No hay horas de sueño
¿Te atreves a soñar?
domingo, 19 de julio de 2015
El refrigerador de los caprichos
No
podía olvidar el deseo de sus ojos cuando lo miró por primera vez.
Había corrido hasta él y, tras unos instantes indecisos, le había
invitado a pasear. En aquellos diez minutos le prometió el cielo, o
más bien se lo prometieron mutuamente sin palabras. De vez en cuando
se miraban y ella sonreía con los labios prietos. Él, con razón,
se sentía el más feliz del mundo. Por aquel flechazo, había
renunciado a todo lo que tenía: a su familia, a sus amigos, a esos
amores fatuos que le besaban y le volvían a dejar.
Se
imaginaron un futuro juntos, hasta que la muerte les separase, y se
prometieron amaneceres dulces. En diez minutos crearon un sueño,
pero a las doce, como le ocurrió a Cenicienta, ella le dijo que no
podía seguir adelante, que había un tercero de por medio y no
quería que acabasen sufriendo.
Él
la vio marchar entre señores estirados, en la nevera de los zumos
ecológicos. A su alrededor, en distintos estantes, abandonados en
una sección que no era la propia, encontró natillas de chocolate y
una chistorra.
“Así
que solo era un capricho”, pensó, mirando sus 600 gramos de Nutella
en el reflejo del cristal.
Le
había prometido todo, pero ella se había alejado, arrepentida, con
la dieta como excusa en los labios.
sábado, 18 de julio de 2015
viernes, 17 de julio de 2015
jueves, 16 de julio de 2015
miércoles, 15 de julio de 2015
Adiós, San Fermín
Pamplona se vuelve una niña
juguetona cuando llegan los sanfermines. Un día todo está normal y
al siguiente, se le ha ido la cabeza.
Pamplona se enamora los nueve días
que dura su fiesta. Las calles se riegan de blanco y rojo, de risas,
de alcohol, de gente.
Los autobuses no duermen.
¡Viva San Fermín!
A los vasos de plástico les nacen
alas.
¡Gora San Fermín!
Destellos de luz, pedacitos de cielo incendiado en los fuegos. Noches de
insomnio obligado, deseados colchones de pavimento. Párpados
vencidos.
Camiseta blanca, pantalón blanco,
faja roja, pañuelo rojo.
Horas de cuerpos dormidos sobre el
vallado del encierro.
El peligro camuflado en la
adrenalina. Carreras delante, detrás y al lado de astas bravas.
Sangre. Eco de risas.
Más alcohol y más sueño.
Más ganas de bailar. Más vida.
Pamplona vibra en distintos
idiomas, en distintos acentos. Se comparte todo, se regalan sonrisas.
El reloj ha regresado al 365.
Pobre de mí. Ha llegado la hora
de desanudarse el pañuelo.
¡Adiós, San Fermín!
Fotografías: BRGG.
martes, 7 de julio de 2015
El corredor del encierro
La
sangre seca en la camiseta blanca era el recuerdo de su primer
encierro. Acababan de darle el alta y se alegró de encontrar a su
amigo en la salida de Urgencias. Mike le tendió una cerveza y
sonrió.
—Creía
que no volvería a verte.
El
herido se encogió de hombros y se llevó la mano libre a la espalda.
—¿Cómo
estás? —Asier lo abordó al reconocerlo—. Menudo susto nos has
dado. ¡Te ha cogido el
toro!
James
repitió el gesto y dio un trago.
—Pues
no lo
vi hasta que me pilló.
—¿Te
duele?
—He
tenido suerte.
Asier,
que acogía en su casa al americano durante los sanfermines, le
prestó el móvil.
—Menudo
susto, hombre. ¡Y Mike y yo esperándote en la plaza con las
bebidas! Menos mal que nos hemos enterado que te traían a aquí.
James
se rió.
—Desde
luego, no volveré a correr —dijo.
Estaba
tranquilo, aunque continuaba con la impresión de la mancha blanca
corriendo a su alrededor y el asta atravesándole la piel.
