Ámame con colores
¿Te atreves a soñar?
martes, 21 de julio de 2015
Un instante
Hay escenas que me gustaría inmortalizar en la memoria: un abrazo, un paseo, una risa, una tarde de piscina... o fragmentos de desconocidos, que pasan, te miran y sonríen, o no sonríen, solo pasan. Vidas que asoman un instante y luego se esfuman, siempre dejando algo atrás. Si pudiera, absorbería los olores, los colores, los latidos, las voces, y los reproduciría en bucle sin desgastarlos. Los cuidaría como la cosecha más valiosa. Un beso, dos, una locura, un baile, un saludo, un brinco del corazón. Aunque esas emociones no me pertenecieran más que unos segundos, me las quedaría, por si acaso, y en mi recuerdo las volvería eternas.
lunes, 20 de julio de 2015
domingo, 19 de julio de 2015
El refrigerador de los caprichos
No
podía olvidar el deseo de sus ojos cuando lo miró por primera vez.
Había corrido hasta él y, tras unos instantes indecisos, le había
invitado a pasear. En aquellos diez minutos le prometió el cielo, o
más bien se lo prometieron mutuamente sin palabras. De vez en cuando
se miraban y ella sonreía con los labios prietos. Él, con razón,
se sentía el más feliz del mundo. Por aquel flechazo, había
renunciado a todo lo que tenía: a su familia, a sus amigos, a esos
amores fatuos que le besaban y le volvían a dejar.
Se
imaginaron un futuro juntos, hasta que la muerte les separase, y se
prometieron amaneceres dulces. En diez minutos crearon un sueño,
pero a las doce, como le ocurrió a Cenicienta, ella le dijo que no
podía seguir adelante, que había un tercero de por medio y no
quería que acabasen sufriendo.
Él
la vio marchar entre señores estirados, en la nevera de los zumos
ecológicos. A su alrededor, en distintos estantes, abandonados en
una sección que no era la propia, encontró natillas de chocolate y
una chistorra.
“Así
que solo era un capricho”, pensó, mirando sus 600 gramos de Nutella
en el reflejo del cristal.
Le
había prometido todo, pero ella se había alejado, arrepentida, con
la dieta como excusa en los labios.
sábado, 18 de julio de 2015
viernes, 17 de julio de 2015
jueves, 16 de julio de 2015
miércoles, 15 de julio de 2015
Adiós, San Fermín
Pamplona se vuelve una niña
juguetona cuando llegan los sanfermines. Un día todo está normal y
al siguiente, se le ha ido la cabeza.
Pamplona se enamora los nueve días
que dura su fiesta. Las calles se riegan de blanco y rojo, de risas,
de alcohol, de gente.
Los autobuses no duermen.
¡Viva San Fermín!
A los vasos de plástico les nacen
alas.
¡Gora San Fermín!
Destellos de luz, pedacitos de cielo incendiado en los fuegos. Noches de
insomnio obligado, deseados colchones de pavimento. Párpados
vencidos.
Camiseta blanca, pantalón blanco,
faja roja, pañuelo rojo.
Horas de cuerpos dormidos sobre el
vallado del encierro.
El peligro camuflado en la
adrenalina. Carreras delante, detrás y al lado de astas bravas.
Sangre. Eco de risas.
Más alcohol y más sueño.
Más ganas de bailar. Más vida.
Pamplona vibra en distintos
idiomas, en distintos acentos. Se comparte todo, se regalan sonrisas.
El reloj ha regresado al 365.
Pobre de mí. Ha llegado la hora
de desanudarse el pañuelo.
¡Adiós, San Fermín!
Fotografías: BRGG.
martes, 7 de julio de 2015
El corredor del encierro
La
sangre seca en la camiseta blanca era el recuerdo de su primer
encierro. Acababan de darle el alta y se alegró de encontrar a su
amigo en la salida de Urgencias. Mike le tendió una cerveza y
sonrió.
—Creía
que no volvería a verte.
El
herido se encogió de hombros y se llevó la mano libre a la espalda.
—¿Cómo
estás? —Asier lo abordó al reconocerlo—. Menudo susto nos has
dado. ¡Te ha cogido el
toro!
James
repitió el gesto y dio un trago.
—Pues
no lo
vi hasta que me pilló.
—¿Te
duele?
—He
tenido suerte.
Asier,
que acogía en su casa al americano durante los sanfermines, le
prestó el móvil.
—Menudo
susto, hombre. ¡Y Mike y yo esperándote en la plaza con las
bebidas! Menos mal que nos hemos enterado que te traían a aquí.
James
se rió.
—Desde
luego, no volveré a correr —dijo.
Estaba
tranquilo, aunque continuaba con la impresión de la mancha blanca
corriendo a su alrededor y el asta atravesándole la piel.
—¿Por
qué corriste? —preguntó un joven que se presentó como
periodista.
Dio
un trago y se arregló la barba. Sonrió. Se volvió hacia Mike y le
puso la mano en el hombro.
—¿Por
qué corrí? —parecía realmente divertido.
—¿Por
qué corriste? —repitió el amigo—. Pues no lo sé. ¿Por qué
corriste?
James
se echó a reír mientras miraba la mancha roja.
—No puedes venir a sanfermines y no hacerlo.
—No puedes venir a sanfermines y no hacerlo.
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