¿Te atreves a soñar?
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martes, 4 de agosto de 2015

Un ciego cuesta dinero


—Un ciego supone dinero, lo queramos o no —dijo tras un breve suspiro—. No interesamos.

Mireia apretó los labios y esperó a que su compañero de autobús se explicase.

—Bueno, un ciego, o un sordo, o cualquier persona con discapacidad. Es así y ojalá me equivoque pero fíjate, por ejemplo, en la política, donde están los que deciden; porque seamos sinceros, nosotros pintar, pintamos poco. Los partidos siempre hablan de la accesibilidad y reivindican nuestros derechos a capa y espada, nos lo prometen todo en los programas electorales, pero cuando dejan de ser oposición para convertirse en Gobierno... el discurso tiembla. Un ciego, como yo, es dinero, porque tú vete ahora a decirle a quien mande que tiene que poner un bucle magnético en los teatros o en los cines para los que no escuchen. Eso es dinero.

El hombre interrumpió abruptamente su discurso.

—¿Me puedes decir cuál es la siguiente parada? Me bajo en Merindades.

—Oh —Mireia apretó el botón para que el vehículo se detuviese—. La acabamos de pasar, pero he avisado para que pare en la siguiente. Lo siento.

—Si es que me lío a hablar y claro... —lamentó el hombre, poniéndose de pie y acercándose a la puerta—. No te disculpes. Se me olvidó preguntar. Es que los autobuses... Ay, los autobuses. Si dejo de contar las paradas, no sé en cuál me tengo que bajar.

Cuando se abrieron las puertas, se giró en la dirección de Mireia para despedirse. Luego extendió el palo y echó a andar. Mireia sonrió al recordar el enfado de él cuando le contó que estaba cansado de que en los hospitales le obligasen por protocolo a sentarse en una silla de ruedas.

—¡Cómo si no viera el camino! —había exclamado divertido por su propio chiste. 


martes, 23 de diciembre de 2014

Piernas dormidas

 Un hombre que se desplazaba en silla de ruedas me dijo que prefería quedarse en casa a tener que enfrentarse a todos los obstáculos de la calle, porque allí se sentía aún más limitado que entre las paredes viejas de su piso. En aquel momento pensé que le faltaba ilusión, me pareció que prefería adormilarse lo que le quedaba de vida que disfrutarla en la medida de sus posibilidades.
No fue hasta que me quedé clavada en una pierna cuando entendí lo que supone el hecho de no poder andar. De repente los caminos se te hacen más largos y te sientes vulnerable. 
'No andar' no es sólo 'no andar', también es 'madrugar para llegar temprano a los sitios, porque te cuesta el doble las actividades cotidianas', 'sentir que sólo te quedan la mitad de buenos amigos de los que pensabas' y 'luchar cada desplazamiento porque contigo van un par de muletas o una silla de ruedas'.
Aquel hombre me dijo que ya no viajaba, o que intentaba hacerlo lo menos posible. Me apenó que sus piernas dormidas le frustrasen los sueños. 


Fotografía: Rob

A veces sólo se entienden las cosas cuando las sufres (otras veces no). Pero, ¡qué importante es la empatía!
Me pasearon por la sala de espera de la estación en busca de un asiento libre. La situación era cuanto menos curiosa: una joven con dos maletas sobre el regazo (que le alcanzaban la altura de los hombros) en una silla que empujaba una mujer del servicio de ayuda a personas con discapacidad (quedaba claro en su chaleco) que, a la vez que tiraba de su peso, arrastraba otra maleta con la mano derecha.
Los pasajeros observaban las idas y venidas como si se tratase de un partido de tenis. Silla aquí, silla allá. Al fin, nos detuvimos junto a una joven. ¡Un hueco entre todas aquellas personas que volvían a casa por Navidad! La mujer que me atendía puso el freno y dijo que me sentaría allí. Entonces, la chica que ocupaba el asiento contiguo puso la mano y dijo: “Está ocupado”. No retiró el brazo del hueco libre hasta que nos marchamos.
–Has visto, ¿no? –me dijo la mujer que me empujaba–. Todos te están viendo y nadie te deja un sitio. Están viendo que no puedes andar y ninguno se mueve para ayudarte.
Miré mis piernas con vergüenza. ¿Qué podía contestar? Sólo agradecí que mi situación fuera temporal.
Cuando la maleta de alguien colisionaba con una de las ruedas, tiraban con el ceño fruncido y se molestaban. Una señora, incluso, le dio un empujón a la silla cuando su chaqueta se quedó enganchada en uno de los manillares y me miró con enfado porque quería alcanzar pronto la puerta de embarque.
Cerca de la sala preferente encontramos un asiento libre.
Cuando me quedé sola, el chico que tenía al lado se quitó los auriculares.
–¿Qué te pasa?
Me sobresalté y le respondí que fue un accidente absurdo.
–¡Menos mal! Te he visto y se me ha caído el mundo encima. He pensado: una muchacha tan joven... Me moriría si no pudiera andar el resto de mi vida. Tiene que ser tan difícil, insoportable. Si necesitas cualquier cosa, dime. Cualquier cosa, yo te ayudo.
Me esforcé en que no se me desencajase la mandíbula por el asombro.
No pude evitar escuchar la conversación de aquel chico, que tenía un año menos que yo, con la joven que tenía a su otro lado. Era militar de la brigada paracaidista. Le contó que en su sueldo se contemplaba un plus por peligrosidad, porque en cualquier caída podían perder las piernas.