—¿Por
qué corriste? —preguntó un joven que se presentó como
periodista.
Dio
un trago y se arregló la barba. Sonrió. Se volvió hacia Mike y le
puso la mano en el hombro.
—¿Por
qué corrí? —parecía realmente divertido.
—¿Por
qué corriste? —repitió el amigo—. Pues no lo sé. ¿Por qué
corriste?
James
se echó a reír mientras miraba la mancha roja.
—No puedes venir a sanfermines y no hacerlo.
—No puedes venir a sanfermines y no hacerlo.
miércoles, 24 de junio de 2015
Jane Austen vive en Bath
Hay cuatro ingleses que me gustaría conocer y tres de ellos están muertos. De modo que, a falta de una buena conversación, me acerco a través de la arquitectura, los libros y la historia. Una es Jane Austen.
Entre 1801 y 1806, la joven Jane vivió en Bath, una de las grandes ciudades del sur de Inglaterra. Por aquel entonces, solo en las tiendas de Londres se encontraba más variedad de artículos.
Bath es una ciudad preciosa, que viste de un característico ladrillo de color miel y alterna los órdenes clásicos en sus edificios más antiguos. Sus calles permiten retroceder en el tiempo, porque en el siglo XVIII se construyó la mayoría de edificios que hoy se ven. Por estas calles empedradas, que ya han filmado para sus historias, paseó la autora de Orgullo y Prejuicio.
Austen retrató la sociedad de la época en sus novelas y es fácil reconocer los escenarios cuando se pasea por el Royal Crescent, el Prior Park y los alrededores. Guardan el mismo encanto y la grandiosidad de las ricas mansiones sobre las que escribía.
En Bath, imaginar es fácil. Los museos son muy interactivos y te permiten tanto disfrazarte con los vestidos, los pañuelos y los sombreros de aquel siglo, como descubrir las miniaturas que los más adinerados coleccionaban: figuritas de marfil de Japón, cuencos hechos de minerales, elementos decorativos con motivos clásicos, retratos en broches... Incluso se puede conocer el principio, cuando los romanos descubrieron esta localización junto al río Avon.
Aunque las modas han cambiado, y también las costumbres, no deja de haber un trocito de Austen en esta ciudad (y no me refiero a la figura a tamaño real que preside la entrada a un centro sobre ella). De vez en cuando, en alguna calle se lee alguna frase que dicen que dijo. Puede ser o no verdad, pero lo cierto es que en Bath se han quedado el eco de sus pasos y la firma de su pluma.
Aquí vivió una de las grandes escritoras. Jane Austen inmortalizó Bath, porque los lugares siempre dejan un poso en quienes los pasean.
Bath es una ciudad preciosa, que viste de un característico ladrillo de color miel y alterna los órdenes clásicos en sus edificios más antiguos. Sus calles permiten retroceder en el tiempo, porque en el siglo XVIII se construyó la mayoría de edificios que hoy se ven. Por estas calles empedradas, que ya han filmado para sus historias, paseó la autora de Orgullo y Prejuicio.
Austen retrató la sociedad de la época en sus novelas y es fácil reconocer los escenarios cuando se pasea por el Royal Crescent, el Prior Park y los alrededores. Guardan el mismo encanto y la grandiosidad de las ricas mansiones sobre las que escribía.
En Bath, imaginar es fácil. Los museos son muy interactivos y te permiten tanto disfrazarte con los vestidos, los pañuelos y los sombreros de aquel siglo, como descubrir las miniaturas que los más adinerados coleccionaban: figuritas de marfil de Japón, cuencos hechos de minerales, elementos decorativos con motivos clásicos, retratos en broches... Incluso se puede conocer el principio, cuando los romanos descubrieron esta localización junto al río Avon.
