar tareas, contar cuentos, grabar vídeos, hacer llamadas... Una agenda electrónica con una personalidad. Una máquina a la que se le han programado habilidades y que espera ser objeto de cariño a partir de 2016.
No nos venden una utilidad. Ni Goostman, ni los Aibo, ni Jibo, ni los personajes de ciencia ficción son solamente aparatos. No son como la lavadora, o el lavaplatos, o la secadora. El ser humano está investigando cómo convertirse, de alguna forma, en dios. Sus aspiraciones no se detienen en lo práctico. Los científicos quieren programar la vida del único modo que no hizo nadie: con máquinas capaces de pensar, cuestionarse y sentir.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Amor in vitro

Se dice que el amor es ciego, ¿pero tanto como para casarse con un completo desconocido? El nuevo reality de Antena 3 apuesta por ocho bodas que han formado una sexóloga, un psiquiatra, una psicóloga y el test Vipscan.  Casados a primera vista es como cualquier oficio: una persona con una necesidad en manos de los expertos. Quizá un test de compatibilidad sea tan capaz como la vieja Celestina de Fernando Rojas.
Primero fue el cortejo, después las redes sociales y ahora un programa de televisión. Está claro que el amor puede aparecer el día menos pensado, incluso en el altar. Aunque 70 de los 100 participantes que entraron en la final salieron por patas cuando descubrieron que se tenían que casar. La compatibilidad de los concursantes la determina un test que analiza la personalidad. Después de 400 preguntas y más de 200 combinaciones, los porcentajes deciden quién está hecho el uno para el otro. No se tiene en cuenta la atracción física, pero sí la inteligencia, las emociones, el carácter. Eso es lo que importa, ¿no? El interior. Entonces el éxito está asegurado. Como el famoso cuestionario de las 36 preguntas, que consistía en responder con sinceridad y luego mirar al otro por cuatro minutos. En 1997 fue parte de un experimento y culminó en boda. La única diferencia es que entonces hubo miradas profundas, sonrisas y nervios, y ahora sólo hay nervios. Son las prisas de nuestro siglo. Por eso triunfan Edarling, Meetic, o incluso Whatsapp. Los piropos atraviesan el ciberespacio, los besos son emoticonos y las palabras de amor, caligrafía Times New Roman.
La última encuesta del INE registró un total de 100.437 divorcios, separaciones y nulidades en 2013. La mayoría de esas parejas se eligieron voluntariamente y, sin embargo, se equivocaron. El ser humano tiene sus limitaciones, pero se dice que los datos son fiables. ¿Entonces por qué tiene que fracasar un matrimonio que ha unido la ciencia? Quizá estemos ante la fecundación in vitro del amor.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Ogros y niños

A los ogros no les gustan los niños. Lo contaron Perrault, Steig, Wilde o los hermanos Grimm. Ahora nos lo demuestran los políticos, aunque parece que no se han dado cuenta. Las encuestas confirman que se ha roto el bipartidismo y que no sólo habrá tres partidos en el podio, sino cuatro. Dos gigantes que se tropiezan con sus piernas y dos niños que empiezan a caminar. El Partido Popular y el PSOE deben estar maldiciendo detrás de la ventana. Hace meses que Podemos y Ciudadanos juegan en su jardín. El reloj que Pablo Iglesias puso en marcha aún puede llevarse muchos sustos. Por delante quedan nueve meses para proponer y prometer, pues aunque alguno diga que no promete, se le va la coletilla detrás.

El Partido Popular, hasta ahora tan cómodo en la mayoría absoluta, ha mirado para abajo y se ha dado cuenta de que puede caer. Muy de cerca le siguen Podemos y PSOE y, ascendiendo, Ciudadanos. Quizá estén asustados, quizá no. Pero mientras lo deciden, Hacienda investiga a Iglesias por fraude fiscal y el PP le recuerda a Garicano que España no necesitó ser rescatada. Los gigantes ponen a punto sus armas.

