¿Te atreves a soñar?

domingo, 4 de diciembre de 2016

En el camino

Hoy te vi caminar delante de mí. Recorriste el pasillo, luego subiste las escaleras y enfilaste nuevamente un corredor (todo esto sin darte la vuelta). Yo te seguía muy de cerca, sorprendida de encontrarte en un centro comercial de Madrid cuando estabas en Londres.

Me aventuré a tu destino aunque llegase tarde a mi cita. No podía quitarme de la cabeza que habías vuelto. Dejaste de caminar delante de mí y pasé yo a caminar detrás tuya. Espérame, que ya llego. Parecía que tenías prisa.

Entonces te volviste, como si alguien hubiese gritado tu nombre (juro que no fui). Sonreíste y levantaste un brazo. Esperaste a alguien que ya llegaba y yo continué hacia delante, ahora caminando delante de ti.

martes, 22 de noviembre de 2016

En el borde de los ojos

¿Hubo, alguna vez, una noche más prolífica? Porque en esta, me queman las palabras. Me cosquillean hasta que obedezco, tecla sobre tecla, latido sobre latido, sintiendo.

Hay días que no es bueno sentir, pero hoy no podría evitarlo. Me brillan las palabras hasta cegarme, porque no quieren ser retenidas por más tiempo en contra de su voluntad. Y de la mía. 

Esta noche las amo más de lo que las amé nunca, porque no me queda otra, porque las tengo al borde de los ojos y en los labios. No las ves, todavía, pero quiero y no quiero que se callen. Son tan hermosas… y delicadas. Suaves como tus dedos y brillantes como tu luna.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Una promesa de amor

Ella era un punto y a parte en el cielo. El comienzo de todas las frases hermosas. El beso que sella, invisible, una carta.

Y yo tenía las manos frías, muy frías, aún más frías que de costumbre.

La miré sin discreción, parada en mitad de la carretera, y no me importó la lluvia, ni los coches, ni el no sentir de mis dedos.

Tenía en frente, floreciendo sobre la ciudad, una tierna promesa de amor.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Manos de plata

Tenía las manos de plata, no completamente, pero sí la mayoría de los dedos. Parecía que todos los días pintase al despertar. Era un gris oscuro ligeramente azul, aunque pasaba desapercibido debajo de las mangas del jersey. Me gustaba mirarle las manos, me gustaba que se entrelazasen con las mías cuando no mirábamos.

No le pregunté por qué eran de plata, pero él me lo dijo. Lo hizo con una voz cansada, como si se tratase de un secreto inconfesable, bajito, despacio: “Tengo los pulmones grises”.  Grises no podían ser, porque yo había dormido muy cerca de ellos. ¿Entonces, qué?, se burló (porque al fin y al cabo eran los suyos).

De plata.
—Eso no puede ser. 

Pero sí podía ser. Yo sabía que tenía la luna atrapada dentro.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Blanco

Nunca me habían rozado las palabras con semejante estrépito. Nunca, ni siquiera las rosas muertas de Bobin, ni sus rayos de luz, ni su niña sin infancia. Había en aquellas líneas, en aquella voz trémula, más amor del que había bebido en tantas páginas.

Los minutos se sobrecogieron al derecho del silencio y me quedé en blanco, sobrevolando con sus alas de nuevo todas las palabras. Como un águila que se descubre llorando porque desea el mundo, pero el mundo es tan grande que solo puede contemplarlo.

martes, 25 de octubre de 2016

Ausencia


Ella no dijo nada, absolutamente nada. Cuando le dijeron que abandonase el equipo, solamente recogió su anillo de plástico, que siempre dejaba en la mesa nada más llegar, y se fue. Detrás de sí lo dejó todo, incluidos los ignorantes que no tuvimos una explicación. Quisimos llamarla para decirle que era broma, pero su ausencia nos arrastró hasta el punto de que fuimos incapaces de hacerlo. Sin ella no hubo más proyectos. Con su marcha se escaparon los gatos de la habitación.

martes, 4 de octubre de 2016

Tan disfrutón

Me gusta que te quedes mirando a un punto fijo, embobado, y que luego me mires sonriente como si no hubiera pasado nada. Pero sí ha pasado. Ha pasado todo: la sonrisa de una niña, una conversación triste, una bicicleta acelerada. 

Me gustan tus atardeceres, cuando me coges fuerte de la mano y exclamas que mire el cielo, aunque ya lo estoy mirando. Mira las nubes, tan rosas, tan rosas que subrayan el horizonte. 

El sol, apenas un punto ardiente que se precipita sobre las montañas. El contraste; la silueta de los árboles, que todavía tienen hojas, y los pájaros que se cuelgan de rama en rama.

Me gusta que te guste lo sencillo, que seas tan disfrutón con un paseo, o con una película en el sofá. Me gustas; como nuestros dedos entrelazados. Me gustas, escúchame de nuevo, o léeme, no importa, imagina mi voz en las palabras. Me-en-can-tas.

martes, 13 de septiembre de 2016

La culpa


Te vas.
Laura notó que el corazón le palpitaba diferente. Reunió la fuerza necesaria para mirarle a los ojos. Aquellas pupilas oscuras y enormes eran tan locuaces que se sintió desnuda. Un puño le impidió bajar la barbilla.
Por favor, por favor.
Nunca supliques —replicó él.
Abrió la mano y la detuvo en su cuello. Aquel movimiento la estremeció. Laura la apartó de su piel para besarla con insistencia, ya perdida en lágrimas, hasta que él y su mirada temblorosa se dieron la vuelta.
No llores.
Pero la orden se quebró con sus pasos. Alcanzó el bote y la escuchó correr por el embarcadero. Se precipitó en la nuez que le alejaría para siempre. No quería decirle lo que en verdad ya habían gritado sus ojos.
¡Por favor!
Sus lamentos terminaron tan huecos que le penetraron el alma. No querría volver a tierra. Jamás podría enfrentarse a la culpa de haberla abandonado sin confesarle que la amaba.