Aunque las modas han cambiado, y también las costumbres, no deja de haber un trocito de Austen en esta ciudad (y no me refiero a la figura a tamaño real que preside la entrada a un centro sobre ella). De vez en cuando, en alguna calle se lee alguna frase que dicen que dijo. Puede ser o no verdad, pero lo cierto es que en Bath se han quedado el eco de sus pasos y la firma de su pluma.
Aquí vivió una de las grandes escritoras. Jane Austen inmortalizó Bath, porque los lugares siempre dejan un poso en quienes los pasean.
viernes, 19 de junio de 2015
El druida de Avebury
"Aquí conocí al amor de mi vida", me dijo el druida de barba blanca y túnica gris. Tardé en reponerme de la sorpresa cuando me interrumpió. Al principio pensé que era una broma, pero luego descubrí que no vestía de aquel modo por diversión. Caminaba descalzo, tenía la ropa sucia y un bolso de piel. Lució los pocos dientes que le quedaban y me tendió la mano: "Elliot".
Elliot era un apasionado de las runas y los astros. En un inglés con fuerte acento escocés me contó que llevaba años preparándose para aquel viaje. Hablaba con pasión de las gigantescas piedras de Stonehenge. Gesticulaba con la mirada saltando de mis ojos al cielo, y del cielo a la tierra. Parecía que quería ocuparlo todo en solo un vistazo.
"La vida es mágica", exclamó al final de su discurso. Por alguna razón, no dejaba de señalar mi cabeza. Echó un vistazo al mapa que tenía sobre las piernas y me señaló un punto concreto de Avebury, donde nos encontrábamos. "Justo aquí, en esta piedra exacta. Allí conocí a Scarlett".
Scarlett fue su gran amor. Estuvieron juntos una sola noche, pero él regresó a su recuerdo todas las que vinieron después. Cuando hablaba, el druida entornaba sus ojos azules con ternura. "La recuerdo dormida y me siento feliz", dijo. Realmente lo parecía. Más que Gandalf o Merlín, en aquel momento era como un niño enamorado.
Una mujer que también vestía túnica le llamó desde lo lejos. Elliot se llevó las manos a la boca y murmuró: "Martha me llama". Se alejó dando pequeños brincos. Su esposa le decía algo de que las piedras iban a bailar. Me reí disimuladamente y pensé en su Scarlett. Elliot la había descrito soñando, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. ¿Llevaría también túnica?
martes, 16 de junio de 2015
Amor entre Avoncliff y Bath
Eran un torbellino de amor. En el espacio que dejaban los sillones del tren apenas alcanzaba a ver cómo se besaban y se encogían por la risa. Contrastaban con el resto del vagón, que lo formaban estudiantes adormilados y algún turista que regresaba a Bath o Bristol, las dos grandes ciudades que figuraban en el último tramo del recorrido.
El joven empujaba sobre él a su pareja, que reía y canturreaba una canción. Ellos mismos parecían dos notas alegres. Sus voces eran las únicas que recordaban que aquel día había brillado el sol.
Suspiré por su complicidad y envidié que fuesen capaces de crear un mundo a parte. "El amor", pensé. No hacía falta otra palabra; amor era suficiente.
Entre tanto movimiento, alcancé a ver el rostro del chico. No tendría más de veintitantos. El pelo dorado y cortado a la altura de los hombros, sonrisa viva y ojos aplastados. No era asiático, pero sus cuencas eran dos líneas finas curvadas por los generosos mofletes.
El final de un abrazo devolvió a la chica a su asiento. Conversaba animadamente al tiempo que jugaba con sus tres anillos. Su sonrisa la enmarcaba por la zona de la barbilla una línea de pelo. La enamorada tenía barba, como la mujer barbuda que retrató Ribera, y los ojos igual de finos. Me fijé en que bailaban extraviados. Me fijé mejor: ambos tenían la mirada perdida.
Pasó el revisor y no les pidió el billete. Atravesamos una de las zonas más bonitas del Canal Kennet y Avon y no lo vieron. La pareja se abrazaba entre risas y bromas. "El amor", sonreí. Amor es más que suficiente.
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