Rajoy parece escudarse en el discurso del miedo. Asegura que, a la hora de votar, es “temerario” arriesgarse —No debe conocer el dicho “quien no arriesga, no gana”—. Está claro que no le gustan las ideas de Podemos ni sus dirigentes, pero ¿y Ciudadanos? Por ahora, su partido se lo quita a golpetazos. Juega con el PSOE a la patata caliente. Ninguno de los gigantes quiere reconocerlo como amenaza. Que si es centro-izquierda, que si es centro-derecha, que si se lleva los votantes del PP, que si los del PSOE... No sé si se habrán dado cuenta los populares, pero Rivera viste con traje, o sin él, y no lleva coleta. Por apuntar más, tampoco simpatiza con el régimen bolivariano ni el comunismo. Y sí, es catalán, y Rajoy gallego, y Sánchez madrileño, y no pasa nada. Aunque el PP seguirá refiriéndose a ellos como Ciutadans, para que nadie piense que pueden llegar a gobernar España.

En el debate sobre el estado de la nación, Rajoy y Sánchez se enfundaron sus discursos de siempre. De nuevo, se convirtió en una competición, donde los aplausos los recibía quien más veces noqueaba al contrario. "He llegado a la conclusión de que usted piensa más en el señor Iglesias que en los problemas de España", acusó a su opositor —como si él no lo hiciera—. Dos gigantes vociferándose en el Hemiciclo, buscando la mejor forma de darse a sí mismos la razón. Los niños, aún sin representación, se reservaron sus comentarios para más tarde. Podemos y Ciudadanos insistieron en el cambio. Rivera incluso se jactó de que Rajoy incluyese en su plan la ley de segunda oportunidad, que ellos presentaron hace una semana: "Es curioso que los mismos que dicen que  van a organizar campañas contra Ciudadanos, a la vez incorporen sus propuestas".

Si Rajoy se escuda en el miedo y en esa prepotencia de llamar a Sánchez "patético", es que sabe que su posición es débil. Quien hace de matón, tiene problemas de autoestima. Quizá no está tan convencido de su victoria como dice. Tal vez teme que, si se desploma de la presidencia, su partido se deshaga como le ha pasado a Izquierda Unida o incluso al PSOE. "Rajoy no es consciente de la falta de confianza y credibilidad que tienen", aseguró Rivera después del debate. O sí. Puede que precisamente por saberlo, dé esos traspiés por recuperarlas. Contra el agua, habrá pensado, el mejor remedio es una barca. Y ahí esta, como Noé, remando para que el diluvio político no le hunda. No se ha dado cuenta de que es demasiado grande —a su espalda: Bárcenas, todo lo que prometió y no hizo, o lo que dijo que no haría y realizó— y puede zozobrar por su propio peso.

Mientras los gigantes tratan de mantenerse a flote, los niños recogen a los ofendidos en sus barcas. A Podemos y Ciudadanos les queda mucho por hacer. Nunca han gobernado, no tienen una propuesta perfectamente definida y sus sedes son pequeñas. Pero también son valientes, arrojados y tienen ilusión. Estaría bien un final de Oscar Wilde, donde el gigante y los niños acaban jugando juntos. Pero más pega, tal y como están las cosas, que sea un final del “Gato con botas”, donde por tanto presumir el ogro, se lo acabó comiendo el gato.


miércoles, 18 de febrero de 2015

En su burbuja

Tenía aborrecida la sonrisa desde que se divorció. Le habían llovido encima las desgracias al mismo tiempo: la enfermedad de su hija y el engaño de su marido. No le quedaban ni ganas ni fuerzas para vivir, por eso le molestaba infinitamente la simpatía del dependiente de la cafetería donde desayunaba. Le servía con una mirada cálida y las comisuras hacia arriba. “Qué buena cara le  veo”, solía acompañar al café.
Aquella atención la enfadaba sobremanera.
En la oficina, en cambio, descansaba. Sus compañeros conocían la historia y la obviaban cuando pasaban a su lado por las mañanas. No risas. No propuestas de fines de semana. No copas al terminar. Entre ella y los demás, el silencio.
Pasaba el día entre papeles, hasta que a las cinco conducía para llevar a su pequeña Marta a clases de natación. El gorro, las gafas, el bañador, la toalla... Repasaba el equipo tres veces. Lo sacaba todo, lo volvía a meter. Que no faltase nada. Que lo tuviera todo.
Luego merendaban juntas en la cafetería del señor sonriente, el mismo de los desayunos. Era la que tenían debajo de casa y donde Marta se encontraba con Laura, su amiga del colegio. Las observaba removiendo la cucharilla en una taza vacía, intentando dejar en aquellas vueltas sus preocupaciones.
—¿Quiere leer el periódico?
Otra vez el señor sonriente.
La mujer lo rechazó con educación.
Su hija Marta había sufrido una parálisis cerebral y ahora enfrentaba las secuelas. Tardó tres años en volver a hablar, aunque lo hacía con torpeza, y caminaba con ayuda de un andador. Su recuperación había costado una fortuna y un divorcio, pero su madre se repetía que había merecido la pena.
De desayunar, siempre tostada y café. En la comida, ensalada y fruta. Por la noche tocaban verduras para compensar las grasas de la merienda. Para el colegio, Marta con coleta. Para estar en casa, Marta con coleta. Los fines de semana, Marta con coleta. El psicólogo le había aconsejado una rutina. Ella la cumplía a rajatabla. Había asumido que la vida era gris. Quizá por eso, la mañana en que formalizó el final de su matrimonio fue tan brusca con el hombre de la cafetería.
—Que pase un buen día —le deseó el de la sonrisa.
Lo atravesó con una mirada furiosa.
—Lo pasará usted en su burbuja rosa.
Pensó que la ofensa había sido suficiente, pero los desayunos continuaron acompañados de la sonrisa. No se preguntó, algunas semanas después, por qué el hombre sonriente no estaba detrás del mostrador. Sólo la madre de Laura, también dependienta, sabía que, después de diez años luchando, acababa de fallecer su esposa.

jueves, 12 de febrero de 2015

Su hijo, un monstruo

Lo apartó con asco, como si fuera un bicho. Apenas acababa de alumbrarle y ya sabía que no lo quería en sus brazos. Ni siquiera cerca. Tan lejos como no pudiera mirarlo. El recién nacido, de nombre Leo Forrest, tenía Síndrome de Down.
La historia del pequeño Forrest es la de tantos otros. Niños que, aún en el siglo XXI y aún en un continente que presume de cordura, son rechazados por nacer con un cromosoma de más, el 21. Su recién estrenada vida ha saltado a las redes por la decisión de su padre, que se divorció de su esposa cuando le hizo escoger entre ambos.
En Armenia, al parecer, un trastorno semejante es una vergüenza. O eso, según The Daily Mail, defendió la madre. Yo no puedo dejar de alegrarme por ese “sí quiero” que Samuel Forrest le dio a su hijo; monstruoso para algunos, pero precioso para él.
Qué inocente si creía que la sociedad había aprendido a entender. Esta historia me recuerda a las de medio siglo atrás, cuando los niños Down proferían gritos sin palabras entre los barrotes del balcón porque no les habían enseñado a hablar. Sacudían sus brazos hacia quienes jugaban en la acera, condenados a la vergüenza de su propia familia, recluidos en una habitación. Me contaron, porque yo ese tiempo no lo viví, que los demás niños apretaban el paso para no verlo, para no escuchar su voz, con miedo.
De modo que, aunque me pese, un Síndrome de Down sigue siendo un “cuánto lo siento”, un “pobrecito”, un “no lo quiero”. No me gusta preguntarme por qué cada vez me cruzo con menos. Pero me lo pregunto. Lo hago porque aún tengo fresca la solución del filósofo y biólogo Richard Dawkins: “Abórtalo e inténtalo de nuevo. Sería inmoral traerlo a este mundo si tienes la elección”.
Samuel Forrest es inmoral por elegir a Leo. Aún más por no abandonarlo y concebir un nuevo hijo. Pero eso será para Dawkins. Yo me quedo con la imagen del bebé de ojos apretados en sus brazos. Con esa mirada de reto y amor.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Esfumados

Le costó mantenerse serena cuando se lo contaron. Después de 53 años, podía descansar en paz. Fueron tantas noches de lágrimas que aquel 3 de abril en que desapareció su hijo, le quedaba ya borroso. Más de 19.000 días de incertidumbre. Medio siglo. El modelo Douglas DC-3 se quebró contra las rocas de los Andes, a 300 kilómetros del sur de Santiago. Aquel día se silenciaron 24 voces. Ocho futbolistas y su entrenador, integrantes del exitoso equipo Green Cross, se durmieron para siempre en las montañas. Lo que podría ser el comienzo de una película de ciencia ficción se convirtió en una de las grandes tragedias de Chile.

Uno de los montañeros que hace unos días descubrieron los restos del avión aseguraron que se podía “respirar el dolor”. Perder a una persona ya es lo suficientemente duro como para perder incluso su cuerpo. La noticia del hallazgo es, por fin, un descanso para quienes amaron a los fallecidos. Una historia resuelta entre tantas de aeronaves de final desaparecido. Quedan cerca los testimonios de los familiares del vuelo de Malaysia Airlines y AirAsia, o el de Air France en 2009. Gritos estremecedores, ojos hundidos y ataúdes vacíos. El drama de esfumarse en el aire, de tomar un vuelo y desaparecer. Misterios espeluznantes. Como el famoso vuelo 19 que se tragó el Triángulo de las Bermudas o el Antisubmarino Grumman, cuyo último rastro se encontró sobre el mar de Alborán, en Almería. O el Star Dust, que en 1947 desapareció con 11 pasajeros y fue descubierto por unos alpinistas 53 años después. 53 noches de lágrimas. Más de 19.000 días de incertidumbre. Medio siglo. Polvo de estrellas.

lunes, 2 de febrero de 2015

Mejor no estudiemos

Es difícil no preguntarse si el ministro Wert se ríe de nosotros: de los estudiantes, de los profesores, de los padres que hacen un esfuerzo por financiar los estudios de sus hijos. Me pregunto si echaba de menos un revuelo, como el que levantó el Plan Bolonia, y ha querido protagonizar otro antes de las elecciones generales (por si acaso es su última oportunidad).
José Ignacio Wert propone un modelo educativo de tres años de grado y dos de máster (3+2), cuando el actual es de cuatro de grado y uno de máster (4+1). Está bien que proponga cómo mejorar la educación, más cuando nuestro país ostenta el récord de ninis de la Unión Europea, pero que no presuma de que las familias se ahorrarán dinero. Claro que es más barato pagar tres años de universidad que cuatro, pero un estudiante no hace nada con un grado. Que se lo digan, que nos lo digan, a todos los jóvenes que enfrentamos la peor cara del empleo en España, a  quienes sacudimos con orgullo nuestro título a unas empresas que se compadecen (por no decir que se ríen) de nuestra formación. Cómo no lo van a hacer, con la de gente preparada que entrevistan: jóvenes que acumulan másteres y cursos, que han estudiado dos, cinco carreras, que hablan tres idiomas, ruso, chino y árabe si hace falta.
Me gustaría que el señor Wert conociese a los jóvenes que terminan el grado y tienen que sacar dinero de las piedras para pagar un máster. ¿Es que él no sabe cuánto cuesta un máster? Por supuesto que sí. Y ahora, con la que está cayendo en España, que nos digan que en vez de un año, hay que pagar dos. Los créditos ETCS de los másteres en Madrid, por ejemplo, rondan entre los 35 y 75 euros, mientras que el de los grados se encuentra en torno a los 20 euros. Y eso el crédito, pero ponte a sumar. Los estudiantes de Comunicación barajamos opciones que no bajan de los 7.000 euros al año. Y no pedimos la luna. Es lo que cuesta, por ejemplo, una especialización en radio o en televisión (y, ojo, tirando por lo bajo). Ponte a sumarle otros 7.000 más para que nos asemejemos al modelo que tienen la mayoría de países de la Unión Europea, el 3+2.
Pero que no se enfaden los rectores, ni los estudiantes, que el señor Wert deja elegir. Ha propuesto un modelo, pero no obliga a adoptarlo. Que cada universidad haga lo que quiera. Y si de ahorrar se trata, no se preocupen, yo también propongo. Para ahorrar, mejor no estudiemos. Gratis vendrá la ignorancia.

jueves, 22 de enero de 2015

Charlie Hebdo. Tú eres, yo soy

Imagina que representan a tu madre, o a tu padre, o a tus hermanos en una situación insultante y comprometida. Ella siendo filmada desnuda, él compartiendo trío con su padre y su hijo, ellos con el cuello en el cuchillo de un radical. ¿Dirías que es humor? Los atentados contra el Charlie Hebdo han reabierto el debate de la libertad de expresión, que ya explotó cuando publicaron por primera vez las viñetas satíricas de Mahoma en 2006. Apenas unas horas después del atroz escenario que dejaban los hermanos Kouachi en París, ciudadanos de diferentes nacionalidades protestaban bajo el lema “Je suis Charlie”. Los diarios abrían sus portadas al día siguiente como si el asesinato hubiera sido contra la libertad de expresión, pero no puede ser libertad de expresión la falta de respeto.
Ya lo advirtió Sartre: “Mi libertad empieza donde termina la de los demás”. Herir las libertades individuales no es libertad de expresión. Si lo fuera, estarías reconociendo que el mejor sistema para gobernarnos somos cada uno de nosotros y por lo tanto, la anarquía.
Las viñetas satíricas del Charlie Hebdo eran provocativas y la provocación está bien. Siempre ha existido y es opinión pública, pero otra cuestión son las formas. Hay que tener cuidado si te quieres reír de los demás. Primero, porque no todas las culturas son iguales y lo que en Occidente se ha abanderado como una defensa de la libertad de expresión, en Oriente se ha interpretado como un ataque directo a lo más sagrado, sus creencias. Segundo, porque no debes herir a los demás. No se debería atentar contra los principios que rigen una vida, igual que tampoco se debe asesinar.
“Je suis muslim et j'aime mon Prophète” rezaba el cartel que sostenía un niño en una manifestación. “Je suis Charb”, “Je suis Cabu”, dicen otras tantas pancartas. No quieres que te arrebaten lo que amas. Recuerda a tu madre, a tu padre y a tus hermanos humillados. Recuerda a Sartre: tu libertad donde termina la de los demás.

lunes, 19 de enero de 2015

El mal del folio en blanco

Dicen que el folio en blanco es terrible, que lo contiene todo en su nada y que puede resultar demasiado grande. No es cierto. El folio en blanco es una oportunidad. Lo terrible es no saber enfrentarlo, o abandonarlo antes del punto y final. Escribir es una tarea difícil. Hace falta tiempo y requiere un esfuerzo mental. ¿Que a los genios le nace la palabra de seguido? Mejor para ellos. Escribir, igualmente, es un sendero arduo donde se hacen la zancadilla la ortografía, la gramática y la expresión.

El problema es que a escribir se aprende leyendo. No hay más truco ni más secreto que este: que un buen escritor baila con las letras porque tiene confianza con ellas, que ha pasado horas conociéndolas en las páginas de las novelas, libros o periódicos; que ha sido cómplice y amante antes que escritor. La fórmula está en el plato de todos, aunque aún así el Centro de Investigación Sociológica (CIS) evidencie que en España el nivel de lectura es bajo. En la encuesta publicada este enero, el 35% de la población preguntada reconoció no leer “casi nunca” o “nunca”.

¿Cómo no vamos a temer el folio en blanco si en España no se lee? ¿Cómo vamos, si quiera, a gobernar, o a saber gobernarnos? Que un 35% de españoles apenas lean, es escalofriante. No sólo porque la industria editorial se atropelle en ventas, sino porque leyendo se aprende a pensar y a escribir, se conocen otros puntos de vista y otras culturas.

Peter Callesen

Leer nos enseña que no somos el ombligo del mundo. Porque cuando no leemos podemos pensar que nuestros problemas son los más grandes, que nuestra opinión (si es que sin leer se puede formar alguna) es la única válida y que lo que se sale de nuestro radar no es importante. Los datos no pueden cuestionarse, son los que son: un 35% de encuestados que “casi nunca” o “nunca” abren un libro y liderazgo de la popularmente llamada “telebasura”. Así, por ejemplo, el viernes 16 de enero, “Sálvame Deluxe” se ganaba el tercer puesto en las listas de audiencia con 2.737.000 espectadores.

Leer, y en consecuencia escribir, supone detenerse y pensar. “Sálvame Deluxe”, por seguir con el ejemplo, es en cambio un formato de entretenimiento fácil, de consumo rápido y donde no tiene cabida la reflexión.

Me resisto a acostumbrar los ojos a las faltas de ortografía o a resignar los oídos a las conversaciones huecas. Un folio en blanco no es un enemigo. A un folio en blanco le queda todo por escribir. Pero si no leemos ni nos atrevemos a enfrentarlo, quedaremos suspendidos en una nube de anarquía lingüística. Espero que no nos acabemos estrellando.